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Después de que mi hermana menor se fue al extranjero, me casé con el jefe de la mafia en su lugar…

Parte 1:

—Señorita Prado, felicidades. Tiene tres meses de embarazo.

La primera vez que escuché esas palabras, ya estaba muerta.

No literalmente en ese instante, claro. Pero yo recordaba perfectamente cómo terminaría mi vida: abandonada en una montaña cubierta de nieve, congelándome mientras mi esposo, mis padres y mi hermana celebraban la Navidad sin siquiera darse cuenta de que me habían dejado atrás.

Y el bebé que llevaba dentro moriría conmigo.

Ahora estaba otra vez sentada frente al médico de la familia, exactamente el mismo día en que todo había comenzado.

Había regresado.

Había recibido una segunda oportunidad.

El médico sonrió y estiró la mano hacia el teléfono.

—El señor Soto Mayor debe enterarse de inmediato.

Le quité el auricular antes de que pudiera marcar.

—No.

Las enfermeras me miraron desconcertadas.

Para ellas, ser la esposa de Valerio Soto Mayor significaba tenerlo todo. Poder. Dinero. Protección. Un apellido que hacía bajar la voz hasta a los hombres más peligrosos de la ciudad.

Lo que nadie sabía era que Valerio jamás me había reconocido públicamente como su esposa.

Cinco años atrás me había casado con él después de que mi hermana menor, Fiorela, se marchara al extranjero. Desde entonces, él siempre me había tratado como si yo ocupara un lugar prestado.

Y ahora Fiorela había regresado.

En mi vida anterior, ese regreso había sido el principio de mi final.

Me puse de pie.

—Nadie debe saber del embarazo.

Salí del consultorio y volví a la mansión Soto Mayor.

Al llegar, introduje mi código de seguridad.

Error.

Lo intenté otra vez.

Error.

Entonces recordé.

Ese mismo día, cinco años de mi existencia habían sido borrados de la casa para recibir a Fiorela. Incluso habían cambiado el código de entrada por la fecha de su cumpleaños.

Lo ingresé.

La puerta se abrió.

Ni siquiera había dado dos pasos cuando una carpeta llena de documentos voló hacia mi cara.

El borde de una hoja me cortó la frente.

—Firma el divorcio —ordenó mi madre.

Levanté la mirada.

Mis padres estaban en la sala.

Fiorela ocupaba el centro del sofá como si jamás se hubiera ido.

Hermosa. Elegante. Sonriendo.

En mi vida anterior habría preguntado por qué. Habría llorado. Habría tratado de convencerlos de que yo también era su hija.

Esta vez extendí la mano.

—Dame una pluma.

El silencio fue inmediato.

Fiorela entrecerró los ojos.

—Eso fue rápido, Serafina. No intentes hacer alguna de las tuyas.

Mi padre soltó una risa seca.

—Por fin entiende su lugar. Si Fiorela no se hubiera ido, Serafina jamás habría terminado casada con Valerio.

Después empezó a presumir todo lo que Valerio había hecho para traer a mi hermana de regreso: un avión privado, guardaespaldas y una fiesta de bienvenida organizada personalmente por él.

Cada palabra confirmaba lo que yo ya sabía.

Nunca había sido la mujer que Valerio quería.

Tomé los documentos del suelo y firmé página tras página.

Fiorela perdió la sonrisa por un instante.

—¿De verdad vas a hacerlo?

—Sí.

Ella me arrebató los papeles.

—Entonces consigue la firma de Valerio. Tienes tres días. Después recoges tus cosas y desapareces.

La miré con calma.

—Eso es exactamente lo que quiero.

Subí a la habitación que había compartido con Valerio y encontré la mitad de mis pertenencias fuera del clóset. Las cosas de Fiorela ya ocupaban su lugar.

No discutí.

Metí lo indispensable en una maleta.

Me iría de esa casa.

Me iría de esa familia.

Y, sobre todo, salvaría a mi hijo.

Abrí la puerta.

Valerio estaba frente a mí.

Vestía un impecable traje morado oscuro y un sombrero negro. Su mirada descendió lentamente hasta mi maleta.

—¿A dónde vas, Serafina?

Antes de que pudiera responder, escuché unos pasos acercándose rápidamente por el pasillo.

*** Esta historia es completamente ficticia. Todos los nombres, lugares, personajes y acontecimientos mencionados en esta historia son inventados y no tienen relación ni se basan en ninguna persona, acontecimiento o historia real. ***

 

Parte 2:

Fiorela apareció y se aferró a mi brazo.

—Serafina, ¿por qué no puedes simplemente aceptarme? Yo solo quiero estar con mamá y papá. ¿De verdad vas a hacer un berrinche y huir justo hoy?

Valerio soltó una risa fría.

Dos de sus hombres surgieron del pasillo. Uno tomó mi maleta y la lanzó contra la pared.

—Hoy es la fiesta de bienvenida de Fiorela —dijo Valerio—. Como su hermana mayor, vas a estar presente. Ve a cambiarte. No pienso permitir que la avergüences frente a mis invitados.

Recordé todas las noches en que ese mismo hombre me había abrazado en privado y me había dicho que no importaba lo que pensaran los demás.

“Tienes mi amor.”

Qué mentira tan conveniente.

Regresé a la habitación y cerré la puerta.

Puse ambas manos sobre mi vientre.

—No dejaré que te hagan daño —susurré—. Nunca sabrán de ti.

Elegí un vestido largo de seda negra. Parecía más apropiado para un funeral que para una celebración.

Tal vez lo era.

Cuando bajé, la mansión estaba llena de flores blancas, políticos, empresarios y hombres de la organización de Valerio.

En el centro del salón, él rodeaba la cintura de Fiorela mientras mis padres sonreían orgullosos.

Me mantuve apartada con una copa de agua mineral.

Fiorela no tardó en acercarse.

—¿Por qué te escondes aquí como un ratón? Deberías celebrar mi regreso.

La miré directamente.

—Prefiero dejarte el escenario. Siempre has necesitado que todos te miren para sentir que existes.

Su sonrisa se quebró.

—Yo no quiero destruir tu matrimonio.

—No hay matrimonio que destruir. Ya firmé el divorcio. Valerio es todo tuyo.

Me alejé antes de que pudiera responder.

Necesitaba escapar esa misma noche.

Atravesé las áreas de servicio, saqué un teléfono desechable y llamé a un viejo contacto de mi abuelo en el puerto.

—Necesito salir de la ciudad antes del amanecer.

—Ayudarte a escapar de Soto Mayor puede costarme la vida.

—Te pagaré cien mil dólares en joyas.

Hubo un silencio.

—Muelle cuatro. Tres de la mañana.

Colgué, destruí el teléfono y regresé al interior.

Entonces me detuve.

Valerio estaba apoyado contra la pared del corredor, con los brazos cruzados.

Sus ojos se clavaron en mí.

—Dime la verdad, Serafina. ¿Con quién demonios estabas hablando?

Parte 3:

Sentí cómo se me helaba la sangre.

Estábamos completamente solos.

A pocos metros, detrás de las paredes, seguían escuchándose la música y las risas de la fiesta. Pero en aquel corredor de servicio el silencio era tan profundo que casi podía escuchar los latidos de mi propio corazón.

Valerio esperaba.

En mi vida anterior, esa mirada suya habría sido suficiente para hacerme confesar cualquier cosa.

Pero yo ya había muerto una vez por amar demasiado y temer demasiado.

No volvería a cometer el mismo error.

Levanté la barbilla.

—Con nadie que te importe.

Sus ojos se estrecharon.

—¿Qué dijiste?

—Salí porque necesitaba aire. El olor a hipocresía en ese salón me estaba dando náuseas.

Valerio dio un paso hacia mí.

—Ten cuidado.

—¿Con qué? ¿Con decir la verdad?

Su mandíbula se tensó.

Yo continué antes de perder el valor.

—Ver a mis padres arrastrándose detrás de Fiorela y verte a ti comportándote como si acabara de regresar una reina es un espectáculo bastante difícil de soportar.

Algo cambió en su expresión.

Estaba acostumbrado a verme callada.

A verme llorar.

A verme aceptar.

No sabía qué hacer con una Serafina que ya no necesitaba su aprobación.

Se acercó hasta dejarme contra la pared de piedra. Sus dedos sujetaron mi barbilla, obligándome a mirarlo.

—Estás jugando un juego peligroso esta noche.

No aparté los ojos.

—Ya no estoy jugando.

Su expresión se endureció todavía más.

—Que vayamos a divorciarnos no significa que puedas faltarme al respeto bajo mi techo.

Me soltó.

—Regresa a tu habitación. No salgas hasta que hayas terminado de empacar. Después te largas.

Tuve que esforzarme para no sonreír.

Acababa de darme exactamente lo que necesitaba.

—Perfecto.

Valerio se alejó.

Esperé hasta dejar de escuchar sus pasos.

Solo entonces apoyé una mano contra la pared y respiré.

Había funcionado.

Regresé a mi habitación y cerré.

La fiesta continuó durante horas.

Me senté en la oscuridad mirando el reloj.

Una de la mañana.

Dos.

Dos y media.

Poco a poco, la música desapareció.

Las voces se apagaron.

La mansión quedó sumida en un silencio profundo, roto únicamente por el viento de la tormenta.

Era el momento.

Me quité el vestido negro y me puse ropa gruesa y oscura.

En el interior de un viejo abrigo había escondido dinero y varias joyas de diamantes. No eran recuerdos sentimentales. Eran mi boleto de salida.

No llevé fotografías.

No llevé vestidos.

No llevé ninguna de las cosas que durante años había confundido con una vida.

Solo llevaba lo necesario para sobrevivir.

Y a mi hijo.

Salí descalza al pasillo con las botas en la mano.

Cinco años en aquella casa me habían enseñado detalles que los guardias ni siquiera imaginaban. Sabía qué cámaras tenían puntos ciegos. Sabía qué escalón crujía. Sabía cuándo cambiaban los turnos de vigilancia.

Bajé por la escalera secundaria.

Evité el tercer escalón.

Atravesé la cocina.

A través de una ventana vi a dos guardias fumando cerca de la entrada principal, dándome la espalda.

Abrí lentamente la puerta trasera.

El aire helado me golpeó el rostro.

Me puse las botas y corrí hacia el jardín.

La tormenta había empeorado.

Por primera vez, la nieve parecía estar de mi lado.

Mis huellas desaparecían casi inmediatamente.

Caminé entre los árboles durante unos quince minutos hasta llegar al enorme muro que rodeaba la propiedad.

Había una vieja enredadera congelada pegada a la piedra.

La había visto cientos de veces desde mi ventana.

Nunca imaginé que terminaría salvándome la vida.

Comencé a trepar.

Mis manos se rasparon contra el hielo y la piedra, pero seguí.

Cuando llegué arriba, salté.

Caí sobre la nieve del otro lado.

Me levanté inmediatamente.

No miré atrás.

Seguí caminando hasta encontrar un taxi en una avenida casi vacía.

Le entregué al conductor un billete de cien dólares.

—Lléveme al puerto. Muelle cuatro. Y no haga preguntas.

El hombre observó mi ropa, mis manos lastimadas y mi expresión.

No preguntó nada.

Cuando bajé del taxi, mi reloj marcaba las 2:55 de la madrugada.

El puerto industrial era oscuro, húmedo y desagradable. Olía a sal, metal oxidado, combustible y pescado.

A mí me pareció maravilloso.

Olía a libertad.

Un carguero viejo esperaba junto al muelle.

Al pie de la pasarela había un hombre corpulento de barba espesa y abrigo manchado de grasa.

—Llegaste a tiempo —gruñó—. ¿Traes el pago?

Saqué un collar de diamantes que Valerio había recibido de unos socios extranjeros y un fajo de billetes.

El hombre examinó la joya con una pequeña linterna.

—Esto vale mucho más de lo acordado.

—Entonces no tendremos problemas.

Guardó el collar.

—El barco zarpa en cinco minutos. Vas a esconderte abajo, detrás de unos contenedores de refacciones. Hará un frío infernal, pero nadie revisa esa parte.

Asentí.

—Si te atrapan —añadió—, nunca me conociste.

—Entendido.

Subí por la pasarela.

Cada paso me alejaba un poco más de aquella vida.

Cuando mis dos pies tocaron finalmente la cubierta del barco, pensé que lo había logrado.

Entonces escuché el sonido.

Neumáticos derrapando sobre el pavimento.

Me agaché detrás de una estructura metálica.

Tres camionetas negras entraron al puerto a toda velocidad.

Las puertas se abrieron.

Varios hombres armados descendieron y comenzaron a dispersarse.

Después apareció Valerio.

Ya no llevaba sombrero.

Su traje morado estaba desabrochado y arrugado. El hombre que jamás perdía la compostura parecía completamente fuera de sí.

—¡Búsquenla! —rugió—. ¡Revisen cada barco, cada contenedor, cada rincón! ¡Nadie sale de esta ciudad sin mi autorización!

Me quedé inmóvil.

¿Cómo había descubierto mi ausencia tan rápido?

Tal vez había ido a buscarme.

Tal vez había encontrado la habitación vacía.

Tal vez había visto los documentos de divorcio que dejé sobre la cama.

No importaba.

Sus hombres comenzaron a acercarse al muelle.

Mi cuerpo entero me pedía correr.

Pero ya no había ningún lugar hacia dónde hacerlo.

Entonces la bocina del carguero retumbó sobre el agua.

Los motores despertaron con un rugido profundo.

Los cabos comenzaron a soltarse.

El barco se movió.

Primero apenas unos centímetros.

Luego un metro.

Después otro.

Valerio corrió hacia el borde del muelle.

—¡Detengan ese barco!

Nadie podía hacerlo.

El carguero continuó separándose.

Yo permanecí parcialmente oculta detrás de una columna de acero, observándolo desde la cubierta.

Valerio recorrió el barco con la mirada.

Y entonces ocurrió.

Por un segundo, entre la niebla y la nieve, nuestros ojos se encontraron.

Su furia desapareció.

Vi incredulidad.

Después algo parecido a desesperación.

Tal vez hasta ese instante había supuesto que yo siempre estaría ahí.

Que podía ignorarme cuando quisiera y recuperarme cuando le resultara conveniente.

Que podía humillarme, reemplazarme y después ordenarme regresar a mi habitación.

Nunca había considerado la posibilidad de que realmente me fuera.

Apretó los puños.

Gritó mi nombre.

—¡Serafina!

Las olas, los motores y el viento se tragaron su voz.

Yo no respondí.

No levanté la mano.

No lloré.

Simplemente me aparté.

Bajé hacia las bodegas del barco mientras el puerto desaparecía lentamente detrás de nosotros.

Encontré el espacio que me habían preparado entre los contenedores.

Había unas mantas ásperas que olían a combustible.

Me senté sobre ellas.

Entonces, por primera vez desde que había despertado en aquella segunda vida, permití que mi cuerpo dejara de luchar.

Mis manos fueron hacia mi vientre.

Pensé en la montaña.

En aquella primera vida.

En el helicóptero que había llegado para salvar a todos.

A todos menos a mí.

Recordé haber visto cómo se marchaban Valerio, Fiorela y mis padres mientras yo seguía atrapada entre la nieve.

Nadie había preguntado por mí.

Nadie había regresado.

Morí esperando que alguien recordara que existía.

Esta vez no necesitaba que nadie regresara.

—Lo logramos, pequeño —susurré.

Una lágrima recorrió mi mejilla.

Pero no era una lágrima de derrota.

Era alivio.

—No voy a permitir que te pase lo mismo que a mí.

Me recosté sobre las mantas.

El barco avanzaba hacia aguas cada vez más oscuras, dejando atrás la ciudad, la mansión Soto Mayor y todo lo que durante años había confundido con familia.

Mis padres habían elegido a Fiorela.

Fiorela había elegido ganar.

Valerio había elegido tratarme como un reemplazo.

Yo, finalmente, me había elegido a mí misma.

Y también había elegido a mi hijo.

No sabía qué ciudad me esperaba al otro lado del viaje.

No sabía dónde viviríamos ni qué nombre usaría cuando llegáramos.

Por primera vez, no me importaba no saberlo.

La incertidumbre ya no me daba miedo.

La vida que conocía había terminado.

Mientras el carguero se alejaba de la costa y la primera claridad del amanecer comenzaba a dibujarse sobre el horizonte, cerré los ojos.

La Serafina que había pasado años suplicando por amor había quedado atrás.

También había quedado atrás la mujer que murió congelada esperando ser recordada.

Esta vez nadie decidiría cuánto valía yo.

Nadie volvería a convertir mi existencia en el reemplazo de otra persona.

Apoyé una mano sobre mi vientre y sonreí en la oscuridad.

Ahora éramos nosotros dos.

Y, por primera vez en dos vidas, el futuro me pertenecía.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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