Valeria fue dejada atada en el piso de su propio dormitorio mientras Sebastián intentaba obligarla a firmar el divorcio, su amante embarazada ocupaba la habitación y doña Teresa la llamaba esposa inútil; pero la pulsera escondida bajo su manga ya había enviado una señal silenciosa. Lo que parecía una humillación privada terminó revelando coacción patrimonial, contratos inflados, empresas fantasma, una investigación federal y el imperio criminal que la familia Arriaga llevaba años intentando ocultar.
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