Rodrigo creyó haber enterrado a Isabel y a su bebé en la nieve para cobrar 50 millones, fingiendo ante todos ser un viudo destrozado mientras preparaba una vida nueva con su amante; pero cuando tomó la pluma junto a los ataúdes blancos y susurró que nadie sabría la verdad, las puertas de la catedral se abrieron y apareció Isabel viva, con el rostro marcado, su hija aún latiendo dentro de ella y una grabación capaz de destruirlo.
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