Cuando el médico dijo que me quedaban 7 días, mi esposo apretó mi mano y susurró: “En cuanto te vayas, esta casa, las tierras y todo tu dinero serán míos”; pero mientras todos pensaban que estaba demasiado débil para entender lo que pasaba, una taza con sabor metálico, una tablet escondida debajo de mi almohada y un sobre detrás de un cuadro comenzaron a revelar que la verdadera sentencia de muerte no era la mía.
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