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Apagó la cámara para no escuchar su propio nombre: el misterio del Tepuy Autana

 

Parte 1:

Apagué la cámara porque entendí algo aterrador: mientras grababa, no podía escucharlos. Y mientras no los escuchara, todavía tenía una oportunidad de salir.

La cámara no era mi trabajo. Era lo único que me separaba de ellos.

Los hombres que entraron en la cueva de cuarzo no desaparecieron. Siguen ahí, dentro de la piedra.

Yo los escuché.

En noviembre de 2019, una operación de rescate de las Fuerzas Armadas venezolanas entró al Tepuy Autana, la montaña sagrada del pueblo piaroa, en el estado Amazonas. Buscaban a cuatro científicos que habían desaparecido cinco días antes.

Nunca encontraron a la expedición.

Los rescatistas también desaparecieron.

Todos, excepto yo.

Me llamo Valeria Moreno, aunque ese no es mi verdadero nombre. Tenía treinta y dos años cuando entré al Autana como periodista y observadora civil. Llevaba una cámara, baterías para varios días y la absurda certeza de que todo podía explicarse si quedaba grabado.

Me equivoqué.

Para comprender lo que sucedió, primero hay que entender por qué los piaroas llevan siglos evitando esa montaña.

El Autana se levanta abruptamente sobre la selva venezolana, como una enorme torre de piedra que no pertenece al paisaje. Para llegar hay que navegar durante días por el Orinoco, el Sipapo y, finalmente, el río Autana.

Desde 1978 es un monumento natural. Está prohibido escalarlo y sobrevolarlo. Las autoridades hablan de protección ambiental, pero los habitantes de la zona conocen otra razón.

Para los piaroas, el Autana no es una montaña.

Es el tronco petrificado del Árbol de la Vida.

Según su tradición, dos seres ambiciosos intentaron derribarlo para quedarse con todos sus frutos. Como castigo, quedaron atrapados dentro cuando el árbol fue convertido en piedra.

Pero un anciano llamado Amo nos contó una parte que casi nunca se menciona:

—El árbol recuerda a quienes lo cortaron. Y a quienes entran sin permiso los confunde con ellos.

Nadie comprendió aquella advertencia.

El 3 de noviembre, cuatro biólogos de la Universidad Central de Venezuela habían ingresado con equipo suficiente para diez días. Su objetivo principal era estudiar una enorme cueva de cuarzo escondida en el interior del tepuy.

Su última comunicación ocurrió dos días después.

Luego, silencio.

Nuestra operación de rescate salió de Puerto Ayacucho el 9 de noviembre. Éramos cuatro militares, el geólogo Ernesto Salas y yo. El capitán Rojas estaba al mando. También iban el teniente Medina, el sargento Varela y el cabo Díaz.

Amo nos esperaba junto al río. Tendría unos setenta años y conocía aquellas aguas mejor que cualquier otra persona. Sin embargo, jamás había entrado al tepuy.

—Puedo llevarlos hasta la base —dijo—. No entraré con ustedes.

—¿Por qué? —preguntó el capitán Rojas.

Amo lo observó durante varios segundos.

—Porque el Autana no me devolvería.

Rojas anotó aquella respuesta como “resistencia cultural del guía”. Después ordenó continuar.

Entramos el 12 de noviembre, a las 7:40 de la mañana. Antes de dejarnos, Amo señaló el camino de ascenso y pronunció una última advertencia:

—Si escuchan su nombre desde adentro de la piedra, no respondan. Si responden, ya no podrán salir.

El teniente Medina se rio.

El primer día transcurrió sin incidentes. Instalamos el campamento en la parte superior, donde las nubes pasaban a la altura de nuestros ojos y la selva parecía haber desaparecido.

Aquella noche grabé al grupo planeando la entrada a la cueva.

Al revisar después ese video, los técnicos encontraron una voz humana al fondo del audio.

No pudieron distinguir las palabras.

Pero yo sí entendí algo cuando la escuché años más tarde.

La voz estaba pronunciando un nombre.

El del teniente Medina.

*** Esta historia es completamente ficticia. Todos los nombres, lugares, personajes y acontecimientos mencionados en esta historia son inventados y no tienen relación ni se basan en ninguna persona, acontecimiento o historia real. ***

 

Parte 2:

A la mañana siguiente, Medina fue el primero en entrar a la cueva de cuarzo.

El doctor Salas, el cabo Díaz y yo lo seguimos. La caverna medía aproximadamente cuatrocientos metros de largo y cuarenta y cinco de altura. Las paredes, el techo y el suelo parecían tallados dentro de un diamante.

La luz de nuestras linternas se multiplicaba por todas partes.

No había sombras.

O había demasiadas.

A veinte metros de la entrada, Medina se detuvo.

—¿Escucharon eso?

—¿Qué cosa? —pregunté.

—Una voz. Alguien me está llamando.

Salas le explicó que el cuarzo podía distorsionar sonidos y provocar ilusiones auditivas. Medina no pareció escucharlo.

—Es Portillo —dijo, refiriéndose al jefe de los científicos desaparecidos—. Está más adelante.

Siguió caminando.

A los cincuenta metros apagué la cámara durante treinta segundos para cambiar la batería.

Cuando volví a encenderla, Medina ya no estaba.

Lo buscamos durante cuatro horas. La cueva era amplia, casi recta y no tenía salidas visibles. Aun así, no encontramos huellas, equipo abandonado ni un solo rastro suyo.

En medio de la búsqueda, el cabo Díaz se quedó inmóvil.

—Yo también lo escucho —murmuró.

Al regresar al campamento, el doctor Salas exigió que abandonáramos la operación. Díaz insistió en continuar. El capitán Rojas ordenó esperar hasta el amanecer.

Esa noche, a las 2:17, una cámara fija grabó al cabo Díaz levantándose y caminando hacia la cueva.

Iba solo.

No llevaba linterna.

Por la mañana seguimos sus huellas, pero desaparecían a treinta metros de la entrada, como si el suelo hubiera dejado de registrar su peso.

El tercer día, el doctor Salas pidió hacer una última revisión para tomar muestras del sector interior. Rojas aceptó con la condición de que yo lo acompañara.

Entramos a las 11:23.

A cuarenta metros, Salas apoyó la palma contra una pared de cuarzo y cerró los ojos.

—Los escucho a todos —dijo—. A Portillo, a Medina, al cabo Díaz. Están bien, Valeria. Están muy bien.

Abrió los ojos, sonrió directamente hacia mi cámara y comenzó a caminar hacia el fondo.

Lo seguí unos metros.

—¡Doctor Salas!

No respondió.

Entonces escuché mi nombre.

La voz venía de la pared izquierda.

Era la voz del doctor Salas.

Pero él caminaba diez metros delante de mí y tenía la boca cerrada.

—Valeria —susurró la piedra—. Ven. Todo está bien.

En ese momento no sentí miedo.

Sentí deseos de contestar.

Y comprendí que eso mismo habían sentido los demás.

Parte 3:

Apagué la cámara.

Lo hice sin pensarlo. Bajé el brazo, presioné el botón y la pantalla quedó negra.

El silencio que siguió no fue completo, pero la voz perdió fuerza. Todavía sentía su vibración dentro de la cabeza, como si mi nombre hubiera quedado resonando detrás de los ojos.

—Valeria —volvió a llamarme.

Esta vez no contesté.

Me repetí en voz baja las palabras de Amo:

—Si escuchas tu nombre, no respondas.

El doctor Salas continuó caminando hacia el interior de la cueva. Su silueta se multiplicaba en las paredes de cuarzo. Por momentos parecía que había cinco hombres avanzando juntos. Luego diez. Después ya no pude saber cuál era el verdadero.

—¡Doctor! —grité una última vez.

Se detuvo.

No volteó.

Desde todas las paredes llegó su voz al mismo tiempo:

—Estamos muy bien.

Retrocedí.

Primero un paso. Luego otro.

La cueva parecía alargarse detrás de mí. La entrada, que debía estar a pocos metros, se veía cada vez más lejos. Las luces de mi casco rebotaban en el cuarzo y creaban corredores que no existían.

Escuché otras voces.

La del teniente Medina.

La del cabo Díaz.

También escuché la voz de una mujer que no conocía.

Todas pronunciaban mi nombre con una ternura insoportable, como si me esperaran desde hacía años.

No corrí. Sabía que, si entraba en pánico, podía perder la orientación. Caminé de espaldas, mirando el punto donde Salas había desaparecido.

Entonces vi algo dentro de la pared.

No era un reflejo.

Había una figura humana al otro lado del cuarzo.

Tenía el uniforme del teniente Medina.

Estaba inmóvil, con una mano levantada, como si tocara la piedra desde adentro. Su rostro no mostraba dolor ni miedo. Sonreía.

A su lado apareció otra figura.

El cabo Díaz.

Más atrás distinguí varias siluetas con ropa de campo. Debían ser los científicos desaparecidos.

Todos parecían atrapados dentro de la montaña.

Todos sonreían.

—Valeria —dijeron al mismo tiempo.

Cerré los ojos y seguí retrocediendo hasta sentir el aire exterior sobre la cara.

Cuando salí, caí de rodillas.

No sé cuánto tiempo permanecí así. Quizá fueron segundos. Tal vez varios minutos. Lo único que recuerdo es que mantuve la cámara apagada y las manos sobre los oídos.

Regresé al campamento y encontré al capitán Rojas sentado junto a una caja de suministros. El sargento Varela estaba de pie, mirando hacia la cueva.

—¿Dónde está Salas? —preguntó Rojas.

—Adentro.

—¿Está herido?

—No lo sé. Escuchó voces y se fue hacia el fondo.

Rojas guardó silencio.

—Yo también escuché algo —continué—. La voz del doctor salió de la pared. Me llamó por mi nombre.

El capitán no pareció sorprendido. Bajó la mirada y apretó las manos.

—¿Escuchaste a alguien más? —preguntó.

—No claramente. ¿Usted sí?

Tardó varios segundos en responder.

—Llevo escuchando a mi hermano desde anoche.

—¿Su hermano está en la expedición?

Rojas negó con la cabeza.

—Murió hace tres años.

Sentí un escalofrío.

El sargento Varela se volvió hacia nosotros.

—Esto no está llamando al azar —dijo—. Busca una voz que cada persona quiera seguir.

—Nos iremos al amanecer —ordenó Rojas—. Nadie se acercará a la cueva. Nadie saldrá solo. Y, sin importar lo que escuchen, no van a responder.

Esa conversación fue la última que grabé.

Durante la noche mantuve la cámara apagada. Me senté dentro de mi tienda, abrazada a mis rodillas, repitiendo mi propio nombre en voz alta cada vez que escuchaba algo extraño.

—Soy Valeria Moreno. Estoy en el campamento. Voy a salir de aquí.

Afuera, el viento golpeaba las lonas.

Luego escuché a mi madre.

Había muerto cuando yo tenía diecisiete años.

—Mi niña —susurró desde algún punto cercano—. Ya no tienes que estar sola.

Me mordí el labio hasta sentir el sabor de la sangre.

No respondí.

La voz se alejó, pero enseguida apareció la del doctor Salas.

—Valeria, encontramos a todos. La cueva no es peligrosa. Ven a verlo.

Después escuché al teniente Medina.

Luego al cabo Díaz.

Más tarde, la voz del capitán Rojas comenzó a llamar al sargento Varela desde la oscuridad, aunque yo sabía que Rojas estaba dentro de su tienda.

Nadie durmió.

Al amanecer salí y vi dos tiendas abiertas.

El sargento Varela no estaba.

El capitán Rojas tampoco.

Sus mochilas seguían ahí. Las armas estaban junto a los catres. No habían preparado equipo de descenso ni llevado comida.

Encontré huellas que salían del campamento.

Ambos habían caminado hacia la cueva.

Esperé dos horas.

Grité sus nombres desde una distancia segura, aunque no me acerqué a la entrada. Nadie respondió.

O eso quise creer.

Porque desde el interior llegó una voz parecida a la de Rojas:

—Valeria, ven a ayudarnos.

Tomé mi mochila, guardé la cámara apagada y comencé a descender sola.

No miré hacia la cueva.

No respondí cuando escuché al capitán ordenar que regresara.

No respondí cuando el sargento Varela gritó que estaba herido.

No respondí cuando mi madre volvió a llamarme.

El descenso duró varias horas. Más de una vez escuché pasos detrás de mí. Cada vez que me detenía, los pasos también se detenían.

No volteé.

A mitad del camino, una voz surgió desde la pared exterior del tepuy.

—Valeria.

Era la mía.

No una voz parecida.

Era exactamente mi voz.

Decía mi nombre con mi forma de respirar, mi acento y el mismo temblor que yo tenía en ese momento.

Apreté los dientes y seguí bajando.

Llegué al río Autana a las 2:30 de la tarde. El bote seguía amarrado donde lo habíamos dejado.

Amo no estaba.

Lo busqué cerca de la orilla y llamé varias veces, pero no encontré sus pertenencias ni señales de que hubiera estado esperando.

Por primera vez desde que salí de la cueva, encendí la cámara.

La pantalla mostró una imagen distorsionada. Durante unos segundos solo apareció estática. Después vi el último fotograma grabado dentro de la caverna.

El doctor Salas estaba caminando delante de mí.

Sin embargo, en el reflejo de la pared, su figura aparecía de frente.

Y sonreía.

Apagué la cámara de nuevo.

Manejé el bote sola hasta el Orinoco y llegué a Puerto Ayacucho esa misma noche. Apenas pude explicar lo ocurrido. Las autoridades enviaron otro equipo, pero nadie volvió a entrar a la cueva.

Tampoco encontraron a Amo.

Nadie lo ha visto desde entonces.

El caso fue cerrado oficialmente en febrero de 2020. La conclusión decía: “Desaparición en zona de difícil acceso. Causas indeterminadas”.

Cuatro científicos, cuatro militares, un geólogo y el guía piaroa desaparecieron en los alrededores del Tepuy Autana.

Ninguno fue encontrado.

Yo di un solo testimonio oficial. Después dejé el periodismo, cambié de ciudad y pedí que mi nombre verdadero jamás fuera publicado.

Durante años mantuve la cámara guardada dentro de una caja. Nunca pude destruirla. Tampoco tuve el valor de revisar todas las grabaciones.

Los técnicos que analizaron los archivos confirmaron la presencia de patrones de voz humana en varios momentos. Algunas voces pertenecían a integrantes de la expedición. Otras no pudieron identificarse.

En la última grabación nocturna, justo después de que el capitán Rojas confesara que escuchaba a su hermano muerto, se registró una voz adicional.

Era casi inaudible.

La limpiaron, redujeron el ruido del viento y aumentaron la frecuencia.

La voz pronunciaba mi nombre completo.

No el nombre falso que yo utilizaba como periodista.

Mi verdadero nombre.

Solo tres personas del grupo lo conocían, y ninguna se encontraba cerca de la cámara cuando fue grabado.

Desde aquella expedición, a veces despierto en medio de la noche porque escucho que alguien me llama.

En ocasiones es mi madre.

Otras veces es el doctor Salas.

Pero la voz que más miedo me provoca es la mía.

Hablar de lo ocurrido es lo único que consigue que se detenga durante algunos días.

El Tepuy Autana sigue en pie, rodeado por la selva del estado Amazonas. Los piaroas continúan sin entrar. En el interior permanece la cueva de cuarzo, con sus paredes capaces de multiplicar y conducir sonidos de una forma que nadie ha explicado por completo.

Amo nos advirtió que no respondiéramos si escuchábamos nuestro nombre.

Yo no respondí.

Por eso pude salir.

Durante mucho tiempo pensé que los demás sí habían contestado y que esa había sido la diferencia.

Pero años después encontré algo en la cámara que cambió esa idea.

En una grabación del segundo día, antes de que el teniente Medina desapareciera, se escucha con claridad la voz que lo llamaba desde el fondo.

No decía solamente su nombre.

Decía:

—Medina, responde como lo hiciste la primera vez.

Eso significaba que la montaña ya lo había llamado antes.

Quizá mucho antes de que llegáramos.

Y si aquello conocía nuestros nombres, nuestras pérdidas y las voces exactas de las personas que más extrañábamos, entonces nunca trató de asustarnos.

Quería convencernos de regresar a un lugar que, de alguna manera, ya nos conocía.

Todavía conservo la cámara.

Sigue apagada.

Algunas noches, sin batería y guardada dentro de su caja, se enciende sola.

La pantalla permanece negra.

Pero desde el altavoz sale una voz que pronuncia mi nombre.

Y cada vez suena menos como alguien atrapado dentro de la piedra.

Cada vez suena más cerca.

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