Santiago regresó a Pátzcuaro creyendo que sus depósitos mensuales lo convertían en un buen hijo, pero encontró a Lucía, la exesposa que él había humillado, alimentando y cuidando a su madre enferma con una paciencia que ningún dinero podía comprar. Lo que parecía una visita para recuperar el control terminó revelando recibos médicos, una motocicleta vendida, un terreno sacrificado y la verdad que destruyó su orgullo: Lucía había pagado con sus propios sueños para mantener viva a doña Amalia.
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