El secreto sumergido de Villa Epecuén: el caso de las 47 fotografías

Parte 1:
En marzo de 2024, un equipo de rescate encontró un cadáver en el fondo del lago Epecuén, en la provincia de Buenos Aires. El hombre llevaba equipo de buceo moderno: tanque de aire, chaleco compensador, regulador y una linterna frontal fabricada apenas cinco años antes.
Sin embargo, el análisis forense indicó que el cuerpo llevaba por lo menos treinta años bajo el agua.
Eso significaba que aquel hombre se había ahogado en 1994 usando equipo que no existió sino hasta 2019.
Atada a su muñeca con un cable de acero había una cámara analógica Nikon F3 dentro de una carcasa impermeable profesional. En su interior encontraron un rollo de película con 47 exposiciones.
Era imposible.
Un rollo convencional de 35 milímetros permite 36 fotografías, o unas cuantas más si se aprovecha cada centímetro. Nunca 47.
Cuando revelaron la película, las primeras 36 imágenes mostraron Villa Epecuén antes de la inundación de 1985: hoteles llenos, calles transitadas, turistas flotando en el agua salada y familias paseando por la costanera.
Las fotografías 37 a 42 mostraban la ciudad completamente sumergida, pero no desde la superficie. Habían sido tomadas desde el interior del lago.
En la foto 43 aparecía el cadáver del mismo hombre.
En la 44, ese hombre estaba vivo, seco y colocando la cámara sobre un trípode.
En la 45 sostenía una pizarra con una advertencia.
La imagen 46 era totalmente negra.
La 47 hizo que el laboratorio forense suspendiera el caso durante seis semanas.
Para comprender qué había fotografiado aquel buzo, era necesario conocer la tragedia de Villa Epecuén.
Antes de quedar bajo el agua, la ciudad era uno de los balnearios más famosos de Argentina. Su lago tenía una concentración de sal extraordinaria y atraía a miles de visitantes que buscaban descansar o aliviar distintas enfermedades. Había hoteles, teatros, cines, restaurantes, comercios y una estación de tren que llevaba turistas desde Buenos Aires.
El 10 de noviembre de 1985, después de años de lluvias intensas, el dique que protegía la ciudad cedió.
No hubo una explosión ni una ola repentina.
El agua avanzó lentamente, en silencio, cubriendo calles, casas y negocios. Los habitantes alcanzaron a evacuar con documentos, fotografías y algo de ropa. La mayoría creyó que volvería en unos días.
Nunca regresaron.
En algunas zonas, el nivel del agua superó los diez metros. Villa Epecuén desapareció durante casi veinticinco años, hasta que el lago comenzó a retroceder en 2009.
Lo que emergió parecía el esqueleto de una ciudad: edificios sin techo, árboles petrificados y paredes cubiertas por gruesas capas de sal.
Miles de fotógrafos y exploradores comenzaron a visitar las ruinas.
Pero entre 2010 y 2024, diecisiete personas desaparecieron en los alrededores. No dejaron cuerpos, ropa ni pertenencias. Parecía que el lago se las había tragado por completo.
Cinco de los desaparecidos eran fotógrafos. Todos usaban cámaras analógicas y habían anunciado que querían fotografiar las ruinas durante la noche.
Lucas Ferreira fue uno de ellos.
Desapareció en agosto de 2019. Su automóvil quedó en el estacionamiento, con las puertas abiertas y su equipo sobre el asiento trasero. Su cámara principal, una Nikon F3 con carcasa submarina, no estaba.
En el hotel donde se hospedaba dejó una nota:
—Si mañana no regreso, no me busquen de noche. Háganlo solamente durante el día. Y si encuentran mi cámara, no revelen el rollo.
Lucas nunca volvió.
Cinco años después, los buzos encontraron su cadáver en el fondo del lago.
Y cuando el técnico forense examinó la cámara, descubrió que el contador se había detenido exactamente en el número 47.
*** Esta historia es completamente ficticia. Todos los nombres, lugares, personajes y acontecimientos mencionados en esta historia son inventados y no tienen relación ni se basan en ninguna persona, acontecimiento o historia real. ***
Parte 2:
La cámara fue trasladada al laboratorio de criminalística de La Plata. El encargado de revelar la película era Ramiro Ibarra, un técnico con treinta y dos años de experiencia.
Ramiro extrajo el rollo bajo luz roja, usando guantes y siguiendo el protocolo forense. Al colgar la película para que se secara, contó los fotogramas una y otra vez.
Había 47.
El rollo tenía el largo normal de uno de 36 exposiciones, pero contenía once imágenes adicionales, como si los fotogramas hubieran sido comprimidos.
Las primeras fotografías mostraban Villa Epecuén durante la década de 1980. En la número 21 aparecía una familia frente a un Ford Falcon verde: un matrimonio y sus dos hijos.
Ramiro se quedó inmóvil.
—Es mi familia —murmuró.
La imagen había sido tomada durante su única visita a Villa Epecuén, en 1984. Él recordaba aquel día, pero nadie les había tomado esa fotografía. Mucho menos Lucas Ferreira, quien todavía no había nacido.
Las imágenes siguientes también contenían algo inquietante. En cada una aparecía por lo menos una persona mirando directamente hacia la cámara, con una expresión seria, como si supiera que alguien observaría esa foto décadas después.
La número 37 mostraba la ciudad bajo el agua. Los edificios permanecían completos, cubiertos de algas, y algunos vehículos flotaban en posición vertical.
Frente al Hotel Boulevard había un buzo inmóvil.
En la foto 38 pudieron verle el rostro.
Era Lucas.
En la 39, Lucas flotaba en la antigua plaza. Detrás de él había diez buzos más, perfectamente alineados.
La foto 40 mostraba a una mujer con el equipo cubierto de algas, pero el rostro intacto.
En la 41, la mujer miraba directamente al lente.
Tenía los ojos completamente blancos.
En la 42, doce figuras observaban la cámara mientras varias luces brillaban dentro de los edificios sumergidos, como si la ciudad continuara habitada.
La foto 43 mostraba a Lucas ahogado, con el regulador fuera de la boca y la cámara atada a la muñeca.
Pero aquella misma cámara había tomado la imagen.
En la fotografía 44, Lucas aparecía vivo dentro de una habitación de concreto, instalando la Nikon sobre un trípode. Detrás de él había una puerta metálica con un letrero oxidado:
“Hotel Boulevard. Sótano 3”.
El problema era que, según los planos oficiales, el hotel solamente tenía dos sótanos.
En la fotografía 45, Lucas sostenía una pizarra.
Ramiro amplió la imagen y leyó la advertencia:
—No miren la foto 47. No entren al lago de noche. No lleven una cámara. La ciudad no está muerta. Está esperando. Y cuando te ve, te quiere adentro.
Parte 3:
La fotografía 46 era completamente negra.
No había sombras, reflejos ni rastros de luz. Parecía que Lucas había cubierto el lente o que, en el lugar donde se encontraba, la oscuridad era absoluta.
Ramiro detuvo el revelado y llamó a su supervisor. Poco después llegaron el fiscal encargado del caso y dos agentes de policía.
Los cinco observaron las imágenes extendidas sobre la mesa.
Ninguno quería continuar.
La advertencia de Lucas era clara. No debían ver la última fotografía.
Sin embargo, el fiscal insistió.
—Esto es evidencia de una investigación criminal. Tenemos la obligación de documentarla.
La imagen número 47 fue escaneada en una sala cerrada. Durante los primeros segundos, la pantalla solo mostró una superficie negra. El técnico aumentó el brillo y ajustó el contraste.
Entonces apareció algo.
El informe oficial del escaneo constó de tres páginas. Las primeras dos describían la resolución, la configuración del equipo y los procedimientos técnicos.
La tercera contenía una sola frase:
“Contenido visual documentado y clasificado bajo orden judicial 4C82-2024”.
Pero tres días después encontraron una nota manuscrita sobre el escritorio de Ramiro Ibarra.
En ella, Ramiro explicaba lo que habían visto.
La foto mostraba la misma habitación de concreto donde Lucas había instalado el trípode. La puerta metálica del supuesto tercer sótano estaba abierta. Del otro lado no había un pasillo, sino una enorme masa de agua moviéndose como si ocultara una corriente profunda.
Dentro flotaban cientos de personas.
Estaban inmóviles, de pie bajo el agua, todas con los ojos blancos y los rostros dirigidos hacia la cámara.
Ramiro escribió que reconoció a catorce de las diecisiete personas desaparecidas en Villa Epecuén desde 2010.
En la primera fila estaba Lucas Ferreira.
Ya no tenía los ojos cerrados.
Miraba directamente hacia el lente.
Detrás de él se encontraba un hombre mayor que Ramiro reconoció de inmediato: su padre, Ramiro Ibarra Salcedo, muerto en 1987.
La nota terminaba con una frase temblorosa:
“Mi padre estaba flotando detrás de Lucas. Parecía estar esperándome”.
Un análisis grafológico confirmó que la letra pertenecía a Ramiro.
Después de observar la fotografía 47, el fiscal ordenó cerrar el caso. Las imágenes fueron clasificadas, el rollo quedó sellado y la causa oficial determinó que Lucas Ferreira había muerto por ahogamiento accidental.
El informe no mencionó las 47 exposiciones.
Tampoco habló del tercer sótano, de los desaparecidos ni de las figuras con los ojos blancos.
Tres días después, el 18 de marzo de 2024, Ramiro llamó a la comisaría de Carhué.
La comunicación duró dos minutos. Dijo que necesitaba reportar algo urgente y que había visto una imagen imposible de explicar.
El agente le pidió presentarse a la mañana siguiente.
Ramiro prometió hacerlo.
Nunca llegó.
Dos días después encontraron su automóvil en el mismo estacionamiento donde había aparecido el vehículo de Lucas. El motor estaba apagado, la puerta del conductor no tenía seguro y sobre el asiento trasero había una mochila.
Dentro encontraron otra Nikon F3.
La cámara contenía un rollo sin revelar.
La policía la selló y la envió a Buenos Aires con instrucciones estrictas de no abrirla. Sin embargo, dos semanas después, el laboratorio informó que alguien había roto el sello y revelado la película.
También tenía 47 fotografías.
El técnico responsable fue suspendido. Cuando le preguntaron por qué había desobedecido las órdenes, respondió:
—Escuché voces dentro de la cámara. Estaban diciendo mi nombre.
El hombre fue dado de baja por motivos psiquiátricos y las fotografías fueron destruidas oficialmente.
Pero las desapariciones no terminaron.
Entre marzo y agosto de 2024, cinco personas más desaparecieron en Villa Epecuén. Todas dejaron sus automóviles en el estacionamiento. Todas llevaban cámaras analógicas. Algunas también dejaron notas.
Carolina Rivas, una fotógrafa de veintinueve años, escribió:
“Vi las fotografías. Sé lo que hay abajo, pero necesito comprobarlo”.
Javier Montero, documentalista de cuarenta y cinco años, dejó otro mensaje:
“Soñé con mi madre. Murió en 1986, pero anoche la escuché llamándome desde el lago”.
Ana Belén Suárez, arqueóloga de treinta y cuatro años, escribió:
“Hay algo preservado en esa agua. Algo vivo. Quiero documentarlo”.
Ninguno regresó.
Sus cámaras tampoco fueron encontradas.
En septiembre de 2024, un buzo profesional de la Prefectura realizó una inmersión de rutina en la zona donde había estado el Hotel Boulevard.
A cincuenta metros de profundidad encontró una puerta metálica.
El letrero oxidado todavía podía leerse:
“Sótano 3”.
El buzo intentó abrirla, pero la puerta estaba asegurada con un candado colocado desde el interior, como si alguien hubiera entrado y se hubiera encerrado del otro lado.
Cuando regresó a la superficie, se negó a volver a sumergirse.
A pesar del hallazgo, Villa Epecuén permaneció abierta al turismo. Miles de visitantes caminaron entre las ruinas, tomaron fotografías con sus teléfonos y contemplaron el paisaje cubierto de sal.
La mayoría nunca escuchó hablar de Lucas Ferreira ni de Ramiro Ibarra.
Los habitantes de Carhué, en cambio, conocían las advertencias.
No entrar a las ruinas durante la noche.
No bucear cerca del antiguo hotel.
Y, sobre todo, no llevar cámaras analógicas.
Decían que esas cámaras podían captar cosas que el ojo humano no estaba preparado para ver.
En noviembre de 2024, un turista alemán publicó una fotografía en un foro especializado. La imagen mostraba las ruinas del Hotel Boulevard durante el atardecer.
Parecía una foto normal.
Pero cuando otros usuarios ampliaron el reflejo del agua, descubrieron edificios completos debajo de la superficie. No eran ruinas. Tenían ventanas, techos y luces encendidas, como si la ciudad de 1985 continuara intacta en el fondo.
El turista explicó que había comprado su cámara en un mercado de antigüedades de Buenos Aires. Era una Nikon F3.
También comentó que todavía le quedaban once fotografías en el rollo.
Esa fue su última publicación.
Su perfil nunca volvió a registrar actividad.
En diciembre de 2024, los buzos de la Prefectura encontraron algo más.
Un cable de acero se extendía desde la costa hasta el fondo del lago. Los buzos lo siguieron durante cincuenta metros hasta llegar a una zona cercana al tercer sótano.
Al final del cable había 47 cámaras.
Todas eran Nikon F3.
Todas contenían rollos sin revelar.
Todas estaban unidas entre sí con cables de acero, colocadas una junto a otra, como si alguien hubiera estado reuniéndolas durante años.
El gobierno ordenó recuperar las cámaras, sellarlas y trasladarlas a una instalación bajo custodia en Buenos Aires.
Ningún rollo debía ser revelado.
En enero de 2025, la Dirección de Turismo anunció que Villa Epecuén permanecería cerrada al público durante seis meses debido a supuestos trabajos de preservación estructural.
El comunicado no mencionó las cámaras.
Tampoco explicó por qué se prohibió acercarse al lago o por qué varias patrullas comenzaron a vigilar la zona durante la noche.
Sin embargo, hubo algo que las autoridades no consiguieron contener.
Las llamadas.
Desde diciembre, varios habitantes de Carhué comenzaron a recibir llamadas provenientes de números inexistentes. Al contestar, escuchaban agua en movimiento, como si el teléfono estuviera sumergido.
Después llegaban las voces.
Eran voces familiares: padres, hijos, parejas o amigos desaparecidos en Villa Epecuén.
Todas repetían el mismo mensaje:
—Ven. Hay un lugar para ti aquí abajo. Trae tu cámara. Tenemos que llegar a 47.
Las autoridades atribuyeron las llamadas a bromas, fallas telefónicas o sugestión colectiva. Sin embargo, los registros mostraban que algunas comunicaciones provenían de números desconectados desde hacía décadas.
Uno de esos números había pertenecido al padre de Ramiro Ibarra.
Villa Epecuén permaneció cerrada, y las primeras 47 cámaras quedaron bajo custodia.
Pero cada mes desapareció por lo menos una persona en los alrededores del lago.
Y cada mes apareció otra Nikon F3 unida al cable.
La cuenta dejó de ser 47.
Después subió a 51.
Luego a 58.
El último registro conocido indicaba 63 cámaras.
Y seguía aumentando.
Nadie sabía quién las llevaba al fondo ni por qué todos los rollos parecían detenerse en la misma cifra.
Algunos investigadores creían que la sal había preservado una parte de la antigua ciudad.
Otros sostenían que debajo de las ruinas había cavidades desconocidas conectadas con el hotel.
Los habitantes de Carhué daban una explicación diferente.
Decían que Villa Epecuén nunca regresó por completo cuando el agua retrocedió. Lo que apareció en la superficie solamente era una copia vacía: paredes destruidas, árboles muertos y calles cubiertas de sal.
La verdadera ciudad seguía abajo.
Intacta.
Habitada.
Esperando a quienes miraran demasiado tiempo.
Por eso, si alguna vez encuentras una Nikon F3 en un mercado de antigüedades y el vendedor te dice que proviene de Villa Epecuén, no la compres.
Si el contador indica que todavía quedan fotografías en el rollo, no presiones el disparador.
Y nunca intentes llegar a la exposición número 47.
Porque al otro lado del lente puede haber algo esperando a que lo mires.
Y cuando aparezca en la última fotografía, también podrá verte a ti.