Estaba perdido en el Atacama desde 1974. Cuando lo encontraron, no había envejecido

Parte 1:
El 14 de junio de 2019, a las 4:17 de la tarde, Pablo Méndez frenó de golpe en la ruta 23, a noventa kilómetros al sureste de San Pedro de Atacama.
No había visto un animal ni otro vehículo.
Había visto a un hombre.
Estaba parado en medio del salar, a unos doscientos metros de la carretera. Permanecía inmóvil bajo el sol, sin agua, sin automóvil, sin tienda de campaña y sin equipo de supervivencia visible en kilómetros.
Ana Cortés, que viajaba en el asiento del copiloto, bajó primero.
Mientras avanzaba con cautela, comenzó a distinguir los detalles. El desconocido parecía tener poco más de veinte años. Llevaba el cabello oscuro hasta los hombros y su piel estaba bronceada, pero no mostraba quemaduras, labios resecos ni señales de deshidratación.
Su ropa resultaba todavía más extraña.
Vestía pantalones de mezclilla acampanados, una camisa de franela a cuadros y botas de cuero con cordones gruesos. Cargaba una mochila de lona verde con hebillas metálicas. De su mano derecha colgaba una cámara fotográfica analógica, sujeta por una correa de cuero desgastada.
Parecía haber salido de una fotografía de los años setenta.
—¿Está usted bien? —preguntó Ana.
—Sí. Me separé de mi grupo durante una tormenta de arena, anoche, cerca del Licancabur. Mis amigos deben estar buscándome. ¿Podrían llevarme a San Pedro?
Hablaba con un acento chileno claro. No parecía confundido ni aterrorizado. Más bien observaba el paisaje como si intentara descubrir qué estaba fuera de lugar.
Pablo se acercó y le ofreció agua. El joven bebió un poco y devolvió la botella. Entonces vio el teléfono celular que Pablo sostenía.
Se quedó mirándolo.
No con la curiosidad de quien observa un modelo nuevo, sino con la desconcertante expresión de alguien que no reconoce el objeto.
Después examinó el automóvil, los faros, el espejo lateral, el pavimento y las torres eléctricas del horizonte.
—¿Quieres llamar a alguien? —preguntó Pablo.
El desconocido tardó en responder.
—¿En qué año estamos?
Pablo soltó una risa nerviosa.
—En 2019.
El rostro del joven perdió el color. Miró hacia el volcán Licancabur, luego contempló sus propias manos y cerró los ojos.
—No puede ser —murmuró—. No puede ser.
En la comisaría de San Pedro de Atacama, el oficial Roberto Fuentes comenzó el procedimiento habitual.
—Nombre completo.
—Matías Alejandro Rojas Sepúlveda.
—Fecha de nacimiento.
—Tres de marzo de 1951.
Fuentes levantó la vista. El muchacho frente a él aparentaba veintitrés años.
—¿Está seguro?
—Claro. Tengo veintitrés. Estudio fotografía en la Universidad de Chile. Vine al desierto con cuatro compañeros para hacer un proyecto.
Matías dio los nombres de sus amigos y aseguró que la tormenta los había separado la noche anterior.
Fuentes salió de la sala, se sentó frente a su computadora e ingresó los datos en el Registro Civil.
El sistema encontró una coincidencia.
Matías Alejandro Rojas Sepúlveda, nacido en Santiago en 1951.
Debajo aparecía una anotación que hizo que el oficial se quedara inmóvil:
“Reportado como desaparecido el 17 de junio de 1974. Sector del volcán Licancabur. Cuerpo no recuperado. Se presume fallecido”.
Fuentes buscó los nombres de los cuatro compañeros.
Todos habían desaparecido el mismo día, en el mismo lugar, cuarenta y cinco años atrás.
Y uno de ellos estaba sentado al otro lado de la puerta, con el rostro de un joven de veintitrés años, preguntando cuándo podría comunicarse con sus amigos.
*** Esta historia es completamente ficticia. Todos los nombres, lugares, personajes y acontecimientos mencionados en esta historia son inventados y no tienen relación ni se basan en ninguna persona, acontecimiento o historia real. ***
Parte 2:
La doctora Carmen Vidal llegó cuarenta minutos después. Durante dos horas examinó a Matías: presión arterial, sangre, piel, dentadura, masa muscular, densidad ósea y condición visual.
Su conclusión no dejó espacio para una explicación sencilla.
El paciente tenía un estado físico y biológico correspondiente a un hombre de entre veintidós y veinticinco años. No presentaba señales de envejecimiento, daño solar acumulado ni desgaste compatible con una persona de sesenta y ocho.
Al margen del informe, la doctora escribió a mano:
“Si sus datos son correctos, este hombre debería tener sesenta y ocho años. Su cuerpo dice que tiene veintitrés. No sé cómo registrar eso”.
Esa noche, Fuentes interrogó a Matías durante casi tres horas. Para él, apenas había transcurrido un día desde la tormenta. Creía que todavía era junio de 1974.
Cuando el oficial le explicó que habían pasado cuarenta y cinco años, Matías guardó silencio.
—¿Sigue el toque de queda? —preguntó finalmente.
Fuentes comprendió entonces que, en la memoria de Matías, Chile seguía bajo la dictadura militar. Le explicó que aquel periodo había terminado en 1990 y que Augusto Pinochet había muerto años atrás.
Matías bajó la mirada.
—¿Cuánto tiempo estuve en el desierto?
Fuentes no supo contestar.
La cámara analógica fue enviada al único laboratorio de Calama capaz de revelar aquella clase de película. Su propietario, Héctor Ponce, llamó al oficial antes de entregar las imágenes.
—Este rollo es Kodachrome 64 —explicó—. Si hubiera permanecido guardado cuarenta y cinco años, estaría seriamente deteriorado. Pero la emulsión está fresca. Parece haber salido de fábrica hace semanas.
Las primeras fotografías mostraban a cinco estudiantes sonrientes en el salar: Matías, Jorge, Daniela, Cristóbal y Valentina. Después aparecía una tormenta de arena avanzando desde el horizonte.
En la imagen número veintitrés, los cinco estaban inmóviles frente al Licancabur. No miraban la tormenta, sino algo situado fuera del encuadre.
Sus rostros no mostraban miedo.
Mostraban asombro.
—¿Qué estaban viendo? —preguntó Fuentes.
Matías sostuvo la foto durante varios segundos.
—No lo recuerdo bien. Era algo junto al volcán. Como una abertura. Como si la tormenta estuviera mostrando un lugar que normalmente no se puede ver.
Entonces Héctor colocó sobre la mesa las últimas tres fotografías.
Mostraban un desierto imposible: formaciones rocosas que no aparecían en ningún mapa, valles desconocidos y un cielo cuya luz parecía pertenecer a otra época.
En la última imagen, los cinco amigos estaban juntos en aquel lugar extraño, mirando hacia la cámara y sonriendo.
Matías palideció.
—Ahí están —susurró.
Parte 3:
Fuentes acercó la fotografía número veintiséis.
—¿Reconoces ese lugar?
Matías negó lentamente con la cabeza.
—No sé dónde es. Pero sé que estuvimos ahí… o que estaremos ahí. No sé cómo decirlo correctamente.
El oficial observó la imagen. Detrás de los cinco jóvenes se extendía un paisaje que parecía pertenecer al Atacama, aunque ninguna formación coincidía con el desierto conocido. Las rocas estaban erosionadas de una manera extraña, como si hubieran soportado miles de años adicionales de viento.
—Intenta recordar lo que pasó durante la tormenta —pidió Fuentes.
Matías cerró los ojos.
—Corríamos hacia las tiendas. La arena ya no nos dejaba ver. Entonces apareció algo cerca del volcán. No era una luz ni una construcción. Era como una abertura en el aire… como si el desierto se hubiera partido y detrás existiera otro lugar.
—¿Y tus amigos?
—Se detuvieron. Los cinco lo vimos. Jorge caminó primero. Daniela lo siguió. Después Cristóbal y Valentina. Yo también quise acercarme, pero algo me detuvo. O quizá sí entré. No puedo recordarlo.
Fuentes señaló la última fotografía.
—Aquí apareces con ellos.
Matías la miró otra vez.
—Ellos están bien.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque lo siento.
—Eso no es una prueba.
Matías colocó un dedo sobre la imagen y respondió:
—Esta fotografía la tomé yo.
Fuentes tardó varios segundos en comprender.
Si Matías había sostenido la cámara, entonces no podía ser una de las cinco personas que aparecían en la fotografía.
Sin embargo, ahí estaba.
De pie junto a sus amigos.
Sonriendo frente al lente.
El oficial volvió la imagen hacia la luz. No había sombras duplicadas, reflejos ni señales de una doble exposición. Matías aparecía claramente entre Jorge y Daniela.
—Eso es imposible —murmuró Fuentes.
—Lo sé.
Las fotografías fueron enviadas a especialistas.
El doctor Francisco Medel, geólogo de la Universidad de Antofagasta, tardó dos semanas en analizarlas. Comparó las formaciones con mapas topográficos, imágenes satelitales y registros geológicos de todo el norte de Chile.
Su informe concluía que las estructuras no correspondían a ningún sector conocido del Atacama en su estado presente. Los patrones de erosión parecían propios de la región, pero mostraban una antigüedad que no coincidía con ninguna formación documentada.
“No es posible determinar la ubicación ni la fecha de estas imágenes”, escribió. “Son consistentes con el desierto de Atacama, pero no con el Atacama que conocemos”.
Un astrónomo del Observatorio Paranal aceptó estudiar la posición del sol y las sombras. Pidió que su nombre no apareciera en el expediente.
Su respuesta llegó por correo electrónico.
La iluminación correspondía al invierno del hemisferio sur, pero el ángulo solar no coincidía con ninguna fecha disponible en los modelos astronómicos de los siglos XX y XXI.
“No tengo una explicación para esto”, concluyó.
Siete días después de que Matías apareciera en el salar, Fuentes entró en la habitación donde el joven desayunaba. Llevaba las fotografías dentro de una carpeta.
Las colocó sobre la mesa en orden.
Matías observó las primeras imágenes con reconocimiento. El viaje, las tiendas, la fogata, sus amigos frente al volcán. Para él, aquellos momentos todavía eran recientes.
Al llegar a la foto de la tormenta, sus manos comenzaron a temblar.
—Recuerdo el ruido —dijo—. Pero no era el viento. Era algo más profundo. Parecía venir del suelo.
La fotografía número veintitrés mostraba al grupo completamente inmóvil, mirando hacia la izquierda.
—Ahí fue cuando apareció —continuó—. La abertura no tenía bordes. Solo sabías que estaba allí porque el paisaje detrás no era el mismo.
Fuentes colocó delante de él las imágenes veinticuatro y veinticinco.
—¿Viste esas formaciones?
—Creo que sí. Pero no sé durante cuánto tiempo.
—¿Horas?
—Quizá.
—¿Días?
Matías no respondió.
Finalmente, el oficial puso sobre la mesa la fotografía número veintiséis, en la que aparecían los cinco estudiantes sonriendo.
—Necesito que me expliques quién tomó esta foto.
Matías se llevó una mano a la frente.
—Yo la tomé.
—Pero tú apareces en ella.
—Lo sé.
—Entonces alguien más debió usar la cámara.
—No. Recuerdo el peso de la Nikon en mis manos. Recuerdo haber enfocado. Recuerdo que Daniela me dijo que me apresurara.
—¿Dónde estabas tú mientras tomabas la fotografía?
Matías respiró con dificultad.
—En los dos lugares.
La luz fluorescente del techo parpadeó.
Una vez.
Matías levantó la cabeza.
A través de la puerta entreabierta, la pantalla de la computadora de Fuentes se congeló durante dos o tres segundos. Después volvió a funcionar con normalidad.
El reloj analógico de la pared marcaba las 11:47.
—Necesito ir al baño —dijo Matías.
Fuentes señaló el pasillo.
—Primera puerta a la izquierda.
Matías salió dejando la cámara sobre una silla. El oficial permaneció sentado, con la mirada fija en la puerta del baño.
Pasaron cinco minutos.
Fuentes se levantó y llamó.
—¿Matías?
No hubo respuesta.
Volvió a tocar.
Silencio.
Abrió la puerta.
El baño estaba vacío.
La ventana tenía una reja metálica atornillada desde el exterior. Permanecía cerrada e intacta. No había otra salida, y Fuentes había observado el pasillo durante todo el tiempo.
Matías simplemente había desaparecido.
El oficial registró el baño, abrió el pequeño armario de limpieza y revisó debajo del lavabo, aunque sabía que era inútil. Después regresó a la sala.
La Nikon F2 seguía sobre la silla.
Las fotografías continuaban sobre la mesa.
Pero algo había cambiado.
Las primeras veintidós imágenes habían envejecido.
Los colores, antes brillantes, estaban deslavados. Los bordes se habían vuelto amarillos. La emulsión se encontraba cuarteada y la superficie había perdido su brillo. En cuestión de minutos, las fotos mostraban el deterioro que normalmente habría producido el paso de cuatro décadas.
La número veintitrés también estaba dañada, aunque todavía podía distinguirse a los cinco amigos observando la abertura junto al volcán.
Sin embargo, las imágenes veinticuatro, veinticinco y veintiséis permanecían perfectas.
El paisaje sin fecha conservaba colores vivos y detalles nítidos.
Los cinco jóvenes seguían sonriendo.
Como si esas fotografías no pertenecieran al pasado.
Fuentes miró el reloj de la pared.
Continuaba marcando las 11:47.
El segundero no se movía.
Sacó su teléfono. La hora era 12:03.
Cuando volvió a mirar el reloj analógico, este comenzó a funcionar otra vez, avanzando desde las 11:47 como si nada hubiera ocurrido.
La comisaría desplegó una búsqueda inmediata. Revisaron calles, terminales, caminos, hospitales, hoteles y cámaras de vigilancia. Ningún agente encontró a Matías.
Las grabaciones del pasillo mostraban al joven caminando hacia el baño.
Nunca lo mostraban saliendo.
El caso fue cerrado administrativamente el 31 de agosto de 2019. La causa oficial quedó registrada como identidad no verificada, extravío con recuperación temporal e individuo no localizado.
El expediente original de 1974 permaneció abierto. Matías Alejandro Rojas Sepúlveda y sus cuatro compañeros seguían figurando como desaparecidos porque jamás se habían encontrado sus cuerpos.
El doctor Francisco Medel renunció a su puesto en la Universidad de Antofagasta en octubre de 2019.
Su carta contenía una sola explicación:
“Hay preguntas para las que la ciencia todavía no tiene el lenguaje correcto”.
El astrónomo que había examinado las imágenes nunca publicó sus conclusiones. Cuando un periodista intentó localizarlo en 2020, el observatorio informó que ya no trabajaba ahí.
Ana Cortés regresó al Atacama en junio de 2021, exactamente dos años después de haber encontrado a Matías.
Llevó una cámara analógica de la misma marca y el mismo modelo. Pablo la acompañó hasta el punto del salar donde el joven había aparecido.
Ana bajó del vehículo y caminó hacia el lugar.
Pablo aseguró que permaneció allí durante veinte minutos.
Ana sostuvo que había pasado toda la tarde.
Cuando regresaron al automóvil, sus relojes marcaban horas distintas.
La Nikon F2 de Matías quedó guardada en el depósito de la comisaría de San Pedro de Atacama. Nadie reclamó su devolución.
Las últimas tres fotografías fueron colocadas dentro de un sobre de papel madera. Con el paso de los años, los agentes revisaron su estado en varias ocasiones.
Nunca se deterioraron.
Las antiguas comunidades licanantay, que habitaron el desierto mucho antes de que existieran los mapas modernos, hablaban de ciertos puntos donde las brújulas perdían el norte y los viajeros dejaban de percibir el tiempo de manera normal.
Los testimonios que sobrevivieron son fragmentarios.
Algunos mencionan pasos.
Otros hablan de umbrales.
Lugares donde el desierto se abre hacia algo que no tiene nombre en ningún idioma conocido.
El Licancabur ha permanecido ahí durante miles de años. Ha visto incontables tormentas avanzar sobre el salar.
Tal vez no todas sean únicamente tormentas.
Según los registros oficiales, Matías Rojas lleva desaparecido desde 1974.
La última vez que alguien lo vio, su cuerpo seguía teniendo veintitrés años.
En algún lugar del desierto, o quizá en algún momento que todavía no ha llegado, cuatro jóvenes permanecen frente a una cámara, sonriendo mientras alguien sostiene el aparato.
Matías aseguraba que estaban bien.
Lo que nadie pudo descubrir es cuándo.