En el juicio, mi esposo juró que nuestra hija quería vivir con él… hasta que ella pidió reproducir la grabación

Parte 1:
—Su señoría, mi hija quiere vivir conmigo.
Franco pronunció aquellas palabras con tanta seguridad que, por un instante, sentí que la jueza podía creerle. Estaba sentado frente a mí con un traje gris nuevo, una corbata color vino y los zapatos perfectamente lustrados. Parecía un padre responsable, estable y preocupado.
Yo sabía lo bien que podía fingir.
La jueza Margarita Hernández se inclinó hacia delante y miró a nuestra hija de nueve años.
—Lili, cariño, ¿es verdad que quieres vivir con tu papá? No tengas miedo. Solo dinos la verdad.
Mi niña apretó mi mano.
Llevaba el cárdigan azul marino de la escuela, una camisa blanca y el pequeño broche que le había regalado en su cumpleaños. Yo me había levantado a las cinco de la mañana para peinarle sus dos trenzas. Quería que se sintiera segura, aunque yo llevaba semanas sin dormir bien.
Desde nuestro divorcio, trabajaba como cajera en un supermercado durante el día y limpiaba oficinas por las noches. Apenas alcanzaba para pagar el pequeño departamento de una recámara donde vivíamos. Lili dormía en un sofá cama, hacía la tarea sobre la mesa de la cocina y usaba ropa comprada en oferta.
Franco había usado cada una de esas cosas en mi contra.
—Puedo ofrecerle su propia habitación, buena alimentación, clases particulares y ropa nueva —había declarado—. Jessica trabaja todo el día y deja a la niña con una anciana que apenas puede caminar. Yo envío la manutención puntualmente. Mi hija merece algo mejor.
La “anciana” era mi madre, Carmen, quien había trabajado treinta y siete años como enfermera y había sido nuestro único apoyo desde que escapamos de Franco.
La jueza volvió a mirar a Lili.
—¿Con quién deseas vivir?
Mi hija se puso de pie lentamente.
Pensé que estaba demasiado asustada para hablar. Sus uñas estaban mordidas y sus dedos temblaban. Entonces metió la mano en el bolsillo del cárdigan y sacó su viejo teléfono de pantalla agrietada.
Lo sostuvo con ambas manos, como si fuera un escudo.
—¿Puedo reproducir la grabación de anoche?
Toda la sala quedó en silencio.
Franco giró bruscamente hacia ella. Su sonrisa desapareció durante una fracción de segundo, aunque enseguida intentó fingir confusión. Su abogado se inclinó para susurrarle algo, golpeando nerviosamente un bolígrafo contra su libreta.
Yo miré a mi hija, paralizada.
No sabía nada de una grabación.
La noche anterior, Franco había pasado por ella alrededor de las seis. Como siempre, ni siquiera se bajó de su camioneta. Solo tocó el claxon y esperó.
Lili regresó tres horas después. Estaba callada y distante. Cuando le pregunté cómo le había ido, respondió que bien y se encerró en el baño. Más tarde cenó poco y se acostó abrazando su viejo conejo de peluche de una sola oreja.
Pensé que estaba nerviosa por la audiencia.
Nunca imaginé lo que había ocurrido dentro de aquella camioneta.
—¿Qué grabación? —preguntó la jueza.
Lili tragó saliva.
—Grabé a mi papá cuando me llevó a comprar comida. Me dijo que hoy tenía que decir que quería vivir con él.
Una mancha oscura comenzó a extenderse bajo el brazo de la camisa de Franco.
La jueza ajustó sus lentes.
—Alguacil, tráigame el teléfono.
Esteban, un hombre de porte militar que llevaba más de veinte años trabajando en aquel tribunal, tomó el aparato de las manos de mi hija y lo entregó en el estrado.
La jueza encontró un archivo marcado a las 7:24 de la noche.
—Lili, ¿estás segura de que quieres que todos escuchemos esto?
Mi hija miró a su padre.
Vi miedo en sus ojos. Un miedo profundo que conocía demasiado bien.
Sin embargo, enderezó los hombros.
—Sí, su señoría. Quiero que todos sepan la verdad.
La jueza subió el volumen y colocó el dedo sobre el botón de reproducción.
Entonces Franco se levantó de golpe.
—¡Me opongo!
La jueza lo miró con dureza.
—Siéntese, señor Franco.
Él obedeció lentamente. Yo apreté la mano de mi hija, sin saber si lo que estábamos a punto de escuchar terminaría con aquella pesadilla… o provocaría algo todavía peor.
*** Esta historia es completamente ficticia. Todos los nombres, lugares, personajes y acontecimientos mencionados en esta historia son inventados y no tienen relación ni se basan en ninguna persona, acontecimiento o historia real. ***
Parte 2:
Al principio solo se escuchó el motor de un vehículo y una canción antigua en la radio. Luego la música bajó y la voz de Franco llenó la sala.
No era la voz amable que había usado frente a la jueza.
Era áspera. Fría.
—Escúchame bien. Mañana te van a preguntar con quién quieres vivir y vas a decir que conmigo. ¿Entendiste?
Después se oyó la voz temblorosa de Lili.
—Pero yo quiero quedarme con mamá.
—No me importa lo que tú quieras —respondió él—. Tu madre me quitó todo. Ahora voy a quitarle lo único que le importa.
Sentí que me faltaba el aire.
—Tu casa me da miedo —dijo Lili—. Gritas mucho.
Un golpe seco sacudió la grabación, como si Franco hubiera azotado la mano contra el volante.
—Vas a vivir conmigo y ella va a pagarme manutención. Si mañana no dices lo que te ordené, las cosas se pondrán muy mal para tu madre.
—¿Qué le vas a hacer?
—Conozco gente que puede encargarse de que no vuelva de su trabajo. Quizá ni siquiera llegue a casa. No quieres que sufra un accidente, ¿verdad?
Un murmullo de horror recorrió la sala.
En el audio, Lili comenzó a llorar.
—Tengo miedo de ti.
—Entonces haz lo que te digo. Si no, lo que le pase a tu madre será culpa tuya.
La grabación terminó.
La jueza dejó el teléfono sobre el estrado. Su expresión se había endurecido.
Franco parecía haberse encogido dentro de su costoso traje.
—Señor Franco —dijo la jueza—, ¿esa es su voz?
—Está sacado de contexto. Solo intentaba disciplinarla.
—Le pregunté si es su voz.
Él abrió la boca, pero no respondió.
Entonces miró a Lili con tanto odio que mi hija se pegó a mí. La rodeé con el brazo, sintiendo que el miedo de los últimos años regresaba de golpe.
—Fue un momento de frustración —balbuceó Franco—. Jamás lastimaría a nadie.
Por primera vez comprendí completamente lo que mi hija había hecho. La niña a la que yo había intentado proteger acababa de reunir la prueba que yo nunca tuve el valor de conseguir.
La jueza ordenó un receso de treinta minutos.
En la sala de espera, mi madre llegó corriendo desde la clínica y abrazó a Lili.
—Fuiste muy valiente, mi niña.
Lili me miró con los ojos llenos de preocupación.
—Mamá, ¿estás enojada porque lo grabé?
Me arrodillé frente a ella.
—Estoy orgullosa de ti.
—Pensé que me quitaría el teléfono —confesó—. Lo escondí en mi calcetín. Papá dijo que, si no obedecía, tú tendrías un accidente.
Nuestro abogado entró en ese momento.
—La audiencia va a continuar —anunció—. Pero deben prepararse. La grabación cambia todo y Franco lo sabe.
Desde el pasillo escuchamos un golpe y una voz furiosa.
Franco estaba discutiendo con su abogado.
—¡No pienso perder a mi hija por culpa de esa mocosa!
La puerta se abrió de repente.
Él apareció al otro lado y fijó los ojos en Lili.
Parte 3:
El alguacil se interpuso antes de que Franco pudiera acercarse.
—Regrese a la sala —le ordenó.
—Solo quiero hablar con mi hija.
—No se acercará a la menor sin autorización del tribunal.
Franco apretó los puños. Durante unos segundos pensé que intentaría empujar al alguacil. Sin embargo, su abogado lo tomó del brazo y consiguió llevarlo de regreso.
Lili se aferró a mi cintura.
—No dejes que me lleve.
—No lo permitiré —le prometí.
La verdad era que no sabía si podría cumplirlo. Franco había conseguido convencer a mucha gente de que era un padre ejemplar. Tenía dinero, un apartamento lujoso y una apariencia respetable. Yo tenía deudas, dos trabajos y un hogar demasiado pequeño.
Pero ahora también teníamos su propia voz.
Cuando regresamos a la sala, la jueza Hernández tomó asiento y recorrió a los presentes con la mirada.
—Durante esta audiencia han surgido pruebas que el tribunal no puede ignorar —declaró—. La grabación contiene amenazas directas hacia la demandada y un intento evidente de manipular el testimonio de la menor.
Franco se puso de pie.
—Fue un malentendido. Estaba bajo mucha presión.
—Amenazó con provocar un accidente a la madre de su hija.
—No hablaba en serio.
—La menor sí lo tomó en serio. Estaba aterrada.
Su abogado intervino para pedir que se considerara el historial militar de Franco y su supuesta conducta intachable.
Mi madre no pudo contenerse.
—¿Intachable? ¿También son intachables los moretones que dejó en mi hija?
La jueza golpeó el mazo.
—Orden en la sala.
Luego pidió a mi madre que se identificara para el registro. Carmen se puso de pie, apoyando sus manos temblorosas sobre su bolso.
—Soy Carmen Jiménez, madre de Jessica y abuela de Lili.
—Entiendo sus sentimientos, señora Jiménez, pero deberá esperar su turno para hablar.
Mi madre asintió y volvió a sentarse.
La jueza se dirigió a Lili con voz más suave.
—¿Es la primera vez que tu padre te habla de esa manera?
Mi hija me miró. Le hice un pequeño gesto para que dijera la verdad.
—No —respondió—. Siempre dice que mi mamá no sirve para nada y que por su culpa vivimos en un lugar feo. También me dijo que, si vivía con él, mamá nunca podría volver a verme.
—¡Está mintiendo! —gritó Franco—. Jessica le llenó la cabeza.
—¡Silencio! —ordenó la jueza—. Hablará únicamente cuando se le indique.
La representante de protección infantil se levantó y abrió su carpeta. Confirmó que Franco vivía en un departamento de tres recámaras recién remodelado y que había preparado una habitación nueva para Lili. Después describió nuestro hogar: un departamento rentado de una sola recámara, con un sofá cama y algunas reparaciones pendientes.
Franco sonrió con arrogancia.
Yo bajé la mirada, avergonzada.
Sin embargo, la trabajadora continuó:
—El hogar de la señora Jessica está limpio, organizado y es seguro. La menor tiene excelentes calificaciones, participa en actividades artísticas y mantiene fuertes vínculos con su comunidad. Su relación con la madre está basada en la confianza y el afecto. Lili se niega rotundamente a mudarse con el padre.
Después habló la psicóloga del tribunal.
Explicó que mi hija presentaba ansiedad intensa al mencionar a Franco, miedo asociado a la figura paterna y señales claras de abuso emocional. La grabación, aseguró, confirmaba un patrón de manipulación y amenazas.
—Eso es una tontería —murmuró Franco—. Los psicólogos siempre apoyan a las madres.
La jueza lo miró con frialdad.
—Un comentario más y será retirado.
Nuestro abogado presentó entonces las declaraciones de Carmen y de Raquel Martínez, una antigua vecina que había escuchado gritos y golpes provenientes de nuestra casa durante años.
Franco se levantó de golpe.
—¡Todos están conspirando contra mí! Mi suegra siempre me odió y esa vecina es una borracha.
Algo dentro de mí se rompió.
Me puse de pie.
—Me golpeaste cuando estaba embarazada de siete meses porque compré una olla sin pedirte permiso. Me empujaste contra el marco de una puerta cuando Lili tenía dos años. Me retorciste el brazo porque quería ir al cumpleaños de mi mejor amiga.
Franco se volvió hacia mí con el rostro morado de ira.
—¡Cállate, estúpida!
Un murmullo recorrió la sala.
Yo volví a ver nuestra antigua casa. Recordé cómo controlaba mi ropa, mis amistades y cada centavo que gastaba. Cómo revisaba mi teléfono. Cómo me prohibió regresar a la enfermería después del nacimiento de Lili. Cómo me convenció de que cada empujón y cada golpe eran culpa mía.
La última noche juntos, Lili tenía cuatro años. Derramó jugo sobre la alfombra y Franco se levantó con una expresión que jamás olvidaré.
Me puse frente a ella.
—Ni se te ocurra tocarla.
Esa misma madrugada preparé dos bolsas, tomé los documentos, el conejo de peluche de mi hija y escapé a casa de Carmen.
Durante cinco años creí que huir había sido el acto más valiente de mi vida.
Me equivocaba.
Lo más valiente había sido sentarme en aquella sala y contar la verdad frente a él.
La jueza golpeó el mazo.
—Señor Franco, queda expulsado por desacato. Alguacil, retírelo.
Esteban se acercó. Franco intentó apartarlo de un empujón.
—¡No me toque!
Antes de salir, se volvió hacia nosotras.
—Se van a arrepentir.
Las puertas se cerraron detrás de él.
La jueza solicitó hablar con Lili en privado, acompañada por la psicóloga. Mientras esperábamos, caminé de un extremo al otro del pasillo.
—Puede intentar apelar —explicó nuestro abogado—, pero la grabación y su comportamiento de hoy hacen casi imposible que obtenga la custodia.
—No va a detenerse —advirtió Carmen—. Cuando pierde, se vuelve más peligroso.
Una hora después, regresamos a la sala para escuchar la resolución.
—Este tribunal rechaza la petición del señor Franco para obtener la custodia principal de Lili —anunció la jueza—. Además, suspende inmediatamente su régimen de visitas hasta que complete una evaluación psiquiátrica y un programa obligatorio para agresores.
Sentí que el aire regresaba a mis pulmones.
La jueza explicó que cualquier visita futura tendría que ser supervisada y dependería del bienestar de Lili. Después miró directamente a mi hija.
—Quiero reconocer tu extraordinaria valentía. Muchos adultos no habrían tenido el valor de hacer lo que tú hiciste.
Al salir del juzgado, abracé a Lili con todas mis fuerzas.
Carmen decidió que debíamos celebrar con postre. Caminábamos hacia una cafetería cuando sentí una presencia detrás de nosotras.
En el estacionamiento, Franco estaba recargado contra su camioneta.
No dijo nada.
Solo nos observó alejarse con los puños cerrados.
Dos semanas después, la vida parecía recuperar lentamente su ritmo. Lili sonreía más, dormía mejor y volvía a hablar con entusiasmo sobre la escuela. Yo seguía revisando la calle cada vez que salía, pero Franco no se había acercado.
Una noche, mientras Lili se lavaba los dientes, recibí un mensaje de mi vieja amiga Paty.
“Por aquí dicen que Franco está fuera de control. Ayer lo vieron borracho, diciendo que va a recuperar a la niña. Ten cuidado”.
Antes de que pudiera responder, sonó el timbre.
Un policía estaba del otro lado.
El teniente Martínez explicó que Franco había presentado una denuncia acusándome de impedirle ver a Lili. La acusación era absurda porque el tribunal había suspendido las visitas.
—Llegó borracho a la comisaría —admitió el oficial—. Apenas podía escribir. Ya revisé la orden judicial, pero debo registrar su versión.
Después de que se fue, Lili salió de la habitación.
—¿Papá va a llevarme?
—No, cariño. Tú te quedas conmigo.
Esa noche durmió a mi lado.
A la mañana siguiente, fui al supermercado. Al terminar el turno me encontré con Katy, una antigua compañera de la clínica donde yo había trabajado antes de casarme.
—¿Nunca has pensado en volver a la enfermería? —preguntó—. Tenemos una vacante. El salario es bueno y los horarios son estables.
Le expliqué que mi licencia había vencido.
—Hay un curso de actualización de ocho semanas —respondió—. Después puedes renovar tu licencia y regresar.
La oportunidad parecía imposible. Volver a la enfermería significaba dejar el turno nocturno, pasar más tiempo con Lili y ganar lo suficiente para mudarnos a un lugar mejor.
Carmen insistió en que aceptara.
—Yo cuidaré a Lili mientras estudias. No vas a desperdiciar esta oportunidad.
Nuestra alegría duró hasta que revisé el correo.
Dentro de un sobre sin remitente encontré una nota escrita con la letra de Franco:
“¿Crees que ganaste? Esto apenas empieza. Me llevaré a Lili y voy a destruirte”.
Llamé al teniente Martínez. Me pidió guardar el papel como evidencia, pero explicó que la amenaza era demasiado ambigua para detenerlo.
Días después, Raquel llegó a mi caja del supermercado.
—Ayer vi a Franco enseñándoles una foto tuya a unos tipos cerca de su edificio —susurró—. También gritaba que te iba a dar una lección.
Fui a la comisaría, aunque el agente que tomó mi declaración dijo que solo eran rumores.
Al salir, entré en una cafetería para tranquilizarme.
Entonces lo vi.
Franco estaba al otro lado de la calle, observándome. Cuando nuestras miradas se encontraron, sonrió y levantó la mano. Apuntó su dedo hacia mí como si fuera un arma y bajó el pulgar.
Salí por la puerta trasera y regresé a casa después de asegurarme de que no me seguía.
Al día siguiente, nuestro abogado solicitó una orden de protección urgente. El documento prohibía a Franco acercarse a mí, a Lili, a nuestra casa, a mi trabajo y a la escuela.
—Un papel no siempre detiene a una persona peligrosa —me advirtió—, pero permitirá que la policía lo arreste en cuanto se acerque.
Comencé el curso de enfermería el lunes siguiente. Volver a un aula práctica despertó algo que creía perdido. Mis manos todavía recordaban cómo tomar muestras, colocar una vía y atender a un paciente.
Por primera vez en años, imaginé un futuro.
Entonces llegó otra amenaza.
Una noche encontré una fotografía de nuestro edificio dentro de un sobre. Nuestra ventana estaba marcada con un círculo rojo.
Carmen decidió que debíamos mudarnos temporalmente a su departamento. Era más pequeño, pero tenía portero, vecinos atentos y una puerta reforzada.
Creí que estaríamos seguras.
Me equivoqué.
Pocos días después, Carmen se resbaló en la ducha y sufrió una conmoción leve. Mientras descansaba, un supuesto mensajero entregó una bolsa con medicamentos y una nota firmada por Katy.
Llamé para agradecerle.
—Yo no envié nada —respondió.
Un frío me atravesó.
Franco había descubierto dónde estábamos.
El teniente Martínez recogió el paquete como evidencia.
—Está escalando —advirtió—. No pierdan de vista a la niña.
A la tarde siguiente llegué a la escuela para recoger a Lili. Los alumnos fueron saliendo, pero ella no apareció.
Esperé diez minutos.
Luego quince.
Entré en la oficina.
—Vengo por Lili Franco, de cuarto grado.
La secretaria revisó la computadora.
—Ya la recogieron.
—¿Quién?
—Su padre. Salió con él a las dos cincuenta.
Sentí que el corazón dejaba de latirme.
—¡Tiene una orden de protección! ¡No puede acercarse a ella!
La secretaria palideció. Una maestra suplente había permitido que Franco se la llevara después de revisar su identificación.
Llamé a emergencias mientras corría hacia el estacionamiento.
Entonces recibí una llamada de un número desconocido.
—Franco, ¿dónde está mi hija?
—Te dije que recuperaría lo que es mío.
Su voz estaba cargada de alcohol.
—Por favor, no le hagas daño.
—Ve al motel de la carretera nueve. Habitación diecisiete. Tienes cuarenta y cinco minutos. Ven sola. Si veo policías, desaparezco con ella.
La llamada terminó.
El teniente Martínez llegó minutos después. Organizó un operativo sin sirenas y me pidió entrar para mantener distraído a Franco mientras los agentes rodeaban el motel.
Treinta y cinco minutos más tarde, caminé hacia la habitación diecisiete.
La camioneta de Franco estaba estacionada frente a la puerta. Respiré hondo y golpeé.
—Está abierto —gruñó desde adentro.
Empujé la puerta.
El cuarto olía a cigarro, humedad y whisky. Franco estaba sentado sobre un colchón hundido, con la camisa abierta, los ojos rojos y el rostro sin afeitar.
Sobre la mesa había una botella y un cuchillo de cacería.
Lili estaba sentada en una silla de plástico, abrazando su mochila. Tenía la cara llena de lágrimas.
—¡Mamá!
Intentó levantarse.
—¡Siéntate! —rugió Franco.
Mi hija se encogió.
—Estoy aquí —dije—. Déjala ir. Tú y yo podemos hablar.
Franco bebió directamente de la botella.
—¿Ahora quieres hablar? Me humillaste. Me quitaste a mi hija y destruiste mi vida.
—Lili no tiene la culpa.
—Tú hiciste esto.
Se levantó y tomó el cuchillo.
El miedo me recorrió todo el cuerpo, pero avancé lentamente.
—Déjala salir. Después arreglaremos lo nuestro.
—¿Crees que soy idiota? En cuanto salga, llamarás a la policía.
—No lo haré.
Estaba a poco más de un metro de él. Miré discretamente hacia la puerta del baño. Estaba entreabierta.
—Papá —dijo Lili—, la abuela está lastimada. Quiero verla.
Durante un instante, Franco volvió la cabeza hacia ella.
La puerta del baño se abrió de golpe.
Dos agentes irrumpieron.
—¡Policía! ¡Suelta el cuchillo!
Todo sucedió en segundos.
Uno de los oficiales se lanzó contra Franco y lo derribó. El cuchillo cayó debajo de la cama. El segundo agente corrió hacia Lili y la apartó.
Yo la abracé.
—Te tengo. Ya estás a salvo.
El sonido de las esposas resonó en el cuarto.
—Franco, queda arrestado por secuestro, amenazas, violación de una orden de protección y poner en peligro a una menor —anunció el teniente Martínez.
—¡Ella me tendió una trampa! —gritaba él mientras se lo llevaban.
Aquella noche regresamos con Carmen.
Mi madre abrió la puerta y nos abrazó llorando.
Lili se quedó dormida entre las dos. Yo permanecí observando su rostro hasta el amanecer, comprobando una y otra vez que estaba conmigo.
Franco quedó detenido sin derecho a fianza. Meses más tarde aceptó un acuerdo para evitar una condena todavía mayor. Recibió varios años de prisión por el secuestro, las amenazas y la violación de la orden judicial.
Un año después, nuestra vida era completamente distinta.
Terminé mi capacitación y recuperé mi licencia. Katy me ayudó a conseguir un puesto en la clínica, con buen salario, horario de día y prestaciones.
Nos mudamos a una casa luminosa en un vecindario tranquilo. Lili finalmente tuvo su propia habitación. Carmen nos visitaba casi todos los días y seguía diciendo que nuestra cocina era más cómoda que la suya.
La recuperación de Lili no fue inmediata. Durante meses tuvo pesadillas y se asustaba al escuchar vehículos parecidos a la camioneta de Franco. Con terapia y mucho cariño, poco a poco volvió a ser la niña alegre y curiosa que siempre había sido.
Entró al coro escolar y recibió un solo para el festival de primavera.
Una tarde estábamos las tres en la cocina cuando Lili dijo:
—Mamá, soñé que íbamos a la playa.
Sonreí.
—No es un sueño. Iremos este verano. Una semana completa.
—Y yo también voy —anunció Carmen.
Lili aplaudió, aunque después bajó la voz.
—¿Papá podrá encontrarnos?
Tomé sus manos.
—No, cariño. Ya no puede hacernos daño.
Por primera vez, pude pronunciar esas palabras sabiendo que eran verdad.
Más tarde, mientras Lili practicaba su canción en el piso de arriba, Carmen y yo tomamos té en silencio.
—Nunca dejé de creer en ti —dijo mi madre—. Ni siquiera cuando tú habías dejado de creer en ti misma.
—No lo habría logrado sin ti.
—Sí lo habrías logrado. Solo necesitabas recordar quién eras antes de que él te convenciera de que no valías nada.
Bajé la mirada hacia mi taza.
—¿Por qué me quedé tanto tiempo?
Carmen suspiró.
—Por miedo. Por dependencia. Porque esperabas que regresara el hombre del que te enamoraste. Y porque personas como Franco son muy buenas haciendo que creas que todo es culpa tuya.
Desde el piso de arriba llegó la voz clara de Lili. Cantaba sin temor, con una seguridad que no había tenido durante años.
Cerré los ojos y escuché.
Nuestra vida no era perfecta. El trabajo era agotador, el dinero todavía debía administrarse con cuidado y las heridas emocionales tardarían en sanar.
Pero eran problemas normales.
Ya no vivíamos esperando un grito, una amenaza o un golpe en la puerta.
Lo peor había quedado atrás.
Éramos libres. Estábamos juntas. Y, por fin, vivíamos lejos de las sombras.