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Viajó sola a una barranca mexicana para celebrar su cumpleaños, confió en un desconocido que prometió mostrarle un atajo y nunca volvió al hospedaje

Viajó sola a una barranca mexicana para celebrar su cumpleaños, confió en un desconocido que prometió mostrarle un atajo y nunca volvió al hospedaje

Parte 1: El último cumpleaños de Mariela comenzó como un sueño

Cuando Mariela Quiroz llamó a su padre desde una pequeña gasolinera a las afueras de Valle de las Nubes, todavía estaba oscuro y las luces amarillas del establecimiento se reflejaban sobre el cofre de su automóvil cubierto de polvo. Cumplía treinta y un años, llevaba semanas preparando aquella excursión y hablaba con una emoción tan contagiosa que su padre terminó riéndose aunque fueran poco más de las cinco de la mañana.

—Te prometo que cuando vuelva a tener señal te llamo otra vez —dijo ella mientras acomodaba dos botellas de agua dentro de su mochila. Su padre le pidió que tuviera cuidado, que no se alejara de los senderos conocidos y que no confiara demasiado en desconocidos, esa clase de advertencias que los padres repiten aunque sepan que sus hijos ya crecieron.

Mariela respondió con cariño.

—Papá, llevo años viajando sola. Sé cuidarme.

Ninguno de los dos imaginó que aquella sería la última conversación que tendrían.

Mariela vivía en Guadalajara y trabajaba como restauradora de fotografías antiguas, una profesión que había nacido de su fascinación por los lugares donde el tiempo parecía moverse más despacio. Desde joven le gustaban las comunidades pequeñas, los caminos antiguos y las montañas donde todavía podía pasar horas sin escuchar motores.

Había viajado varias veces por el norte y centro del país, pero ese año quería conocer una región ficticia llamada Barranca de los Tules, un enorme sistema de cañones rodeado por paredes rojizas, manantiales de agua clara y una pequeña comunidad serrana llamada Santa Lucía de la Peña. El lugar era famoso entre excursionistas por unas cascadas conocidas como Las Pozas del Cielo, donde el agua descendía entre piedra blanca antes de formar varias piscinas naturales de color azul verdoso.

Llegar allí no era sencillo.

Los visitantes debían dejar sus vehículos en un estacionamiento sobre la meseta y descender durante casi cuatro horas por un sendero de curvas cerradas, piedra suelta y zonas completamente expuestas al sol. Después de cruzar Santa Lucía todavía quedaban otros cuarenta minutos de caminata hasta las cascadas.

Mariela adoraba ese tipo de recorrido.

Había llegado la tarde anterior y dormido en una pequeña posada de carretera llamada El Mirador del Mezquite. Antes de acostarse extendió sus cosas sobre la cama: botas de senderismo, pantalón beige, blusa de manga larga color oliva, sombrero ligero, protector solar, cámara fotográfica, teléfono, cartera, fruta seca y un pequeño botiquín.

A las cuatro y media de la mañana ya estaba despierta.

Condujo hasta el inicio del sendero mientras el cielo comenzaba a aclararse.

Estacionó su automóvil, tomó una fotografía del amanecer sobre las montañas y empezó el descenso.

Durante las primeras horas se cruzó con algunas familias, dos arrieros y varios excursionistas que subían lentamente después de haber pasado la noche en la comunidad. Mariela saludaba a todos, preguntaba cuánto faltaba y se detenía de vez en cuando para fotografiar formaciones de roca o pequeñas flores que crecían entre las grietas.

Cerca del mediodía llegó finalmente a Santa Lucía de la Peña.

La comunidad era pequeña, con casas de adobe, techos de lámina, árboles frutales y una plaza donde los visitantes podían comprar comida, agua y artesanías. Mariela entró a una fonda, pidió sopa, tortillas y una bebida fría, y se sentó cerca de una ventana abierta.

Fue entonces cuando sintió algo extraño.

No era miedo exactamente.

Era la sensación de que alguien la observaba.

Levantó la mirada.

En una mesa al otro extremo había tres muchachos jóvenes hablando entre ellos. Cerca de la puerta permanecía un hombre alto, de barba descuidada, vestido con ropa de viajero y una mochila enorme.

Cuando Mariela lo miró, él sonrió.

Ella apartó los ojos.

Minutos después salió de la fonda y caminó hasta una pequeña hostería donde había reservado una habitación. Dejó una muda de ropa, revisó la cama, bebió más agua y preguntó a la encargada cuánto tiempo necesitaba para llegar a Las Pozas del Cielo.

—Menos de una hora —respondió la mujer—, pero no se salga del camino principal. Después de la segunda curva hay veredas de ganado que confunden a la gente.

Mariela agradeció la advertencia.

Poco después de las cuatro de la tarde volvió a colocarse la mochila.

La encargada la vio marcharse sola.

Esa fue la última persona que pudo asegurar haberla visto caminando todavía dentro de la comunidad.

Mariela avanzó por el sendero siguiendo un arroyo estrecho.

La tarde seguía calurosa, aunque las paredes del cañón proyectaban sombras largas sobre algunos tramos. Caminaba despacio, disfrutando del ruido del agua y fotografiando el paisaje.

Entonces escuchó movimiento entre los matorrales.

Se detuvo.

Durante varios segundos no vio nada.

Después, un joven salió de entre la vegetación unos metros más adelante.

Tendría alrededor de veinte años.

Llevaba shorts oscuros, una camiseta gris empapada, sandalias resistentes y el cabello mojado, como si acabara de cruzar el arroyo.

—¿Vas a las pozas? —preguntó.

Mariela mantuvo cierta distancia.

—Sí.

El muchacho señaló hacia una vereda lateral.

—Por aquí hay un atajo. La gente de fuera casi nunca lo conoce.

Ella miró hacia el sendero principal.

Después hacia él.

Había caminado cientos de kilómetros sola en distintos viajes y sabía que aquella situación justificaba cautela. Pero también estaba cansada, quería llegar a las cascadas antes de que bajara demasiado el sol y el joven parecía tranquilo.

—¿Es seguro?

Él sonrió.

—Claro. Yo voy para allá.

Comenzó a caminar sin esperar respuesta.

Mariela permaneció inmóvil unos segundos.

Entonces lo siguió.

La vereda se volvió estrecha.

Los sonidos de otros excursionistas desaparecieron.

La vegetación se hizo más espesa.

Después de casi quince minutos, Mariela empezó a notar que algo no tenía sentido.

El arroyo estaba quedando demasiado lejos.

—¿Seguro que es por aquí?

El muchacho no respondió enseguida.

Continuó avanzando.

Mariela redujo el paso.

—Creo que voy a regresar.

El joven se detuvo.

Cuando se volvió hacia ella, la expresión amable había desaparecido.

Y por primera vez desde que comenzó aquel viaje, Mariela comprendió que estaba completamente sola.

Parte 2: La habitación intacta convirtió una ausencia en una emergencia

La mañana siguiente, la encargada de la hostería entró en la habitación de Mariela pensando que quizá había salido temprano para fotografiar el amanecer.

La cama estaba intacta.

Su cambio de ropa seguía doblado sobre una silla y una pequeña bolsa con artículos personales permanecía junto al lavabo. No había señales de que hubiese dormido allí.

Al principio, la mujer no quiso alarmarse.

Algunos turistas decidían pasar la noche cerca de las cascadas con otros viajeros.

Pero a las diez de la mañana Mariela todavía no había regresado.

A las doce, la preocupación se convirtió en miedo.

La hostería notificó a las autoridades locales.

Horas después comenzó la búsqueda.

Voluntarios, policías rurales, guías y habitantes de Santa Lucía recorrieron el sendero que llevaba hacia las pozas. Revisaron barrancas, cuevas poco profundas, orillas del arroyo y zonas donde alguien podía haber resbalado.

Gritaban su nombre.

No recibían respuesta.

Mientras tanto, en Guadalajara, su padre comenzó a preocuparse porque la llamada prometida nunca llegó.

Marcó su teléfono varias veces.

Buzón de voz.

Esperó.

Volvió a llamar.

Finalmente consiguió comunicarse con la hostería.

La mujer que atendió guardó silencio durante varios segundos antes de explicarle lo ocurrido.

Su hija estaba desaparecida.

El padre tomó el primer transporte disponible hacia la región.

Cuando llegó, la búsqueda ya había crecido considerablemente.

El automóvil de Mariela seguía estacionado sobre la meseta.

Las puertas estaban cerradas.

Dentro encontraron una guía de viaje, una chamarra ligera y el recibo de la gasolinera donde había hablado con su padre la mañana anterior.

Nada parecía alterado.

Eso significaba que Mariela nunca había regresado hasta el vehículo.

Los investigadores comenzaron a entrevistar a turistas y habitantes de la comunidad.

Varias personas recordaban haberla visto.

Una pareja afirmó que Mariela había comido en la fonda cerca del mediodía.

Un arriero la vio caminando hacia la hostería.

Una vendedora recordó su sombrero.

Entonces apareció un dato inquietante.

Un excursionista aseguró haber visto a Mariela conversando en la plaza con un extranjero alto y barbudo.

El hombre era conocido entre algunos habitantes como “El Errante”.

Se llamaba Damián Keller y llevaba más de un mes viajando por comunidades serranas.

Dormía a veces en casas de personas que conocía durante el camino, otras noches acampaba cerca del arroyo. Hablaba constantemente de espiritualidad, aislamiento y la necesidad de abandonar la vida moderna.

Su comportamiento generaba opiniones contradictorias.

Algunos lo consideraban inofensivo.

Otros aseguraban que incomodaba a mujeres jóvenes.

La policía lo localizó dos días después en una población vecina.

Damián admitió haber hablado brevemente con Mariela en la fonda.

—Le pregunté de dónde venía —explicó—. Nada más.

Negó haber caminado con ella.

Los investigadores revisaron sus pertenencias.

No encontraron nada de Mariela.

Varios testigos confirmaron que Damián había estado esa tarde en otra zona del cañón.

La sospecha no desapareció inmediatamente, pero tampoco existían pruebas suficientes para relacionarlo con la desaparición.

Mientras tanto, comenzaron a surgir historias que nadie había considerado importantes antes.

Dos mujeres que habían visitado la región meses atrás dijeron que un joven las había seguido por un sendero secundario.

Otra contó que alguien intentó quitarle la mochila cerca del arroyo.

Una cuarta aseguró haber recibido amenazas después de negarse a entregar dinero.

Ninguna había denunciado formalmente.

Los relatos compartían detalles.

Un hombre joven.

Una vereda lateral.

Intentos de robo.

De pronto, la desaparición de Mariela parecía formar parte de algo más inquietante.

La búsqueda continuó durante cuatro días.

El calor complicaba todo.

Las paredes del cañón acumulaban temperatura y el agua disponible no siempre era potable. Cada hora aumentaba la posibilidad de que Mariela estuviera herida, deshidratada o atrapada.

Su padre caminaba junto a los rescatistas hasta que apenas podía mantenerse en pie.

Cada noche regresaba a Santa Lucía sin respuestas.

El quinto día, una familia que visitaba una poza secundaria observó algo flotando cerca de una zona donde la corriente giraba lentamente entre las rocas.

Uno de los hombres entró al agua pensando que podía tratarse de una mochila.

Entonces vio cabello.

Retrocedió horrorizado.

Las autoridades acordonaron el lugar.

El cuerpo pertenecía a una mujer.

No describieron públicamente el estado en que fue encontrado, pero desde el principio estaba claro que no se trataba de una muerte accidental.

El cuerpo fue trasladado fuera del cañón para su identificación.

Una pequeña cicatriz cerca de la muñeca y características dentales permitieron confirmar la verdad.

Era Mariela.

Su padre recibió la noticia sentado en una habitación prestada detrás de la hostería.

No gritó.

Simplemente cerró los ojos.

Durante cinco días había pedido encontrar a su hija.

Nunca se le ocurrió especificar que quería encontrarla viva.

Ahora la búsqueda había terminado.

La investigación apenas comenzaba.

Parte 3: El joven del sendero empezó a aparecer en demasiadas historias

La revisión médica confirmó que Mariela había sufrido una agresión antes de morir, aunque los investigadores decidieron mantener gran parte de los detalles fuera del expediente público para proteger a su familia.

Faltaban varias pertenencias.

Su cámara.

El teléfono.

Dinero.

Parte de su documentación.

Eso convirtió el robo en una de las primeras hipótesis.

La policía regresó a Santa Lucía y comenzó a entrevistar nuevamente a todos.

Damián, el viajero extranjero, seguía despertando sospechas entre algunos habitantes.

Pero los horarios no coincidían.

Dos comerciantes y un guía confirmaron haberlo visto lejos del sendero donde Mariela desapareció.

La investigación cambió de dirección.

Entonces apareció otro nombre.

Iván Carrasco.

Tenía diecinueve años y vivía en una ranchería cercana.

Había trabajado ocasionalmente cargando equipaje de turistas, conocía cada vereda del cañón y tenía antecedentes por peleas, robos menores y problemas relacionados con alcohol.

Un policía local recordó algo importante.

Semanas antes, Iván había sido interrogado después de que un excursionista denunciara la desaparición de una mochila.

No pudieron probar nada.

Pero Iván conocía perfectamente los senderos secundarios.

Cuando los investigadores preguntaron por su ubicación durante la tarde en que Mariela desapareció, las respuestas cambiaron.

Una tía dijo que estaba en casa.

Un amigo aseguró haberlo visto cerca del arroyo.

Otro joven recordó que Iván llegó al pueblo esa noche con dinero que no tenía por la mañana.

La policía lo entrevistó.

—Yo no vi a esa mujer —dijo.

—Varias personas dicen que estabas cerca de las pozas.

—Mucha gente estaba ahí.

—¿Conocías el atajo desde la segunda curva?

Iván miró al investigador.

—Todos lo conocemos.

No pudieron detenerlo.

No tenían pruebas directas.

Pero los agentes comenzaron a seguir cada dato relacionado con él.

Un mes después, apareció la primera evidencia importante.

Un hombre de una comunidad distante intentó vender una cámara fotográfica usada.

El comerciante que la recibió sospechó porque parte del número de serie había sido raspado.

Las autoridades revisaron el aparato.

Coincidía con el modelo de Mariela.

Dentro no había tarjeta de memoria.

El vendedor dijo haber comprado la cámara a un joven llamado Iván.

La policía volvió a buscarlo.

Esta vez Iván había abandonado la región.

Durante varias semanas nadie supo dónde estaba.

La presión aumentó.

Carteles con su fotografía aparecieron en caminos y terminales.

Finalmente fue localizado trabajando temporalmente en una huerta a varias horas de distancia.

Lo llevaron a declarar.

Negó nuevamente haber conocido a Mariela.

Entonces los investigadores colocaron la cámara sobre la mesa.

Iván dejó de hablar.

Durante horas sostuvo versiones distintas.

Primero dijo que la encontró abandonada.

Después aseguró que alguien se la vendió.

Finalmente pidió quedarse solo con su abogado.

La investigación continuó durante meses.

Las autoridades reconstruyeron movimientos, entrevistaron amigos y revisaron objetos recuperados.

Poco a poco, la historia comenzó a tomar forma.

Uno de los amigos de Iván terminó admitiendo que aquella noche lo vio extremadamente nervioso.

—Decía que había hecho una estupidez —recordó.

—¿Qué clase de estupidez?

—No quiso decirme.

—¿Tenía algo con él?

El joven dudó.

—Un teléfono y una cámara.

Eso cambió el caso.

Cuando Iván fue interrogado nuevamente, ya sabía que cada mentira estaba quedando encerrada por otra evidencia.

El investigador le preguntó una sola vez.

—¿Qué pasó en el sendero?

Iván mantuvo la cabeza baja.

Después de casi un minuto, comenzó a hablar.

Vio a Mariela caminando sola.

Sabía que era turista.

Le ofreció mostrarle una ruta más corta.

Ella dudó.

Después lo siguió.

Se alejaron del camino principal.

Cuando llegaron a una zona donde nadie podía verlos, Iván le exigió dinero y sus objetos de valor.

Mariela se negó.

Intentó regresar.

Él la amenazó.

Ella gritó.

Lo que comenzó como un robo terminó en una agresión mortal.

Iván admitió después haber escondido el cuerpo cerca del agua y haber llevado consigo la cámara, el teléfono y dinero.

Su confesión dejó a los investigadores en silencio.

El joven tranquilo que supuestamente conocía un atajo había sido la última persona con la que Mariela decidió caminar.

La decisión duró segundos.

Las consecuencias fueron permanentes.

Parte 4: La confesión cerró el caso, pero no todas las preguntas

Iván terminó aceptando responsabilidad dentro de un acuerdo judicial que evitó un proceso extremadamente largo para la familia de Mariela. Recibió una condena que lo mantendría privado de libertad durante décadas.

Para muchos, aquello significaba que el caso estaba resuelto.

Para el padre de Mariela, no era tan sencillo.

Todavía quería saber qué había ocurrido con el teléfono.

Dónde estaba la tarjeta de memoria de la cámara.

Por qué varias mujeres habían denunciado experiencias similares antes de la desaparición de su hija.

Y, sobre todo, por qué nadie había considerado aquellas historias lo suficientemente importantes como para advertir formalmente a los visitantes.

La investigación descubrió que Iván no podía relacionarse con todos los incidentes anteriores.

Algunas denuncias ocurrieron cuando él se encontraba fuera de la región.

Eso significaba que el problema no había sido únicamente un joven peligroso.

Existía una cultura de silencio alrededor de comportamientos que muchas personas habían aprendido a tolerar.

Mujeres seguidas.

Comentarios amenazantes.

Intentos de robo.

Turistas intimidados.

Historias que terminaban convertidas en rumores porque nadie quería problemas.

Damián, el extraño viajero inicialmente señalado por algunos vecinos, nunca fue acusado de participar en la muerte de Mariela.

Su presencia había sido inquietante.

Su comportamiento había generado sospechas.

Pero no existía evidencia que lo conectara con el crimen.

Ese detalle también se convirtió en una lección incómoda.

Una persona puede parecer extraña sin ser culpable.

Y otra puede parecer completamente normal mientras esconde intenciones terribles.

La apariencia rara vez ofrece respuestas suficientes.

Meses después del juicio, el padre de Mariela regresó a Santa Lucía.

No quería hacerlo.

Pero sentía que necesitaba ver el lugar al menos una vez.

Un guía lo acompañó hasta una zona segura desde donde podía observar las montañas y escuchar el arroyo.

No caminó hasta el punto exacto donde encontraron a su hija.

No lo necesitaba.

Se sentó sobre una roca y sacó del bolsillo una pequeña fotografía de Mariela cuando tenía nueve años.

Aparecía frente a una cascada durante unas vacaciones familiares.

—Siempre te gustó el agua —murmuró.

El guía permaneció en silencio.

Después de varios minutos, el padre contó algo que nadie conocía.

Durante aquella última llamada, Mariela había dicho que quería regalarse un día perfecto.

Nada complicado.

Caminar.

Tomar fotografías.

Comer algo rico.

Ver una cascada.

Después llamarlo.

—Eso era todo —dijo el hombre—. No estaba buscando peligro. No estaba haciendo nada malo.

El guía asintió.

—Lo sé.

Aquellas dos palabras parecieron liberar algo.

Durante meses, algunas personas habían hablado de lo arriesgado que era viajar sola.

De confiar en desconocidos.

De caminar por lugares remotos.

El padre estaba cansado de escuchar frases que, aunque pretendían enseñar prudencia, parecían convertir las decisiones de Mariela en parte de la culpa.

Ella tomó una decisión que millones de viajeros han tomado.

Confió en alguien que parecía dispuesto a ayudar.

El responsable fue quien utilizó esa confianza para hacerle daño.

Aun así, su padre sabía que otras personas podían aprender algo de aquella historia sin culpar a su hija.

Escuchar la intuición.

Mantenerse en caminos conocidos.

Avisar a alguien antes de cambiar de ruta.

No entregar el control de un recorrido a una persona recién conocida.

Regresar cuando algo empieza a sentirse incorrecto.

Precaución no porque el mundo sea únicamente peligroso, sino porque algunos lugares ofrecen pocas posibilidades de pedir ayuda cuando aparece la persona equivocada.

Antes de marcharse, el padre colocó una pequeña flor blanca entre dos piedras.

No dejó nombre.

No dejó placa.

Solo la flor.

—Ahora sí —dijo.

Y comenzó el camino de regreso.

Parte 5: La llamada que nunca llegó se convirtió en la parte más difícil de olvidar

Años después, la Barranca de los Tules seguía recibiendo visitantes.

Las cascadas continuaban brillando bajo el sol.

Santa Lucía seguía despertando con el sonido de animales, puertas abriéndose y vendedores preparando comida para excursionistas.

La belleza no desapareció porque algo terrible hubiera ocurrido allí.

Eso era quizá lo más difícil de entender.

Los lugares no guardan el dolor de la misma manera que las personas.

Una piedra puede haber presenciado una tragedia y seguir calentándose bajo el sol al día siguiente.

Un arroyo continúa corriendo.

Un árbol sigue creciendo.

Para quienes llegan después, todo parece nuevo.

La familia de Mariela decidió recordarla por la vida que llevó antes de aquella tarde.

Su padre conservó miles de fotografías.

En muchas aparecía sonriendo frente a montañas, pueblos pequeños, mercados y caminos.

Había imágenes de desayunos sencillos.

Perros que conoció durante viajes.

Ventanas antiguas.

Nubes.

Puertas de madera.

Personas cuyos nombres probablemente ya nadie recordaba.

Mariela había dedicado su vida a preservar recuerdos.

La ironía no se perdió para su padre.

Durante mucho tiempo no pudo borrar el último mensaje de voz que ella había dejado meses antes de su viaje.

No tenía nada especial.

Mariela simplemente preguntaba si quería cenar juntos el domingo.

A veces las cosas más dolorosas no son las últimas palabras importantes.

Son las conversaciones ordinarias que nunca supimos que un día extrañaríamos.

Cada año, el día del cumpleaños de Mariela, su padre preparaba café temprano.

Después sacaba una de sus fotografías.

Nunca elegía la misma.

Un año escogió una imagen de ella junto al mar.

Otro año, una en un pequeño mercado.

Otra mostraba a Mariela sentada sobre una piedra, sosteniendo su cámara y riendo hacia alguien fuera del cuadro.

Él prefería esas fotografías.

No quería que la última imagen mental de su hija fuera una barranca.

Quería recordarla moviéndose.

Curiosa.

Feliz.

Con planes.

La historia de Mariela también produjo cambios en la región.

Los hospedajes comenzaron a insistir más en registrar las rutas previstas por visitantes solitarios.

Algunos guías colocaron avisos sobre senderos secundarios.

Los residentes empezaron a reportar comportamientos sospechosos que anteriormente habrían sido ignorados.

No solucionó todos los problemas.

Pero el silencio ya no era tan cómodo.

Para las personas que habían conocido a Mariela, esa fue una pequeña forma de dignidad.

Que su nombre no quedara asociado únicamente con el crimen.

Que también significara que otras personas regresaran a sus habitaciones.

Que otros padres recibieran la llamada prometida.

Mucho tiempo después, un periodista preguntó al padre de Mariela cuál era la parte del caso que todavía le dolía más.

Esperaba escuchar la confesión.

El juicio.

La búsqueda.

El hombre pensó algunos segundos.

—La llamada —respondió.

—¿Cuál?

—La que nunca hizo.

Explicó que durante años había imaginado cómo habría sonado.

Quizá Mariela habría llamado cansada, riéndose porque le dolían las piernas.

Quizá habría descrito el agua de las pozas.

Tal vez habría enviado fotografías.

Probablemente habría dicho que el recorrido había valido la pena.

Después se habría despedido.

Y la vida habría continuado.

Eso era lo que el crimen realmente había robado.

No solamente un futuro enorme e imposible de imaginar.

También las cosas pequeñas.

Una llamada.

Una cena.

Una fotografía enviada sin motivo.

Una conversación sobre el clima.

Un cumpleaños siguiente.

La posibilidad de discutir y reconciliarse.

La oportunidad de envejecer juntos.

Cuando alguien desaparece, esas ausencias pequeñas terminan ocupando más espacio que cualquier explicación.

El padre de Mariela nunca volvió a aquella barranca.

Pero guardó la fotografía de la flor que había dejado entre las piedras.

No para recordar cómo murió su hija.

Para recordar que había estado allí y había conseguido marcharse.

Mariela no pudo.

Él sí.

Y con el tiempo comprendió que seguir viviendo también era una forma de cargarla consigo.

La historia de aquella tarde comenzó con una mujer caminando sola por un paisaje que había soñado conocer durante años.

Escuchó un ruido.

Vio aparecer a un desconocido.

Él sonrió.

Le ofreció un atajo.

Durante unos segundos, Mariela tuvo que decidir si seguirlo o regresar al camino conocido.

Lo siguió.

Esa decisión siempre formaría parte de la historia.

Pero nunca sería su culpa.

La culpa pertenecía únicamente al hombre que convirtió confianza en una oportunidad para hacer daño.

Por eso, cuando alguien contaba la historia años después, su padre pedía una sola cosa.

Que no dijeran que Mariela había sido ingenua.

Que dijeran que era valiente, curiosa y amable.

Que le gustaba conocer lugares nuevos.

Que confiaba en las personas porque la mayoría de las personas que había conocido durante sus viajes habían sido buenas.

Y que una tarde encontró a alguien que decidió aprovecharse de esa bondad.

Eso era diferente.

Muy diferente.

En algún lugar dentro de una caja, su padre todavía conservaba el teléfono desde el cual había esperado aquella última llamada.

Nunca volvió a sonar con la voz de Mariela.

Pero él siguió guardándolo.

No porque creyera que ella llamaría algún día.

Sino porque algunas promesas, incluso cuando sabemos que nunca podrán cumplirse, siguen siendo demasiado importantes para borrar.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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