Mi madre pasó cuarenta años subiendo sola a la sierra, pero antes de morir me hizo prometer que dejaría su cuerpo bajo un ahuehuete porque “él vendría por mí”
Mi madre pasó cuarenta años subiendo sola a la sierra, pero antes de morir me hizo prometer que dejaría su cuerpo bajo un ahuehuete porque “él vendría por mí”
Parte 1: El secreto que bajaba de la sierra con mi madre
Mi madre murió una madrugada de noviembre con una petición que me hizo sentir que toda mi infancia había ocurrido al borde de un secreto mucho más grande de lo que yo imaginaba. No quería velorio en la casa, no quería que la sepultáramos junto a mi padre y, sobre todo, no quería que nadie del pueblo supiera dónde iba a quedar su cuerpo.
—Cuando llegue mi hora, llévame al ahuehuete de la barranca —me dijo, apretándome los dedos con la poca fuerza que todavía conservaba—. Déjame ahí, Julián, y regresa sin mirar atrás.
Pensé que la fiebre estaba haciéndola delirar, porque mi madre, Jacinta Robles, había sido durante toda su vida una mujer práctica, de esas que sabían cuándo iba a llover mirando las hormigas, curaban una torcedura con vendas y paciencia, y podían distinguir a qué vecino pertenecía una vaca con solo escuchar el cencerro. Vivíamos en San Isidro del Mezquite, un caserío imaginario escondido entre lomas secas, encinos, barrancas húmedas y caminos de piedra donde las tardes de niebla podían tragarse a una persona en menos de diez pasos.
Desde niño supe que algo extraño ocurría con ella cada vez que subía a la sierra.
Jacinta podía desaparecer después del desayuno llevando únicamente una bolsa de manta, una botella de agua y su rebozo color ciruela, para regresar cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de los cerros. Volvía cansada, con hojas pegadas a la falda y tierra oscura en los huaraches, pero siempre traía en el rostro una serenidad que jamás mostraba después de ir al mercado, a misa o a visitar parientes.
También regresaba con un olor.
No era exactamente sudor, lodo ni ganado, aunque tenía algo de los tres; era una mezcla densa de corteza mojada, tierra recién abierta y ese aroma tibio que dejan algunos animales cuando duermen entre zacate húmedo. Nuestro viejo perro Canelo lo detectaba antes que cualquiera, porque corría hacia ella moviendo la cola, le olía el rebozo durante varios segundos y después se apartaba con las orejas bajas, sin ladrar.
—¿Qué encuentras allá arriba, mamá? —le pregunté una vez cuando yo tendría diez años.
Ella colocó tortillas recién hechas dentro de un canasto y respondió sin levantar la mirada.
—Silencio.
Durante mucho tiempo acepté aquella respuesta.
A los quince años dejé de hacerlo.
Una tarde de temporada de lluvias me mandaron a buscar una mula que había roto una cerca cerca del arroyo del Venado, donde los encinos crecían tan juntos que incluso a media tarde parecía estar oscureciendo. Encontré la cuerda atorada entre unos helechos y comencé a seguir las marcas de las herraduras hasta que escuché un crujido pesado a mi derecha.
Creí que sería un toro.
Entonces algo se levantó detrás de unos madroños.
Nunca he podido calcular con precisión su altura, pero era mucho más alto que cualquier hombre adulto de San Isidro, con hombros enormes, brazos largos y todo el cuerpo cubierto por un pelo oscuro que parecía casi negro donde no le daba la luz. Permanecía erguido sobre dos piernas, sin tambalearse, observándome desde una distancia de quizá veinte metros.
No vi colmillos.
No vi garras levantadas.
Lo que vi fueron dos ojos hundidos bajo una frente ancha, atentos a mí de una manera demasiado consciente para parecer los de un animal común.
La mula tiró de la cuerda.
Volteé apenas un segundo.
Cuando miré de nuevo, aquello ya no estaba.
Corrí a casa sin la mula.
Mi padre, Esteban, me regañó durante media hora por haberla abandonado, mientras mi madre permanecía en silencio junto al fogón. Cuando finalmente nos quedamos solos, Jacinta me miró con una atención extraña.
—¿Qué viste?
La pregunta me heló.
—Nada.
Mi madre sostuvo mi mirada durante unos segundos, luego asintió lentamente y continuó limpiando frijoles como si yo hubiera dado la respuesta correcta.
A partir de ese día comencé a observarla.
Descubrí que siempre subía por el mismo sendero después de una lluvia fuerte, que algunas noches dejaba mazorcas tiernas, manzanas o piloncillo cerca del cobertizo y que, a la mañana siguiente, ciertas cosas habían desaparecido sin que los perros hicieran escándalo. En el lodo encontré huellas demasiado largas y anchas para pertenecer a un hombre, con cinco marcas claras al frente y una profundidad que indicaba un peso enorme.
Nunca se las enseñé a mi padre.
Tal vez porque una parte de mí ya sabía que mamá quería que no lo hiciera.
A los veintidós años me fui a trabajar a una fábrica de muebles en otra ciudad, me casé, tuve una hija y regresaba a San Isidro solo durante fiestas o temporadas de cosecha. Mi padre murió de un infarto cuando yo tenía treinta y uno, y después de eso Jacinta quedó sola en la casa de adobe, aunque se negó a mudarse conmigo porque decía que los cerros la habían visto nacer y quería que también la vieran envejecer.
Pero incluso cuando cumplió setenta años, siguió subiendo.
Más despacio.
Con un bastón de madera de mezquite.
Siempre sola.
Cuando yo tenía cuarenta y uno, regresé al pueblo por varios meses para reparar el techo de su casa, y una tarde la vi salir llevando una canasta pequeña cubierta con un trapo. Esperé unos diez minutos y la seguí por un sendero diferente.
La encontré casi una hora después, junto a un ahuehuete enorme que crecía al borde de una barranca donde corría agua durante todo el año.
Mi madre no estaba sola.
La criatura de mi adolescencia estaba frente a ella.
Habían pasado más de veinticinco años desde que la vi por primera vez, pero su tamaño seguía siendo imponente, aunque ahora distinguí mechones grises entre el pelo oscuro de los hombros. Jacinta parecía diminuta a su lado.
Lo más perturbador fue que no tenía miedo.
Mi madre dejó la canasta sobre una piedra.
La criatura inclinó la cabeza.
Ella hizo lo mismo.
No hablaron como hablan las personas, pero Jacinta emitió dos sonidos bajos desde la garganta, parecidos a notas breves, y aquello respondió con un murmullo profundo que sentí más en el pecho que en los oídos.
Se quedaron así durante mucho tiempo.
Yo permanecí oculto detrás de un encino, incapaz de moverme.
Y entonces comprendí que no estaba presenciando un encuentro casual.
Estaba viendo a dos seres que se conocían desde hacía años.
Quizá desde antes de que yo naciera.
Parte 2: Lo que mi madre confesó después de cuarenta años
No dije nada aquella tarde.
Regresé a la casa antes que ella y pasé la siguiente hora fingiendo que reparaba una ventana, aunque mis manos temblaban demasiado para sostener bien los clavos. Jacinta apareció cuando faltaba poco para anochecer, dejó su bastón junto a la puerta y me encontró sentado a la mesa sin haber encendido ninguna lámpara.
—Me seguiste —dijo.
No era una pregunta.
Levanté la mirada.
—Lo vi.
Mi madre cerró los ojos durante un momento, como quien escucha finalmente una noticia que llevaba décadas esperando.
Después puso agua a calentar, sirvió café de olla en dos tazas despostilladas y se sentó frente a mí.
—Entonces ya eres parte del secreto.
La historia comenzó mucho antes de mi nacimiento.
Jacinta tenía diecinueve años cuando una tormenta la sorprendió recogiendo hierbas en la parte alta de la sierra, y mientras intentaba volver al pueblo cayó por una pendiente, se golpeó la pierna y quedó atrapada entre rocas durante horas. Había comenzado a oscurecer cuando escuchó pasos alrededor.
Al principio creyó que era un oso.
Después lo vio.
Más joven, según ella, con el pelo más oscuro y el cuerpo incluso más robusto que ahora.
—Pensé que me iba a matar —confesó—. Pero solamente se quedó mirando.
La criatura desapareció y regresó poco después con una rama gruesa que dejó cerca de ella, como si entendiera que necesitaba apoyo para levantarse. Luego caminó varios metros, se detuvo y la esperó.
Jacinta lo siguió.
Aquello la condujo hasta un sendero que desembocaba cerca de unos corrales abandonados, donde finalmente pudo orientarse y regresar a San Isidro.
Durante meses no volvió a verlo.
Después comenzó a encontrar pequeñas señales cerca de la barranca: piedras acomodadas de cierta forma, ramas partidas a una altura imposible, tres golpes secos contra los troncos durante algunas tardes. Mi madre comenzó respondiendo por curiosidad, golpeando tres veces con su bastón contra un árbol.
Así nació algo que ni siquiera ella sabía cómo nombrar.
No era amistad como la que se tiene con un vecino.
Tampoco era domesticación.
La criatura nunca obedeció órdenes, jamás entró en la casa y siempre conservó una distancia que parecía voluntaria, como si ambos entendieran que pertenecían a lugares diferentes.
Sin embargo, se reconocían.
A veces Jacinta llevaba fruta, tortillas duras o calabaza cocida.
Otras veces encontraba cerca del ahuehuete objetos que parecían regalos: plumas enormes, una piedra lisa de color rojizo, panales abandonados o ramas con flores arrancadas desde sitios altos.
—¿Papá lo sabía? —pregunté.
Mi madre negó.
—Sospechaba que había algo en el monte, pero nunca supo cuánto.
Me dolió imaginar que una parte tan enorme de la vida de mi madre había permanecido escondida incluso dentro de su matrimonio.
—¿Y por qué continuaste viéndolo?
Jacinta miró hacia la ventana.
—Porque nunca me pidió que fuera otra persona.
Aquella respuesta me acompañó durante años.
Mi madre me hizo prometer que jamás revelaría la ubicación del ahuehuete, nunca llevaría curiosos ni permitiría que nadie organizara una búsqueda. No le preocupaba que se rieran de ella, sino que le creyeran.
—Si llegan hombres con cámaras, jaulas o rifles, no van a dejarlo tranquilo —dijo—. Las personas destruyen muchas cosas solo para demostrar que existen.
Le di mi palabra.
Después de eso, algo cambió entre nosotros.
No volvimos a fingir.
Cuando Jacinta regresaba del monte, yo podía preguntarle si lo había visto, y a veces respondía que sí con una pequeña sonrisa. En otras ocasiones movía la cabeza y decía que quizá estaba lejos, siguiendo animales o refugiándose en partes más altas.
Nunca aprendí su nombre.
—No tiene uno como nosotros —explicaba mamá—. Yo le digo El Viejo, aunque probablemente no sepa qué significa.
Pasaron casi quince años más.
Jacinta envejeció hasta que las caminatas se hicieron imposibles.
Primero dejó de subir durante el invierno.
Luego durante las lluvias.
Finalmente dejó de subir por completo.
Fue entonces cuando comenzó a sentarse cada tarde frente a la ventana orientada hacia la sierra.
Algunas noches yo encontraba fruta colocada cerca de la cerca.
Pensé que ella la dejaba allí por costumbre hasta que una mañana descubrí tres huellas enormes en el barro, justo más allá de donde terminaba el patio.
El Viejo había empezado a bajar.
No entraba al pueblo.
No se acercaba cuando había personas despiertas.
Pero estaba vigilando.
Cuando a Jacinta le diagnosticaron una enfermedad que ya no tenía solución, yo me mudé temporalmente con ella. Mi hermana menor, Teresa, viajaba cada semana desde otra comunidad para ayudarnos, sin saber nada del secreto.
Mamá se fue debilitando.
Perdió peso.
Dejó de caminar sin ayuda.
Pero su oído parecía hacerse más agudo.
Una madrugada despertó de repente y levantó la mano.
—Escucha.
Al principio solo oí el viento.
Entonces llegaron tres golpes.
Pausa.
Otros tres.
Venían desde la ladera.
Mi madre sonrió.
Tomó aire y dejó escapar de su garganta un sonido grave, extraño, casi un ronquido prolongado.
Desde muy lejos llegó una respuesta.
Yo sentí que se me erizaban los brazos.
Jacinta volteó hacia mí.
—Ya sabe.
—¿Qué cosa?
Sus ojos se humedecieron.
—Que estoy por irme.
Fue esa misma noche cuando me pidió lo imposible.
No quería ataúd.
No quería cementerio.
No quería que Teresa supiera.
Quería que, después de morir, envolviera su cuerpo en el sarape café que había pertenecido a mi abuelo, la subiera al monte y la dejara bajo el ahuehuete.
—¿Y luego qué? —pregunté.
Mamá apretó mi mano.
—Luego vuelves a casa.
—No puedo dejarte ahí.
—Sí puedes.
—Los coyotes, la lluvia, cualquier cosa puede…
—Julián.
Me callé.
Ella respiró con dificultad.
—Él sabrá qué hacer conmigo.
Parte 3: La promesa que nadie más estaba dispuesto a entender
Jacinta murió seis días después, poco antes del amanecer, mientras una llovizna fina golpeaba las láminas del corredor.
Yo estaba sentado junto a su cama.
Teresa dormía en la habitación contigua.
Mamá abrió los ojos por última vez, miró hacia la ventana y después hacia mí.
No dijo nada.
Ya no podía.
Pero movió los labios lentamente.
“Promesa.”
Asentí.
Su mano se aflojó entre las mías.
Durante varios minutos permanecí inmóvil.
Había imaginado muchas veces ese momento, pero nunca pensé que mi duelo estaría acompañado por la obligación de hacer algo que cualquier otra persona consideraría una locura.
Teresa despertó cuando me escuchó caminar.
Al comprender que mamá había muerto, se arrodilló junto a la cama llorando y comenzó inmediatamente a hablar del sacerdote, de avisar a los primos y de preparar el velorio. Yo la dejé hablar hasta que finalmente tuve que detenerla.
—Mamá no quería entierro.
Teresa me miró confundida.
—¿Cómo que no quería entierro?
—Me pidió otra cosa.
No le conté toda la verdad.
Le dije que Jacinta quería descansar en la sierra, en un sitio que había amado toda su vida, y que me había hecho jurar que cumpliría su voluntad. Teresa reaccionó exactamente como esperaba.
—No puedes simplemente llevarla al monte, Julián.
—Se lo prometí.
—La gente va a preguntar.
—Que pregunte.
Discutimos durante casi una hora, pero yo no cedí.
Finalmente convencí a Teresa de que nuestra madre había dejado instrucciones privadas y que yo asumiría la responsabilidad. Ella se marchó a casa de una tía, furiosa y llorando, diciendo que necesitaba tiempo para entenderlo.
Esperé hasta la noche siguiente.
Vestí a mamá con una blusa blanca bordada que le gustaba, una falda azul oscuro y los zapatos sencillos que usaba para sentarse en el patio. Después envolví su cuerpo cuidadosamente en el sarape grueso de mi abuelo y até los extremos con dos cintas de algodón.
No parecía real.
Parecía que iba a despertarse y regañarme por cargarla mal.
Utilicé una pequeña carreta de madera para recorrer la primera parte del sendero.
Después tuve que cargarla.
Cada cien metros me detenía.
No solo por el peso.
También por la duda.
El monte estaba cubierto por una neblina fría que borraba las copas de los encinos, mientras el agua corría por las piedras y algunas luciérnagas aparecían entre los arbustos. Nunca había sentido aquel camino tan largo.
Mientras subía, imaginé todas las posibilidades.
Tal vez la criatura no aparecería.
Tal vez Jacinta había confundido una amistad misteriosa con algo que solo existía en su mente.
Tal vez yo terminaría abandonando el cuerpo de mi madre bajo un árbol y viviría para siempre con aquella culpa.
Pero cada vez que pensaba en regresar, recordaba su mano cerrándose sobre la mía.
Promesa.
Casi tres horas después llegué al ahuehuete.
Era más grande de lo que recordaba.
Sus raíces parecían brazos gruesos hundiéndose en la tierra, y el tronco tenía cavidades oscuras donde la humedad brillaba bajo la luz de mi linterna.
Coloqué a mi madre junto a una de las raíces.
Le acomodé el sarape alrededor de los hombros.
Después puse junto a ella tres cosas.
Su bastón de mezquite.
La pequeña piedra rojiza que El Viejo le había regalado décadas atrás.
Y una bolsita con piloncillo, porque alguna vez ella me había contado que era lo primero que había logrado dejarle sin que él lo rechazara.
—Ya llegamos, mamá.
Mi voz se quebró.
Me senté a su lado.
Por primera vez desde que había muerto, lloré.
Lloré por mi padre.
Por mi infancia.
Por todos aquellos años en que había creído conocer completamente a la mujer que me crió.
Y también lloré por el extraño ser escondido en algún punto de la sierra, porque sin comprender cómo, sabía que él también estaba perdiendo a alguien.
Permanecí allí quizás veinte minutos.
No ocurrió nada.
Entonces llegó el olor.
Tierra húmeda.
Corteza.
Animal caliente.
Mi cuerpo entero se tensó.
Apagué la linterna.
Un sonido pesado surgió entre los árboles.
Una rama se dobló.
Después otra.
Escuché una respiración profunda.
No podía verlo, pero sentía su presencia.
—La traje —dije hacia la oscuridad.
No hubo respuesta.
—Hice lo que pidió.
Algo golpeó suavemente un tronco.
Una vez.
Dos.
Tres.
Me puse de pie.
Quería esperar.
Quería verlo acercarse a ella.
Quería saber qué ocurriría.
Pero esas no habían sido las instrucciones de Jacinta.
Déjame y vuelve a casa.
Me incliné, besé la frente fría de mi madre y susurré:
—Adiós, mamá.
Después miré hacia la oscuridad.
—Cuídala.
Comencé a caminar.
A los pocos metros escuché movimiento detrás de mí.
No volteé.
Seguí bajando.
Entonces oí algo que jamás olvidaré.
Un sonido grave y prolongado atravesó el bosque.
No era un rugido.
No era un grito de amenaza.
Sonaba como una voz intentando expresar algo demasiado grande para su garganta.
Me cubrí la boca para no llorar en voz alta.
Y continué descendiendo sin mirar atrás.
Parte 4: Lo que desapareció bajo el viejo ahuehuete
Durante diecinueve días no regresé.
Teresa continuaba preguntándome dónde había dejado a mamá, pero yo repetía que estaba en el lugar que ella había elegido y que algún día esperaba que pudiera perdonarme por no explicar más. Mi hermana estaba dolida, aunque finalmente dejó de insistir.
En San Isidro surgieron rumores.
Algunos aseguraban que Jacinta había pedido ser cremada.
Otros decían que yo había llevado sus cenizas a otro estado.
Una vecina incluso juraba que mamá había dejado dinero para que sus restos descansaran en un convento.
Dejé que hablaran.
El verdadero secreto estaba más seguro rodeado de historias falsas.
La mañana del vigésimo día subí nuevamente.
Era temprano, con el cielo limpio después de varios días de lluvia, y mientras avanzaba sentía una presión en el pecho que aumentaba con cada paso. Parte de mí quería encontrar a mamá exactamente donde la había dejado, porque eso demostraría que al menos comprendía las reglas del mundo.
Otra parte deseaba lo contrario.
Llegué al ahuehuete cerca del mediodía.
Me detuve a unos diez metros.
Mi madre ya no estaba.
El sarape había desaparecido.
También su bastón.
La bolsa de piloncillo no estaba.
Ni siquiera quedaban cintas o trozos de tela.
Solo encontré una zona de musgo hundido junto a la raíz y varias marcas profundas en la tierra que se internaban hacia la parte más espesa del bosque.
Me acerqué.
Había dos tipos de huellas.
Las primeras eran grandes y conocidas.
Las otras me confundieron.
Parecían arrastres suaves, como si algo pesado hubiera sido transportado con enorme cuidado en vez de ser jalado por el suelo.
Seguí las marcas apenas unos metros.
Luego me detuve.
Había prometido no buscar.
Me arrodillé junto al ahuehuete.
En una cavidad del tronco encontré la piedra rojiza.
El Viejo había dejado todo menos aquello.
La tomé entre mis manos.
Estaba limpia.
Y junto a ella había tres flores pequeñas de color blanco que crecían únicamente en las partes más altas de la sierra.
Comprendí entonces que no necesitaba saber más.
Nunca descubrí qué hizo con el cuerpo de mi madre.
No encontré tumba.
No encontré restos.
No busqué cuevas.
No pregunté.
Durante años me atormentó una sola idea: que quizá había hecho algo terrible al cumplir aquella voluntad.
Pero después entendí algo.
Jacinta había tenido más de ochenta años para decidir qué quería.
Había elegido con plena conciencia.
Y durante más de medio siglo, aquel ser había respetado cada límite que ella estableció.
Quizá merecía que yo respetara el último.
El tiempo avanzó.
Teresa y yo envejecimos.
Mi hija se casó y se mudó lejos.
La vieja casa de mamá terminó quedándose a mi nombre, y yo regresé a vivir allí cuando me jubilé.
A veces encontraba señales.
Una rama partida demasiado arriba.
Huella tras huella cerca del arroyo.
Montones de piedras acomodadas de tres en tres.
Nunca suficientes para probar nada.
Siempre suficientes para recordar.
Una noche, aproximadamente siete años después de la muerte de Jacinta, escuché movimiento detrás de la casa.
Salí al corredor.
No encendí ninguna luz.
A unos cuarenta metros, cerca del límite de los árboles, distinguí una silueta enorme.
Era él.
El Viejo.
Parecía más encorvado.
El pelo alrededor del pecho y los hombros era ahora mucho más claro.
Nos observamos.
Yo no sabía qué hacer.
Entonces recordé algo que mamá acostumbraba hacer al despedirse.
Incliné la cabeza.
La criatura permaneció inmóvil durante unos segundos.
Luego imitó el gesto.
Después se volvió y desapareció entre los encinos.
Nunca volvió a acercarse tanto.
Parte 5: Los tres golpes que escuché cuando ya era anciano
Hoy tengo setenta y cuatro años.
Mis rodillas ya no me permiten subir hasta el ahuehuete y hace mucho que dejé de caminar por las partes profundas de la sierra. Vivo en la misma casa donde Jacinta pasó sus últimos años, aunque cambié el techo, reforcé las paredes y convertí su antigua habitación en un cuarto lleno de fotografías.
Hay una foto que siempre mantengo sobre una cómoda.
Mamá aparece joven, sentada junto a mi padre durante una fiesta del pueblo, con una blusa bordada, el cabello oscuro recogido y una sonrisa apenas visible. Nadie que mire esa imagen imaginaría que la mujer retratada llevaba dentro un secreto que sobreviviría a casi todos los que la conocieron.
Teresa murió hace cuatro años.
Poco antes del final me preguntó nuevamente dónde habíamos dejado a mamá.
Estuve a punto de decírselo.
Luego recordé la promesa.
—En un lugar donde quería estar —respondí.
Mi hermana cerró los ojos.
—Entonces estuvo bien.
Esa fue la última vez que hablamos de Jacinta.
El Viejo tampoco volvió a aparecer frente a mí.
Durante algunos años pensé que habría muerto.
Después de todo, ya parecía adulto cuando mi madre era joven y envejeció junto con ella durante décadas.
Tal vez ningún ser vive para siempre.
Sin embargo, hace tres inviernos ocurrió algo que todavía me cuesta explicar.
Había caminado hasta una zona baja del sendero para revisar una cerca caída cuando comenzó a oscurecer antes de lo esperado. Me apoyé en mi bastón, respirando con dificultad, y estaba a punto de regresar cuando escuché un golpe seco.
Volteé.
Nada.
Entonces llegó el segundo.
Y el tercero.
Tres golpes contra un tronco.
Sentí la misma corriente helada que había sentido cuando era niño.
Me quedé completamente inmóvil.
No sabía si era El Viejo.
Quizá podía tratarse de otro.
Quizá nunca había estado solo.
Pensar aquello me produjo una mezcla extraña de temor y alivio.
Golpeé el tronco cercano con mi bastón.
Una vez.
Dos.
Tres.
Esperé.
Desde algún lugar detrás de los encinos llegó un sonido profundo.
Más breve que aquel lamento que escuché la noche en que dejé a mamá.
Pero suficiente.
Sonreí.
—Cumplí mi promesa —dije.
El bosque permaneció quieto.
Luego escuché una rama quebrarse en la distancia.
Nada más.
Me fui a casa.
Nunca regresé a investigar.
Durante toda mi juventud pensé que los grandes secretos necesitaban una explicación, porque uno cree que comprender algo significa poseerlo. Con los años descubrí que algunas verdades pierden precisamente aquello que las hace valiosas cuando se las arrastra frente a demasiados ojos.
Podría revelar el sendero.
Podría describir exactamente dónde se encuentra el ahuehuete.
Podría llevar personas hasta las huellas que aparecen algunas temporadas de lluvia.
No pienso hacerlo.
Porque durante décadas aquel ser pudo acercarse a nuestra casa y nunca dañó a nadie.
Pudo mostrarse ante el pueblo y no lo hizo.
Pudo reclamar a mi madre de una forma que todos hubieran visto.
En cambio, esperó.
Esperó mientras ella se casaba.
Mientras criaba hijos.
Mientras enterraba a mi padre.
Mientras envejecía.
Y cuando Jacinta ya no podía subir a verlo, fue él quien comenzó a acercarse.
Todavía pienso en aquellas tres flores blancas que encontré en el árbol después de su muerte.
Nunca supe si eran un regalo.
Una despedida.
O la única forma que aquella criatura conocía de marcar un duelo.
Tal vez es mejor así.
Cuando cierro los ojos, no imagino a mamá enferma en aquella cama.
La veo caminando por la sierra muchos años antes, todavía fuerte, apartando ramas con su bastón y avanzando hacia el ahuehuete mientras alguien enorme la espera entre los árboles.
La imagino dejando una canasta sobre una piedra.
Lo veo inclinar la cabeza.
La veo responder.
Dos seres que nunca deberían haberse conocido, unidos por un lenguaje que nadie más necesitaba comprender.
Quizá eso era lo que yo confundía con misterio cuando era niño.
No regresaba tranquila porque hubiera descubierto algo aterrador.
Regresaba tranquila porque había encontrado un lugar donde no tenía que explicar quién era.
Hace poco mi nieto me preguntó por qué nunca vendo la casa.
Le dije que me gusta mirar los cerros.
No era toda la verdad.
La verdadera razón es que todavía algunas noches, especialmente después de una tormenta, percibo desde el corredor aquel viejo olor a tierra húmeda, madera y animal salvaje.
Entonces miro hacia la oscuridad.
Nunca veo nada.
Pero tampoco siento miedo.
Solo pienso que quizá el secreto de mi madre continúa caminando lentamente entre los encinos, lejos de caminos, teléfonos y personas curiosas.
Y si algún día vuelvo a escuchar tres golpes, responderé.
No para encontrarlo.
No para seguirlo.
Solo para que sepa que todavía hay alguien en esta casa que recuerda a Jacinta.
Alguien que cumplió su palabra.
Alguien que nunca revelará dónde crece el viejo ahuehuete.
Porque mi madre protegió a aquella criatura durante casi toda su vida.
Después, él protegió el último deseo de mi madre.
Ahora me corresponde proteger a ambos.
Y cuando llegue el día en que mis propias piernas dejen de sostenerme y ya no pueda mirar la sierra desde este corredor, espero que los encinos continúen cerrándose detrás de cualquier extraño que intente subir demasiado.
Hay cosas que pertenecen a las personas.
Hay cosas que pertenecen al monte.
Y hay secretos que, cuando han sobrevivido tanto tiempo gracias al respeto, merecen permanecer exactamente donde nacieron.
Entre la niebla.
Bajo los árboles.
Y lejos de nosotros.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.