Un año después de enterrar a mi esposo, fui al cementerio a cambiarle las flores, y el cuidador me dijo sin levantar la vista: “Ya no hay nadie aquí”. Pensé que era una broma cruel, una confusión de papeleo… hasta que abrió el registro y vi que los restos de Gabriel habían sido trasladados con una autorización firmada por mi suegra. Esa tarde, me di cuenta de que no había estado llorando a un hombre muerto, sino a una mentira.
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