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Soy trailero y durante años paré por café en una fonda perdida; una madrugada descubrí qué esperaba realmente el hombre de la mesa nueve… y dejé de viajar de noche

Soy trailero y durante años paré por café en una fonda perdida; una madrugada descubrí qué esperaba realmente el hombre de la mesa nueve… y dejé de viajar de noche

Parte 1: La fonda donde siempre había alguien esperando

Me llamo Julián Barrera, tengo cuarenta y tres años y desde hace casi quince conduzco tráileres por carreteras mexicanas transportando cajas de abarrotes, fruta, aceite, conservas y todo aquello que debe llegar a bodegas antes de que la gente despierte y empiece a llenar sus carritos. Aprendí hace mucho que el verdadero mapa de un trailero no está formado solamente por carreteras, sino por baños limpios, talleres confiables, gasolineras donde nadie intenta engañarte y fondas capaces de servirte algo caliente a las tres de la mañana sin preguntarte por qué sigues despierto.

Estoy casado con Lorena desde que ambos teníamos poco más de veinte años y tenemos una hija, Abril, que acababa de entrar a la universidad cuando ocurrió todo aquello, así que cada viaje extra significaba para mí una colegiatura, unos libros o la posibilidad de que ella estudiara sin cargar con las preocupaciones económicas que yo había tenido a su edad. Lorena decía que yo conocía más carreteras que calles de nuestro propio barrio, y probablemente tenía razón, porque había pasado tantos años mirando pueblos desde la ventanilla que podía saber cuáles prosperaban y cuáles estaban desapareciendo simplemente observando sus fachadas.

De todos los lugares donde acostumbraba detenerme, mi favorito era una fonda llamada El Comal de Aurelia, ubicada junto a una desviación de una carretera estatal que atravesaba la ficticia región de San Gregorio del Encino, en el centro-sur de México. Era un negocio antiguo con paredes color crema, techo de lámina, mesas de fórmica, ventiladores que chirriaban sobre las cabezas y una enorme plancha donde preparaban gorditas, huevos con salsa, frijoles refritos y unas tortitas de elote que podían hacerme desviarme veinte minutos sin sentir que estaba perdiendo tiempo.

Yo siempre pedía lo mismo: tres tortitas de elote, huevos revueltos, frijoles y café de olla sin demasiado piloncillo. Las meseras terminaron aprendiéndoselo de memoria, especialmente Chela, una mujer de unos cincuenta años que llevaba tanto tiempo trabajando allí que parecía conocer la vida de cualquier persona que cruzara la puerta.

El lugar permanecía abierto toda la noche porque recibía principalmente choferes, trabajadores de empacadoras y viajeros que preferían continuar manejando antes que buscar alojamiento. Podías entrar a medianoche o cuando empezaban a cantar los primeros gallos y siempre encontrarías una cafetera encendida, una radio vieja sonando bajo y a alguien limpiando una mesa.

Durante casi cuatro años nunca ocurrió nada que me hiciera desconfiar de El Comal de Aurelia.

Hasta que empecé a fijarme en la mesa nueve.

Estaba pegada a la pared del fondo, debajo de un calendario viejo sin publicidad y junto a una ventana desde donde apenas se distinguía el estacionamiento. Allí se sentaba un hombre que parecía tener entre cincuenta y sesenta años, aunque resultaba difícil calcularlo porque siempre llevaba un sombrero oscuro, lentes gruesos de cristales ahumados y un saco largo color café que parecía demasiado pesado para el clima cálido de la región.

La primera vez pensé que era un viajero cualquiera.

La segunda vez lo reconocí.

La quinta vez comprendí que algo no tenía sentido.

Yo no pasaba por aquella carretera siguiendo horarios regulares; podía detenerme un martes a las once de la noche y regresar tres semanas después un domingo al amanecer, pero aquel hombre siempre estaba allí, sentado exactamente en la misma silla, con una taza de café negro frente a él y un periódico doblado entre las manos. Nunca lo vi comer una sola tortilla, jamás pidió azúcar, no conversaba con nadie y, aunque podía pasar varias horas sentado, tampoco parecía aburrirse.

Una madrugada le pregunté a Chela mientras ella rellenaba mi taza.

—¿El señor de atrás vive aquí o qué?

Ella miró apenas hacia la mesa nueve.

—Se llama don Basilio, o al menos así nos dijo una vez.

—Siempre que vengo está sentado.

—Está esperando a alguien.

—¿Desde cuándo?

Chela soltó una risita incómoda.

—Desde antes de que tú empezaras a venir.

Pensé que estaba bromeando, pero su expresión cambió rápidamente.

—No molesta a nadie, Julián. Paga siempre, deja propina y se va cuando quiere, así que mejor déjalo tranquilo.

Comencé a observarlo con mayor atención después de aquello y descubrí unas manchas extrañas en sus muñecas, visibles cuando las mangas del saco se levantaban al mover el periódico. Parecían cicatrices antiguas, grandes zonas oscuras con bordes irregulares, como si años atrás hubiera sufrido quemaduras graves.

Una noche, mientras yo pagaba mi cuenta, Basilio se levantó y pasó cerca de mí llevando un portafolios angosto de cuero envejecido. Caminaba con una rigidez extraña y, cuando empujó la puerta, un pequeño folleto cayó del portafolios sin que él lo notara.

Lo recogí para alcanzarlo, pero cuando salí ya no estaba.

El folleto parecía tener décadas.

Mostraba dibujos de un refugio subterráneo doméstico construido con concreto, camas plegables, depósitos de agua y una puerta metálica enorme; el papel estaba amarillento y hablaba de proteger familias durante emergencias prolongadas, aunque no aparecía ninguna dirección que yo reconociera. En la esquina había un dibujo hecho a mano con tinta azul: cinco pequeños círculos alrededor de otro más grande.

Guardé el folleto pensando entregárselo cuando volviera a verlo.

Una semana después regresé a la fonda.

Basilio estaba sentado en la mesa nueve.

Cené, tomé café y esperé varios minutos buscando una oportunidad para acercarme, pero terminé saliendo por una puerta lateral porque necesitaba aire antes de continuar manejando. Rodeé el edificio con mi taza en la mano y, al llegar detrás de la cocina, escuché un ruido parecido a una tos profunda.

Basilio estaba junto a unos tambos vacíos.

Se sostenía contra la pared.

Pensé que estaba enfermo y avancé unos pasos, justo cuando dobló el cuerpo hacia adelante y expulsó algo negro sobre el suelo.

Aquello no parecía comida.

Era una masa espesa, brillante y oscura que cayó formando varios filamentos que comenzaron a contraerse lentamente sobre sí mismos, como raíces húmedas buscando esconderse en las grietas del concreto. Yo me quedé congelado mientras Basilio se limpiaba la boca con un pañuelo blanco.

Entonces sus lentes resbalaron.

Debajo no había los dos ojos que esperaba.

Vi uno donde debía estar el ojo derecho, otro demasiado cerca de la sien y algo que parecía un tercer párpado abriéndose sobre la parte superior de su mejilla; no alcancé a comprender exactamente cuántos eran porque Basilio levantó inmediatamente los lentes y giró la cabeza hacia mí.

Retrocedí detrás de una puerta metálica.

Él caminó lentamente hacia el estacionamiento.

Escuché encenderse el motor de un automóvil viejo y, cuando finalmente me atreví a mirar, vi un sedán azul desaparecer por la carretera.

La masa negra seguía junto a los tambos.

Mientras la observaba, uno de aquellos filamentos se estiró hacia la sombra.

Después otro.

En menos de un minuto, aquello desapareció debajo de un contenedor.

Dejé la taza en el suelo, regresé a mi tráiler y me fui sin terminar de entender qué acababa de ver.

Durante las siguientes semanas busqué cualquier excusa para no volver a El Comal de Aurelia.

Pero la carretera terminó llevándome de regreso.

Y esta vez, desde varios kilómetros antes de llegar, vi luces rojas y azules iluminando la noche.

Parte 2: Lo que encontraron dentro de la cámara fría

El estacionamiento de la fonda estaba rodeado con cinta y las ventanas habían sido cubiertas con madera, mientras dos patrullas permanecían estacionadas frente a la entrada y varios curiosos observaban desde el otro lado de la carretera. Dejé el tráiler lejos, caminé hasta donde me permitieron acercarme y expliqué a un agente joven que había sido cliente habitual durante años.

El muchacho dudó antes de contarme que uno de los ayudantes de cocina, un hombre llamado Anselmo Rivas, había faltado inesperadamente a su turno. Como llevaba casi nueve años trabajando allí sin ausentarse ni cuando estaba enfermo, Chela insistió en buscarlo y terminaron encontrándolo muerto dentro de la cámara fría.

—¿Quedó encerrado? —pregunté.

El agente negó.

La cerradura podía abrirse desde dentro.

Además, según me explicó, no había lesiones evidentes ni señales de una pelea, pero algo encontrado alrededor del cuerpo había convertido el caso en un rompecabezas.

La cámara estaba llena de pulpos pequeños.

Había decenas.

Tal vez cientos.

Estaban apilados en cajas, cubetas y bolsas transparentes, aunque El Comal de Aurelia no servía mariscos, se encontraba muy lejos de la costa y ningún proveedor registrado había entregado aquel producto. También encontraron más dentro del automóvil de Anselmo y otros guardados en su casillero personal.

Sentí frío pese al calor de la madrugada.

—¿Han preguntado por un hombre que se sentaba siempre al fondo?

—¿Qué hombre?

Describí el sombrero, el saco, los lentes y la mesa nueve.

El agente tomó nota.

—Las empleadas dicen que varios clientes se sentaban allí. Nadie mencionó a alguien así.

Busqué a Chela con la mirada, pero no estaba.

Pregunté por ella y me dijeron que había pedido unos días libres después de encontrar a Anselmo.

La fonda permaneció cerrada durante meses y jamás escuché que resolvieran aquella muerte. Después alguien compró el establecimiento, cambió las mesas, pintó las paredes y abrió nuevamente bajo otro nombre.

Yo nunca regresé.

Conservé durante años el folleto de Basilio dentro de una carpeta donde guardaba recibos antiguos y permisos vencidos, aunque nunca se lo mostré a Lorena porque no sabía cómo contarle lo ocurrido sin escucharme como un hombre agotado inventando monstruos después de demasiadas horas de carretera. A veces me convencía de que había visto una enfermedad rara, alguna sustancia tirada entre basura y unos reflejos deformados por la poca luz.

Entonces recordaba cómo aquello negro había reptado hacia las sombras.

Y dejaba de intentar explicarlo.

Pasaron cerca de ocho meses antes de que la carretera volviera a darme otra historia que no pude olvidar.

Aquella entrega me llevó hacia una zona agrícola ficticia llamada Valle del Maíz Dorado, una planicie extensa rodeada por cerros bajos donde durante generaciones las familias habían cultivado maíz, calabaza y frijol. En medio del valle estaba San Isidro de las Espigas, un pueblo pequeño donde yo debía descargar varios pallets de alimentos en un almacén comunitario.

Había estado allí dos veces antes.

Nunca vi nada extraño.

Pero aquella ocasión coincidió con la Fiesta de la Primera Semilla, una celebración local organizada después de las últimas noches frías y antes del inicio fuerte de las siembras. Cuando entré al pueblo encontré arcos hechos con hojas secas, puestos de comida, música regional, familias caminando alrededor de la plaza y enormes ollas donde preparaban atole, esquites, tamales de elote y guisos hechos con ingredientes cosechados en la zona.

Después de entregar la carga descubrí que no debía salir hasta la mañana siguiente.

Decidí quedarme.

Comí más de lo recomendable, bebí un jarro de atole oscuro, compré dulces de pepita para Abril y terminé conversando con otros tres traileros que conocía de diferentes rutas. Entre ellos estaba Mauro Salinas, un hombre bromista de Chihuahua que podía convertir cualquier retraso en una anécdota graciosa y que aquella noche aseguró que pensaba probar absolutamente todos los tamales antes de regresar al motel.

Nos despedimos cerca de las once.

Yo volví caminando a mi habitación.

Mauro se quedó.

A la mañana siguiente me despertaron gritos en el estacionamiento.

Cuando bajé, encontré varios huéspedes reunidos cerca de la recepción y vi a uno de los traileros de la noche anterior pálido como papel.

—Encontraron a Mauro —me dijo.

Por su expresión entendí inmediatamente que no debía preguntar si estaba bien.

Lo habían localizado en una parcela a menos de dos kilómetros del pueblo, colocado contra una estructura de madera utilizada normalmente para sostener herramientas durante la cosecha. La escena era tan perturbadora que la policía cerró completamente el acceso y no permitió que ninguno de nosotros se acercara.

Los rumores llegaron antes que cualquier información oficial.

Decían que alguien había cubierto el cuerpo con hojas secas y semillas, colocando alrededor pequeños montículos de ceniza formando círculos.

Yo solo necesitaba escuchar aquello para decidir que quería marcharme.

Pero antes de subir al tráiler, otro conductor llamado Efraín me detuvo.

—Anoche pasó algo raro.

—¿Con Mauro?

—No sé.

Efraín miró hacia el motel.

—Como a las dos tocaron mi puerta. Era una niña.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quería?

—Me preguntó si tenía miel para ponerle a un chile crudo.

—Los niños preguntan cosas extrañas.

—Sí, pero sus ojos…

Se quedó callado varios segundos.

—Eran completamente negros.

No dije nada.

No quería volver a pensar en Basilio.

Entonces escuchamos llegar más patrullas.

Subí al tráiler, arranqué y abandoné San Isidro de las Espigas sin esperar a descubrir qué estaba ocurriendo.

Creí que jamás volvería a saber nada de aquel lugar.

Me equivocaba.

Parte 3: El pueblo escondía algo detrás de su cosecha

Durante casi un año evité cualquier ruta que atravesara Valle del Maíz Dorado, aunque nunca expliqué a la empresa el verdadero motivo y simplemente intercambiaba recorridos con compañeros cuando podía hacerlo. La muerte de Mauro apareció brevemente en algunos periódicos regionales, pero después dejó de mencionarse, y yo terminé creyendo que había quedado enterrada entre tantos casos que empiezan causando conmoción y terminan convertidos en una carpeta olvidada.

Una noche llegué a casa después de cinco días fuera y encontré a Lorena viendo un programa sobre investigaciones antiguas mientras doblaba ropa en la sala. Apenas estaba dejando las llaves cuando escuché el nombre San Isidro de las Espigas.

Me quedé inmóvil.

Lorena tomó el control remoto.

—Tú has pasado por ahí, ¿verdad?

—Sí.

No le dije inmediatamente que había estado allí la noche anterior a la muerte de Mauro.

Me senté.

El reportaje hablaba de desapariciones ocurridas durante casi treinta años alrededor del valle, la mayoría viajeros, trabajadores temporales, vendedores ambulantes y personas que atravesaban el pueblo sin familiares cercanos. Por separado parecían incidentes sin conexión, pero una investigadora había descubierto que muchas desapariciones coincidían con dos momentos del calendario agrícola.

El inicio de la siembra.

Y las semanas previas a la cosecha.

La investigación llevó hasta un grupo reducido de habitantes que realizaba reuniones privadas en bodegas abandonadas y antiguas parcelas fuera del pueblo. No pertenecían a ninguna religión reconocida y habían creado sus propias creencias mezclando supersticiones familiares, relatos inventados y símbolos transmitidos en secreto entre generaciones.

Decían servir a una presencia a la que llamaban El Sembrador.

Según sus documentos, toda cosecha debía recibir algo antes de devolver abundancia.

Primero entregaban animales.

Después comenzaron a entregar personas.

La policía encontró cuadernos con fechas, mapas de parcelas y descripciones de viajeros elegidos precisamente porque podían desaparecer durante varios días antes de que alguien preguntara por ellos. Mauro había sido una elección improvisada, posiblemente porque estaba solo, había bebido y comentó con varias personas que saldría temprano.

Pero su muerte fue demasiado visible.

Eso arruinó décadas de silencio.

Los investigadores comenzaron a excavar parcelas señaladas en los cuadernos.

Encontraron restos humanos.

Después otros.

Algunos llevaban enterrados más de veinte años.

Varias familias abandonaron San Isidro casi inmediatamente y otras se negaron a cooperar, asegurando que no sabían nada. Antes de que las autoridades pudieran detener a todos los sospechosos, algunos desaparecieron en los cerros y otros fueron encontrados muertos en circunstancias que nunca se aclararon.

Meses después, el pueblo prácticamente se vació.

El almacén donde yo había descargado mercancía cerró.

El motel quedó abandonado.

Las fiestas desaparecieron.

Lorena apagó el televisor.

—Julián, ¿por qué estás tan pálido?

Entonces le conté lo de Mauro.

No le conté todavía lo de Basilio.

Ella se sentó a mi lado.

—Prométeme que no volverás.

—No pienso hacerlo.

—No solamente ahí. Si algún lugar te da mala espina, te vas.

La abracé.

Desde el piso superior escuchábamos a Abril caminar por su habitación mientras hablaba por teléfono, quejándose de un trabajo universitario como si aquello fuera el problema más grande del mundo. Nunca había agradecido tanto escuchar algo tan cotidiano.

Creí que esa sería la última vez que San Isidro entraría en mi vida.

Tres meses después recibí un sobre sin remitente.

Había sido enviado a la oficina de transportes donde trabajaba.

Dentro estaba una fotografía.

Mostraba la mesa nueve de El Comal de Aurelia.

El lugar aparecía exactamente como antes de la remodelación.

En la silla estaba Basilio.

Y sobre la mesa, junto a su taza de café, había una mazorca seca.

En el reverso alguien había dibujado cinco pequeños círculos alrededor de uno grande.

El mismo símbolo del folleto.

Esa noche finalmente le enseñé todo a Lorena.

Parte 4: El símbolo que conectaba dos lugares imposibles

Lorena escuchó sin interrumpirme mientras le contaba acerca de Basilio, la masa negra junto a los tambos, los extraños ojos que creí ver detrás de sus lentes y los pulpos encontrados alrededor de la muerte de Anselmo. Después extendí sobre la mesa el folleto viejo y colocó a un lado la fotografía recién recibida.

—Los dibujos son iguales —dijo.

Yo asentí.

Nunca había pensado que El Comal de Aurelia y San Isidro pudieran tener alguna relación porque se encontraban separados por cientos de kilómetros. Uno era una fonda para viajeros y el otro un pueblo agrícola aislado, pero aquel símbolo los unía de alguna manera.

Comencé a revisar mis antiguos registros de viaje.

Por primera vez agradecí haber sido obsesivo con las fechas.

Busqué el día en que encontré el folleto de Basilio, la noche en que lo vi detrás de la fonda y el viaje realizado meses después a San Isidro. Después comparé esas fechas con artículos impresos que había guardado sobre las investigaciones.

Encontré algo inquietante.

Anselmo murió cuatro días antes de la Fiesta de la Primera Semilla del año anterior.

La siguiente muerte conocida relacionada con el grupo de San Isidro había sucedido pocos días después.

Mauro murió durante la misma celebración al año siguiente.

No demostraba nada.

Pero suficiente para impedirme dormir.

Un sábado decidí volver a la región donde había estado la fonda, aunque no se lo conté a Lorena hasta estar ya en carretera porque sabía que intentaría detenerme. No fui buscando monstruos ni respuestas heroicas; quería hablar con Chela y preguntarle si conocía el símbolo.

Encontré su casa gracias a un antiguo compañero de ruta.

Cuando abrió la puerta y me reconoció, perdió el color del rostro.

—No debiste venir.

Saqué la fotografía.

Chela cerró los ojos.

—¿Quién te dio eso?

—Llegó a mi trabajo.

Miró hacia la calle antes de hacerme pasar.

Entonces me contó algo que había guardado durante años.

Basilio llevaba frecuentando la fonda mucho antes de que ella empezara a trabajar allí. El propietario anterior aseguraba que ya aparecía en fotografías tomadas cuando el establecimiento tenía otro nombre.

—Eso sería imposible —dije.

—Por eso nunca preguntábamos.

Chela abrió un cajón y sacó una fotografía envejecida.

Era una comida de trabajadores frente a la fonda.

La fecha escrita atrás correspondía a treinta y siete años antes.

En el fondo, ligeramente desenfocado, un hombre estaba sentado junto a una ventana.

Sombrero oscuro.

Lentes negros.

Saco largo.

Basilio.

—Anselmo empezó a hablar con él —continuó Chela—. Eso ocurrió meses antes de morir.

—¿Sobre qué?

—Nunca quiso decirme.

Chela respiró profundamente.

—Pero comenzó a traer cajas durante la madrugada.

—¿Pulpos?

Ella negó.

—Las cajas se movían.

Sentí que se me tensaban los hombros.

—Después Anselmo me dijo que Basilio buscaba personas capaces de viajar sin llamar la atención.

Pensé inmediatamente en traileros.

—¿Para qué?

—No sé.

Chela miró la fotografía que yo había recibido.

—Pero ese dibujo apareció una vez pintado detrás del congelador.

Le conté sobre San Isidro.

Cuando mencioné El Sembrador, levantó la mirada.

—Anselmo decía otra palabra.

—¿Cuál?

—El Que Regresa.

Según él, Basilio había explicado que las comunidades podían darle distintos nombres a algo antiguo, porque cada lugar interpretaba de manera diferente aquello que no entendía. Unos pensaban que protegía cosechas, otros que sobrevivía debajo de la tierra y algunos creían que podía esconderse dentro de personas durante décadas.

—¿Crees que Basilio era parte de eso?

Chela me miró con una tristeza extraña.

—Yo creo que Basilio era eso.

Salí de su casa antes del anochecer.

Mientras caminaba hacia mi camioneta vi un sedán azul estacionado al final de la calle.

No había nadie dentro.

Cuando regresé la mirada después de abrir la puerta, el automóvil ya no estaba.

Esa noche llamé a Lorena.

—Voy para casa.

—¿Encontraste lo que buscabas?

Miré la carretera oscura frente a mí.

—Encontré suficiente para no buscar nunca más.

Parte 5: Dejé de buscar respuestas y empecé a mirar los espejos

Renuncié a las rutas largas poco después y acepté trabajo haciendo entregas regionales, con menos kilómetros y menos dinero, pero suficientes para vivir sin pasar semanas enteras lejos de mi familia. Abril terminó la universidad, Lorena dejó de preguntarme cada noche qué carretera tomaría al día siguiente y yo descubrí que volver a dormir en mi propia cama con frecuencia valía más de lo que había imaginado.

Guardé el folleto y la fotografía dentro de una caja metálica.

No los destruí.

Tal vez porque alguna parte de mí necesitaba pruebas de que aquellos recuerdos no habían nacido solamente del cansancio.

Un año después intenté llamar a Chela.

El número estaba desconectado.

Pregunté por ella a un conocido de San Gregorio del Encino y me dijo que había vendido su casa inesperadamente y se había marchado sin decir a dónde. Nadie parecía saber si tenía familiares en otro estado ni por qué había abandonado todo con tanta rapidez.

No volví a investigar.

Había aprendido algo importante.

En la carretera, la curiosidad puede hacerte entrar a lugares de los que después pasas años intentando salir.

Sin embargo, algunos detalles continuaron siguiéndome.

De vez en cuando veía un automóvil azul detrás de mi camión.

Nunca estaba suficientemente cerca para identificar al conductor.

Aparecía durante algunos kilómetros y después tomaba otra desviación.

Podía ser cualquier vehículo.

Quería creerlo.

Una madrugada, mientras descargaba cajas en una pequeña bodega cerca de casa, un trabajador me ofreció café y comentó que había abierto una nueva fonda aproximadamente veinte kilómetros adelante. Dijo que preparaban unas tortitas de elote excelentes y que permanecían abiertos toda la noche.

Sonreí por educación.

—Ya casi no paro en fondas.

—Pues dicen que está buena.

—Seguro.

El hombre siguió trabajando.

Yo estaba cerrando las puertas del remolque cuando añadió algo sin darle importancia.

—Nada más que tienen un cliente medio raro.

Me quedé quieto.

—¿Raro cómo?

—Un señor que se sienta siempre en la mesa del fondo.

Sentí que el aire se volvía pesado.

—¿Qué señor?

El trabajador se encogió de hombros.

—Sombrero, lentes oscuros, saco largo. Siempre está leyendo periódico.

No pregunté nada más.

Subí al tráiler.

Manejé directamente a casa.

Nunca fui a conocer aquella fonda.

Dos semanas después cerró sin explicación.

Desde entonces han pasado varios años y ya no conduzco de noche salvo que sea absolutamente necesario. Cuando alguien me pregunta si creo en cosas extrañas, normalmente digo que he pasado demasiado tiempo en carretera para asegurar que todo tiene una explicación sencilla.

Tal vez Basilio fuera solamente un hombre enfermo y mi memoria hubiera deformado lo que vi.

Tal vez los pulpos aparecieron en El Comal de Aurelia por una razón que nunca se hizo pública.

Tal vez el símbolo relacionado con San Isidro no significara nada y las coincidencias fueran exactamente eso.

También podría ser que ciertos lugares atraigan a determinadas personas, que los caminos conecten historias que jamás deberían encontrarse y que algunas tradiciones sobrevivan escondiéndose detrás de cosas completamente ordinarias.

Una fonda.

Una fiesta.

Una taza de café.

Una carretera.

Hay noches en que todavía despierto recordando aquella masa negra arrastrándose entre los tambos y los lentes de Basilio bajando durante apenas un segundo. Otras veces recuerdo a Mauro riéndose entre los puestos de tamales, convencido de que al día siguiente volveríamos a nuestras rutas y aquello sería simplemente otra noche divertida que mencionaríamos meses después cuando nuestros camiones coincidieran en alguna bodega.

Nunca ocurrió.

Eso es lo que más me pesa de la carretera.

No sabes qué momento cotidiano terminará siendo el último recuerdo normal de alguien.

Hoy llevo una vida mucho más tranquila.

Los domingos desayunamos juntos, Lorena prepara café y Abril, cuando viene a visitarnos, suele burlarse de mí porque sigo revisando dos veces que todas las puertas estén cerradas antes de dormir. Nunca le he contado todos los detalles, porque ciertas historias no mejoran cuando más personas cargan con ellas.

La caja metálica permanece en el fondo de un armario.

Hace poco decidí abrirla.

El folleto seguía allí.

La fotografía también.

Pero encontré algo que no recordaba haber guardado.

Una servilleta doblada.

Era del antiguo Comal de Aurelia.

En el centro alguien había trazado con tinta azul cinco pequeños círculos alrededor de otro.

Debajo no había palabras.

No eran necesarias.

Cerré la caja y esa misma tarde la llevé lejos de casa, hasta un terreno donde un conocido quemaba ramas y muebles viejos. Arrojé todo al fuego y permanecí allí hasta que el papel se convirtió en ceniza.

Durante meses dormí mejor.

Hasta que una noche regresaba de una entrega corta y vi un automóvil estacionado junto a la entrada de mi calle.

Era azul.

Viejo.

Con las luces apagadas.

Reduje la velocidad mientras pasaba junto a él.

No pude distinguir al conductor.

Cuando miré por el espejo retrovisor, las luces del automóvil se encendieron.

Continué manejando.

El vehículo avanzó detrás de mí durante dos calles.

Después giró.

Nunca supe quién estaba dentro.

Tampoco regresé a comprobarlo.

Porque después de tantos años entendí que sobrevivir no siempre significa descubrir la verdad.

A veces significa reconocer cuándo una historia ya te ha mostrado suficiente, cerrar la puerta, volver con tu familia y permitir que ciertas carreteras continúen hacia lugares donde tú ya no necesitas saber qué está esperando.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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