News

El excursionista desapareció entre barrancas de Chihuahua, pero tres años después unas exploradoras hallaron su cadena oxidada y un mapa con otras cuevas marcadas

El excursionista desapareció entre barrancas de Chihuahua, pero tres años después unas exploradoras hallaron su cadena oxidada y un mapa con otras cuevas marcadas

Parte 1: El sendero donde las huellas terminaron sin explicación

El 18 de abril de 2016, Gabriel Montalvo estacionó su camioneta gris junto al mirador de Piedra del Águila, en una zona montañosa del norte de Chihuahua, y comenzó a descender por un sendero poco transitado que conducía hacia antiguas minas de cobre. Tenía treinta y tres años, trabajaba como fotógrafo de naturaleza y llevaba meses preparando aquella ruta, pues conocía los cambios bruscos del clima, las paredes inestables y la forma en que una vereda aparentemente clara podía desaparecer bajo polvo y roca.

No era un excursionista improvisado ni alguien que confundiera entusiasmo con preparación. En su mochila llevaba cuatro litros de agua, botiquín, lámpara frontal, cuerda ligera, mapa topográfico, comida para dos días y un localizador satelital que enviaba su posición cada cierto tiempo.

Antes de partir, dejó una hoja bajo el parabrisas con su itinerario, la hora aproximada de regreso y el número de su hermana menor, Lorena. También le envió un mensaje diciéndole que estaría de vuelta antes del anochecer y que, si todo salía bien, le llevaría fotografías de una cascada escondida entre paredes rojizas.

A las diez y veinte de la mañana se cruzó con dos excursionistas que ascendían hacia el mirador. Ambas recordaron después que Gabriel parecía tranquilo, llevaba una camisa azul de manga larga, sombrero de ala corta y una cámara colgada del pecho.

Él se hizo a un lado para dejarlas pasar, levantó una mano a modo de saludo y continuó bajando. Fueron las últimas personas que lo vieron libre.

Debía regresar a las siete de la tarde, pero la camioneta permaneció estacionada cuando el cielo comenzó a oscurecer. Lorena llamó varias veces sin obtener respuesta y, antes de la medianoche, condujo hasta el lugar acompañada por su madre.

El vehículo estaba cerrado. La nota seguía bajo el parabrisas, el tanque tenía suficiente combustible y no había señales de que Gabriel hubiera decidido marcharse por otro medio.

La búsqueda comenzó a la mañana siguiente con rescatistas, voluntarias de comunidades cercanas, perros rastreadores y un helicóptero. Durante horas revisaron desfiladeros, pozos de mina, cauces secos y grietas donde una persona podía caer sin ser visible desde arriba.

Los perros siguieron el olor desde la camioneta hasta una desviación cercana a un antiguo campamento minero. Allí comenzaron a girar, gemir y clavar las patas en la tierra, como si el rastro se hubiera interrumpido de manera abrupta.

No encontraron señales de una caída. Tampoco había sangre, ropa, botellas, restos de comida ni marcas de arrastre.

La primera teoría fue un accidente. Gabriel pudo haber resbalado en una pendiente, perdido el conocimiento o quedado atrapado en una grieta estrecha, pero los rescatistas conocían bien el terreno y no hallaron ningún punto que explicara una desaparición tan completa.

Una semana después apareció la primera prueba de que alguien había intervenido. Un empleado de una gasolinera situada a más de sesenta kilómetros encontró un localizador satelital destruido dentro de un contenedor.

El número de serie coincidía con el equipo de Gabriel. La carcasa había sido golpeada repetidamente y la batería retirada con herramientas.

Aquello descartaba la posibilidad de una caída fortuita. Alguien había tomado el aparato, lo había llevado lejos de la sierra y lo había destruido para cortar cualquier señal.

Las cámaras de la gasolinera eran demasiado antiguas y solo mostraban vehículos borrosos entrando durante la noche. La policía mantuvo el hallazgo en reserva para evitar llamadas falsas, pero la familia comprendió que ya no buscaban a un hombre perdido.

Buscaban a alguien que había sido ocultado.

Durante dos semanas se revisaron minas accesibles, cuevas conocidas y zonas remotas mediante drones. No apareció una sola pertenencia.

Lorena regresaba al mirador cada mes. Se quedaba frente al barranco observando las paredes rojas, como si la fuerza de mirar pudiera obligar al paisaje a devolverle a su hermano.

El caso terminó archivado al año siguiente. Sin cuerpo, testigos ni sospechosa, Gabriel Montalvo se convirtió en una fotografía colocada en gasolineras, terminales y oficinas policiales.

Pasaron tres años.

El 7 de mayo de 2019, cuatro espeleólogas exploraban una zona de piedra caliza conocida como El Laberinto Blanco, a varios kilómetros del sendero principal. La líder del grupo, la geóloga Mariana Solís, notó que una pared de rocas en un conducto estrecho tenía una disposición demasiado regular.

No parecía un derrumbe natural. Las piedras habían sido colocadas desde el exterior, una sobre otra, hasta formar un muro.

Las mujeres trabajaron cuarenta minutos para retirar los bloques. Cuando movieron el último, una corriente de aire húmedo y rancio salió de la abertura.

Detrás había un pasadizo de menos de un metro de altura. Entraron agachadas, iluminando una pequeña cámara excavada en la roca.

En el fondo observaron mantas, botellas, un cubo, latas vacías y una figura encogida entre trapos. Al principio pensaron que se trataba de restos abandonados.

Entonces la figura se movió.

Era Gabriel.

Su cabello y barba cubrían casi todo el rostro, la ropa se había convertido en jirones y su cuerpo era tan delgado que apenas parecía capaz de sostenerse. Una cadena industrial rodeaba su tobillo derecho y terminaba en un anclaje incrustado profesionalmente en la pared.

La cadena solo le permitía moverse entre un colchón húmedo, el cubo y una repisa de piedra. Cuando las linternas iluminaron su rostro, no pidió ayuda.

Se cubrió la cabeza, pegó la espalda contra la roca y comenzó a temblar. El sonido de la cadena golpeando el suelo llenó la gruta.

Mariana intentó hablarle con suavidad.

—Somos exploradoras. Venimos a sacarte de aquí.

La voz femenina provocó una reacción inmediata. Gabriel bajó la cabeza, colocó las manos detrás de la nuca y quedó inmóvil, como alguien que espera una orden o un castigo.

Aquella postura no era confusión. Era obediencia aprendida.

Parte 2: El hombre rescatado que ya no reconocía la bondad

Las exploradoras no tenían herramientas para cortar la cadena. Dos permanecieron cerca de Gabriel, manteniendo distancia, mientras las otras regresaron al exterior para pedir ayuda mediante un teléfono satelital.

Cada movimiento lo aterraba. Si alguna mujer se acercaba demasiado, él contenía la respiración y apretaba los párpados.

Mariana recordó los carteles sobre el fotógrafo desaparecido, aunque le costó aceptar que aquel hombre consumido por el encierro pudiera ser Gabriel Montalvo. Tres años habían transformado su rostro, su postura y hasta la forma en que reaccionaba a la luz.

Los rescatistas llegaron varias horas después. Una especialista se arrodilló fuera del alcance de la cadena y le explicó cada paso antes de realizarlo.

Cuando una herramienta eléctrica comenzó a cortar el metal, Gabriel se encogió, convencido de que el ruido anunciaba otra agresión. Solo se calmó cuando Mariana se sentó a varios metros y permaneció visible, sin tocarlo.

Fue trasladado en helicóptero a un hospital de la ciudad de Chihuahua. Pesaba menos de cuarenta y tres kilos, presentaba atrofia muscular severa, deshidratación, deficiencias nutricionales y numerosas lesiones antiguas que habían sanado sin atención adecuada.

Durante los primeros tres días no pronunció una palabra. Dormía únicamente con las luces encendidas y despertaba sobresaltado ante cualquier sonido metálico.

El cuarto día entró una doctora alta, de voz firme, para revisar sus signos vitales. Gabriel se levantó de la cama con dificultad, cayó de rodillas y colocó las manos detrás de la nuca.

No lo decidió conscientemente. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

La doctora retrocedió de inmediato. Dos enfermeros entraron después y consiguieron tranquilizarlo hablando desde la puerta.

El psicólogo Ernesto Varela explicó a la familia que aquella conducta era el resultado de un condicionamiento prolongado. Gabriel había aprendido que mirar, preguntar, resistirse o moverse sin permiso provocaba consecuencias.

—Durante años sobrevivió dejando de mostrarse como persona —dijo—. Ahora debemos enseñarle que tener voluntad ya no es peligroso.

Lorena quiso abrazarlo, pero él no reconoció su voz. Cuando ella se acercó, Gabriel desvió la mirada y comenzó a respirar con rapidez.

Su hermana se sentó en el suelo, lejos de la cama, y habló durante casi una hora sobre cosas pequeñas: la casa de su madre, el perro viejo que seguía esperando junto a la puerta y las fotografías que él había tomado antes de desaparecer. Gabriel no respondió, pero al final dejó de temblar.

La policía regresó a la gruta al día siguiente. Documentaron el colchón, las botellas de agua de baja calidad, las latas económicas, la cadena y cientos de líneas rayadas en la pared.

Gabriel había intentado contar los días. Algunas marcas formaban grupos de siete, mientras otras se superponían cuando perdió la noción del tiempo.

El anclaje había sido instalado con perforadoras profesionales y resina industrial. La prisión no se construyó para retenerlo unas semanas, sino para mantenerlo oculto durante años.

Cerca del colchón había huellas profundas de botas pequeñas, probablemente de mujer. Entraban desde el pasadizo y terminaban frente al lugar donde Gabriel permanecía encadenado.

Detrás de una piedra, las agentes encontraron un paquete envuelto en plástico. Contenía un cuaderno de espiral con fechas, horarios, compras y anotaciones breves.

No era un diario emocional. Era un registro administrativo.

Cada visita incluía gastos exactos: seis latas de frijoles, dos garrafones, baterías, antiséptico, cuerda, candados y combustible. La persona que lo escribió registraba hasta las monedas.

Entre las listas aparecían notas sobre Gabriel.

“Día 38. Intentó romper el recipiente. Reducción de comida.”

“Día 91. Continúa mirando hacia la entrada. Corrección aplicada.”

Más adelante, una frase revelaba el propósito del proceso.

“Día 137. Silencio completo. Respuesta automática establecida.”

La letra no mostraba furia ni descontrol. Era pequeña, uniforme y meticulosa, como si una administradora llevara el inventario de una bodega.

Dentro de la cubierta encontraron un recibo casi borrado. El importe coincidía exactamente con una de las compras registradas.

Las latas pertenecían a una distribuidora regional llamada Mesa Seca, cuyos productos solo llegaban a pequeñas tiendas de carretera. Las detectives redujeron la búsqueda a cuatro establecimientos cercanos a la sierra.

En uno de ellos, la propietaria recordó a la compradora. Era una mujer alta, de unos cincuenta años, hombros fuertes, cabello corto y manos manchadas de grasa.

Llegaba cada dos semanas, siempre los martes. Compraba las mismas latas, agua, pilas, vendas y productos de limpieza.

Pagaba en efectivo y nunca recogía el cambio.

—No parecía nerviosa —explicó la comerciante—. Parecía alguien que hacía una tarea rutinaria.

Una cámara exterior de un taller abandonado mostró una camioneta color arena pasando por la carretera. La matrícula estaba cubierta con barro, pero en el parachoques se distinguía parte de una calcomanía.

Decía: Sierra Firme Obras.

La empresa había cerrado doce años antes. Sus cuadrillas construyeron senderos, reforzaron minas y estabilizaron paredes en la zona montañosa.

La responsable no había encontrado aquella cueva por casualidad. La conocía porque había trabajado allí.

Parte 3: La casa rodante que guardaba fotografías de otros hombres

La policía revisó los antiguos registros de Sierra Firme Obras. Entre los nombres apareció Rebeca Ledesma, una ingeniera de mantenimiento de cincuenta y cinco años que había supervisado perforaciones, anclajes y cierres de minas.

Rebeca vivía sola desde hacía años y era conocida por reparar maquinaria pesada en un taller cercano a San Isidro de las Barrancas. Los antiguos compañeros la describían como disciplinada, reservada y capaz de orientarse en la sierra sin mapas.

Un helicóptero localizó una casa rodante plateada camuflada entre mezquites a cuarenta kilómetros de la carretera. Desde el aire parecía abandonada, pero en el terreno había huellas recientes de neumáticos.

Dentro encontraron cajas de latas Mesa Seca, cadenas idénticas a la de Gabriel, perforadoras, brocas para roca, equipo de escalada y anclajes industriales. También había ropa masculina clasificada por tamaños y varios frascos con sedantes de uso veterinario.

En una pared colgaban fotografías de hombres caminando solos por senderos, gasolineras y estaciones de autobús. Algunas habían sido tomadas a gran distancia; otras mostraban rostros con una claridad inquietante.

Entre ellas estaba Gabriel.

La imagen fue captada un día antes de su desaparición, mientras compraba agua en un poblado cercano al mirador. Rebeca lo había observado y seguido antes de atacar.

Sobre una mesa encontraron un mapa topográfico. La cueva donde Gabriel permaneció cautivo estaba marcada con un círculo negro.

Había otros tres círculos.

Los equipos acudieron primero a una mina clausurada cerca de un río seco. Detrás de una puerta metálica descubrieron otra celda con cadenas oxidadas, un colchón deshecho y marcas antiguas en las paredes.

La segunda coordenada conducía a una cavidad bajo una antigua estación de bombeo. Allí localizaron restos de un hombre desaparecido nueve años antes, identificado después como Julián Serrano, un vendedor ambulante que viajaba solo entre comunidades.

En la tercera ubicación no había cuerpos, pero sí una habitación preparada recientemente. La cadena estaba nueva, había agua almacenada y varias cajas de comida sin abrir.

Rebeca estaba planeando capturar a otra persona.

Las detectives reconstruyeron el secuestro de Gabriel. La mujer lo siguió por el sendero, esperó hasta que se alejara de otros excursionistas y se presentó como trabajadora de mantenimiento.

Probablemente le advirtió sobre un derrumbe o le ofreció mostrarle una ruta segura. En una zona estrecha utilizó el sedante, destruyó el localizador y lo trasladó en una carretilla de carga hasta la cueva.

Después levantó el muro de piedras desde el exterior, dejando únicamente una abertura oculta que retiraba durante sus visitas. Entraba cada dos semanas, entregaba comida, agua y baterías, y reforzaba el control mediante castigos, amenazas y privaciones.

Gabriel intentó resistirse durante los primeros meses. Las notas mostraban intentos de romper la cadena, esconder objetos y marcar señales cerca de la entrada.

Con el tiempo dejó de hacerlo. No porque hubiera aceptado la situación, sino porque su mente aprendió que la inmovilidad reducía el sufrimiento.

Rebeca convirtió la obediencia en una rutina. Llegaba siempre a la misma hora, utilizaba las mismas órdenes y registraba cada reacción.

Su objetivo no parecía económico. Nunca pidió rescate ni utilizó las cuentas de Gabriel.

La investigación de su pasado reveló una infancia marcada por abandono y una vida adulta dominada por la necesidad de control. Había trabajado en ambientes donde casi todos sus subordinados eran hombres y acumuló denuncias por humillaciones, amenazas y castigos laborales.

Ninguna denuncia llegó a juicio. La empresa prefería cambiarla de proyecto para evitar problemas.

Después del cierre de Sierra Firme, Rebeca comenzó a vivir en la casa rodante y a recorrer rutas aisladas. En sus cuadernos describía a los excursionistas como “candidatos”, evaluando su edad, fuerza, vínculos familiares y probabilidad de ser buscados.

Elegía hombres que viajaban solos. Prefería a quienes parecían independientes porque consideraba que sus desapariciones serían interpretadas como accidentes.

Gabriel no encajaba por completo en ese patrón. Su familia insistió desde el primer día, pero Rebeca había ocultado las pruebas con suficiente cuidado para superar la búsqueda inicial.

Las detectives prepararon una redada en su taller antes del amanecer. Entraron por la puerta principal y registraron cada habitación.

La cama aún conservaba la marca de un cuerpo. Una taza de café estaba caliente y el motor de un generador acababa de apagarse.

Las huellas de la camioneta salían por un portón trasero. Rebeca había escapado menos de una hora antes.

Sobre una mesa dejó mapas abiertos de Sonora, Durango y Coahuila. Varias cuevas estaban marcadas con tinta roja.

También dejó una frase escrita en una hoja sin firma.

“Uno escapó de la piedra. Otros todavía aprenderán a callar.”

Parte 4: La fugitiva convirtió toda la sierra en una amenaza

La policía emitió una alerta nacional con la fotografía de Rebeca y la descripción de la camioneta. Durante semanas llegaron reportes desde talleres, terminales y carreteras, pero la mayoría eran confusiones o pistas falsas.

La mujer conocía caminos secundarios, minas abandonadas y zonas donde los teléfonos perdían señal. Había pasado años transportando maquinaria por rutas que no aparecían en mapas comerciales.

Mientras la búsqueda continuaba, Gabriel empezó a recuperar lentamente el lenguaje. Su primera palabra no fue el nombre de su hermana ni una petición de agua.

Fue “martes”.

La dijo una madrugada mientras observaba la puerta del hospital. Ernesto comprendió que aquel era el día de las visitas de Rebeca y que, incluso después del rescate, su cuerpo seguía esperando que ella regresara.

Los martes eran los días más difíciles. Gabriel dejaba de comer, se sentaba contra la pared y miraba el reloj con terror.

Lorena comenzó a visitarlo siempre a la misma hora, pero nunca entraba sin permiso. Se sentaba frente a la puerta y esperaba hasta que él levantara la mirada.

—Hoy también es martes —le decía—, pero ella no entra. Yo solo pasaré si tú quieres.

La primera vez no respondió. La cuarta semana hizo un movimiento mínimo con la mano.

Lorena cruzó la habitación despacio y se sentó lejos de la cama. Aquel gesto fue pequeño, pero significó que Gabriel había tomado una decisión propia por primera vez en años.

Las autoridades le mostraron fotografías de objetos encontrados en la casa rodante, evitando imágenes que pudieran desestabilizarlo. Él reconoció la camioneta, las latas y una cuerda utilizada durante el traslado.

Cuando apareció el rostro de Rebeca, Gabriel dejó de respirar durante varios segundos. Después señaló la fotografía y pronunció una frase incompleta.

—Ella decía… que nadie bajaba por hombres solos.

Aquella afirmación explicaba la seguridad de la captora. Rebeca confiaba en que la sociedad tardaría en considerar víctima a un hombre adulto y preparado.

Creía que su desaparición sería atribuida a imprudencia, deseo de abandonar su vida o un accidente. En el caso de Julián Serrano, había tenido razón durante nueve años.

La familia de Julián recibió finalmente una explicación, aunque no el alivio que había imaginado. Su madre dijo que durante años muchos le preguntaron si estaba segura de que su hijo no había decidido marcharse.

—Siempre parecía más fácil culparlo a él que buscarlo —declaró.

Los mapas de Rebeca permitieron revisar diecisiete ubicaciones. Algunas no contenían nada; otras tenían herramientas, alimentos o señales de haber sido utilizadas como refugios temporales.

En una cueva de Sonora apareció una mochila perteneciente a otro hombre desaparecido. No hallaron restos ni evidencia suficiente para determinar su destino.

Cada descubrimiento ampliaba la posibilidad de más víctimas. Sin embargo, la ausencia de Rebeca impedía confirmar qué lugares había utilizado y cuáles solo formaban parte de sus planes.

Tres meses después, una cámara de peaje captó una camioneta semejante circulando hacia el sur. La conductora llevaba el cabello teñido de rubio y gafas oscuras, pero una cicatriz en la mano coincidía con la descripción de antiguas compañeras.

Cuando la policía llegó al lugar donde había comprado combustible, ya se había marchado. En el contenedor encontraron mapas rotos y un envase del mismo sedante veterinario.

Rebeca seguía moviéndose.

Gabriel fue dado de alta después de cinco meses, aunque no regresó inmediatamente a su antigua casa. Se trasladó a una vivienda tranquila con Lorena y su madre, donde todas las puertas permanecían abiertas.

No soportaba los cuartos pequeños ni el sonido de cadenas, y dormía en el suelo junto a una ventana. Durante semanas se negó a usar zapatos porque el peso alrededor del tobillo le recordaba el metal.

Su recuperación no siguió una línea recta. Algunos días podía caminar por el jardín, mientras otros permanecía horas bajo una mesa después de escuchar un motor parecido al de la camioneta.

Ernesto le enseñó que cada decisión contaba: escoger una camisa, pedir que alguien saliera, cerrar una puerta por voluntad propia o decidir cuándo apagar una luz.

Gabriel había sobrevivido obedeciendo. Ahora debía aprender que podía vivir eligiendo.

Parte 5: El hombre que salió de la cueva decidió no volver a desaparecer

Dos años después del rescate, Gabriel regresó por primera vez a una zona montañosa. No fue a la cueva ni al mirador donde desapareció, sino a una reserva cercana con senderos amplios y personal de seguridad.

Caminó acompañado por Lorena, Mariana y Ernesto. Llevaba una mochila ligera, una cámara nueva y un pequeño cortador de metal guardado en un bolsillo.

No necesitaba la herramienta, pero saber que la llevaba le daba tranquilidad. Representaba la posibilidad de romper algo que intentara retenerlo.

Al principio avanzó mirando constantemente detrás de él. Cada vehículo lejano hacía que sus hombros se tensaran, pero continuó hasta alcanzar un claro desde donde podía verse la sierra.

Mariana le preguntó si quería detenerse. Gabriel negó con la cabeza.

—Quiero ser yo quien decida hasta dónde llego.

Se sentaron bajo un pino y permanecieron en silencio. Gabriel levantó la cámara, enfocó las montañas y tomó su primera fotografía desde el secuestro.

La imagen no era perfecta. Sus manos temblaban y el horizonte quedó ligeramente inclinado.

Aun así, la imprimió después y la colocó en la sala de su casa.

La investigación contra Rebeca permanecía abierta. Hubo reportes en distintos estados, pero ninguno condujo a una detención.

Algunas personas aseguraron haberla visto cruzar la frontera sur, mientras otras afirmaban que murió en una mina durante un derrumbe. Ninguna versión fue confirmada.

Para Gabriel, vivir con la incertidumbre fue otra forma de cautiverio. Durante mucho tiempo imaginó que ella observaba desde una carretera o planeaba regresar.

Con ayuda de su familia comprendió que esperar eternamente su aparición le concedía una presencia que ya no merecía. La seguridad absoluta quizá nunca llegaría, pero podía construir una vida incluso sin ella.

Participó en la creación de una asociación para buscar excursionistas desaparecidos y acompañar a sus familias. Insistía en que ninguna desaparición debía descartarse por la edad, el género o la experiencia de la persona.

También colaboró con rescatistas para identificar muros artificiales, anclajes ocultos y señales de intervención humana en cuevas. Su conocimiento permitió revisar lugares que antes habrían parecido simples formaciones naturales.

Mariana conservó la cadena original como evidencia, pero años después, cuando el proceso legal quedó detenido, preguntó a Gabriel qué quería hacer con una sección que ya no era necesaria.

Él pidió que la fundieran.

Con el metal fabricaron una pequeña campana que colocaron en el centro de apoyo. Cada vez que una persona desaparecida era encontrada con vida, alguien la hacía sonar.

El primer sonido sorprendió a Gabriel. Su cuerpo se tensó al escuchar el metal, pero después observó a una familia abrazándose bajo la campana.

Aquella vez el sonido no anunciaba la llegada de Rebeca. Anunciaba un regreso.

Las marcas de la cueva fueron documentadas y luego protegidas para evitar visitas curiosas. Gabriel nunca quiso volver a entrar.

—No necesito demostrar que puedo regresar —explicó—. Ya demostré que pude salir.

Su madre conservó la nota que él dejó bajo el parabrisas en 2016. Durante años la había guardado como el último mensaje de su hijo libre.

Un día se la entregó. Gabriel la leyó y vio la seguridad con la que había escrito la hora de regreso.

No sintió vergüenza por aquel hombre. Lo reconoció como parte de sí mismo, aunque ya no fuera exactamente la misma persona.

Rebeca intentó convertirlo en alguien sin voz, sin voluntad y sin nombre. Durante tres años administró su alimento, su movimiento y hasta la dirección de su mirada.

No consiguió poseer lo único que realmente importaba. Gabriel sobrevivió lo suficiente para recuperar la capacidad de elegir.

Con el tiempo volvió a fotografiar paisajes, pero evitaba las imágenes de cuevas. Prefería puertas abiertas, caminos iluminados y personas caminando juntas.

Cada martes visitaba el centro donde colgaba la campana. Al principio lo hacía porque temía esa fecha.

Después comenzó a hacerlo porque era el día en que impartía talleres a familias y excursionistas. Reemplazó el ritual de Rebeca con uno propio.

Años más tarde, Lorena le preguntó si todavía pensaba en la mujer que lo mantuvo encadenado. Gabriel observó la cicatriz de su tobillo antes de responder.

—A veces. Pero ya no pienso en lo que ella puede hacerme.

—¿Entonces en qué piensas?

—En todo lo que hago sin pedirle permiso.

La responsable seguía sin aparecer y los mapas aún contenían lugares sin respuestas. No todos los secretos de la sierra fueron aclarados.

Sin embargo, Gabriel dejó de medir su vida por aquello que permanecía oculto. Había pasado tres años bajo toneladas de piedra, convencido de que el mundo había olvidado su nombre.

Ahora, cada vez que la campana sonaba, sabía que alguien seguía buscando.

Y que él ya no estaba desaparecido.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

You Might Also Enjoy