Tomás criaba solo a sus gemelos en la hacienda La Esperanza, agotado por el duelo y la culpa, hasta que Jacinta, una forastera sin dinero ni apellido, pidió quedarse y convirtió una casa rota en hogar; pero cuando doña Matilde llegó para llevarse a los niños, todos creyeron que el pasado vencería al presente. Lo que parecía una amenaza de custodia terminó revelando la última carta de Elena y una verdad imposible de negar: amar de nuevo no era traicionar a los muertos.
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