El explorador que investigaba lugares abandonados siguió cuatro reglas durante años, hasta que una criatura imposible apareció en un viejo sanatorio mexicano
El explorador que investigaba lugares abandonados siguió cuatro reglas durante años, hasta que una criatura imposible apareció en un viejo sanatorio mexicano
Parte 1: El hombre que aceptaba trabajos que nadie quería
Me llamo Julián Arriaga, tengo treinta y siete años y me gano la vida entrando en lugares donde casi nadie desea permanecer después de que cae el sol. Algunas personas me llaman investigador independiente, otras prefieren decir que soy explorador urbano, pero la descripción más honesta es que acepto trabajos extraños de gente que necesita respuestas y no sabe a quién más recurrir.
He pasado noches enteras dentro de casonas donde los nuevos propietarios escuchaban pasos en habitaciones vacías, he inspeccionado túneles cerrados bajo viejas fábricas y he acompañado a familias que necesitaban recuperar objetos de edificios abandonados sin entrar ellas mismas. No prometo encontrar fantasmas, monstruos ni explicaciones sobrenaturales, solo observo, documento y procuro regresar con la misma cantidad de huesos con la que salí.
Vivo en una camioneta adaptada con una cama estrecha, una cocineta y cajas llenas de linternas, baterías, cuerdas y herramientas. Mi compañero se llama Bruno, un perro mestizo grande, de pelaje café y negro, que lleva un paliacate morado alrededor del cuello y tiene mejor juicio que la mayoría de las personas que he conocido.
Bruno llegó a mi vida cuando yo todavía vivía con mis padres en Aguascalientes. Era un cachorro torpe, con patas enormes, y desde entonces se negó a quedarse atrás cada vez que preparaba una mochila.
Con el tiempo aprendió a detenerse cuando detectaba pisos inestables, olores extraños o animales ocultos. No estaba entrenado para atacar, sino para avisarme cuando algo no encajaba, y en más de una ocasión su forma de mirar una puerta me convenció de no abrirla.
Mi trabajo más reciente comenzó con un mensaje enviado a un pequeño foro donde publico historias bajo un nombre falso. El remitente aseguraba que un antiguo poblado minero de Zacatecas, abandonado desde hacía décadas, había vuelto a mostrar luces nocturnas en una bodega subterránea que oficialmente estaba sellada.
También mencionaba animales desaparecidos, trabajadores heridos y un adolescente que juraba haber visto una figura caminando con más extremidades de las que debía tener. El pago era suficiente para cubrir varios meses de gasolina, pero lo que terminó convenciéndome fue una fotografía borrosa tomada junto a una ventana rota.
En la imagen solo se veía una sombra torcida.
Aun así, Bruno gruñó cuando acerqué la pantalla a su rostro.
Antes de aceptar cualquier trabajo sigo cuatro reglas. Las escribí después de cometer errores que casi terminaron conmigo, y jamás entro en un lugar si sé que no podré respetarlas.
La primera es conseguir permiso siempre que sea posible. La segunda consiste en no llevarme nada que no me pertenezca.
La tercera es nunca entrar solo.
La cuarta es reconocer el lugar antes de trabajar de noche.
Parecen reglas sencillas, pero cada una nació de una historia que todavía me despierta algunas madrugadas.
Parte 2: La regla que Daniel ignoró
La primera regla no solo se relaciona con las autoridades o con los propietarios. Mi abuelo materno, don Efraín, creció en una comunidad de la sierra de Hidalgo y estaba convencido de que cualquier espacio abandonado conservaba algo de quienes habían vivido allí.
Antes de entrar en una casa vacía, decía su nombre y explicaba lo que iba a hacer. Después dejaba junto a la puerta una pequeña pieza de piloncillo como muestra de respeto.
Yo me burlaba de aquella costumbre cuando era adolescente. Años después comencé a repetirla, no porque estuviera seguro de que alguien escuchaba, sino porque anunciarme me obligaba a detenerme, observar y no irrumpir como un necio.
La segunda regla me la enseñó Daniel Cárdenas.
Daniel era un creador de videos que me acompañó algunas veces. Era simpático, ambicioso y capaz de convertir una pared descascarada en una historia emocionante, pero siempre estaba buscando el objeto perfecto para mostrar frente a la cámara.
Una tarde entramos en un hospital abandonado de las afueras de San Luis Potosí. En una sala de anatomía encontró una vieja máscara médica de yeso dentro de un gabinete.
—Esto tendrá miles de vistas —dijo, sosteniéndola frente a una ventana.
Le pedí que la dejara.
Bruno retrocedió hasta colocarse detrás de mis piernas y observó a Daniel sin parpadear. Mi amigo se rio, guardó la máscara en su mochila y aseguró que nadie la reclamaría.
Fue la última vez que lo vi con vida.
Tres meses después, la policía me llamó. Daniel había sido encontrado dentro del depósito de agua vacío sobre el techo del hospital.
Sus zapatos estaban perfectamente alineados junto a la escalera y no había señales de que hubiese caído. La máscara nunca apareció.
En el bolsillo de su chamarra encontraron una nota escrita con pulso tembloroso. Decía que algo lo seguía desde el hospital, una figura con tres ojos, tres brazos y tres piernas que permanecía detrás de él mientras dormía.
Las autoridades concluyeron que había atravesado una crisis mental.
Yo no discutí con ellas porque no tenía pruebas. Sin embargo, desde entonces jamás muevo un objeto para conseguir una mejor fotografía y nunca llevo recuerdos.
La tercera regla parecía todavía más sencilla: no entrar solo.
Para mí significaba entrar con Bruno.
Una noche, después de revisar una vieja bodega cerca de Durango, me detuve en una fonda donde varios excursionistas hablaban de una leyenda local. Decían que en las montañas vivía una criatura nacida de dos hombres que habían quedado atrapados durante una tormenta y sobrevivieron haciendo algo que nadie quería explicar.
Uno de los jóvenes se rio y describió al ser.
Tres ojos.
Tres brazos.
Tres piernas.
Mi cuchara quedó suspendida frente a mi boca.
Era exactamente la descripción escrita por Daniel antes de morir.
Pregunté dónde habían escuchado la historia. Dijeron que un anciano se las contó en una gasolinera cercana y que el lugar estaba al norte, en una montaña donde los habitantes evitaban caminar después del anochecer.
No fui a buscarlo.
En aquel momento todavía creía que reconocer una señal era suficiente para mantenerse a salvo.
Parte 3: El muchacho atrapado en el sanatorio
La cuarta regla me llevó a un antiguo sanatorio situado a cuarenta minutos de un pueblo pequeño en Zacatecas. El edificio había cerrado durante los años ochenta y una empresa planeaba convertirlo en un hotel rural.
Un adolescente llamado Emiliano me escribió diciendo que escuchaba golpes dentro del inmueble y que algo caminaba por los pasillos durante la noche. Su mensaje sonaba demasiado urgente para ser simple curiosidad.
Conduje hasta allí esa misma tarde.
El edificio era una estructura larga de concreto gris, con ventanas rotas, maleza en las escaleras y parte de la cerca derribada. Cuando marqué el número de Emiliano, escuché su teléfono sonar dentro.
El muchacho había entrado solo.
Bruno y yo lo encontramos en un corredor del segundo piso, atrapado detrás de una viga metálica y varios fragmentos del techo. Estaba cubierto de polvo, pero no parecía herido.
—No te muevas —le dije—. Voy a sacarte.
Regresé por una palanca y, cuando volví, Bruno estaba echado junto a la entrada del pasillo con las orejas levantadas. No ladraba, pero observaba la oscuridad más allá de Emiliano.
Entonces escuché un ruido.
Algo pesado se arrastraba sobre las losetas.
Me agaché junto al muchacho y le indiqué que guardara silencio. A través del espacio entre los escombros vi una figura cruzar frente a una ventana.
Tenía la espalda encorvada y tres piernas que se movían sin coordinación. De su torso salían tres brazos largos, uno de los cuales arrastraba el cuerpo de un venado.
Cuando entró en la luz distinguí tres ojos colocados en una línea irregular sobre el rostro. También tenía dos cabezas unidas a la altura del cuello, como si dos cuerpos incompletos hubieran intentado crecer dentro de la misma piel.
Emiliano abrió la boca.
Le cubrí los labios con la mano.
La criatura se detuvo, levantó una de las cabezas y olfateó el aire. Bruno se mantuvo pegado al piso, completamente inmóvil.
Después de varios segundos, aquella cosa continuó avanzando y desapareció detrás de una esquina. Esperé hasta que el sonido dejó de escucharse.
Usé la palanca para levantar la viga lo suficiente y Emiliano se arrastró hacia mí. Bajamos las escaleras sin mirar atrás, atravesamos la cerca y subimos a la camioneta.
El muchacho comenzó a llorar cuando cerré las puertas.
—¿Qué era eso?
—No lo sé.
Lo llevé a su casa y conté a sus padres únicamente que había quedado atrapado por un derrumbe. No mencioné a la criatura porque sabía cómo sonarían mis palabras.
Un mes después regresé al sanatorio.
El lugar estaba rodeado por maquinaria y trabajadores que iniciaban la remodelación. Un capataz me contó que varias herramientas habían desaparecido, dos personas habían sufrido fracturas por fallas inexplicables y un incendio comenzó dentro de una habitación sin electricidad.
Le pregunté si trabajaban de noche.
—Ya no —respondió—. Nadie quiere quedarse cuando oscurece.
Parte 4: Las advertencias que nadie quiso escuchar
Durante varios días intenté convencerme de que ya había cumplido con mi responsabilidad al rescatar a Emiliano. Sin embargo, cada noticia sobre otro accidente me recordaba a Daniel y a la nota encontrada en su bolsillo.
Envié mensajes anónimos al propietario, al jefe de obra y a las autoridades municipales. Describí el corredor, el derrumbe y la presencia de algo peligroso dentro del edificio, aunque evité utilizar palabras como monstruo o criatura.
Nadie respondió.
Dos semanas más tarde, el proyecto fue suspendido y el sanatorio quedó rodeado por una cerca nueva. La explicación oficial habló de daños estructurales, pero un trabajador publicó una fotografía donde se observaban tres marcas profundas sobre una puerta de metal.
Volví de día para inspeccionar el perímetro.
Bruno se negó a bajar de la camioneta.
Caminé solo hasta la cerca, pero no la crucé. Desde una ventana del segundo piso vi una silueta inmóvil detrás del vidrio.
Tres puntos claros parecían observarme desde la oscuridad.
Retrocedí lentamente.
La figura no se movió.
Al llegar a la camioneta encontré un objeto sobre el cofre. Era una pequeña máscara de yeso, amarillenta por el tiempo, con una grieta junto a la boca.
La misma que Daniel se llevó del hospital.
No la toqué.
Conduje hasta el pueblo y regresé acompañado por dos policías. Cuando llegamos, la máscara había desaparecido.
Los agentes revisaron mis fotografías y encontraron una sola imagen útil. En el fondo se distinguía la ventana, pero la silueta ya no estaba allí.
Uno de ellos me preguntó si había bebido.
El otro evitó burlarse.
Antes de marcharnos, el segundo policía me contó que su abuelo hablaba de una criatura vista en minas y construcciones abandonadas de distintos estados. Decía que no vivía en un solo lugar, sino que seguía a quienes tomaban objetos de sitios donde no debían entrar.
—Mi abuelo la llamaba El Repartido —murmuró—. Decía que estaba formado por las partes que las personas dejaban atrás cuando morían con asuntos pendientes.
No sabía si creer aquella explicación.
Solo sabía que Daniel había robado una máscara, escribió sobre una criatura y apareció muerto en un edificio que ya habíamos abandonado.
También sabía que el mismo ser estaba ahora a cientos de kilómetros de aquel hospital.
Parte 5: La regla que todavía no comprendo
Pasaron seis meses sin nuevos accidentes en el sanatorio. La empresa canceló la remodelación y el municipio selló las entradas con bloques de cemento.
Emiliano comenzó terapia y dejó de visitar lugares abandonados. De vez en cuando me enviaba mensajes preguntando si había vuelto a ver a la criatura.
Siempre respondía que no.
Era una mentira destinada a ayudarlo a dormir.
Desde aquella tarde he visto su forma en reflejos, ventanas y fotografías tomadas en caminos solitarios. Nunca aparece con claridad, pero Bruno la detecta antes que yo.
Cuando él se detiene, nosotros nos marchamos.
He añadido una quinta regla a mi cuaderno.
Si un lugar te devuelve algo que otra persona robó, no significa que la deuda esté pagada.
Puede significar que ahora sabe cómo encontrarte.
Continué aceptando trabajos pequeños, siempre de día y cerca de pueblos habitados. Inspeccioné casas viejas, bodegas y estaciones de tren, pero durante meses evité minas, hospitales y estructuras subterráneas.
Entonces recibí una fotografía enviada desde una comunidad del desierto de Coahuila.
Mostraba un antiguo campamento ferroviario, varios corrales vacíos y huellas alrededor de una casa abandonada. Las marcas parecían pertenecer a tres pies diferentes, pero todas avanzaban juntas.
El mensaje decía:
“Los animales están desapareciendo. Anoche algo dejó una máscara blanca junto a la puerta.”
Cerré la computadora.
Bruno se levantó desde su cama, caminó hasta la mochila de equipo y se sentó encima, como hacía cuando era cachorro.
—No vamos a entrar sin permiso —le dije.
Él inclinó la cabeza.
—No vamos a tocar nada.
Bruno movió la cola una sola vez.
—Y si tú te detienes, nos damos la vuelta.
Guardé linternas, agua, una cámara y tres pequeñas piezas de piloncillo. Antes de cerrar la mochila añadí el cuaderno de reglas.
No sabía si El Repartido era una criatura, una historia que viajaba entre personas asustadas o algo que había comenzado a seguirme desde el día en que Daniel tomó aquella máscara. Tampoco sabía si encontrar respuestas valía el riesgo.
Sin embargo, había aprendido que ignorar un patrón no hacía que desapareciera.
Solo permitía que continuara sin testigos.
A la mañana siguiente, Bruno y yo salimos hacia el desierto. El cielo estaba despejado y la carretera se extendía frente a nosotros como una línea interminable.
En algún punto, lejos de las ciudades, alguien esperaba una explicación.
Y en algún lugar más allá de las montañas, algo con tres ojos, tres brazos y tres piernas quizá ya sabía que íbamos en camino.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.