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Instaló la cámara seis días después de desaparecer

Parte 1:

La cámara mostraba a Diego Salazar instalándola seis días después de su última señal de vida. La fecha estaba registrada dentro del archivo y los técnicos confirmaron que no había sido modificada.

Aquella grabación no debería existir.

Diego Salazar Mendoza tenía 34 años y era biólogo del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, especializado en fauna de altura. Durante quince años había realizado expediciones a los tepuyes de Venezuela, enormes montañas de cima plana que se levantan sobre la selva como islas detenidas en el tiempo.

Conocía el Parque Nacional Canaima mejor que casi cualquier investigador extranjero. Sabía identificar sus senderos, cuevas, riscos y peligros. Había trabajado cerca del Auyán-tepuy durante casi una década, estudiando especies que no existen en ningún otro lugar del planeta.

En marzo de 2019 solicitó autorización para una expedición de tres semanas al sector noreste de la meseta. Su objetivo era instalar veinte cámaras trampa y documentar la actividad nocturna de pumas a más de mil ochocientos metros de altura.

Los aparatos se activaban al detectar movimiento y calor corporal. Cada video quedaba marcado con fecha, hora y temperatura. Diego había calibrado todas las cámaras antes del viaje.

Dos días antes de partir, cenó con su hermana Valentina en Puerto Ordaz.

Estaba emocionado. Acababan de aprobarle financiamiento para prolongar su investigación dos años más. Sin embargo, a mitad de la cena, Valentina deslizó su teléfono sobre la mesa.

—Diego, ¿qué significa esto?

En la pantalla había un mensaje recibido a las 6:15 de aquella mañana. Provenía del número de Diego.

“No dejes que vaya, por favor”.

Él revisó su celular. No había ningún mensaje enviado, ninguna notificación ni registro de actividad.

—Yo no mandé eso.

—Pero salió de tu número.

Diego soltó una risa incómoda.

—Debe ser un error de la operadora. Tal vez clonaron mi tarjeta SIM.

Valentina siguió observándolo.

—¿A quién no debo dejar ir? ¿Y a dónde?

Diego cambió de tema. Comenzó a hablar de las rutas, del equipo y de las muestras que esperaba recolectar. Pero su hermana había visto cómo su expresión cambiaba al leer el mensaje. Durante un instante pareció reconocer aquellas palabras.

Antes de despedirse, Diego le contó algo más.

En una expedición anterior había encontrado cortes profundos en varios árboles. Las marcas estaban a más de tres metros del suelo y descendían verticalmente por la corteza.

Los guardaparques creían que pertenecían a un oso frontino.

—No eran de oso —dijo Diego—. He visto esas marcas antes. Esto era diferente. Parecía que algo había bajado desde arriba.

—¿Debería preocuparme?

Diego sonrió.

—Es solo otro misterio por resolver.

El 18 de marzo entró al parque acompañado por dos guías pemones. Antes de separarse de ellos, uno le habló de una antigua advertencia relacionada con aquella zona.

Los pemones llamaban al lugar la montaña del tiempo roto.

Decían que, en ciertos senderos, el tiempo no avanzaba en línea recta. Daba vueltas, retrocedía y se doblaba sobre sí mismo. Quien entraba en el momento equivocado podía caminar durante años creyendo que solo había transcurrido un día.

Diego debía regresar el 8 de abril.

No regresó.

El 9 de abril, Valentina llamó a la oficina del parque. Diego no había registrado su salida. Al día siguiente se activó una operación de búsqueda con doce rescatistas y cuatro guías pemones.

Tres días después encontraron su campamento.

La tienda estaba cerrada. Las provisiones seguían organizadas. Su ropa limpia estaba doblada y el equipo de escalada colgaba en orden. Todo indicaba que Diego había salido a trabajar y pensaba volver esa misma noche.

En su diario, la última entrada estaba fechada el 2 de abril. Escribió que había colocado dieciséis cámaras y que planeaba instalar las cuatro restantes al día siguiente. Después comenzaría el descenso.

Los rescatistas siguieron las coordenadas anotadas por Diego. Encontraron quince cámaras funcionando con normalidad.

La número dieciséis estaba a un kilómetro y medio del campamento.

Carlos Medina, jefe del equipo, retiró la tarjeta de memoria. Había 237 videos de animales.

El archivo 238 tenía fecha del 8 de abril.

Seis días después de la última anotación de Diego.

Carlos abrió el video.

En la pantalla apareció el hombre desaparecido, parado frente al árbol, instalando exactamente la misma cámara que el rescatista sostenía entre sus manos.

*** Esta historia es completamente ficticia. Todos los nombres, lugares, personajes y acontecimientos mencionados en esta historia son inventados y no tienen relación ni se basan en ninguna persona, acontecimiento o historia real. ***

 

Parte 2:

Carlos reprodujo el archivo tres veces antes de llamar a los demás.

El video duraba cuarenta y tres segundos. Diego aparecía ajustando la cámara hacia el sendero. Llevaba su chaqueta verde, gorra y guantes de trabajo.

A primera vista, parecía una jornada normal.

Pero había tres detalles inquietantes.

Su barba, siempre corta, le cubría media cara. Parecía llevar al menos dos semanas sin afeitarse. La chaqueta estaba rasgada en el hombro izquierdo y sus movimientos eran lentos, como si apenas pudiera mantenerse de pie.

Varias veces interrumpió el trabajo para mirar hacia algo situado fuera del encuadre.

En el segundo treinta y dos terminó de ajustar el aparato. Después miró directamente al lente y levantó la mano derecha.

Saludó despacio.

No fue un gesto casual. Parecía saber que alguien encontraría aquella grabación.

Carlos revisó la fecha: 8 de abril, 4:17 de la tarde. No había errores visibles en el sistema.

Sin embargo, alrededor del árbol no encontraron huellas, ramas rotas ni vegetación aplastada. Nada demostraba que una persona hubiera pasado por ahí recientemente.

Esa noche revisaron los archivos de las demás cámaras.

En la cámara tres aparecía Diego detrás de un venado el 31 de marzo, aunque, según su diario, ese día estaba a tres kilómetros de distancia.

En la cámara siete, una sombra humana con mochila se proyectaba sobre el sendero mientras Diego aseguraba estar en el campamento.

La cámara once lo mostraba caminando frente al lente como si ignorara que el aparato estaba allí, aunque él mismo lo había instalado dos días antes.

Las fechas se contradecían.

Diego aparecía en distintos puntos de la meseta durante las mismas horas. En algunas grabaciones pasaba por cámaras que, según su diario, todavía no había colocado.

Parecía haber varias versiones de él avanzando por días diferentes.

Antonio Martínez, uno de los guías pemones, observó los videos en silencio. Después guardó sus cosas.

—No continuaré —dijo.

Carlos intentó detenerlo.

—Diego podría seguir vivo.

Antonio negó con la cabeza.

—Encontró un camino roto.

—¿Qué significa eso?

El guía miró hacia la oscuridad que rodeaba el campamento.

—Mi abuelo conoció a un cazador que desapareció aquí. Lo encontraron tres semanas después caminando en círculos. Juraba que solo había pasado un día. Decía que veía versiones de sí mismo más adelante en el sendero, viviendo cosas que todavía no le habían ocurrido.

Carlos sintió un escalofrío.

—¿Y qué le pasó?

—Salió de la montaña, pero una parte de él se quedó atrapada.

Antonio señaló las cámaras alineadas sobre la mesa.

—Si Diego entró en uno de esos caminos, no lo encontrarán. Puede estar en un tiempo que ya terminó, en uno que todavía no empieza… o en todos al mismo tiempo.

En ese instante, la cámara número dieciséis emitió un sonido.

Había otro archivo que nadie había revisado.

Parte 3:

Carlos tomó la tarjeta y abrió la nueva grabación.

El archivo correspondía a la medianoche del 8 de abril. Durante varios segundos solo se veía el sendero iluminado por la luz infrarroja. Después, algo cruzó rápidamente por el extremo izquierdo.

La figura era demasiado borrosa para identificarla, pero parecía más alta que un hombre.

El siguiente video había sido registrado a las 2:00 de la madrugada del 9 de abril.

La cámara se activó.

Durante los primeros diez segundos no ocurrió nada. Solo aparecieron el camino vacío, los árboles y la vegetación inmóvil bajo el resplandor gris de la visión nocturna.

Entonces una mano entró en el encuadre.

Era humana.

Los dedos largos y sucios tocaron el lente. La piel estaba arrugada, como si hubiera permanecido mojada durante mucho tiempo. Había una sustancia oscura bajo las uñas.

La mano permaneció presionada contra el vidrio durante dieciocho segundos.

Nadie en el campamento dijo una palabra.

Después, los dedos se apartaron lentamente. Justo antes de desaparecer, hicieron un movimiento breve.

Un saludo.

El mismo gesto que Diego había realizado frente a la cámara.

Antonio retrocedió.

—Eso no estaba buscando el aparato —susurró—. Estaba buscando a quienes lo verían.

A la mañana siguiente, dos integrantes del equipo abandonaron la operación junto con él.

Carlos y los demás continuaron.

Durante once días, cuarenta personas revisaron un perímetro de cinco kilómetros alrededor del campamento de Diego. Utilizaron helicópteros con cámaras térmicas, drones y perros de rastreo trasladados desde Caracas.

No encontraron su cuerpo.

Tampoco hallaron sangre, prendas, restos de equipo, señales de ataque animal ni evidencias de una caída.

Era como si Diego Salazar hubiera desaparecido sin dejar espacio vacío detrás de él.

Las cámaras, en cambio, siguieron registrando actividad.

En un video, un venado cruzaba el sendero.

En otro, la vegetación se movía aunque no había viento.

Un archivo posterior mostraba ramas apartándose poco a poco, como si alguien invisible caminara entre ellas.

Las autoridades suspendieron la búsqueda y trasladaron las tarjetas de memoria a Caracas. El material fue entregado a técnicos especializados, quienes trabajaron durante tres semanas para determinar si los videos habían sido manipulados.

Analizaron los datos internos, los metadatos, la secuencia de escritura y los relojes de los dispositivos.

No encontraron alteraciones.

El archivo de Diego instalando la cámara había sido creado el 8 de abril a las 4:17 de la tarde. Las demás apariciones también eran auténticas y sus fechas coincidían con los registros internos de los aparatos.

Los investigadores intentaron proponer explicaciones razonables.

Tal vez Diego se había equivocado al escribir las fechas en su diario. Sin embargo, sus anotaciones eran diarias, ordenadas y consistentes.

Quizá los relojes de las cámaras estaban mal configurados. Pero todas habían sido calibradas al mismo tiempo y sus horarios coincidían entre sí.

También se consideró alguna interferencia magnética o atmosférica. No obstante, ningún fenómeno conocido podía crear archivos en fechas distintas, modificar secuencias sin dejar rastros o mostrar a una persona en lugares separados por kilómetros durante el mismo periodo.

En agosto de 2019, el caso fue cerrado oficialmente.

La conclusión fue: accidente en terreno de alta complejidad, cuerpo no recuperado.

Valentina rechazó aquella explicación.

Tres semanas después del cierre, volvió a leer el mensaje que había recibido antes de la expedición.

“No dejes que vaya, por favor”.

Durante meses había pensado que la frase se refería a su hermano. Quizá alguien quería impedir que Diego entrara al parque.

Pero esa noche comprendió otra posibilidad.

El mensaje no decía: “No me dejes ir”.

Decía: “No dejes que vaya”.

Como si Diego estuviera pidiendo que detuvieran a otra versión de sí mismo.

Valentina abrió los detalles técnicos del mensaje. Había llegado a las 6:15 de la mañana del 16 de marzo, dos días antes de la entrada oficial de Diego al parque.

Luego revisó la información de la red.

El mensaje había sido transmitido desde una torre cercana a Canaima.

Aquello era imposible. El 16 de marzo, Diego estaba cenando y preparando su equipo en Puerto Ordaz.

A menos que el mensaje no hubiera sido enviado por el Diego que estaba con ella.

A menos que proviniera de otro momento.

Valentina recordó la reacción de su hermano al leerlo. El miedo que apareció en su rostro durante apenas un segundo. Tal vez no había entendido por completo el mensaje, pero había reconocido algo en él.

Quizá una expresión que él mismo habría usado.

Quizá una advertencia que, en algún punto de aquel tiempo quebrado, sabía que tendría que enviar.

En diciembre de 2019, un grupo de turistas alemanes contrató un recorrido en helicóptero sobre el Auyán-tepuy.

Uno de ellos, un fotógrafo llamado Klaus Benner, tomó cientos de imágenes de la meseta. Al revisarlas esa noche en su hotel, descubrió una figura humana cerca del borde de un acantilado.

Amplió la fotografía.

La persona llevaba una chaqueta verde y una gorra. Estaba completamente inmóvil, con el rostro levantado hacia el helicóptero.

Klaus entregó la imagen a las autoridades.

Tres días después, un equipo llegó al lugar exacto. No encontró a nadie. Tampoco había huellas, campamento ni rastros recientes.

Sin embargo, en el tronco de un árbol cercano descubrieron unas palabras talladas con un objeto afilado.

Las letras eran profundas e irregulares, como si hubieran sido escritas con desesperación.

“No regresen. Estoy en todos los días”.

El análisis forense concluyó que los cortes habían sido hechos con un cuchillo de supervivencia similar al que Diego llevaba. También determinó que las marcas tenían aproximadamente seis meses de antigüedad.

Eso significaba que habían sido talladas alrededor de abril de 2019.

El acantilado se encontraba a cuatro kilómetros de la ruta planeada por Diego. No estaba cerca de su campamento ni de ninguna cámara.

No existía una razón lógica para que hubiera llegado hasta ahí.

A menos que ya no estuviera siguiendo una ruta.

A menos que caminara sin saber si avanzaba, retrocedía o repetía los mismos pasos.

El hallazgo nunca fue anunciado públicamente. Las autoridades acordonaron la zona y recomendaron a los operadores turísticos evitar el sector noreste de la meseta.

En 2020 se ordenó retirar las dieciséis cámaras instaladas por Diego.

Solo recuperaron quince.

La cámara número dieciséis no estaba en el árbol.

Durante meses se supuso que alguien la había robado o que había caído durante una tormenta. Sin embargo, en 2021, unos guardaparques la encontraron de nuevo en el mismo sitio.

Estaba sujeta al tronco.

Seguía encendida.

La carcasa mostraba desgaste por la lluvia, pero el sensor continuaba funcionando. En la tarjeta había dos años de grabaciones de animales, neblina, lluvia y senderos vacíos.

También había un video distinto.

La fecha era 2 de abril de 2021.

Exactamente dos años después de la última anotación en el diario de Diego.

El archivo comenzaba a las 3:00 de la madrugada. Durante varios segundos no se veía nada fuera de lo común.

Después, una persona cruzaba lentamente de izquierda a derecha.

La figura arrastraba los pies. Llevaba una chaqueta rota, pantalones de expedición y una gorra.

Los guardaparques vieron el video una sola vez.

Luego sellaron la tarjeta y la enviaron a Caracas.

Cuando les preguntaron qué habían observado, ninguno quiso dar una descripción completa. Uno de ellos aceptó hablar únicamente bajo condición de que su nombre no fuera registrado.

—Se parecía a Diego Salazar —dijo—, pero estaba más viejo. Mucho más viejo. Parecía haber envejecido diez años, aunque llevaba la misma ropa de 2019.

La cámara fue retirada oficialmente en junio de 2021. La tarjeta quedó archivada como material sensible.

Valentina solicitó acceso.

La respuesta fue negativa.

—Es mejor que no lo vea —le dijo un funcionario.

—Es mi hermano.

—Precisamente por eso.

Valentina dejó de insistir. No volvió a Canaima y evitó hablar públicamente del caso. Durante mucho tiempo conservó el primer mensaje de Diego, aunque cambió varias veces de teléfono.

Pasaron cinco años.

En agosto de 2024, a las 6:15 de la mañana, su celular vibró sobre la mesa de noche.

El número en la pantalla pertenecía a Diego.

Valentina tardó varios minutos en atreverse a abrir el mensaje.

Decía:

“No dejes que vaya, por favor”.

Era exactamente la misma frase que había recibido antes de la expedición. La misma puntuación. La misma hora.

Valentina bloqueó el número y cambió de teléfono ese mismo día. No respondió. Tampoco informó de inmediato a las autoridades.

Sin embargo, antes de apagar el aparato, revisó la información de la red.

El mensaje había sido transmitido desde una torre cercana al Parque Nacional Canaima.

Como el primero.

Diego Salazar continúa oficialmente desaparecido. Su cuerpo nunca fue recuperado y no existe evidencia concluyente de que haya muerto.

Las cámaras que instaló registraron a un hombre apareciendo en lugares distintos y en fechas incompatibles, como si todos los días de su expedición ocurrieran de manera simultánea.

Algunos creen que los videos fueron producto de fallas técnicas imposibles de detectar.

Otros piensan que Diego perdió la orientación y que las fechas de su diario no eran confiables.

Los guías pemones que conocen aquella región sostienen otra explicación.

Dicen que ciertos caminos de la montaña no llevan de un lugar a otro.

Llevan de un momento a otro.

A veces permiten avanzar.

A veces obligan a regresar.

Y en ocasiones se cierran sobre quien los atraviesa, condenándolo a caminar por todos sus días al mismo tiempo.

Tal vez Diego sigue recorriendo el Auyán-tepuy, viendo versiones más jóvenes de sí mismo instalar cámaras que él ya recuerda haber encontrado.

Tal vez continúa dejando mensajes para su hermana, intentando advertirle desde distintos años.

O quizá la frase nunca estuvo dirigida a Valentina.

Quizá Diego se la enviaba a otra versión de sí mismo.

Una versión que todavía podía elegir no entrar a la montaña.

Una versión que aún no había encontrado el camino roto.

En algún lugar del sector noreste, entre la niebla y los árboles marcados, podría seguir caminando un hombre con chaqueta verde.

Más viejo en cada grabación.

Más cansado en cada aparición.

Repitiendo el mismo saludo frente a una cámara que, para él, quizá todavía no ha sido instalada.

Y esperando alcanzar, aunque sea una sola vez, el día correcto para poder regresar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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