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Fue fotografiada cinco años después de desaparecer en el Cerro Rico de Potosí

 

Parte 1:

Cuatrocientas mil personas vieron cómo tres documentalistas franceses se encontraron frente a frente con copias idénticas de ellos mismos a más de cuatro mil metros bajo tierra. Diecisiete segundos después, la transmisión se cortó. Una de las integrantes del equipo jamás volvió a salir de la montaña.

Ocurrió el 14 de agosto de 2018, dentro del Cerro Rico de Potosí, Bolivia: una montaña perforada durante casi cinco siglos por miles de túneles, algunos tan antiguos que no aparecen en ningún mapa.

Los mineros aseguran que, bajo tierra, el verdadero dueño es el Tío, una deidad con apariencia demoníaca a la que ofrecen alcohol, cigarrillos y hojas de coca. No lo consideran una simple superstición. Para ellos, entrar sin pedir permiso significa desafiar a la montaña.

Philippe Moreau, director y camarógrafo de treinta y ocho años; Marc Duval, ingeniero de sonido de cuarenta y dos; y Camille Roche, productora de veintinueve, llegaron desde Francia para filmar las condiciones extremas de los trabajadores.

Su guía, Julio Mamani, les advirtió que no debían bajar a los niveles profundos durante agosto, temporada de grandes ofrendas.

—Ese día el Tío camina por sus túneles —les explicó—. Los mineros no trabajan abajo.

Philippe se burló.

—Vine a documentar, no a creer.

El grupo entró a las 5:15 de la mañana. Durante más de seis horas, la transmisión mostró pasadizos sofocantes, vigas podridas y trabajadores rodeados de polvo venenoso.

A las 11:37 llegaron al nivel nueve.

La temperatura superaba los cuarenta grados. Allí encontraron un altar antiguo: una figura de casi dos metros, con cuernos, ojos rojos y una boca llena de dientes amarillentos. A sus pies había botellas, billetes y cigarrillos encendidos.

Julio pidió que se retiraran.

Philippe, en cambio, se acercó, puso una mano sobre la cabeza de la estatua y dijo:

—Solo es una figura. No hay nada que temer.

Las lámparas parpadearon al mismo tiempo.

Marc levantó la cabeza.

—Hay alguien más aquí.

En el fondo del túnel apareció durante una fracción de segundo una silueta humana que no pertenecía a ninguno de ellos. Philippe siguió avanzando hasta descubrir una galería lateral que no figuraba en los planos.

Camille fue la primera en gritar.

A unos treinta metros, tres personas caminaban hacia ellos desde la oscuridad.

Eran Philippe, Marc y Camille.

Llevaban la misma ropa, las mismas lámparas y el mismo equipo. Incluso repetían sus movimientos con unos segundos de retraso.

Los tres desconocidos se detuvieron al mismo tiempo. Giraron la cabeza hacia la cámara y sonrieron.

Philippe salió corriendo. Marc y Camille lo siguieron mientras Julio les gritaba que regresaran a la ruta principal.

Entonces Philippe miró hacia atrás.

Sus copias avanzaban detrás de ellos con movimientos rígidos, perfectamente sincronizados. Sus ojos eran completamente negros.

En la grabación se escuchó una voz profunda, formada por muchas voces superpuestas:

—Dejen las luces.

La transmisión se volvió negra.

Julio aseguró que los cuatro corrieron durante diez minutos sin detenerse. Pero, en medio de la huida, notó algo imposible: detrás de él ya no sonaban cuatro pares de botas.

Solo tres.

Se detuvo y apuntó su lámpara hacia los demás.

Philippe estaba ahí.

Marc también.

Pero Camille había desaparecido.

Y desde la oscuridad comenzaron a acercarse decenas de pasos, todos marcando exactamente el mismo ritmo.

*** Esta historia es completamente ficticia. Todos los nombres, lugares, personajes y acontecimientos mencionados en esta historia son inventados y no tienen relación ni se basan en ninguna persona, acontecimiento o historia real. ***

 

Parte 2:

Philippe quiso regresar por Camille, pero Julio lo sujetó del brazo.

—Si volvemos, ninguno va a salir.

Philippe trató de soltarse mientras gritaba el nombre de la joven. Marc, pálido y llorando, señaló el túnel por el que habían escapado.

—Nos está siguiendo.

Los pasos se multiplicaron. Ya no sonaban como los de una sola persona, sino como los de una multitud caminando en formación.

Los tres alcanzaron la superficie a la 1:40 de la tarde. Estaban cubiertos de polvo, deshidratados y desorientados. Philippe tenía una herida en la frente que no recordaba haberse hecho.

Julio reportó la desaparición de inmediato. Esa misma tarde entraron ocho mineros, cuatro rescatistas y dos paramédicos.

Encontraron las señales dejadas por el equipo, pero la galería lateral estaba sepultada por un derrumbe que parecía reciente. Sobre las rocas, alguien había escrito con carbón:

“Aquí yacen los que pidieron ver”.

También recuperaron una cámara secundaria que Marc había dejado sobre un trípode. La grabación continuaba durante dieciséis minutos después del corte de la transmisión.

Las autoridades restringieron el acceso al material, pero uno de los investigadores que lo revisó describió lo sucedido.

Camille apareció caminando sola hacia la galería. Hablaba en voz baja, como si respondiera las preguntas de alguien.

Después surgió otra Camille desde el fondo.

Las dos jóvenes se acercaron hasta quedar frente a frente. Una levantó la mano y tocó el rostro de la otra. Sus cuerpos parecieron fundirse lentamente hasta que solo quedó una.

La Camille resultante tenía los ojos completamente negros.

La cámara grabó el túnel vacío durante diez minutos más. Luego una mano humana apareció frente al lente. Los dedos dejaron marcas sobre el vidrio y alguien apagó el aparato desde afuera.

Cuando analizaron las huellas, descubrieron que no correspondían a Camille, Philippe, Marc ni Julio.

El patrón de las crestas era demasiado profundo, como si perteneciera a una piel extremadamente vieja o hinchada. Tres horas después de recuperar el equipo, las marcas todavía emitían calor.

La búsqueda continuó durante once días. Participaron más de cincuenta personas, perros rastreadores y especialistas de Bolivia, Chile y Perú.

No encontraron el cuerpo.

No hallaron ropa.

No descubrieron una sola huella de salida.

Sin embargo, dieciocho meses después, varios mineros encontraron la mochila de Camille colocada cuidadosamente frente al altar del nivel nueve.

Dentro había una libreta.

Las últimas tres páginas estaban fechadas después de su desaparición.

Y en la primera de ellas, escrita con una letra casi idéntica a la suya, aparecía una frase:

“No puedo salir. El túnel se cierra cada vez que lo intento”.

Parte 3:

En la segunda página había otro mensaje:

“Hay muchos aquí. Todos tienen mi cara. Todos preguntan cuál es la verdadera”.

La tercera página contenía una sola línea:

“Ya no sé cuál soy yo”.

Las fechas eran 14, 15 y 16 de agosto de 2018. Eso significaba que Camille, o algo que imitaba su escritura, había seguido redactando mensajes durante al menos dos días después de desaparecer.

Las autoridades llamaron a una persona que conocía bien su caligrafía. Confirmó que los trazos eran parecidos, pero no completamente naturales. Las letras se veían rígidas y angulosas, como si alguien hubiera estudiado su manera de escribir y tratara de reproducirla sin comprenderla del todo.

El análisis de la tinta produjo un resultado todavía más inquietante. Provenía de un bolígrafo común, del mismo tipo que Camille llevaba en la mochila. Sin embargo, los compuestos orgánicos encontrados en el papel mostraban un deterioro equivalente a más de doscientos años.

Era como si aquellas hojas hubieran envejecido dos siglos en apenas cuarenta y ocho horas.

El caso se cerró oficialmente como un accidente en una zona de derrumbe. Las autoridades determinaron que Camille había muerto dentro de una sección inestable y que su cuerpo no podía recuperarse sin poner en riesgo a más personas.

Philippe y Marc regresaron a Francia el 29 de agosto. Ninguno concedió entrevistas.

La productora canceló el documental.

Philippe dejó de trabajar y se aisló de sus amigos. Dormía pocas horas y cubrió todos los espejos de su casa. Decía que veía a Camille en superficies reflejantes: en las ventanas, en las puertas de vidrio y en las pantallas apagadas.

Siempre aparecía de espaldas, caminando en dirección contraria.

Cada vez que Philippe intentaba acercarse, ella desaparecía.

Marc desarrolló seis meses después una extraña parálisis facial y graves problemas de equilibrio. Los médicos no encontraron una causa fisiológica que explicara sus síntomas. Él aseguraba que, cuando cerraba los ojos, seguía escuchando los pasos del nivel nueve.

Julio Mamani nunca volvió a trabajar como guía.

—Cuando me acerco a una entrada, escucho mi nombre —confesó tiempo después—. Alguien me llama desde abajo.

—¿Reconoces la voz?

Julio tardó en responder.

—Es la mía.

No era una voz parecida. Era exactamente su propia voz, suplicándole que bajara porque había olvidado algo dentro de la montaña.

Julio sabía que no había dejado ninguna pertenencia. Había salido con todo lo que llevaba.

Por eso comenzó a preguntarse si lo que permanecía bajo tierra no era un objeto, sino una parte de él.

Los mineros abandonaron por completo la galería lateral. La llamaron el Túnel de los Espejos.

Según ellos, si una persona entraba en el momento equivocado, podía encontrarse consigo misma. Después de ese encuentro, uno de los dos salía y el otro se quedaba.

Nadie sabía cómo distinguir al original.

Un trabajador del nivel ocho afirmó que, durante las madrugadas, escuchaba conversaciones en francés provenientes de abajo. Sonaban como un grupo de personas caminando en círculos y repitiendo las mismas frases.

Dos años después de la desaparición, cuatro mineros bajaron para revisar la entrada bloqueada. Frente a las rocas encontraron tres pares de huellas frescas.

Eran marcas de botas modernas de montaña, iguales a las utilizadas por los documentalistas.

Todas entraban hacia la galería.

Ninguna regresaba.

En septiembre de 2023, cinco años después de la desaparición, la cuenta de Camille publicó una fotografía.

La imagen mostraba un túnel oscuro iluminado por una lámpara minera. Al fondo se distinguía la silueta borrosa de una mujer joven con ropa semejante a la que Camille usó durante la expedición.

La publicación incluía una frase en francés:

“Ya no estoy sola”.

Los especialistas analizaron la información digital de la fotografía. Había sido tomada con el mismo modelo de cámara que Camille llevaba el 14 de agosto de 2018.

Las coordenadas correspondían al nivel nueve del Cerro Rico, a más de cuatro mil metros de profundidad.

El archivo registraba como fecha de creación el 4 de septiembre de 2023.

La publicación desapareció tres días después, pero miles de personas ya la habían guardado. Quienes aumentaron el brillo descubrieron que detrás de la primera silueta no había una sola mujer.

Había docenas.

Todas tenían la misma estatura, el mismo cabello y la misma ropa de Camille.

Las figuras estaban distribuidas por el túnel en filas que se perdían en la oscuridad.

Aquella imagen provocó una pregunta que nadie se había atrevido a formular públicamente: ¿y si los hombres que salieron de la montaña tampoco eran los verdaderos?

Philippe y Marc recordaban haber escapado.

Julio recordaba haberlos guiado hasta la superficie.

Sin embargo, los tres habían visto copias capaces de repetir sus movimientos, sus gestos y sus expresiones. Nada demostraba que las criaturas solo pudieran imitar la apariencia física. Tal vez también copiaban recuerdos, voces y emociones.

En marzo de 2024, Philippe fue internado en un hospital psiquiátrico después de sufrir varios episodios disociativos.

Durante las consultas repetía:

—Yo no soy Philippe. El verdadero sigue dentro del Cerro Rico.

Los médicos consideraron que se trataba de una consecuencia del trauma. Philippe, sin embargo, describía con precisión un túnel que giraba sobre sí mismo y donde el tiempo avanzaba de forma distinta.

Afirmaba que podía ver a su verdadero cuerpo al cerrar los ojos.

—Está frente al altar —decía—. Me mira y sabe todo lo que hago. A veces mueve los labios antes de que yo hable.

En julio de ese mismo año, Marc desapareció de su departamento en París. Dejó su cartera, documentos y teléfono sobre la mesa.

Su familia encontró un boleto de avión comprado días antes.

El destino era Bolivia.

Marc había realizado varias búsquedas sobre el Cerro Rico, los horarios de acceso y la ubicación del nivel nueve. También había escrito en una hoja una frase que se repetía de principio a fin:

“Necesito regresar para saber si fui yo quien salió”.

No existe un registro confirmado de que llegara a Potosí. Ningún hotel reconoció su nombre y ninguna cámara lo captó cerca de la mina.

Aun así, semanas después, algunos trabajadores dijeron haber visto a un extranjero caminando solo por los alrededores del Cerro Rico antes del amanecer.

Parecía desorientado y llevaba una lámpara antigua.

Cuando intentaron acercarse, el hombre entró por una abertura abandonada y no volvió a aparecer.

Julio recibió su propia señal a finales de 2024.

Una mañana encontró bajo la puerta de su casa una fotografía impresa en papel amarillento. Mostraba el interior del nivel nueve.

En primer plano aparecía él mismo, con la ropa que había usado el día de la expedición.

Julio estaba seguro de que nadie le había tomado aquella fotografía.

Lo peor estaba detrás de su figura.

En la oscuridad se distinguía otro Julio.

Luego otro.

Y otro más.

Decenas de versiones idénticas se extendían hacia el fondo, como imágenes repetidas entre dos espejos enfrentados.

Al reverso habían escrito con su propia letra:

“Ya estás aquí. Nunca saliste”.

Julio quemó la fotografía.

Al día siguiente encontró otra idéntica sobre la mesa de su cocina.

Volvió a quemarla y arrojó las cenizas fuera de la casa. A la mañana siguiente había una tercera bajo su almohada.

Cambió las cerraduras, selló las ventanas y pasó la noche despierto, sentado frente a la puerta.

A las 3:17 de la madrugada escuchó tres golpes provenientes del espejo del baño.

No de la puerta.

Del espejo.

Cuando entró, encontró otra fotografía pegada en el cristal. Esta vez, la versión de Julio que aparecía al fondo estaba mucho más cerca.

Durante las semanas siguientes, las imágenes continuaron apareciendo. En cada nueva fotografía, las copias avanzaban un poco más hacia la cámara.

Julio dejó de contestar llamadas. Un vecino lo escuchó discutir durante horas con alguien dentro de la casa, aunque vivía solo.

—Tú no eres yo —gritaba—. Yo fui quien salió.

El 15 de diciembre de 2024, la policía encontró su vivienda vacía.

No había señales de violencia. Su ropa seguía en el armario, su dinero permanecía guardado y sus documentos estaban sobre la mesa.

Junto a ellos había una nota escrita a mano:

“Tengo que regresar. Necesito saber cuál de los dos soy”.

No se volvió a saber de él.

Poco antes de su desaparición comenzó a circular un fragmento de la grabación recuperada en la mina. Se decía que pertenecía a los dieciséis minutos que las autoridades habían mantenido restringidos.

El archivo duró menos de una hora disponible, pero varias personas alcanzaron a copiarlo.

En los últimos segundos aparecía Camille frente al altar del Tío.

No estaba sola.

Detrás de ella había figuras acomodadas en filas perfectas. Algunas tenían su rostro. Otras parecían Philippe, Marc y Julio.

Todas llevaban la ropa utilizada el día de la expedición.

Todas tenían los ojos completamente negros.

Y todas sonreían directamente hacia la cámara.

El informe oficial atribuyó las imágenes anormales a fallas técnicas, iluminación deficiente y estrés extremo. También sugirió que las personas que habían visto la transmisión original pudieron sufrir una interpretación colectiva provocada por el miedo.

Pero esa explicación no aclaraba la mochila, las páginas envejecidas, las huellas calientes ni la fotografía publicada cinco años después.

Tampoco explicaba por qué Philippe comenzó a llamarse a sí mismo “la copia”, por qué Marc compró un boleto hacia Bolivia o por qué Julio dejó una nota antes de desaparecer.

El 3 de enero de 2025, el sector noreste del Cerro Rico fue cerrado de forma permanente debido a una supuesta inestabilidad estructural crítica.

Los niveles ocho, nueve y diez fueron sellados con concreto reforzado.

Los trabajadores encargados de cerrar el acceso aseguraron que, mientras vertían la última capa, escucharon golpes provenientes del otro lado.

Primero fueron lentos.

Después se volvieron desesperados.

Finalmente, varias voces comenzaron a hablar al mismo tiempo. Algunas lo hacían en francés. Otras llamaban por su nombre a cada uno de los trabajadores.

Uno de los mineros abandonó el lugar cuando escuchó la voz de su madre, fallecida doce años antes.

Otro juró haber oído su propia voz diciendo:

—No selles la entrada. Tú sigues aquí.

A pesar del concreto, los rumores no terminaron.

Algunas personas aseguran que cada 14 de agosto, exactamente a las 11:37 de la mañana, aparece una transmisión proveniente de algún punto bajo el Cerro Rico.

No tiene título ni información de origen.

La imagen muestra un túnel inmóvil y un altar iluminado por lámparas antiguas. Durante varios minutos no ocurre nada.

Después se escuchan pasos.

Primero aparece Camille.

Luego Philippe.

Después Marc y Julio.

Los cuatro se detienen frente a la cámara. Parecen no haber envejecido desde 2018.

Detrás de ellos comienzan a salir más figuras, todas idénticas, hasta llenar por completo la galería.

Quienes aseguran haber visto la grabación completa describen el mismo detalle: antes de que la imagen desaparezca, una de las figuras se aproxima al lente y adopta el rostro de la persona que está observando.

Al día siguiente, esa persona suele notar algo extraño al mirarse al espejo.

Durante una fracción de segundo, su reflejo no copia sus movimientos.

Permanece inmóvil.

Sonríe.

Y detrás de sus ojos, donde deberían estar las pupilas, solo existe una oscuridad absoluta.

Philippe Moreau, Marc Duval, Camille Roche y Julio Mamani entraron al Cerro Rico el 14 de agosto de 2018.

Tres figuras salieron aquel día.

Pero nadie ha podido demostrar que fueran las mismas tres personas que habían entrado.

Tal vez los originales continúan atrapados bajo la montaña, caminando en círculos por un lugar donde el tiempo envejece el papel doscientos años en dos días.

Tal vez las copias escaparon con sus voces, sus recuerdos y sus rostros.

O quizá todos salieron y el verdadero horror fue haber visto algo que aprendió a seguirlos.

El nivel nueve permanece sellado.

Sin embargo, algunos mineros dicen que el concreto ha comenzado a calentarse desde adentro.

Y cada 14 de agosto aparecen nuevas huellas frente al muro.

Las pisadas siempre se dirigen hacia la superficie.

Nunca hacia la mina.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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