Cuando Abrí Las Puertas De La Iglesia, Mi Esposa Dejó Caer El Ramo Y Gritó: “¡Tú Estabas Muerto!”. Más De Cien Invitados Me Miraron Como Si Un Fantasma Hubiera Entrado A Interrumpir Los Votos. Yo Había Perdido Peso, Caminaba Con Bastón Y Una Cicatriz Me Cruzaba El Rostro, Pero Todavía Llevaba En El Bolsillo La Primera Hoja Donde Escribí Su Nombre Al Recuperar La Memoria. No Le Exigí Que Regresara Conmigo. Solo Pedí Que Llamaran A La Inspectora Que Había Confirmado Mi Identidad Y Entregué La Pulsera Del Hospital Donde Pasé Casi Dos Años Como Un Hombre Sin Nombre. Nadie Imaginaba que, mientras todos me daban por muerto, la madre de mi esposa había guardado mis pertenencias, presionado para vender nuestra casa y ocultado una carta certificada que demostraba que la propiedad no podía venderse sin mi autorización.
thukok