Volví a Segovia para trasladar la tumba de mi esposa y descubrí que el anillo que dejé en su mano había desaparecido. Mi madre miraba el reloj como si quisiera irse cuanto antes y dijo que Lucía nunca había estado a mi altura. Yo no discutí; pedí revisar un expediente antiguo del hospital. Lo que apareció allí hizo que dejara de mirar aquella tumba de la misma manera.
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