Después de dejar a su hijo en el aeropuerto, don Ernesto recibió un mensaje de su empleada: “No regrese… revise las cámaras”, y descubrió que Diego y su esposa no estaban de viaje, sino en su despacho abriendo la caja fuerte, falsificando firmas y preparando el veneno que haría parecer natural su muerte; pero lo que ellos no sabían era que el viejo millonario ya había tendido una trampa legal con 80 millones falsos y la mujer de uniforme azul que acababa de salvarle la vida.