Muerto según el ADN, vivo en la llamada: el misterio sin resolver del Huascarán

Parte 1:
El hospital tenía el cuerpo congelado de Roberto Mendoza en la morgue cuando su esposa recibió una llamada de auxilio desde el teléfono de él.
—María, soy yo… necesito ayuda.
La voz era inconfundible.
El problema era que Roberto llevaba seis días muerto.
Todo comenzó en junio de 2019, en Huaraz, Perú. Roberto Mendoza tenía treinta y cuatro años y era guía certificado de alta montaña. Había trabajado durante doce años en los Andes y había llegado tres veces a la cumbre del Huascarán, la montaña más alta del país.
Conocía sus grietas ocultas, sus avalanchas repentinas y sus cambios brutales de clima. Nunca improvisaba. Antes de cada expedición dejaba en casa un itinerario detallado con coordenadas, campamentos, números de emergencia y una fecha exacta de regreso.
El 15 de junio salió solo hacia la cara norte del Huascarán. Planeaba permanecer cinco días en la montaña, aunque le prometió a María que estaría de vuelta el 18 por la tarde.
A las seis de ese día, Roberto debía haber regresado a Huaraz.
No llegó.
María esperó una hora antes de llamar a Socorro Andino Peruano. Los rescatistas conocían bien a Roberto, pues había colaborado con ellos en otras emergencias. En cuanto recibieron la información, activaron el protocolo de búsqueda.
Ocho hombres subieron a la montaña. Cuatro siguieron la ruta registrada por Roberto; los demás inspeccionaron zonas laterales por si se había desviado debido al clima o a un accidente.
Durante dos días no encontraron nada.
La mañana del 21 de junio, uno de los equipos descubrió marcas de crampones fuera de la ruta principal. Las huellas conducían hacia un sector de grietas profundas, cubiertas por capas de nieve fresca.
A las once cuarenta llegaron al borde de una abertura de más de veinte metros. La nieve del fondo parecía removida.
El médico del equipo descendió primero.
Pasaron varios minutos sin que dijera una palabra. Cuando finalmente habló por radio, su voz sonó extrañamente contenida.
—Confirmamos una persona en la grieta. La identificación corresponde a Roberto Mendoza. Pero hay una anomalía. El estado del cuerpo no coincide con el tiempo que lleva desaparecido.
El cadáver fue extraído y trasladado en helicóptero al Hospital Regional de Huaraz. Las huellas dactilares coincidían con las de Roberto. También sus registros dentales, una antigua cicatriz en el hombro izquierdo y una lesión en la mano sufrida durante una caída en 2015.
No había duda sobre su identidad.
Sin embargo, el examen forense reveló algo imposible. Los tejidos presentaban una cristalización celular tan profunda que, de acuerdo con los especialistas, el cuerpo debía haber permanecido congelado durante al menos catorce días.
Roberto había salido de casa seis días antes.
Eso significaba que el cadáver había caído en aquella grieta alrededor del 7 de junio, ocho días antes de que María lo viera preparar su mochila, despedirse en la puerta y partir hacia la montaña.
Los médicos hablaron de posibles errores de estimación. Dijeron que las condiciones extremas podían alterar los cálculos.
María quiso creerles.
Durante los días siguientes organizó documentos, avisó a la familia y trató de aceptar que su esposo no regresaría. Apenas dormía. Cada vez que cerraba los ojos recordaba la última sonrisa de Roberto antes de salir.
El 27 de junio, a las siete treinta y cuatro de la mañana, María estaba preparando café cuando su teléfono comenzó a sonar.
Al mirar la pantalla sintió que el aire desaparecía de la cocina.
La llamada provenía del número de Roberto.
Pensó que se trataba de una falla de la compañía telefónica. El celular de su esposo había sido recuperado junto con el cadáver y permanecía apagado, sin batería, dentro de una bolsa de evidencias en el hospital.
Aun así, contestó.
Del otro lado se escuchaba una respiración débil, el silbido del viento y una voz que ella habría reconocido entre miles.
—María, soy yo… necesito ayuda.
*** Esta historia es completamente ficticia. Todos los nombres, lugares, personajes y acontecimientos mencionados en esta historia son inventados y no tienen relación ni se basan en ninguna persona, acontecimiento o historia real. ***
Parte 2:
—¿Roberto? —preguntó María, aferrándose al teléfono—. ¿Eres tú? ¿Dónde estás?
—En una grieta… caí cerca del campo uno. No puedo salir solo.
María comenzó a llorar.
—Pero te encontraron hace seis días.
Hubo un silencio atravesado por el viento.
—Tengo mucho frío. Por favor…
La comunicación se cortó después de cuarenta y tres segundos.
A las siete cuarenta y uno, María llamó a Socorro Andino. Al principio intentaron explicarle que aquello no podía ser real. Roberto estaba identificado en la morgue del hospital.
Entonces ella envió la grabación.
Los rescatistas conocían su voz. Era él.
La compañía telefónica analizó la llamada de emergencia. Confirmó que se había originado desde el dispositivo registrado a nombre de Roberto. El número de identificación del equipo también coincidía. La triangulación ubicó la señal en el sector noroeste del Huascarán, a unos cinco mil doscientos metros de altura.
No era una grabación reproducida ni una llamada programada. Había sido una transmisión en vivo desde la montaña.
Sin embargo, el teléfono físico de Roberto seguía en custodia forense, apagado y sin batería.
A las diez de la mañana, el equipo de rescate tomó una decisión. Aunque no podían explicar lo ocurrido, existía la posibilidad de que alguien necesitara ayuda.
Subieron siguiendo las coordenadas aproximadas de la señal.
La zona estaba cerca de la misma grieta donde habían recuperado el cuerpo seis días antes. A las dos cuarenta y cinco de la tarde, una voz irrumpió por la radio de la base.
—Tenemos contacto visual. Hay una persona en movimiento.
Los rescatistas avanzaron entre el hielo hasta llegar al borde de la grieta principal.
Allí encontraron a un hombre tendido sobre la nieve. Respiraba con dificultad. Tenía hipotermia severa, los labios morados y las manos cubiertas de heridas, pero seguía consciente.
Llevaba una chaqueta roja, pantalones técnicos negros y las mismas botas que habían sido retiradas del cadáver.
Cuando uno de los rescatistas se arrodilló a su lado, el hombre abrió los ojos.
—¿Dónde está María? —preguntó.
Era Roberto Mendoza.
Durante el vuelo al hospital quiso saber qué día era. Cuando le respondieron que era 27 de junio, se quedó inmóvil.
—Eso no puede ser —murmuró—. Yo caí el 17.
El helicóptero aterrizó en el mismo hospital donde, dos pisos debajo de la sala de urgencias, continuaba guardado el cuerpo congelado que tenía su rostro.
Y cuando los médicos compararon las huellas de ambos, descubrieron que no se parecían.
Eran exactamente iguales.
Parte 3:
Los especialistas repitieron la comparación varias veces. Cada cresta, cada bifurcación y cada patrón de las huellas digitales coincidían perfectamente.
La primera explicación fue un error humano. Tal vez alguien había confundido los archivos o etiquetado mal las muestras. Para eliminar cualquier duda, el hospital ordenó pruebas de ADN.
Roberto permaneció internado mientras los médicos atendían la deshidratación, la hipotermia y las lesiones de sus manos. María no se separó de él, aunque cada vez que bajaba la mirada recordaba que, en el sótano del mismo edificio, había otro hombre con el rostro de su esposo.
Los padres de Roberto confirmaron que era hijo único. No existía un hermano desconocido ni un gemelo separado al nacer.
Las muestras del hombre vivo y del cuerpo fueron enviadas a un laboratorio especializado en Lima. Los resultados llegaron el 30 de junio.
La coincidencia genética fue de 99.999 por ciento.
El médico forense responsable del caso exigió repetir el análisis. Temía que las muestras se hubieran contaminado durante el procesamiento.
Un segundo laboratorio obtuvo el mismo resultado.
Después se realizó una tercera prueba bajo supervisión independiente.
El resultado no cambió.
Roberto Mendoza estaba vivo en el tercer piso del hospital y, al mismo tiempo, otro Roberto Mendoza permanecía congelado en las instalaciones forenses del sótano.
Genéticamente eran la misma persona.
La ropa hizo el misterio todavía más inquietante. El Roberto rescatado llevaba una chaqueta roja de expedición, pantalones técnicos negros y unas botas Scarpa de un modelo específico. El cuerpo llevaba exactamente el mismo conjunto.
María aseguró que su esposo solo poseía un equipo de esas características. Lo había comprado seis meses antes y era el que utilizaba en todas sus expediciones importantes.
No eran prendas parecidas. Tenían las mismas reparaciones, marcas de desgaste y pequeños rasguños.
La mochila recuperada junto al cadáver contenía además el GPS personal de Roberto, un dispositivo Garmin que registraba cada minuto la posición, la altitud y la hora.
Cuando los investigadores revisaron el historial, encontraron una ruta completa hacia la montaña. De acuerdo con el aparato, Roberto había llegado a la zona de la grieta el 2 de junio, a las tres cuarenta y siete de la tarde.
Después de ese momento, el dispositivo no volvió a moverse.
La fecha era imposible.
El 2 de junio, Roberto había asistido con María al cumpleaños de un sobrino en Huaraz. Existían fotografías y videos de la celebración. En una de las imágenes, tomada exactamente a las tres cuarenta y siete de la tarde, aparecía sonriendo frente a un pastel, rodeado por su familia.
El GPS lo ubicaba al mismo tiempo dentro de una grieta, a cinco mil doscientos metros de altura.
Los técnicos revisaron el aparato tres veces. No encontraron fallas, alteraciones ni señales de que la fecha hubiera sido modificada.
El 2 de julio, cuando su estado de salud mejoró, Roberto fue interrogado por las autoridades del parque y los investigadores del caso.
—Recuerdo haber entrado a la montaña el 15 de junio —explicó—. Llegué al campo uno y me aclimaté sin problemas. El 17 decidí revisar una ruta lateral antes de subir al campo dos.
—¿Por qué se desvió?
—Quería verificar una alternativa. Conocía la zona, pero la niebla bajó demasiado rápido. Dejé de ver el terreno frente a mí. Di un paso y caí.
Roberto no sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente. Al despertar estaba en el fondo de la grieta, rodeado por hielo y oscuridad.
—Había algo más conmigo —dijo.
El investigador levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
Roberto tardó en responder.
—Al principio pensé que era una formación de hielo. Parecía una figura cubierta por nieve. Cuando pude ver mejor, entendí que era una persona.
—¿La reconoció?
—Llevaba mi ropa. Mi chaqueta, mis pantalones y mis botas.
Roberto explicó que el rostro estaba cubierto por una gruesa capa de hielo, pero alcanzó a observar la mano izquierda. En ella había una cicatriz idéntica a la suya, provocada por una caída ocurrida cuatro años antes.
Creyó que estaba alucinando por el frío y la falta de oxígeno. Evitó mirar el cuerpo y concentró toda su energía en escapar.
Clavó el piolet en el hielo y ascendió lentamente. Cada movimiento le provocaba un dolor insoportable. Resbaló varias veces y estuvo a punto de caer de nuevo, pero después de lo que le parecieron horas logró alcanzar el borde superior.
Una vez afuera buscó su teléfono. La pantalla se había roto durante la caída, aunque todavía parecía responder.
Marcó el número de María.
—No sabía si la llamada había entrado —dijo—. Después perdí la noción de lo que ocurrió.
La llamada sí había entrado.
Pero el celular encontrado con el primer cuerpo también tenía la pantalla rota, con las mismas fracturas extendiéndose desde la esquina superior derecha.
Las autoridades consultaron a físicos, especialistas en telecomunicaciones, médicos forenses y expertos en alta montaña. Ninguno pudo ofrecer una explicación que abarcara todas las pruebas.
Un físico propuso una posibilidad puramente teórica. En la mecánica cuántica existe un fenómeno llamado superposición, por el cual una partícula puede encontrarse en varios estados al mismo tiempo hasta que es observada.
El fenómeno había sido comprobado únicamente a escala subatómica. Nunca se había documentado en objetos grandes y mucho menos en un ser humano.
—No afirmo que esto haya ocurrido —aclaró el especialista—. Pero si algún fenómeno desconocido pudiera producir un efecto semejante a escala humana, una persona podría existir en más de una línea temporal. Una versión de Roberto habría llegado a la grieta el 2 de junio y otra habría iniciado la expedición el 15. Ambas serían físicamente reales.
La teoría desafiaba todo lo conocido sobre la realidad y no podía demostrarse.
En julio de 2019, un equipo especializado descendió a la grieta con instrumentos para detectar radiación, alteraciones magnéticas o cualquier anomalía ambiental.
No hallaron nada fuera de lo normal.
Sin embargo, a treinta metros de profundidad descubrieron una cavidad lateral que no había sido inspeccionada durante los rescates. Dentro encontraron crampones oxidados y un piolet antiguo con las iniciales “R. M.” grabadas en el mango.
El equipo había pertenecido a Roberto Mendoza, abuelo del guía, desaparecido en el Huascarán en junio de 1994.
Su cuerpo nunca fue localizado.
María recordó entonces una conversación que había escuchado años atrás. Poco antes de desaparecer, el abuelo de Roberto había dicho que sentía una especie de déjà vu constante cada vez que se acercaba a aquella montaña.
Aseguraba conocer lugares que nunca había visitado y recordar accidentes que todavía no habían ocurrido.
En agosto de 2019, las autoridades cerraron oficialmente el caso. El informe atribuyó el estado del cadáver a condiciones excepcionales de preservación. La coincidencia del ADN fue explicada como una posible contaminación de muestras; el registro del GPS, como una falla técnica; y la llamada, como una interferencia inusual de señales.
Nadie explicó por qué las tres pruebas genéticas independientes habían producido el mismo resultado.
Tampoco explicaron la existencia de dos equipos idénticos ni las fotografías que ubicaban a Roberto en Huaraz mientras el GPS lo situaba dentro del glaciar.
El expediente fue archivado.
Roberto se mudó con María a Lima e intentó reconstruir su vida. No volvió a escalar y se negaba incluso a mirar fotografías del Huascarán. Durante varios meses sufrió pesadillas en las que despertaba atrapado bajo el hielo, rodeado por figuras que tenían su cara.
En enero de 2020 se presentó en la oficina de uno de los coordinadores de Socorro Andino. Llevaba varios mapas dibujados a mano.
Había marcado siete ubicaciones con coordenadas exactas y había anotado profundidades aproximadas junto a cada una.
—Hay más en estos lugares —dijo—. Por favor, búsquenlos.
—¿Más qué?
Roberto bajó la mirada.
—Más cuerpos.
El coordinador le preguntó cómo podía saberlo.
—No puedo explicarlo —respondió Roberto—. Solo sé que estoy allí. Todavía estoy allí.
En febrero, un pequeño equipo decidió verificar una de las coordenadas. Eligieron la más cercana a la ruta principal y descendieron hasta la profundidad indicada.
Encontraron un cuerpo congelado con equipo moderno de montaña.
Las huellas digitales coincidían con las de Roberto Mendoza.
Las pruebas forenses determinaron que había permanecido en aquella posición durante aproximadamente seis años.
Eso significaba que había llegado allí en 2014, cuando Roberto vivía en Huaraz, trabajaba como guía y todavía no había realizado la expedición de 2019.
Socorro Andino decidió no inspeccionar las otras seis ubicaciones.
No fue por falta de recursos ni por temor a las condiciones de la montaña. Fue porque encontrar más cuerpos los obligaría a aceptar una idea que nadie estaba preparado para enfrentar: Roberto no había caído en aquella grieta una sola vez.
Tal vez había caído una y otra vez, en distintos momentos y en versiones diferentes de su propia vida. Cada vez, una parte de él quedaba atrapada mientras otra continuaba avanzando.
Desde 2021, varios alpinistas han informado haber visto a un hombre solitario cerca del sector de las grietas. Todos lo describen de la misma forma: chaqueta roja, pantalones negros y movimientos lentos, como si estuviera buscando el camino de regreso.
En cada una de esas fechas, Roberto se encontraba en Lima. María lo confirmó mediante fotografías, registros laborales y personas que estuvieron con él.
En febrero de 2024, Roberto entregó nuevos mapas a Socorro Andino.
Esta vez no señaló siete ubicaciones.
Marcó dieciocho.
Ninguna fue investigada.
Roberto continúa viviendo en Lima y jamás ha regresado al Huascarán. Sin embargo, sigue despertando algunas noches con coordenadas nuevas en la memoria. Se levanta, las anota en silencio y después intenta olvidar lo que vio en sus sueños.
María guarda todos esos mapas dentro de una caja cerrada.
A veces, Roberto le dice que todavía siente el frío de la grieta. Otras veces asegura escuchar golpes debajo del hielo, como si alguien utilizara un piolet para ascender desde otro tiempo.
Lo más inquietante ocurrió una madrugada, cuando María lo encontró frente a la ventana, observando hacia el norte.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
Roberto no volteó.
—Uno de ellos está a punto de salir.
Días después, un grupo de alpinistas reportó haber visto una figura junto a la grieta principal. El hombre llevaba una chaqueta roja y pedía ayuda a gritos.
Cuando intentaron acercarse, una nube cubrió la zona durante menos de un minuto.
Al disiparse, ya no había nadie.
Solo encontraron un teléfono con la pantalla rota sobre la nieve.
El aparato no tenía batería ni tarjeta SIM.
Aun así, en el historial aparecía una llamada saliente realizada esa misma mañana.
El número marcado era el de María.