Rentamos una casona antigua para celebrar nuestra amistad, pero una voz comenzó a imitarnos y descubrí demasiado tarde quién nos había llevado realmente hasta allí
Rentamos una casona antigua para celebrar nuestra amistad, pero una voz comenzó a imitarnos y descubrí demasiado tarde quién nos había llevado realmente hasta allí
Parte 1: La casa que parecía estar esperando nuestro regreso
Creo que voy a morir dentro de esta casa, y lo peor no es escuchar pasos detrás de la puerta, sino saber que algunas de las voces que me llaman pertenecen a personas que quizá ya no existen.
No sé dónde están mis amigas, no sé en qué parte de la propiedad me encuentro y tampoco sé cuánto tiempo falta para que Sebastián descubra que logré escapar del sótano donde pensaba mantenernos encerrados.
Todo comenzó como un viaje para celebrar que, después de casi diez años de amistad, todavía encontrábamos la manera de reunirnos a pesar del trabajo, las deudas, las relaciones fallidas y las responsabilidades que poco a poco habían ido separándonos.
Éramos cinco: Mariela, Ximena, Lorena, Sebastián y yo, Natalia Cruz, una diseñadora de interiores de treinta años que siempre había preferido un hotel sencillo y bien iluminado antes que una experiencia misteriosa en medio de ninguna parte.
La casa estaba en las montañas de San Jacinto del Encino, un pueblo pequeño rodeado por huertos de manzana, barrancas y bosques de pino donde la neblina descendía tan rápido que, después de las cinco de la tarde, los caminos parecían borrarse.
Sebastián había encontrado el alojamiento en una página de rentas vacacionales y aseguró que era perfecto porque tenía tres pisos, cinco habitaciones, una cocina enorme, una chimenea de piedra y una historia antigua que supuestamente atraía a viajeros interesados en leyendas.
Ninguno de nosotros habría podido pagarla por separado, pero al dividir el costo entre cinco resultaba posible, aunque todavía era mucho más cara de lo que yo habría elegido.
Sebastián, que había crecido en un municipio cercano, parecía especialmente emocionado.
—Cuando era niño escuchaba historias sobre esta casa —nos explicó mientras conducía por una carretera estrecha—. Decían que nadie podía vivir aquí demasiado tiempo, pero hace poco la restauraron y comenzaron a rentarla.
—¿Y eso te parece una razón para hospedarnos? —pregunté.
—Me parece una razón para no desperdiciar la oportunidad.
La casona apareció detrás de una hilera de cipreses, con muros de piedra gris, balcones de hierro oscuro y un tejado inclinado cubierto por hojas húmedas.
Era hermosa, pero no de una manera acogedora, sino como esas fotografías antiguas en las que todas las personas permanecen demasiado serias y uno termina imaginando que conocen algo terrible.
Desde el momento en que cruzamos la puerta, Ximena y yo sentimos la misma incomodidad.
Mariela y Lorena corrieron a elegir habitaciones, mientras Sebastián recorría los pasillos explicando detalles sobre la propiedad con una seguridad extraña para alguien que aseguraba no haber entrado jamás.
Habló de un incendio ocurrido en una cocina exterior, de una familia que desapareció durante una tormenta y de una mujer que había vivido encerrada en el último piso.
—Sabes demasiado —le dije.
Él sonrió sin mirarme.
—Cuando uno crece cerca, escucha cosas.
Los interiores estaban llenos de muebles pesados, cuadros sin firmas y vitrales verdes y rojizos que impedían que la luz del día iluminara por completo los corredores.
Incluso al mediodía, algunas esquinas permanecían oscuras, y los pisos de madera crujían no solo cuando caminábamos, sino también cuando todos estábamos quietos.
En la cocina encontré una puerta angosta detrás de una alacena.
Al abrirla descubrí una escalera extremadamente empinada, tan estrecha que una persona adulta tendría que subir inclinada, apoyándose con las manos.
Los primeros peldaños desaparecían rápidamente en la oscuridad.
—¿Qué hay arriba? —pregunté.
Sebastián apareció detrás de mí tan silenciosamente que casi grité.
—Una antigua habitación de servicio, supongo.
Cerró la puerta con rapidez y apoyó la mano sobre la madera como si temiera que algo pudiera abrirla desde el otro lado.
Esa noche cada uno durmió en una habitación diferente.
Yo odiaba la idea, pero fingí entusiasmo para no parecer la única cobarde del grupo.
Poco después de apagar la lámpara escuché algo moverse en el piso superior.
Al principio pensé que era una maleta siendo arrastrada, pero el sonido era demasiado irregular: un golpe húmedo, una pausa y luego un largo roce sobre las tablas.
Parecía que algo avanzaba apoyándose sobre el pecho y los brazos.
Después escuché un lamento grave que descendía por una rejilla de ventilación.
Encendí música en el teléfono, me cubrí la cabeza y traté de convencerme de que una tubería vieja podía producir sonidos extraños.
A la mañana siguiente pregunté si alguien había escuchado pasos.
Todos negaron, excepto Sebastián, que me observó con demasiado interés.
—¿Solo pasos? —preguntó.
—Sí.
Su sonrisa me hizo sentir que sabía que yo estaba ocultando algo.
Pasamos el día en el pueblo, donde compramos pan de nuez, visitamos una plaza pequeña y comimos en un local junto al mercado.
Lorena preguntó a una anciana que vendía dulces de leche si conocía la historia de la casona.
La mujer dejó de envolver una caja y levantó la vista con preocupación.
—Esa propiedad no debería rentarse —dijo—. Han ocurrido demasiadas desgracias allí.
Nos contó que varias familias habían abandonado el lugar sin explicar por qué, que un cuidador desapareció dentro de la casa y que, muchos años atrás, algunos habitantes aseguraban haber visto personas conocidas caminando por los pasillos incluso cuando esas personas estaban lejos.
—¿Entonces está embrujada? —preguntó Mariela, fascinada.
La anciana negó lentamente.
—Un fantasma fue humano alguna vez. Lo que vive allí aprendió a parecer humano, pero nunca lo fue.
Sus palabras me acompañaron durante todo el camino de regreso.
La segunda noche, el sonido volvió.
Golpes húmedos, arrastres lentos y un llanto amortiguado sobre mi techo.
A medianoche la música se detuvo y escuché voces en la sala.
Salí creyendo que mis amigos estaban conversando, pero no había nadie.
Regresé a mi habitación y cerré la puerta.
Unos segundos después, alguien tocó suavemente.
—Natalia, ¿puedo entrar? —susurró la voz de Mariela.
Sentí alivio hasta que repitió mi nombre pronunciándolo de manera incorrecta, como si apenas estuviera aprendiendo a usarlo.
—Quiero enseñarte algo —canturreó—. Ven conmigo.
No respondí.
Las uñas comenzaron a raspar lentamente la madera.
Después, la voz emitió un gemido parecido al de un animal herido.
Permanecí despierta hasta el amanecer, decidida a abandonar la casa al día siguiente, aunque tuviera que gastar todos mis ahorros en un cuarto del pueblo.
Sin embargo, cuando bajé a desayunar, Sebastián me miró fijamente.
—¿Por qué fuiste a mi cuarto anoche?
—Yo no fui.
—Me pediste que te acompañara al sótano.
Ximena y Lorena contaron historias similares.
Alguien con la voz de una de nosotras había tocado sus puertas, tratando de convencerlas de bajar a un sótano que ninguno había visto.
Mariela no apareció a desayunar.
Al mediodía todavía seguía desaparecida.
Y entonces comprendimos que la casa ya no estaba jugando con nuestras voces.
Había comenzado a quedarse con nosotros.
Parte 2: La escalera donde Lorena dejó de ser ella misma
Buscamos a Mariela primero en su habitación, donde encontramos la cama destendida, su chamarra sobre una silla y el teléfono conectado junto a la ventana.
No había señales de que hubiera empacado, salido voluntariamente o intentado comunicarse con alguien.
Revisamos los baños, los corredores, el patio trasero, un pequeño cobertizo de herramientas y el camino que conducía hacia los manzanos.
Sebastián insistía en que quizá había salido a caminar, pero hacía frío, su calzado seguía debajo de la cama y Mariela jamás se alejaba sin llevar el teléfono.
Subí hasta el segundo piso y recorrí nuevamente los cuartos.
En el centro del corredor había un vitral horizontal colocado sobre el suelo, protegido por un grueso cristal, mientras un tragaluz en el techo proyectaba figuras rojas y verdes hacia las paredes inferiores.
La luz parecía hermosa desde lejos, pero al observarla con atención descubrí que las piezas formaban siluetas humanas arrodilladas alrededor de algo oscuro.
Escuché pasos en el tercer piso.
Subí, llamando a Mariela, pero las habitaciones estaban vacías y el aire era mucho más frío que en el resto de la casa.
Antes de regresar, me detuve frente al cuarto ubicado exactamente encima del mío.
La noche anterior, el sonido de arrastre había provenido de allí.
Intenté abrir.
Estaba cerrado con llave.
Una parte de mí sintió alivio, pero otra comprendió que algo seguía detrás de esa puerta.
Cuando volví a la cocina, mis amigos habían terminado de revisar el exterior.
Solo faltaban dos lugares: el supuesto sótano y la habitación al final de la escalera estrecha.
Buscamos una puerta hacia el sótano, golpeando paredes y revisando armarios, pero no encontramos ninguna entrada.
Sebastián propuso que Lorena subiera por la escalera de la cocina porque era la más baja y delgada del grupo.
Ella se burló de nosotros, encendió la linterna del teléfono y comenzó a avanzar sobre manos y rodillas.
—Si encuentro un tesoro, no lo voy a compartir —dijo antes de desaparecer.
Escuchamos sus pasos sobre nuestras cabezas.
El espacio parecía mucho más amplio de lo que permitía la forma exterior de la casa.
Lorena llamó varias veces a Mariela y abrió algo que sonó como una puerta pesada.
Entonces escuché otro par de pasos.
No provenían del mismo lugar, sino del extremo opuesto de la cocina, aunque también avanzaban por encima del techo.
—¡Lorena! —grité.
No respondió.
Me arrodillé frente a la escalera y subí tres peldaños.
Una sombra apareció en la parte superior, bloqueando la poca luz.
—Ya vamos —susurró Lorena.
La vi descender de frente, apoyándose sobre las manos y los pies, con la espalda arqueada de una forma imposible.
Sus brazos parecían demasiado largos y sus movimientos eran rápidos, fluidos, casi semejantes a los de una araña.
Retrocedí tan violentamente que choqué contra Ximena.
Lorena salió de la escalera caminando erguida, como si nada hubiera ocurrido.
Por un instante pensé que la oscuridad me había confundido.
—¿Encontraste a Mariela? —preguntó Sebastián.
Lorena movió el cuello hacia un lado y luego hacia el otro, produciendo dos pequeños chasquidos.
Después nos observó uno por uno, como si estuviera memorizando nuestros rostros.
—No estaba ahí —respondió.
Su voz era casi normal, pero demasiado lenta.
Al pasar junto a mí, sonrió y guiñó un ojo.
Olía a madera húmeda, tierra cerrada y tela vieja.
Ximena envió un mensaje al encargado de la propiedad preguntando dónde se encontraba la entrada al sótano.
La respuesta llegó casi de inmediato.
“No existe ningún sótano en esa casa.”
Sebastián soltó una carcajada, como si la contradicción le pareciera emocionante.
Yo observé a Lorena, que permanecía frente al vitral, sonriendo hacia las luces de colores como una niña que acababa de descubrir algo maravilloso.
Regresamos al pueblo para preguntar por Mariela.
Nadie la había visto.
Intentamos presentar un reporte, pero nos explicaron que debíamos esperar y confirmar que no se hubiera marchado por decisión propia.
Al caer la tarde regresamos a la casona, porque nuestras pertenencias seguían allí y ninguno quería abandonar la búsqueda.
Nos sentamos en la sala frente a unas cajas de comida que nadie tocó.
El lugar parecía más grande con una persona ausente.
Aquella noche cerré mi puerta con llave, coloqué una silla bajo la manija y me senté sobre la cama.
A las tres de la madrugada escuché un gemido en el pasillo.
—Necesito ayuda —dijo una voz femenina.
No era Ximena, Mariela ni Lorena.
La manija comenzó a moverse.
—Soy Lorena.
Permanecí en silencio.
—Necesito que me ayudes. Mi piel está demasiado apretada.
La puerta tembló bajo varios golpes.
Yo cubrí mi boca para evitar que escuchara mi respiración.
Después de varios minutos, los pasos se alejaron.
A la mañana siguiente, Ximena estaba sentada en la cocina con una sonrisa radiante.
Siempre llevaba el cabello perfectamente recogido, delineador oscuro y aretes de barro pintado, pero aquella mañana no tenía maquillaje y su trenza estaba mal hecha, como si alguien hubiera intentado imitar su apariencia sin conocer sus costumbres.
—¿Dónde están los demás? —pregunté.
—Deberías subir —respondió con la misma voz ronca que había escuchado afuera de mi habitación.
Señaló la puerta de la escalera.
Negué lentamente.
Ximena sonrió, se agachó y comenzó a subir apoyándose sobre manos y pies.
Sus articulaciones se movían con una elasticidad que ningún cuerpo humano debería poseer.
Cerré la puerta y empujé una mesa contra ella.
Desde arriba comenzaron a escucharse desgarros, golpes y una masticación húmeda.
En ese instante supe que Ximena ya no era Ximena.
Y que Lorena probablemente había dejado de ser ella misma desde el momento en que descendió de aquella escalera.
Parte 3: Sebastián conocía el camino hacia el sótano oculto
Corrí al cuarto de Sebastián y golpeé hasta que abrió, despeinado y aparentemente molesto.
Mantuvo el cuerpo frente a la puerta, impidiéndome ver el interior.
Le conté lo ocurrido con Ximena, la voz de Lorena y los sonidos que provenían de la escalera.
Él suspiró, como si yo estuviera arruinando el viaje con una exageración.
—La casa nos está afectando —dijo—. No hemos dormido y Mariela está perdida. Estamos imaginando cosas.
—Yo vi a Ximena subir como un animal.
—Estaba trepando una escalera estrecha.
—Me habló con una voz que no era suya.
Su mirada se endureció durante un segundo, pero luego recuperó la expresión amable.
—No podemos irnos sin ellas.
Le respondí que debíamos salir mientras hubiera luz, pedir ayuda y regresar acompañados.
No pretendía abandonar a nadie, pero quedarnos atrapados durante otra noche solo permitiría que la casa continuara separándonos.
Sebastián insistió en que el automóvil pertenecía a Lorena y que no podíamos llevárnoslo sin su permiso.
—Ella está desaparecida o algo está usando su cara —respondí—. Las llaves están sobre la mesa. Voy a salir con o sin ti.
Regresé a mi habitación, guardé ropa, documentos, una linterna y el cargador del teléfono dentro de una mochila.
Mientras cerraba el cierre, escuché la puerta abrirse detrás de mí.
No alcancé a girar.
Un golpe seco en la cabeza apagó el cuarto.
Desperté sobre un piso de tierra fría.
Tenía las muñecas atadas con una cuerda y un dolor intenso detrás de la oreja.
Una lámpara colgada del techo iluminaba paredes de piedra, estantes llenos de frascos y varios símbolos tallados en las vigas.
Mariela estaba al otro lado del cuarto.
Permanecía sujeta a una columna por las muñecas, pálida, con la ropa manchada de tierra y los ojos abiertos en una expresión de agotamiento absoluto.
—Mariela —susurré.
Ella giró lentamente la cabeza.
Sentí alivio al comprobar que seguía viva, aunque una venda improvisada cubría una de sus piernas y parecía demasiado débil para caminar.
Escuchamos pasos sobre una escalera.
Sebastián bajó cargando una hielera, una bolsa de herramientas y varias botellas.
Jamás había sentido tanta alegría y tanto terror al ver a una misma persona.
—Despertaste —dijo con una sonrisa—. Qué bueno. Ellos comienzan a desesperarse cuando la comida tarda demasiado.
Se agachó frente a mí y me acarició la cabeza como si yo fuera una niña.
Sus ojos tenían un brillo febril.
—Tú sabías lo que había aquí —dije.
—Sabía una parte.
Abrió la hielera y comenzó a ordenar objetos sin marcas sobre una mesa.
Explicó que su familia había cuidado la casona durante generaciones y que, detrás de la propiedad restaurada, existía una estructura mucho más antigua.
Sus antepasados habían descubierto seres que podían imitar voces, gestos y apariencias humanas después de observar a una persona durante suficiente tiempo.
—No son fantasmas —dijo—. Necesitan cuerpos, recuerdos y voces. Esta casa les ayuda a aprender.
—¿Por qué nos trajiste?
Su sonrisa desapareció.
—Porque llevo años tratando de demostrar que puedo mantenerlos satisfechos. El cuidador anterior fracasó, y casi todos salieron del encierro.
Mariela comenzó a llorar en silencio.
—Ella abrió la puerta creyendo que escuchaba mi voz —continuó Sebastián—. Lorena fue más curiosa. Ximena intentó ayudarla. Ahora la casa tiene tres rostros nuevos.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Y tú crees que van a obedecerte?
—Siempre lo han hecho.
Un golpe resonó sobre nuestras cabezas.
Después escuchamos la voz de Lorena.
—Sebastián, déjanos bajar.
Él levantó la mirada con evidente emoción.
—Todavía están aprendiendo a pedir las cosas.
Tomó una herramienta larga y se acercó a mí.
No esperé a descubrir qué pretendía hacer.
Doblé las piernas, me impulsé hacia adelante y lo golpeé con el hombro.
Sebastián cayó contra la mesa, sorprendido.
Aproveché para tomar la hielera por un asa y la balanceé con todas mis fuerzas.
El recipiente impactó contra su pecho y lo derribó.
Corrí hacia Mariela, pero ella negó desesperadamente.
—No puedo caminar —murmuró—. Busca ayuda. Regresa por mí.
Quise negarme, pero escuché movimientos en la escalera.
Sebastián comenzaba a incorporarse.
Subí los escalones y llegué a un corredor que jamás habíamos visto.
Aquella sección de la casa era más antigua, con paredes agrietadas, muebles cubiertos por sábanas y puertas estrechas que no correspondían a la distribución exterior.
No sabía qué camino conducía hacia la salida.
En el fondo había una puerta clavada con tablones.
La luz se filtraba alrededor del marco, así que comprendí que detrás debía encontrarse el exterior.
Intenté arrancar las tablas, pero mis manos continuaban atadas.
Escuché a Sebastián llamarme desde el sótano.
—¡Natalia! No tienes idea de lo que has soltado.
Corrí por el corredor hasta encontrar una habitación con dos ventanas pequeñas.
Cerré la puerta, empujé un armario contra ella y logré usar una pieza de metal rota para cortar la cuerda.
Llamé a emergencias.
La operadora me pidió una ubicación exacta.
No la sabía.
El mapa del teléfono mostraba un punto perdido entre montañas, y la señal aparecía y desaparecía.
Entonces comenzaron los golpes.
Primero con la voz de Sebastián.
Después con la de Mariela.
Finalmente escuché mi propia voz al otro lado.
—Abre, Natalia —dijo aquello—. Yo sí sé cómo salir.
Parte 4: Las voces comenzaron a pelear por mi rostro
Permanecí inmóvil mientras mi propia voz repetía frases que yo había pronunciado durante el viaje.
Recordó una broma que hice en el automóvil, una queja sobre el frío y hasta la forma en que había llamado a mi madre la primera tarde.
Aquello había estado escuchándonos desde el principio.
La ventana más cercana estaba sellada con pintura y clavos antiguos.
Golpeé el marco con una silla hasta que la madera comenzó a ceder.
Afuera distinguí una pendiente cubierta de pinos, pero la habitación se encontraba en un nivel demasiado alto para saltar sin lastimarme.
Los golpes contra la puerta aumentaron.
—Soy Mariela —dijo una voz llorosa—. Sebastián me dejó subir. Por favor, no me abandones.
Recordé cómo había pronunciado mi nombre la primera noche.
—Dime dónde nos conocimos —respondí.
Hubo un silencio.
—En la escuela.
Mariela y yo nos habíamos conocido trabajando en una cafetería durante las vacaciones universitarias.
Aquello no poseía sus recuerdos.
Solo tenía las palabras y gestos que había observado desde nuestra llegada.
—Abre —ordenó ahora con la voz de Lorena.
La puerta comenzó a deformarse alrededor de la cerradura.
Seguí golpeando la ventana hasta romper una de las tablas exteriores.
El aire frío entró acompañado por olor a pino y tierra.
Escuché un vehículo a lo lejos.
Grité hasta lastimarme la garganta, pero no sabía si se acercaba o se alejaba.
Entonces los golpes se detuvieron.
Oí pasos humanos corriendo por el corredor y la voz de Sebastián maldiciendo.
Después hubo un grito terrible, seguido por un golpe seco.
Algo pesado fue arrastrado sobre el piso.
La voz de Sebastián comenzó a hablar detrás de la puerta.
—Natalia, abre. Ya todo terminó.
Sin embargo, la entonación era demasiado perfecta.
Comprendí que la criatura había tenido tiempo suficiente para estudiarlo.
El armario se movió unos centímetros.
Empujé con todo mi cuerpo mientras buscaba otra salida.
En una esquina encontré un pequeño panel de madera oculto detrás de una cortina podrida.
Al retirarlo descubrí un hueco entre los muros, apenas lo bastante ancho para que una persona pasara de lado.
Entré sin pensarlo.
El espacio descendía mediante una escalera de servicio cubierta de polvo.
Detrás de mí, la puerta de la habitación se abrió con un estruendo.
Algo entró y respiró lentamente.
No corrí.
Cada escalón podía crujir y revelar mi posición, así que descendí apoyando el peso sobre los extremos.
La criatura caminó dentro del cuarto.
Escuché cómo imitaba mi respiración, acelerándola y deteniéndola, como si intentara entender el miedo.
La escalera terminó detrás de una alacena.
Empujé con cuidado y regresé a la cocina principal.
El cielo comenzaba a oscurecer, aunque todavía quedaba suficiente luz para distinguir el patio.
Sobre el suelo encontré las llaves del automóvil.
También vi a Lorena parada junto a la puerta exterior.
Su ropa estaba limpia y su rostro parecía completamente normal.
—Tenemos que irnos —dijo.
No respondí.
Ella extendió una mano.
—Natalia, soy yo. Lo de arriba me confundió, pero logré escapar.
—¿Qué me regalaste cuando cumplí veinticinco?
Lorena bajó la mirada.
—Una pulsera.
Me había regalado una máquina antigua para hacer tortillas porque siempre me burlaba de que las mías parecían mapas.
Retrocedí.
Su sonrisa se volvió demasiado amplia.
El cuello se inclinó hacia un lado con un movimiento brusco.
—Estoy aprendiendo —dijo.
Corrí hacia la puerta trasera.
Lorena se lanzó detrás de mí apoyándose sobre manos y pies, golpeando el suelo con una velocidad imposible.
Crucé el patio, tropecé con una maceta y llegué al automóvil.
La puerta estaba cerrada.
Mis manos temblaron mientras intentaba encontrar la llave correcta.
Lorena avanzaba por las paredes exteriores de la casa, aferrándose a las piedras como un insecto enorme.
Cuando abrí el vehículo, una figura salió de los manzanos.
Era Ximena.
Se acercó caminando con calma, bloqueando el camino.
—No queremos lastimarte —dijo—. Solo necesitamos que te quedes hasta aprenderte por completo.
Encendí el motor y aceleré hacia atrás.
Lorena cayó del muro sobre el techo, hundiendo la lámina.
Conduje sin mirar, golpeando una cerca baja antes de girar hacia el camino.
La criatura raspó el parabrisas y trató de alcanzar la puerta.
Frené bruscamente.
Su cuerpo salió despedido hacia el suelo, pero volvió a levantarse casi de inmediato.
Ximena permanecía inmóvil en medio del camino.
Aceleré hacia ella.
Se apartó en el último segundo con un salto que ningún ser humano habría podido realizar.
El automóvil descendió por la carretera de tierra.
Las ramas golpeaban los costados y la neblina reducía la visibilidad.
Pensé que había escapado hasta que una voz habló desde el asiento trasero.
—No debiste dejar a Mariela.
Miré por el espejo.
Sebastián estaba sentado detrás de mí.
O al menos algo que llevaba su rostro.
Parte 5: La última persona que salió de aquella casa
Giré el volante por reflejo y el automóvil salió parcialmente del camino.
La rueda delantera cayó dentro de una zanja, y el vehículo se detuvo inclinado entre arbustos.
La figura de Sebastián se lanzó hacia mí.
Abrí la puerta, me deslicé por el barro y corrí cuesta abajo mientras escuchaba su cuerpo golpear contra el vehículo.
No sabía hacia dónde iba.
Solo seguí el sonido de agua hasta encontrar un canal de riego que descendía hacia los huertos del pueblo.
La criatura me siguió durante varios minutos, alternando entre las voces de mis amigos.
Mariela pedía ayuda.
Ximena me suplicaba que esperara.
Lorena se reía como durante nuestras cenas.
Finalmente utilizó la voz de mi madre.
—Natalia, mi niña, ven conmigo.
Aquello casi me hizo detenerme.
Sin embargo, mi madre jamás me llamaba “mi niña”; desde pequeña me decía “corazón inquieto”.
La imitación era precisa, pero carecía de intimidad.
Seguí avanzando hasta ver luces entre los árboles.
Dos trabajadores de un huerto regresaban en una camioneta y frenaron cuando me vieron cubierta de barro.
La criatura dejó de seguirme.
Solo escuché tres golpes contra un tronco desde la oscuridad.
Los hombres me llevaron al centro de salud y avisaron a las autoridades.
Expliqué todo lo que pude, aunque mi historia parecía imposible.
Cuando llegaron a la casona, encontraron la puerta principal abierta, varias habitaciones desordenadas y manchas oscuras en el sótano.
Sí existía un sótano.
La entrada estaba oculta detrás de un muro móvil en la despensa, activado por un mecanismo dentro de la escalera estrecha.
Rescataron a Mariela con vida.
Estaba deshidratada, herida y demasiado débil para explicar lo sucedido, pero confirmó que Sebastián la había encerrado después de engañarla usando una grabación con mi voz.
No encontraron a Sebastián, Ximena ni Lorena.
Tampoco encontraron cuerpos.
La sección antigua donde yo me había ocultado no aparecía en los planos y parecía extenderse dentro de la montaña, más allá de los límites visibles de la casa.
Las autoridades clausuraron la propiedad mientras investigaban.
El dueño afirmó que desconocía la existencia del sótano y aseguró que Sebastián había realizado la reservación utilizando información falsa.
Al revisar su pasado descubrieron que no había crecido cerca del pueblo, como nos había contado.
Su familia había sido propietaria de la casona décadas atrás.
Varios parientes suyos figuraban en reportes de desapariciones nunca resueltas.
Mariela pasó semanas hospitalizada.
Cuando finalmente pudo hablar con claridad, explicó que la voz de Sebastián la había llamado desde el pasillo durante la segunda noche.
Ella abrió la puerta porque estaba enamorada de él y creyó que quería mostrarle algo en privado.
La figura la condujo hasta la cocina, donde el verdadero Sebastián la esperaba.
—No sé cuál de los dos me habló primero —confesó—. A veces creo que él ya estaba siendo imitado desde antes de que llegáramos.
Esa posibilidad me persiguió durante meses.
Nunca supimos si Sebastián había servido voluntariamente a las criaturas o si había sido reemplazado mucho antes del viaje.
La casona permaneció cerrada.
Tiempo después, un incendio destruyó gran parte del techo, aunque nadie pudo explicar cómo comenzó porque la electricidad había sido desconectada.
Los habitantes del pueblo dicen que, durante las noches de neblina, todavía pueden verse luces moviéndose detrás de los vitrales.
Algunos escuchan voces conocidas llamándolos desde los manzanos.
Mariela y yo continuamos siendo amigas, aunque jamás hablamos de Ximena y Lorena sin sentir culpa.
No sabemos si murieron, si permanecen atrapadas o si algo utiliza sus rostros en otra parte.
Una tarde, casi un año después, recibí un mensaje de un número desconocido.
Contenía una fotografía de cinco personas frente a una casa de piedra.
Reconocí a Ximena, Lorena y Sebastián.
Junto a ellos había dos desconocidos.
Todos sonreían a la cámara.
Debajo de la imagen solo aparecía una ubicación correspondiente a una cabaña de renta en otro estado.
Llamé de inmediato a las autoridades.
Cuando llegaron, los viajeros que habían reservado el lugar ya no estaban.
La casa estaba vacía, excepto por cinco maletas y un teléfono reproduciendo una grabación.
En ella se escuchaba mi voz.
—¿Ya vieron el sótano? —decía—. Vengan, quiero enseñarles algo.
Desde entonces no respondo cuando alguien toca mi puerta durante la noche.
Nunca sigo una voz si no puedo ver el rostro de quien habla y jamás entro en una casa antigua sin comprobar antes todas sus salidas.
La gente suele pensar que el peligro se presenta con una apariencia monstruosa.
Yo aprendí que las cosas más terribles pueden sonreír con la cara de alguien querido, pronunciar tu nombre con dulzura y recordar casi todo sobre ti.
Casi todo.
Porque siempre existe algún detalle pequeño que no pueden copiar: una broma privada, una palabra mal pronunciada, una costumbre insignificante o una forma particular de llamarte.
Ese detalle salvó mi vida.
Pero algunas noches despierto convencida de que escucho algo arrastrándose sobre el techo.
Entonces mi teléfono vibra.
Siempre es un número diferente.
Nunca abro los mensajes, aunque las primeras palabras aparecen en la pantalla.
“Hola, Natalia. Esta vez ya aprendimos tu nombre.”
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.