Su esposo la obligó a arrodillarse ante su amante y permitió que dos guardias le destrozaran las manos, creyendo que Valeria era solo una esposa humilde a la que podía desechar con un cheque; pero Santiago no sabía que ella era la doctora secreta detrás del único protocolo capaz de salvarlo, ni que el expediente médico escondido demostraría que muy pronto tendría que suplicar precisamente por las manos que acababa de destruir.
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