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Tres vaqueros vieron una figura gigantesca rescatar a un becerro durante una tormenta en la sierra, pero lo que hizo con uno de ellos los silenció durante treinta años

Tres vaqueros vieron una figura gigantesca rescatar a un becerro durante una tormenta en la sierra, pero lo que hizo con uno de ellos los silenció durante treinta años

Parte 1 — La tormenta que llevó algo imposible hasta nuestro rancho

Durante más de treinta años juré que jamás contaría lo que ocurrió aquella tarde en la Sierra de los Sauces, porque sabía que cualquier persona que no hubiera estado allí encontraría una explicación más cómoda que la verdad. Dirían que confundimos un oso con un hombre, que la lluvia distorsionó nuestra vista, que el miedo hizo el resto, pero ninguna de esas teorías explica por qué tres rancheros vimos la misma figura entrar voluntariamente en una barranca desbordada para sacar de allí a un becerro que no le pertenecía.

Mi nombre es Julián Arriaga, y cuando ocurrió todo yo tenía treinta y seis años, dos hijas pequeñas y un rancho modesto llamado El Encinal, situado cerca del pueblo ficticio de Santa Lucía del Mezquite, en una región montañosa del norte de México donde los caminos de tierra serpenteaban entre pinos, encinos, nopales silvestres y paredones de roca rojiza. Había crecido entre ganado, tormentas repentinas y noches donde el monte parecía tener una respiración propia, de modo que no era un hombre fácil de asustar.

Mi hermano Rogelio pensaba igual.

Nuestro vecino y amigo, Don Eusebio Serrano, todavía más.

Eusebio tenía casi cincuenta años, había pasado media vida siguiendo ganado por barrancas y solía burlarse de cualquiera que hablara de apariciones, monstruos o luces extrañas en el monte. Para él, todo tenía explicación si uno esperaba suficiente tiempo.

Aquel agosto de 1993 llevaba casi una semana lloviendo.

La Presa del Laurel había comenzado a desfogar hacia varios arroyos menores, y la Barranca de la Campana, normalmente seca durante buena parte del año, se había convertido en una corriente oscura y furiosa que cargaba ramas, piedras y troncos como si no pesaran nada. El agua golpeaba las paredes de la barranca con tanta fuerza que podía escucharse desde el corral.

Aquella tarde estábamos reuniendo cuarenta y tres cabezas de ganado para trasladarlas a un potrero más alto.

Yo llevaba una chamarra de lona café, sombrero de palma endurecido por los años, pantalones de mezclilla y botas embarradas hasta los tobillos. Rogelio cargaba una cuerda de lazar sobre el hombro, mientras Eusebio movía las vacas desde atrás utilizando un palo largo y gritos cortos.

—No me gusta ese cielo —dijo Eusebio.

Miré hacia las nubes.

Estaban negras sobre las montañas.

—A mí tampoco.

Nuestra principal preocupación eran cinco becerros nacidos aquella primavera.

Uno de ellos, un pequeño animal color canela al que mis hijas habían llamado Lucero, estaba especialmente inquieto.

Su madre no dejaba de llamarlo.

Cuando cruzamos una zona estrecha junto a unos sauces, un relámpago iluminó la ladera.

Un segundo después cayó un trueno brutal.

Lucero salió disparado.

—¡Eh, eh! —gritó Rogelio, intentando cerrarle el paso.

El becerro cambió de dirección, resbaló sobre el lodo y comenzó a deslizarse por la pendiente.

Corrimos.

Lo vimos caer entre ramas.

Después desapareció.

Su madre lanzó un bramido desesperado.

Llegamos al borde de la barranca casi al mismo tiempo.

Abajo solo había agua.

Durante unos segundos pensé que el animal había sido arrastrado bajo la corriente.

Entonces Rogelio señaló.

—¡Allá!

Lucero apareció unos treinta metros más abajo.

La cabeza salía apenas sobre la espuma.

Giraba sin control mientras intentaba alcanzar la orilla.

Eusebio lanzó su cuerda.

Quedó corta.

La recogió.

Volvió a intentarlo.

Nada.

—Si bajo por aquí, quizá pueda llegar más adelante —dije.

Rogelio me agarró del brazo.

—Ni se te ocurra.

El agua estaba cargando troncos enteros.

Uno pasó golpeando contra una roca.

La madera se partió.

Comprendí que Rogelio tenía razón.

Entonces Eusebio dejó caer la cuerda.

No dijo nada.

Solo miró hacia la otra orilla.

Seguí sus ojos.

Algo se movía entre los árboles.

Primero vi una forma oscura parcialmente escondida por los troncos.

Pensé que era un oso.

Los había visto antes.

Pero cuando aquella forma salió de los árboles y quedó completamente visible, sentí un frío extraño recorrerme la espalda.

Estaba erguida.

Caminaba sobre dos piernas.

Y era enorme.

—¿Qué demonios es eso? —susurró Rogelio.

La figura avanzó hasta el borde del agua.

Debía medir más de dos metros, quizá bastante más, aunque nunca me atrevería a dar una cifra exacta. Su cuerpo parecía cubierto por pelo largo de color marrón oscuro, con hombros muy anchos y brazos que colgaban mucho más abajo de lo que deberían en un hombre normal.

Miró hacia la corriente.

Después hacia Lucero.

Eusebio dio un paso atrás.

—Julián…

La criatura entró al agua.

No corrió.

No dudó.

Entró.

La corriente le golpeó primero las piernas, después las caderas.

A nosotros seguramente nos habría derribado.

Aquella figura inclinaba ligeramente el cuerpo y seguía avanzando.

Lucero desapareció otra vez bajo el agua.

Su madre bramó desde la ladera.

Entonces la criatura aceleró.

Se internó más.

Cuando el becerro volvió a salir a la superficie, extendió un brazo increíblemente largo y lo atrapó por debajo del pecho.

—Lo agarró —dijo Rogelio.

Ninguno podía creerlo.

La criatura levantó a Lucero lo suficiente para mantenerle la cabeza fuera del agua.

Y entonces hizo algo aún más extraño.

Comenzó a caminar hacia nosotros.

Eusebio se santiguó.

Yo retrocedí dos pasos.

Rogelio recogió la cuerda como si pensara que podría defendernos con ella.

La figura llegó a una zona menos profunda.

Lucero pataleaba débilmente.

La criatura lo sostuvo con ambos brazos.

Cuando estuvo a unos cinco metros de nuestra orilla, el terreno bajo mis botas cedió.

Resbalé.

Caí de rodillas.

Antes de que pudiera reaccionar, terminé dentro del agua.

—¡Julián! —gritó Rogelio.

La corriente me golpeó de costado.

Intenté incorporarme.

No pude.

Mi pie izquierdo quedó atrapado entre dos piedras.

Tiré.

Nada.

El agua me llegó al pecho.

Eusebio trató de acercarse con la cuerda.

—¡Dame la mano!

La corriente me hizo girar.

Y entonces una sombra cayó sobre mí.

Levanté la vista.

La criatura estaba allí.

A menos de dos metros.

Con un brazo sostenía al becerro.

Con el otro extendió una mano hacia mí.

Nunca olvidaré aquella mano.

Era enorme.

Los dedos parecían largos y gruesos.

La palma era oscura.

Yo estaba seguro de que aquello iba a arrastrarme.

Intenté apartarme.

Entonces la mano cerró alrededor de mi antebrazo.

Y descubrí algo que cambió para siempre la forma en que recordaría aquella tarde.

No estaba intentando hundirme.

Estaba intentando sacarme.

Parte 2 — Aquello podía lastimarnos, pero eligió hacer lo contrario

La fuerza con la que tiró de mí fue impresionante, pero no violenta.

Mi bota salió de entre las piedras y avancé casi un metro hacia la orilla.

Yo apenas podía mantener el equilibrio.

La criatura permanecía firme.

Sentía sus dedos alrededor de mi brazo, pero no me lastimaban.

Era como si supiera exactamente cuánta fuerza necesitaba utilizar.

Rogelio lanzó la cuerda.

Esta vez pude sujetarla.

Eusebio comenzó a tirar.

La criatura me empujó desde atrás durante un último paso.

Mis rodillas tocaron tierra firme.

Rogelio y Eusebio me sacaron completamente.

Yo me giré de inmediato.

La criatura seguía dentro de la corriente.

Lucero estaba contra su pecho.

Nos observó.

Por primera vez vi claramente su cara.

No era humana.

Pero tampoco se parecía exactamente a ningún animal que yo conociera.

Tenía una frente ancha, mandíbula poderosa, nariz corta y ojos oscuros profundamente hundidos bajo el arco de las cejas.

Aquellos ojos se fijaron en mí.

No vi rabia.

No vi miedo.

Vi atención.

—Trae al becerro —dijo Eusebio en voz baja.

Como si pudiera entenderlo.

La criatura avanzó otros dos pasos.

Luego levantó a Lucero.

Lo depositó sobre una franja de tierra elevada.

El becerro quedó inmóvil.

Corrimos hacia él.

Yo todavía tosía agua mientras Eusebio se arrodillaba junto al animal.

—Vamos, muchacho.

Rogelio comenzó a frotarle el costado.

Lucero tosió.

Una vez.

Dos.

Expulsó agua.

Su madre bajó bramando y se detuvo a pocos metros, temerosa de acercarse por nuestra presencia.

El becerro movió una pata.

Después intentó levantar la cabeza.

—Está vivo —dije.

Eusebio soltó una carcajada nerviosa.

—Está vivo.

Los tres nos volvimos.

La criatura seguía allí.

Permanecía inmóvil en la orilla, chorreando agua.

Fuera de la corriente parecía todavía más grande.

Los brazos eran extraordinariamente largos.

El pecho ancho.

Las piernas robustas.

El pelo, casi negro cuando estaba mojado, tenía tonos más claros cerca del cuello y los hombros.

Rogelio respiraba tan rápido que podía escucharlo.

Yo no sabía qué hacer.

Entonces dije lo único que se me ocurrió.

—Gracias.

Eusebio me miró.

La criatura inclinó ligeramente la cabeza.

Quizá fue coincidencia.

Quizá simplemente cambió de postura.

Nunca lo sabré.

Después se giró.

Caminó nuevamente hacia el agua.

—¿Va a cruzar otra vez? —preguntó Rogelio.

Sí.

Entró.

La corriente golpeó su cuerpo.

Se sostuvo de una roca.

Avanzó.

Nosotros tres permanecimos observando mientras cruzaba la barranca completa.

Cuando llegó a la otra orilla trepó una pendiente de barro utilizando las manos en dos ocasiones.

Después se internó entre los árboles.

Desapareció.

Eusebio fue el primero en hablar.

—Nadie nos va a creer.

No respondimos.

Terminamos de mover el ganado antes del anochecer.

Lucero caminaba lentamente junto a su madre, pero parecía fuera de peligro.

Durante todo el trabajo apenas intercambiamos palabras.

Cuando llegué a casa, mi esposa Teresa me vio completamente empapado y con marcas alrededor del brazo.

—¿Qué pasó?

La miré.

Mis hijas estaban cenando tortillas con frijoles en la cocina.

—Me caí al arroyo.

Era verdad.

Solo no era toda la verdad.

—Estás loco.

—Probablemente.

Esa noche no pude dormir.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la criatura.

Su tamaño no era lo que más me inquietaba.

Tampoco su fuerza.

Era la forma en que me había mirado.

Había una decisión detrás de aquella mirada.

A la mañana siguiente regresé solo.

El nivel del agua había bajado.

Busqué las marcas de nuestras botas.

Encontré las pisadas del ganado.

Después crucé por un paso más seguro y llegué a la zona por donde la criatura había salido.

Había huellas.

Enormes.

Con cinco dedos.

Me arrodillé.

Llevaba una cinta metálica en la bolsa.

Medí una.

Casi cuarenta centímetros.

La distancia entre pasos era mucho mayor que la mía.

Seguí las marcas hasta donde se perdían entre piedras y hojas.

No encontré pelo.

No encontré nada que pudiera llevar a casa.

Solo huellas.

Pero eran suficientes para destruir una de las explicaciones que había intentado darme durante la noche.

No había sido un hombre.

Cuando regresé, encontré a Rogelio y Eusebio esperando frente al corral.

—Fuiste —dijo mi hermano.

Asentí.

—Había huellas.

Eusebio apretó los labios.

—¿De oso?

—No.

Le enseñé el dibujo que había hecho.

Rogelio se pasó una mano por la cara.

—Entonces ocurrió.

—Sí.

Eusebio miró hacia la montaña.

—Y se queda entre nosotros.

No hicimos un juramento.

No fue necesario.

Los tres entendíamos.

En un pueblo pequeño, una historia así no tardaría en convertirnos en motivo de burlas o atraer gente buscando a la criatura.

Ninguna de las dos cosas nos interesaba.

Así que guardamos silencio.

Y durante muchos años funcionó.

Parte 3 — Un secreto puede dormir décadas sin desaparecer realmente

Lucero sobrevivió.

Creció hasta convertirse en un toro fuerte y tranquilo.

Mis hijas siguieron llamándolo por el mismo nombre incluso cuando ya pesaba varias veces lo que pesaba aquella tarde.

Nunca permití que lo vendieran.

Teresa creía que era por cariño.

Yo sabía que era por memoria.

Cuando lo veía beber agua, recordaba aquellos brazos enormes sosteniéndolo contra la corriente.

Rogelio se mudó años después a un pueblo cercano y abrió un taller de muebles rústicos.

Eusebio continuó criando ganado.

Yo seguí en El Encinal.

Pasaron diez años sin que ninguno volviera a mencionar aquella tarde.

Entonces Rogelio apareció una mañana sin avisar.

Estaba pálido.

—Lo vi.

No necesitaba explicar qué.

—¿Dónde?

—Camino a La Mesa del Fresno.

Había estado transportando madera al amanecer.

Según él, una figura grande cruzó la carretera delante de su camioneta.

—¿La viste bien?

—No la cara.

“¿Entonces cómo sabes?”

Rogelio me miró.

—Los brazos.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué hizo?

—Nada. Cruzó y se metió al monte.

Guardamos silencio.

—¿Era el mismo?

—No sé.

Aquella respuesta era peor.

Porque significaba que quizá no existía una sola criatura.

Con los años comenzaron a circular historias.

Un pastor aseguraba haber visto algo caminando entre pinos.

Un campesino encontró una huella enorme cerca de un manantial.

Unos jóvenes escucharon golpes fuertes en los troncos mientras acampaban.

La mayoría de las historias tenían explicaciones posibles.

Nunca quise usar nuestro encuentro para justificar cada rumor.

Pero un anciano llamado Don Matías me contó algo que me dejó pensando.

Estábamos tomando café cerca del mercado de Santa Lucía cuando mencionó antiguas historias de la sierra.

—Antes los viejos hablaban de los guardianes del monte.

Sonreí.

—¿Guardianes?

—Así les decían algunos.

Describió figuras enormes cubiertas de pelo.

No fantasmas.

No espíritus.

Animales o personas del monte, según quién contara la historia.

—Mi abuelo decía que si no los molestas, ellos no te molestan.

—¿Y dónde decía que vivían?

Matías señaló hacia el norte.

—Por las cañadas arriba del Cerro del Venado.

Era la misma dirección en la que había desaparecido nuestra criatura.

No le conté nuestra historia.

Solo terminé mi café.

Eusebio murió en 2011.

Un mes antes fui a visitarlo.

Estaba sentado en el corredor de su casa envuelto en una cobija.

Había adelgazado muchísimo.

Hablamos de ganado.

De lluvias.

De hijos.

Después, inesperadamente, dijo:

—¿Te acuerdas del animal?

Mi corazón se aceleró.

—Todos los días.

Sonrió.

—Yo también.

Miró hacia el patio.

—Nunca entendí por qué ayudó al becerro.

—Quizá porque estaba sufriendo.

Eusebio soltó una risa débil.

—Eso es demasiado humano.

—O nosotros creemos que la compasión nos pertenece.

Me miró.

Durante unos segundos pareció el hombre fuerte de treinta años atrás.

—Si alguna vez lo vuelves a ver, no le hagas daño.

—No tengo intención.

—Promételo.

Lo prometí.

Eusebio murió pocas semanas después.

Rogelio y yo quedamos como los únicos testigos adultos de aquella tarde.

Pensamos que la historia terminaría con nosotros.

Nos equivocamos.

Parte 4 — La fotografía de mi nieta abrió una puerta que yo quería dejar cerrada

En el verano de 2021, mi nieta Camila llegó a El Encinal con dos compañeros de universidad.

Tenía veintiún años y estudiaba biología.

Su idea era fotografiar aves y registrar plantas en las zonas altas.

Le indiqué varios senderos seguros.

—Si llueve, regresan.

—Sí, abuelo.

—Y no bajen a la barranca.

—Sí, abuelo.

—Lo digo en serio.

Camila sonrió.

—Siempre hablas como si el monte quisiera comernos.

“Hay días en que sí.”

Salieron temprano.

Regresaron antes de las cuatro.

Camila entró a la casa sin quitarse la mochila.

—Abuelo, mira esto.

Sacó su teléfono.

La fotografía mostraba barro húmedo junto a una pequeña corriente.

En medio había una huella.

Cinco dedos.

Muy larga.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Dónde?

Camila abrió un mapa.

El lugar estaba unos kilómetros arriba de la Barranca de la Campana.

—Había tres más.

—¿Las siguieron?

—Solo unos metros.

—No regresen.

Mi tono la sorprendió.

—¿Por qué?

Me senté.

Había llegado el momento.

Durante casi una hora les conté todo.

La tormenta.

Lucero.

La corriente.

La criatura.

La mano.

Las huellas.

Camila escuchó sin interrumpir.

Cuando terminé, su primera reacción me hizo sentir orgulloso.

—Abuelo, pudo haber sido un oso.

—Sí.

—La lluvia pudo alterar la percepción.

—También.

—La memoria cambia con los años.

—Por supuesto.

Frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué estás tan seguro?

Levanté la manga de mi camisa.

Las marcas habían desaparecido hacía décadas.

—Porque lo tuve encima.

Ella no respondió.

A la mañana siguiente llamamos a Rogelio.

Tenía sesenta y ocho años.

Cuando vio la fotografía, permaneció inmóvil.

—Es parecida.

—Lo sé.

Decidimos visitar el sitio.

Camila insistió en acompañarnos.

Acepté.

Encontramos dos huellas todavía visibles.

Tomó medidas.

Treinta y ocho centímetros.

Después vimos una tercera.

El rastro se dirigía hacia un bosque cerrado.

Camila dio un paso.

—Podríamos seguirlo.

—No.

—Solo un poco.

—No.

Mi nieta me miró.

—¿Tienes miedo?

Pensé antes de responder.

—Tengo respeto.

Rogelio apoyó su bastón en una piedra.

—Eso nos salvó de hacer una estupidez hace treinta años.

Camila observó el bosque.

—¿Qué estupidez?

—Perseguirlo.

Colocamos dos cámaras pequeñas en árboles cercanos.

Sin alimento.

Sin trampas.

Solo cámaras.

Durante dos semanas aparecieron venados, coyotes, zorros, mapaches y ganado suelto.

Nada más.

En la tercera semana, una cámara captó una imagen a las cinco y doce de la mañana.

No era clara.

Al fondo, detrás de un pino, se veía una figura oscura.

Parte de un hombro.

Un brazo.

Una pierna.

Camila amplió la imagen.

—Puede ser una persona.

—Sí.

Rogelio se acercó.

—El brazo es largo.

La fotografía no demostraba nada.

Podía ser un hombre con ropa gruesa.

Una ilusión.

Una combinación de sombras.

Camila quería compartirla en internet.

Yo me negué.

—No.

—¿Por qué?

—Porque mañana tendríamos cincuenta personas buscando algo que quizá ni siquiera existe.

—Pero si existe…

—Precisamente.

Ella bajó el teléfono.

Comprendió.

Retiramos las cámaras.

En el último sendero, Rogelio encontró algo extraño.

Una piedra grande colocada sobre un tronco caído.

No era imposible que hubiera llegado allí naturalmente.

Pero debajo del tronco había una marca enorme en el barro.

Después otra.

Y otra.

Todas se dirigían monte adentro.

Rogelio sonrió.

—Parece que nos está diciendo que nos vayamos.

Camila rio nerviosamente.

—O estás interpretando piedras.

—También puede ser.

Nos marchamos.

No seguimos el rastro.

Parte 5 — Lo que salvó aquel becerro cambió nuestra forma de mirar lo desconocido

Hoy tengo sesenta y nueve años.

Rogelio vive con una de sus hijas y ya casi no sube a la sierra.

Camila trabaja en conservación ambiental y todavía me pregunta por aquella criatura cada vez que viene.

Yo sigo sin tener respuestas.

No sé qué vimos.

No sé si era una especie desconocida, un animal extraordinariamente grande, un hombre cuya apariencia interpretamos mal o algo completamente distinto.

Solo sé lo que hizo.

Durante muchos años, la gente que escuchaba rumores sobre criaturas del monte hablaba de ellas como monstruos.

Yo nunca pude usar esa palabra.

Un monstruo habría ignorado a Lucero.

Aquello entró por él.

Un monstruo me habría soltado en la corriente.

Aquello me sacó.

Un monstruo habría mostrado agresión cuando tres hombres gritaban y agitaban cuerdas en su dirección.

Aquello nos observó y se marchó.

Ese comportamiento me ha acompañado toda la vida.

Una tarde reciente, Camila y yo caminamos hasta el antiguo punto de la barranca.

El paisaje había cambiado.

Los sauces eran más altos.

Una parte de la pendiente se había derrumbado.

El agua corría tranquila.

—¿Aquí caíste?

Señalé.

—Por ahí.

—¿Y apareció desde allá?

—Sí.

Camila observó la otra orilla.

—¿Qué sentiste cuando te agarró?

La pregunta me hizo sonreír.

—Pensé que iba a morir.

—¿Y después?

—Vergüenza.

Se rio.

—¿Vergüenza?

—Porque aquello entendió antes que yo que necesitaba ayuda.

Nos sentamos sobre una roca.

Durante varios minutos solo escuchamos el agua.

—Abuelo, ¿quieres que algún día se descubra qué era?

Pensé mucho.

—No estoy seguro.

—¿Por qué?

—Porque los humanos somos malos dejando las cosas tranquilas.

Ella asintió.

Si mañana alguien demostrara que existe una población de animales grandes y desconocidos en aquellas montañas, llegarían periodistas, curiosos, cazadores y personas buscando fama.

Quizá nosotros seríamos el verdadero peligro.

Rogelio me llamó unas semanas después.

Hablamos casi una hora.

Antes de despedirse dijo:

—Todavía sueño con esa tarde.

—Yo también.

—En mi sueño nunca cae el becerro.

“En el mío sí.”

—¿Y vuelve a salir?

—Siempre.

Hubo silencio.

—Entonces está bien.

Comprendí lo que quería decir.

Hay recuerdos que pueden perseguir a una persona.

El nuestro, extrañamente, terminó convirtiéndose en otra cosa.

Una lección.

No sobre criaturas.

Sobre nosotros.

Yo había pasado años creyendo que lo desconocido debía ser temido hasta demostrar lo contrario.

Aquella tarde ocurrió al revés.

Algo que no conocíamos tuvo todas las oportunidades para dañarnos.

Y eligió ayudar.

Todavía conservo una libreta vieja en un cajón.

En una página amarillenta aparece el dibujo torpe de una huella.

Debajo escribí:

“39 centímetros. Cinco dedos. Barranca de la Campana. Agosto de 1993.”

No tengo fotografías del encuentro.

No tengo pelo.

No tengo grabaciones.

No tengo pruebas capaces de convencer a un escéptico.

Y está bien.

No cuento esta historia para convencer.

La cuento porque Eusebio murió guardándola.

Porque Rogelio y yo envejecimos preguntándonos qué habíamos visto.

Porque mi nieta encontró una huella décadas después.

Y porque hay una parte de aquella tarde que jamás cambiará aunque todos los demás detalles se deformen con el tiempo.

Yo estaba atrapado en una corriente.

Algo enorme salió de la montaña.

Podía haberme dejado allí.

No lo hizo.

Hace unos meses regresé solo al lugar.

No debería haberlo hecho porque mis rodillas ya no sirven para esas caminatas, pero necesitaba verlo una vez más.

Me senté cerca del agua.

El sol estaba bajando detrás de los pinos.

Pensé en Eusebio.

En Rogelio.

En Lucero.

En mis hijas esperándome aquella noche sin saber que su padre había estado a pocos segundos de ser arrastrado por la corriente.

Después escuché un ruido.

Una rama se quebró al otro lado.

Levanté la cabeza.

No vi nada.

Esperé.

El bosque permaneció quieto.

Entonces escuché un golpe grave.

Una vez.

Pausa.

Otro.

Podía ser un pájaro.

Una rama.

Un animal golpeando madera.

Cualquier cosa.

Me levanté.

No fui a investigar.

Antes de marcharme miré hacia los árboles.

—Gracias —dije.

Me sentí ridículo inmediatamente.

Pero también sonreí.

Después caminé de regreso al rancho.

No apareció ninguna figura.

No encontré huellas.

No ocurrió nada extraordinario.

Y quizá eso era lo mejor.

Porque durante treinta años aprendí algo que de joven me habría parecido imposible.

No todos los misterios necesitan ser perseguidos.

No todo aquello que no entendemos necesita terminar encerrado, fotografiado, estudiado o convertido en espectáculo.

Algunas cosas pueden permanecer donde estaban antes de que nosotros llegáramos.

Entre pinos.

Barrancas.

Lluvia.

Y silencio.

Si alguien me pregunta qué vi aquella tarde de 1993, respondo con tres palabras.

“No lo sé.”

Si me preguntan si tuve miedo, digo que sí.

Si preguntan si volvería a acercarme, probablemente diría que no.

Pero si me preguntan si creo que aquello era un monstruo, entonces mi respuesta es diferente.

No.

Porque cuando Lucero desapareció bajo el agua, tres hombres permanecimos en la orilla sin poder salvarlo.

La criatura fue quien entró.

Cuando yo quedé atrapado, dos personas intentaban alcanzarme sin conseguirlo.

La criatura fue quien llegó.

Después no pidió nada.

No atacó.

No nos siguió.

Simplemente regresó hacia las montañas.

Tal vez todavía hay algo caminando por aquellos bosques.

Tal vez ya desapareció.

Tal vez nunca sabremos qué era.

Pero cuando miro la Sierra de los Sauces desde mi corredor, ya no pienso únicamente en lo que podría esconderse entre sus árboles.

Pienso en una tarde de tormenta, un becerro que volvió a respirar y una mano enorme que, pudiendo cerrar con fuerza suficiente para destruirme, eligió sostenerme con cuidado.

Y eso fue lo que realmente nos dejó callados durante treinta años.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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