El árbol que atrae a los desaparecidos: el misterio revelado de la Selva Lacandona

Parte 1:
En marzo de 2023, una patrulla enviada a la Selva Lacandona buscaba a dos hombres que llevaban ocho días desaparecidos. No encontró cuerpos, huellas de violencia ni un campamento abandonado. Encontró algo mucho más inquietante: una cámara colgada de una rama, a dos metros del suelo, como si alguien la hubiera dejado ahí para que fuera descubierta.
La cámara contenía seis horas con cuarenta y siete minutos de grabación.
Durante las primeras seis horas y treinta y un minutos, Rodrigo Solís filmó lo que parecía ser un documental común sobre una comunidad lacandona aislada en Chiapas: sus costumbres, su lengua y su relación con la selva.
Los últimos dieciséis minutos eran distintos.
El expediente oficial los clasificó como «material concluyente para determinar las causas del extravío». En lenguaje institucional, aquella frase significaba que nadie podía explicar lo que aparecía en ellos.
Sin embargo, lo que más me perturbó no fue la grabación.
Fue el cuaderno encontrado junto a la cámara.
Las primeras cuarenta y dos páginas contenían notas de producción. Después, la escritura cambiaba de tema por completo. Había sesenta y ocho páginas dedicadas al Kisin, a ciertas ceibas que supuestamente habían sido «visitadas» y a una lista de coordenadas.
La última coordenada estaba encerrada en tres círculos rojos.
Era el punto exacto donde apareció la cámara.
Rodrigo llevaba años buscando una ceiba específica. El documental sobre los lacandones nunca había sido su verdadero objetivo. Solo era la excusa que necesitaba para entrar.
Había algo más.
Un tercer hombre ingresó con Rodrigo y con Chan K’in, su acompañante lacandón. Se llamaba Ba’al y era el guía. Él salió solo de la selva a la mañana siguiente.
Tres semanas después de la desaparición, aceptó dar su testimonio frente a una cámara.
—El olor no era de la selva —dijo—. Venía de abajo. De muy abajo. Cuando lo sentí, supe que ya era demasiado tarde para Rodrigo.
Seis meses después, Ba’al salió a pescar al río Lacanjá y tampoco regresó.
La Selva Lacandona abarca más de un millón de hectáreas. En algún lugar de ese territorio, entre las raíces de una ceiba centenaria que los lacandones evitan desde hace generaciones, algo encontró a Rodrigo antes de que él pudiera encontrarlo.
Eso sugería la última página del cuaderno.
La letra era diferente: lenta, presionada, irregular. Parecía escrita por alguien consciente de que aquellas serían sus últimas palabras.
«No fui yo quien la encontró. Ella me encontró a mí. Lleva años esperándome».
Para comprender cómo una cámara terminó colgada de un árbol en el corazón de la selva, tuve que investigar quién era Rodrigo Solís.
Tenía treinta y cuatro años. Había estudiado Comunicación en la UNAM y trabajaba como camarógrafo independiente para varias productoras de la Ciudad de México. También había dirigido dos documentales sobre comunidades indígenas de Oaxaca.
Llevaba cinco años intentando conseguir permiso para filmar en Lacanjá Chansayab.
Su productora, Fernanda Reyes, me confesó que aquello nunca le pareció normal.
—Rodrigo no quería llegar hasta los lacandones —me dijo—. Quería llegar a través de ellos. La comunidad era el camino, no el destino.
Después de su desaparición, Fernanda revisó la computadora de Rodrigo. Encontró archivos sobre el Kisin, ceibas antiguas y varios casos de personas desaparecidas en el mismo sector de Chiapas.
El primero ocurrió en 1978.
Un antropólogo de la UNAM llamado Aurelio Montoya se separó de su equipo durante una caminata. Encontraron su mochila, sus notas y su cámara. Nunca encontraron a Aurelio.
Rodrigo había escrito junto a ese caso:
«Mismo sector. Misma época del año. Misma clasificación oficial. No es coincidencia».
Pero no era el único nombre de la lista.
*** Esta historia es completamente ficticia. Todos los nombres, lugares, personajes y acontecimientos mencionados en esta historia son inventados y no tienen relación ni se basan en ninguna persona, acontecimiento o historia real. ***
Parte 2:
En 1994, el fotógrafo independiente Ignacio Bernal entró a la Selva Lacandona para documentar la deforestación del sector norte. Conocía bien la región y su editor esperaba recibir el material dos semanas después.
Ignacio nunca regresó.
La investigación reveló que había desaparecido en el sureste, muy lejos del lugar donde debía trabajar. Debajo de su nombre, Rodrigo escribió:
«¿Por qué fue al sureste? ¿Quién o qué lo llamó hasta allá?».
El tercer caso ocurrió en 2009.
Carmen Villanueva, una investigadora independiente, entró con dos guías locales para registrar especies endémicas. Los hombres volvieron solos al tercer día.
Declararon que Carmen había insistido en acercarse a una ceiba centenaria que ellos se negaban a señalarle. Según su versión, ella encontró el árbol por su cuenta. Cuando los guías voltearon, Carmen había desaparecido.
Las autoridades buscaron la ceiba en las coordenadas proporcionadas.
No la encontraron.
Rodrigo había unido los tres casos con líneas trazadas a lápiz. Todas terminaban en el mismo punto del mapa: el sitio donde, catorce años después, sería hallada su cámara.
Fernanda trató de detenerlo.
—Le dije que ninguna plataforma compraría un documental sobre una comunidad de menos de doscientas personas —me contó—. Él respondió que el documental era real, pero que también necesitaba verificar algo.
—¿Qué cosa?
—Una ceiba que nunca aparece dos veces en el mismo lugar. Los lacandones saben de ella, pero no hablan con extraños.
—¿Cómo pensaba encontrarla?
Fernanda guardó silencio antes de contestarme.
—Rodrigo dijo que el árbol lo había contactado primero.
Esa frase me llevó hasta Ba’al.
Después de abandonar a Rodrigo y a Chan K’in, el guía no regresó a su comunidad en Nahá. Se refugió en casa de un familiar, a cuarenta kilómetros de la selva. No salía ni hablaba de lo ocurrido.
Aceptó recibirme con una condición:
—Grabe mi rostro. Si no lo hace, nadie va a creerme. Y necesito que me crean.
Encendí la cámara.
Ba’al respiró profundamente. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas, pero le temblaban.
—Entramos un lunes por la mañana —comenzó—. El primer día fue normal. La segunda noche me despertó un olor que conozco desde niño… aunque nunca antes lo había sentido.
Le pregunté qué clase de olor era.
Ba’al levantó la mirada.
—Era como abrir una habitación enterrada durante siglos. Y después cambió. Por un instante, olió a Rodrigo.
Entonces se inclinó hacia mí y pronunció la frase que no había contado a las autoridades:
—Algo pasó a través de él esa noche. Cuando amaneció, sus ojos ya no eran los mismos.
Parte 3:
—¿Qué vio en sus ojos? —le pregunté.
Ba’al tardó varios segundos en responder.
—Calma. Una calma que no debía estar ahí. Era la mirada de alguien que ya conoce su destino, aunque todavía no lo entienda con la cabeza.
Según su testimonio, la segunda noche había despertado entre las dos y las cuatro de la madrugada, cuando la selva parecía cambiar de respiración. No llevaba reloj, pero conocía bien aquellas horas.
Primero percibió un olor húmedo y denso.
No era de tapir, jaguar, serpiente ni madera podrida. Tampoco era tierra mojada. Ba’al conocía cada aroma de la región desde que tenía ocho años y estaba seguro de que aquello no pertenecía a la superficie.
—Era como si algo se hubiera abierto debajo de nosotros —explicó—. Algo que llevaba demasiado tiempo cerrado.
Se sentó en su hamaca sin encender la linterna. Sabía que, cuando se percibía aquel olor, lo peor que uno podía hacer era moverse, hablar o provocar ruido.
El aroma permaneció durante varios minutos.
Antes de desaparecer, cambió.
Por un instante olió a madera antiquísima, a raíces húmedas y a algo que había esperado durante siglos. Después se impregnó del olor de Rodrigo. No de su sudor ni de su ropa, sino de algo más profundo, como si una presencia hubiera atravesado su cuerpo y se hubiera llevado una parte de él.
—En ese momento lo supe —dijo Ba’al—. Rodrigo ya estaba marcado.
Cuando amaneció, el guía observó al documentalista. A simple vista seguía siendo el mismo: hablaba con normalidad, caminaba igual y revisaba su equipo como cualquier otra mañana.
Solo sus ojos habían cambiado.
Ba’al se acercó y le advirtió:
—Tienes su olor. Ya sabe dónde estás.
—¿Quién sabe dónde estoy? —preguntó Rodrigo.
Ba’al no respondió.
Comenzó a empacar sus cosas. Chan K’in lo miró sin tratar de detenerlo. De acuerdo con Ba’al, él también comprendía lo ocurrido, pero decidió quedarse.
—Soy viejo. Tengo hijos —me explicó el guía—. Conozco esa selva y sé que hay cosas de las que uno todavía puede alejarse… pero solo antes de acercarse demasiado.
Ba’al abandonó el campamento aquella mañana.
No miró atrás.
—Nunca miro hacia atrás cuando salgo de ese lugar —murmuró.
Le pregunté si creía que Rodrigo y Chan K’in estaban muertos.
Su expresión se endureció.
—El Kisin no mata. El Kisin se lleva a la gente.
—Entonces, ¿dónde están?
—En algún lugar. Pero no en uno al que nosotros podamos llegar.
—¿Existe alguna forma de encontrarlos?
—Habría que encontrar la ceiba. Y la ceiba no permite que una misma persona la encuentre dos veces.
Le pregunté si él la había visto.
—No.
—¿La olió?
Ba’al guardó silencio tanto tiempo que pensé que no contestaría.
—Esa noche, justo antes de que el olor se volviera como el de Rodrigo, olió a madera antigua. A raíz. A algo que llevaba siglos esperando que alguien fuera a buscarlo.
Seis meses después de nuestra conversación, Ba’al salió a pescar al río Lacanjá.
Era una mañana normal de septiembre. Su familia aseguró que partió antes del amanecer, como lo hacía con frecuencia. Llevaba su equipo habitual y prometió regresar antes del mediodía.
No volvió.
Lo buscaron durante cuatro días. No aparecieron la caña, la canoa, sus pertenencias ni rastros de un accidente.
El caso quedó registrado como «desaparición en zona fluvial de difícil acceso».
Siempre eran las mismas palabras.
La cámara de Rodrigo podía ofrecer respuestas, pero lo que contenía generaba todavía más preguntas.
Las primeras seis horas con treinta y un minutos mostraban exactamente lo que se esperaría del trabajo de un documentalista. Rodrigo había filmado el camino de entrada, el río Lacanjá, las palmeras, las ceibas jóvenes y a Chan K’in caminando en silencio frente a él.
También había imágenes del campamento, de los preparativos y del amanecer del segundo día filtrándose por el dosel de la selva.
Era un material hermoso. Fernanda aseguró que cualquier plataforma habría pagado bien por aquellas tomas.
Los últimos dieciséis minutos comenzaban a las once cuarenta y siete de la noche del segundo día.
Rodrigo encendió la cámara dentro del campamento. La única iluminación provenía de una linterna. Chan K’in estaba sentado frente a él.
—Es aquí —susurró Rodrigo—. Chan dice que está a unos cuatrocientos metros al norte. Vamos a ir.
Chan K’in no respondió. Miró por un instante hacia la cámara y luego volvió el rostro hacia la oscuridad de la selva.
Durante los siguientes cuatro minutos, ambos caminaron en la noche. La linterna de Rodrigo iluminaba raíces, piedras cubiertas de musgo y fragmentos del sendero.
Al principio se escuchaban insectos, aves nocturnas y hojas moviéndose entre las ramas.
Después, todo se calló.
No fue un silencio gradual. Los sonidos se interrumpieron al mismo tiempo, como si alguien hubiera accionado un interruptor.
Fernanda había trabajado durante casi treinta años con grabaciones de selvas y bosques. Cuando revisó el video, me dijo que jamás había escuchado algo semejante.
—Una selva nunca permanece completamente callada —afirmó—. Siempre hay algo vivo haciendo ruido. Ese silencio no era natural.
En el minuto cuatro, Rodrigo se detuvo.
Frente a ellos estaba la ceiba.
Resultaba imposible calcular su tamaño a partir de la grabación. La linterna apenas alcanzaba a iluminar una fracción del tronco, que se extendía hacia arriba hasta desaparecer en la oscuridad.
Lo más extraño no era su altura.
Eran las marcas.
En la corteza, desde la base y alrededor de las raíces, aparecían patrones regulares que subían en espiral por el tronco. Los especialistas que revisaron la grabación no pudieron clasificarlos.
No parecían daños causados por animales, herramientas ni erosión. Daban la impresión de haber sido formados desde el interior, como si algo hubiera presionado la madera hacia afuera.
Chan K’in se detuvo a unos cinco metros del árbol.
Rodrigo siguió avanzando.
El lacandón pronunció una frase en maya. Rodrigo la tradujo en voz baja para la cámara:
—Este árbol ya fue visitado. No está vacío.
A pesar de la advertencia, Rodrigo se acercó y colocó una mano sobre la corteza.
Durante varios segundos no ocurrió nada visible.
Entonces dijo:
—Ya sé. Ya llegué.
No sonó como alguien que acababa de descubrir un lugar. Sonó como una persona que finalmente llegaba a una cita.
Rodrigo dejó la cámara apoyada contra una de las raíces, apuntando hacia el tronco. Tanto él como Chan K’in permanecieron dentro del encuadre.
Los siguientes seis minutos resultaban difíciles de soportar.
Ninguno de los hombres hablaba. Tampoco se movían. Solo miraban la ceiba, completamente inmóviles, mientras la selva permanecía en silencio.
En el minuto doce, Rodrigo dio un paso.
Luego dio otro.
Chan K’in comenzó a seguirlo.
No parecían asustados ni apresurados. Tampoco intercambiaron instrucciones. Avanzaban con la serenidad de dos personas que obedecían un llamado que solo ellas podían escuchar.
En el minuto catorce llegaron a la base del árbol.
Rodrigo volvió a tocar el tronco. Chan K’in hizo lo mismo.
Sin mirarse, sin hablar y sin realizar ninguna señal visible, ambos rodearon la ceiba y desaparecieron detrás de ella.
Nunca regresaron al encuadre.
La cámara continuó grabando la base del árbol, las marcas en espiral y las enormes raíces que se hundían en la tierra.
La linterna seguía encendida en el suelo, pero su luz no lograba penetrar una abertura oscura entre las raíces.
Durante los últimos cuarenta segundos, algo se movió dentro de aquella oscuridad.
No puedo afirmar qué era.
Ninguno de los especialistas consultados pudo identificarlo. Solo se distinguía una forma cambiando de posición lentamente.
El movimiento era deliberado.
En los tres segundos finales, la forma se orientó hacia la cámara, como si supiera que estaba siendo grabada.
Como si quisiera ser vista.
La imagen se cortó.
El expediente oficial de Rodrigo Solís tenía cuarenta y dos páginas. Lo obtuve mediante una solicitud de acceso a la información pública. La mayoría eran formularios, registros del operativo y declaraciones de los miembros de la patrulla que recuperó la cámara.
En la página treinta y ocho encontré una nota interna marcada con la leyenda: «Observación no concluyente. No incluir en el reporte final».
Había sido redactada por uno de los investigadores de campo.
«Durante el operativo de búsqueda del día cuatro, el equipo llegó a las coordenadas donde fue hallada la cámara. Se procedió a buscar el árbol descrito en la grabación. El árbol no fue localizado en dichas coordenadas ni en un radio de quinientos metros.
»Se consultó con guías locales de Lacanjá Chansayab. Los guías confirmaron que en esa zona existe una ceiba de dimensiones inusuales, conocida por la comunidad. Afirmaron que el árbol no siempre se encuentra en el mismo lugar.
»Esta declaración no fue incluida en el reporte final por no ser verificable mediante métodos científicos convencionales».
Leí aquella frase varias veces.
El árbol no siempre estaba en el mismo lugar.
Intenté localizar al investigador que había escrito la nota. Se llamaba Eduardo Vargas Cisneros y llevaba diecisiete años trabajando para el instituto. Renunció tres meses después del caso.
Su número telefónico había sido dado de baja. Su correo institucional ya no existía. No encontré ninguna actividad suya en redes sociales ni registros públicos posteriores a su renuncia.
Finalmente descubrí una entrevista que había concedido a un pequeño programa de misterios cuatro meses después de dejar su puesto.
Solo hizo una declaración relacionada con Rodrigo:
—Lo que más me afectó no fue la grabación. Fue el cuaderno, específicamente la última página. Rodrigo la escribió antes de salir hacia el árbol. Creo que sabía lo que iba a pasar y decidió ir de todas formas. Que alguien camine hacia algo así con plena conciencia es lo que no me deja dormir.
Volví a revisar la fotografía de aquella página.
«No fui yo quien la encontró. Ella me encontró a mí. Lleva años esperándome».
Fernanda me preguntó, al terminar nuestra última conversación, si creía que Rodrigo había hallado aquello que llevaba años buscando.
—Sí —respondí.
—¿Y eso fue bueno o malo?
No supe qué decirle.
La Selva Lacandona es uno de los últimos grandes territorios tropicales del norte de Mesoamérica. Cada año entran investigadores, fotógrafos, documentalistas y aventureros.
La mayoría sale.
Rodrigo Solís no salió.
Chan K’in tampoco.
Ba’al logró salir, pero seis meses después desapareció.
El expediente fue cerrado. La cámara permanece almacenada en una bodega de Chiapas, catalogada como evidencia de un caso sin resolver.
El cuaderno está guardado en el mismo lugar.
Nadie volvió a solicitar acceso después de mí.
Durante semanas creí que conocía todo lo escrito en la última página. Sin embargo, al ampliar la fotografía, descubrí una línea debajo del mensaje principal.
Era mucho más pequeña, casi ilegible. Parecía trazada con prisa, posiblemente en la oscuridad, poco antes de que Rodrigo y Chan K’in abandonaran el campamento.
La frase decía:
«Si encuentras esto, no vengas. Ya hay suficientes aquí».
Desde entonces, una pregunta no ha dejado de perseguirme.
Si la ceiba encontró a Rodrigo antes de que Rodrigo la encontrara a ella, ¿cuándo comenzó a buscarlo?
Y, sobre todo, ¿a cuántas personas más estará buscando ahora?