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Mi suegra me despidió de mi empleo porque no hago lo que quiere, pero olvidó que al dueño de la empresa no le iba a gustar

Parte 1:

Mi suegra decidió despedirme de mi propio empleo porque falté a una de sus cenas. El pequeño detalle que olvidó fue que ella no trabajaba en la empresa, no tenía ningún cargo y el verdadero dueño era su esposo: mi suegro.

Trabajo en una compañía de unas treinta personas. Entré mucho antes de empezar a salir con mi esposo. Mi suegro necesitaba a alguien con mi perfil, me contrató y, con el tiempo, terminé enamorándome de su hijo. Profesionalmente, siempre procuramos mantener las cosas separadas. En la oficina, mi suegro era mi jefe. Fuera de ella, era familia.

El verdadero problema siempre fue mi suegra.

Ella tiene demasiado tiempo libre y está convencida de que los demás también. Le encanta organizar cenas y espera que todos acomoden sus vidas alrededor de ellas. Si alguien falta, lo interpreta como una ofensa personal.

Últimamente yo había faltado varias veces porque estábamos trabajando en un proyecto importantísimo. Había días en que mi suegro y yo nos quedábamos hasta tarde junto con otros compañeros.

A ella eso la enfurecía.

—Querida, estás trabajando demasiado —me decía—. Deberías descansar y venir a verme más seguido.

No le preocupaba mi salud. Le molestaba que no estuviera disponible cuando ella quería.

El viernes organizó otra de sus famosas cenas. Yo no fui.

Así que, durante el fin de semana, cuando la oficina estaba vacía, entró a la empresa, tomó una hoja con membrete oficial y redactó una supuesta carta de despido.

El lunes llegué a mi escritorio y ahí estaba.

Según la carta, mis servicios ya no eran necesarios, pronto contratarían a mi reemplazo y debía recoger mis cosas e irme. Incluso había firmado con su apellido de casada, como si eso le diera alguna autoridad.

Leí la hoja dos veces.

Luego fui directamente a la oficina de mi suegro, la puse sobre su escritorio y pregunté:

—¿Esto significa que tengo el resto del día libre o regreso a trabajar?

Él leyó la carta.

No se rio.

Cerró los ojos, respiró profundamente y respondió:

—No te preocupes por ella. Yo me encargo más tarde.

Volví a mi escritorio y seguí trabajando.

Entonces comenzaron las llamadas.

Sonaba el teléfono, yo contestaba y colgaban. Después sonaba el de algún compañero. Contestaban, volteaban hacia mi escritorio y decían:

—Sí, sigue aquí.

Mi suegra estaba llamando a la empresa para comprobar si yo había obedecido su falsa carta.

Lo hizo tantas veces que para la tarde todos sabían exactamente lo que estaba pasando.

Esa noche nadie quiso llamar a mi suegro. Hasta mi esposo prefirió mantenerse al margen porque sabía que en cuanto su padre llegara a casa habría una discusión monumental.

A la mañana siguiente, mi suegro llegó tarde, algo rarísimo en él.

Venía sin dormir bien y con una cara que dejaba claro que la noche había sido peor de lo que imaginábamos.

Nos llamó a mí y a dos compañeros a su oficina.

—Las cenas quedan suspendidas hasta nuevo aviso —dijo.

Resultó que había enfrentado a mi suegra y le había dejado claro que ella no podía decidir quién trabajaba, quién asistía a sus reuniones ni mucho menos quién era despedido de su empresa.

Pensé que ahí terminaba todo.

Estaba equivocada.

Mi suegro se frotó la frente y nos miró con una expresión mucho más seria.

—La carta ya no es nuestro problema más grande.

Entonces nos contó lo que mi suegra había hecho esa misma mañana con el cliente más importante del proyecto.

*** Esta historia es completamente ficticia. Todos los nombres, lugares, personajes y acontecimientos mencionados en esta historia son inventados y no tienen relación ni se basan en ninguna persona, acontecimiento o historia real. ***

 

Parte 2:

La discusión entre mis suegros había durado hasta muy tarde y había vuelto a empezar temprano. Cuando mi suegro entró a bañarse, sonó el teléfono de la casa.

Era nuestro cliente principal.

Mi suegra contestó.

Y, todavía furiosa por la pelea, decidió que las nueve de la mañana eran una hora inaceptable para llamar.

—Mi esposo está ocupado. Es demasiado temprano. Llame después de las once o lleve su negocio a otro lado.

Y colgó.

Mi suegro alcanzó a escucharla desde el baño. Salió corriendo para detenerla, pero ya era demasiado tarde.

Intentó llamar al cliente varias veces camino a la oficina.

No obtuvo respuesta.

Por eso estábamos reunidos.

Semanas de trabajo podían desaparecer porque mi suegra había decidido intervenir en una empresa donde no tenía ninguna autoridad.

Por suerte, yo conocía muy bien a la persona que ocupaba un puesto equivalente al mío en la compañía del cliente. Después de tantas horas coordinando el proyecto, teníamos suficiente confianza.

Lo llamé.

Él ya conocía buena parte de mis problemas familiares porque, después de tantas jornadas juntos, inevitablemente habíamos terminado hablando de nuestras vidas.

Le expliqué lo ocurrido.

—Déjame hablar con mi jefe —me dijo.

Los siguientes cuarenta y cinco minutos parecieron eternos.

Finalmente sonó el teléfono de mi suegro.

Era el cliente.

Todos guardamos silencio mientras él contestaba.

La conversación duró varios minutos. Cuando colgó, respiró tan profundamente que parecía haber estado conteniendo el aire desde la mañana.

—Seguimos con el proyecto.

La oficina entera se relajó.

Más tarde nos explicó que el cliente incluso se había reído cuando supo quién había contestado el teléfono y por qué.

Yo seguía empleada. El contrato seguía vivo. Y mi suegra seguía sin tener absolutamente ninguna autoridad dentro de la compañía.

Parecía una victoria.

Pero aquella semana había dejado algo mucho más profundo al descubierto.

Unos días después, mi suegro me llamó nuevamente a su oficina.

Esta vez no utilizó mi apellido, como hacía normalmente en el trabajo.

Usó mi nombre.

En cuanto cerró la puerta, supe que no quería hablar conmigo como jefe.

Quería hablar conmigo como suegro.

Se sentó, se frotó la cara con ambas manos y me preguntó:

—¿Qué puedo hacer para terminar con todo esto? ¿Por qué soy tan desdichado?

Yo tardé unos segundos en responder.

Porque, aunque él todavía no había pronunciado la palabra, los dos sabíamos exactamente hacia dónde estaba empezando a mirar.

Parte 3:

No me correspondía decirle a mi suegro que se divorciara.

Era su matrimonio, su vida y una decisión demasiado grande como para que yo intentara empujarlo en una dirección.

Así que escogí mis palabras con cuidado.

—No voy a decirte qué debes hacer —respondí—. Pero si miras todos los problemas de los últimos meses, hay un denominador común bastante evidente.

Él no respondió de inmediato.

Tampoco necesitaba hacerlo.

Mi suegra ya no solo me estaba causando problemas a mí.

Yo tenía una solución sencilla: dejar de visitarla.

De hecho, ya había empezado a hacerlo.

Mi esposo tomó una decisión parecida después del incidente de la falsa carta de despido y de lo ocurrido con el cliente. Durante un tiempo había aceptado volver a las cenas porque su madre prometió no repetir otra de sus peores ocurrencias.

Y aquello tenía historia.

Un mes antes, mi suegra había organizado una de sus reuniones y había invitado a una amiga junto con la hija de esa mujer.

La presencia de la amiga no tenía nada de raro.

La hija sí.

Era aproximadamente de la edad de mi esposo y él apenas la conocía.

Cuando llegó a la casa y la vio, preguntó por qué estaba ahí.

Mi suegra comenzó hablando de conocer gente nueva, ampliar amistades y otras excusas poco convincentes.

Mi esposo siguió preguntando hasta que ella terminó admitiendo que pensaba que la hija de su amiga podía convertirse en una “hermosa nueva amiga” para él.

No dijo directamente que debía dejarme.

Pero la intención era suficientemente obvia.

La pobre muchacha, por cierto, tampoco parecía saber que la habían llevado ahí con ese propósito.

Mi esposo no armó un escándalo.

Simplemente decidió que no iba a participar en semejante situación.

—No he bebido lo suficiente para soportar esto —dijo.

Salió de la casa y pidió un auto.

Mi suegra lo siguió asegurando que todo había sido una broma, pero él se fue.

Después me contó lo ocurrido y yo me puse furiosa.

Quería enfrentarla.

Él me pidió que no lo hiciera.

—Yo me encargo de mi madre —me dijo.

Así que respeté su decisión.

Mi suegro también discutió con ella aquella noche. Al día siguiente me lo encontré en el estacionamiento de la empresa y parecía agotado.

—¿Noche difícil? —pregunté.

Me miró como un hombre que acababa de perder una batalla.

—¿Por qué me pasan estas cosas a mí?

En ese momento todavía podíamos bromear un poco al respecto.

Ya no.

Después del intento de despedirme y del problema con el cliente, mi esposo decidió que no volvería a las cenas.

Mi suegro, en cambio, no podía simplemente dejar de visitar a mi suegra.

Vivía con ella.

Y cada día se notaba más cuánto lo estaba desgastando.

La última discusión había sido enorme. Él terminó durmiendo en otra habitación y llegó a la oficina sin afeitar, todavía con la misma ropa, porque no quería entrar al dormitorio mientras ella estuviera ahí.

Además, había cancelado temporalmente sus tarjetas de crédito.

Ella reaccionó como si le hubiera quitado el oxígeno.

—¡Cerdo miserable! —le gritó.

Según mi suegro, no lo había hecho para castigarla. Estaba cansado de que ella gastara el dinero familiar mientras interfería con la empresa que generaba buena parte de ese dinero.

Y, por primera vez, parecía estar analizando todo lo ocurrido no como una serie de incidentes aislados, sino como un patrón.

Mi esposo le dijo que lo apoyaría si decidía separarse, pero ninguno de nosotros quiso presionarlo.

Después de aquella conversación en la oficina no ocurrió nada inmediato.

Durante meses no tuve novedades importantes.

Y eso, sinceramente, fue agradable.

Yo seguí trabajando.

El proyecto avanzó.

Mi esposo y yo mantuvimos distancia.

Incluso hubo espacio para recordar algunas historias absurdas del pasado, como aquella vez que terminamos quedándonos un par de noches en casa de mis suegros porque una tubería se rompió y nuestra cocina se inundó.

Mi esposo todavía fumaba en aquella época.

Sus padres no lo sabían.

Una noche fumó demasiado cerca del detector de humo de la cocina y activó la alarma.

Yo dormía profundamente en la habitación de invitados cuando desperté con mi suegra inclinada sobre mí, despeinada, sin maquillaje y usando un protector nocturno en la boca.

Gritaba algo que yo apenas podía entender mientras trataba de sacarme de la cama porque pensaba que la casa estaba ardiendo.

No había incendio.

Solo humo del cigarro.

Eran alrededor de las once de la noche, pero para mí se sintió como si me hubieran despertado a las tres de la mañana.

Mis suegros descubrieron entonces el hábito de su hijo y tuvieron una conversación bastante seria con él.

Curiosamente, después de esa noche, mi esposo finalmente dejó de fumar.

Yo decía en broma que la imagen de mi suegra despertándome así también había sido suficiente para quitarme años de vida.

Pero la historia importante llegó varios meses después.

Un día, mi suegro y mi esposo me pidieron que me sentara con ellos.

Los dos tenían una expresión tan seria que parecía que iban a explicarme una tragedia familiar.

Mi suegro habló primero.

—Quiero que sepas algo antes que cualquier otra cosa. La empresa está segura.

Lo miré.

—¿Segura?

—Ella no puede quedarse con la compañía. No va a convertirse en tu jefa. Tu empleo no está en peligro.

Fue entonces cuando entendí.

Mi suegro se estaba divorciando.

El proceso tardó meses y fue desagradable, aunque afortunadamente la mayor parte del conflicto quedó entre ellos y sus abogados.

Después de la separación desaparecieron las cenas obligatorias, las visitas constantes y casi todos los enfrentamientos directos con mi suegra.

Ella concentró buena parte de su energía en intentar convencer a mi suegro de que no terminara el matrimonio.

Según ella, todo se debía a “un tonto error”.

Pero ya sabíamos que no había sido un solo error.

Lo del cliente fue simplemente el episodio que hizo imposible seguir ignorando todo lo demás.

Mi suegro llevaba mucho tiempo cansado.

Había habido discusiones, gastos excesivos, interferencias en asuntos del negocio y problemas que ni mi esposo ni yo conocíamos por completo.

La falsa carta de despido no destruyó el matrimonio.

Tampoco lo hizo aquella llamada al cliente por sí sola.

Pero ambas cosas parecieron obligar a mi suegro a mirar de frente una situación que llevaba años soportando.

Y después del divorcio ocurrió algo que todos en la oficina notamos.

Mi suegro cambió.

Parecía otro hombre.

Tenía más energía.

Dejó de arrastrar los pies por la oficina.

Llegaba afeitado, descansado y mucho más atento.

Incluso volvió a reírse de mis chistes malos.

Yo bromeaba diciendo que quizá había encontrado algún suplemento milagroso, porque la alternativa era aceptar que su matrimonio había funcionado durante años como un poderoso sedante.

También desapareció otro problema.

Mi exsuegra dejó de presentarse en la empresa esperando que los empleados la llamaran “jefa”.

Algunos compañeros lo habían hecho solamente para evitar conflictos.

Yo nunca.

Tenía la ventaja de estar casada con su hijo y de saber perfectamente que no tenía ninguna autoridad sobre mí.

El proyecto que había estado en peligro por aquella llamada finalmente terminó.

El cliente quedó satisfecho.

Después de semanas de salir tarde, todos recuperamos horarios normales.

Y mi suegro cumplió lo prometido.

Celebramos en la oficina.

Llevó pastel de helado y anunció que recibiríamos aumentos.

Después de todo aquel caos, yo seguía exactamente donde debía estar.

No había perdido mi empleo.

No habían perdido al cliente.

La empresa seguía en manos de mi suegro.

Y la mujer que había escrito una falsa carta de despido creyendo que podía decidir mi futuro ya no tenía acceso alguno al negocio.

Mi esposo mantuvo mucha distancia con su madre. Ella intentaba comunicarse con él de vez en cuando, pero él había aprendido a proteger sus límites.

Yo, por mi parte, prácticamente dejé de tener relación con ella.

No porque hubiera organizado una gran confrontación final.

Simplemente ya no existía ninguna razón para verla.

Y después de todo lo ocurrido, esa distancia se sintió como el mejor desenlace posible.

A veces pienso en aquella mañana de lunes cuando encontré la carta sobre mi escritorio.

Mi suegra había entrado a la oficina durante el fin de semana convencida de que bastaba con usar el membrete correcto y su apellido de casada para despedirme.

Debió imaginar que yo recogería mis cosas, bajaría la cabeza y desaparecería antes de que alguien preguntara qué había ocurrido.

En cambio, aquella hoja terminó siendo una pieza más de un problema mucho mayor que su propio esposo ya no estaba dispuesto a ignorar.

Yo conservé mi empleo.

Terminé el proyecto.

Recibí un aumento.

Y, finalmente, puedo comprar todo el helado que quiera sin esperar que mi jefe vuelva a prometerlo como recompensa.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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