Mi madre muerta me llamó desde una casona abandonada a las 3:11 de la madrugada, y el secreto familiar que encontré allí empezó a seguirme
Mi madre muerta me llamó desde una casona abandonada a las 3:11 de la madrugada, y el secreto familiar que encontré allí empezó a seguirme
Parte 1 — La llamada llegó de un pueblo que mi madre me prohibió conocer
La primera vez que escuché la voz de mi madre después de enterrarla no estaba dormido, ni había tomado una copa, ni estaba atravesando uno de esos momentos en los que la tristeza hace que uno confunda recuerdos con sonidos reales. Eran exactamente las 3:11 de la madrugada cuando mi teléfono empezó a vibrar sobre el buró de mi pequeño departamento en la ficticia ciudad de Valle Escondido, Hidalgo, y al responder escuché una respiración entrecortada seguida por una voz que me heló las manos.
—Nico… no vayas a Casa Encinal.
Mi madre, Teresa Salgado, llevaba cinco años muerta.
Me incorporé de golpe, mirando la oscuridad de la habitación mientras afuera golpeaba una lluvia ligera contra el balcón.
—¿Quién habla?
La mujer respiró otra vez.
Teresa hacía eso cuando tenía miedo, dejaba pasar uno o dos segundos entre frase y frase, como si necesitara reunir valor antes de continuar.
—No abras el cuarto de las baldosas verdes.
Me quedé inmóvil.
—Deja de jugar conmigo.
La voz comenzó a llorar.
—Si alguien te habla desde adentro, no contestes aunque conozcas la voz.
La llamada terminó.
Miré la pantalla.
Número desconocido.
Antes de que pudiera devolver la llamada, llegó un mensaje.
“Por la mañana te entregarán las llaves.”
Ya no dormí.
A las nueve y veinte, mi jefe, Rogelio Paredes, dejó una carpeta de cartón gris sobre mi escritorio en Avalúos del Centro, una pequeña empresa ficticia que inspeccionaba casas antiguas, ranchos abandonados y propiedades intestadas antes de venderlas o transferirlas.
Mi trabajo casi siempre era aburrido.
Tomaba fotografías, registraba humedad, muebles viejos, daños en techos, herramientas olvidadas, documentación encontrada y cualquier indicio de ocupación ilegal, después regresaba con un informe y no volvía a pensar en la propiedad.
Rogelio se acomodó el cinturón y suspiró.
—Esta te va a tomar todo el día.
Abrí la carpeta.
En la primera hoja aparecía una fotografía de una enorme casona rural con corredores de cantera, techo de teja oscura y un patio invadido por maleza.
CASA ENCINAL.
Sentí que algo me bajaba por la espalda.
—¿Dónde está?
—En la Sierra del Álamo, cerca de un pueblo llamado San Bartolo del Fresno.
—¿Quién es el dueño?
Rogelio apretó la boca.
—Ahí empieza el problema.
La propiedad había pertenecido a la familia Ledesma.
En agosto de 1997 vivían allí seis personas: Mariano Ledesma, su esposa Beatriz, sus dos hijos adultos, una adolescente llamada Clara y una niña de ocho años llamada Elisa.
Una mañana desaparecieron todos.
No hubo cuerpos.
No hubo señales de mudanza.
Las camas estaban hechas, había platos dentro de la cocina y la camioneta seguía estacionada junto al granero.
—¿Y nadie reclamó la casa?
—Hubo parientes, pleitos, papeles incompletos. Al final quedó congelada durante años.
—¿Por qué quieren inventario ahora?
Rogelio evitó mirarme.
—Se reactivó el fideicomiso de la propiedad.
—¿Quién lo reactivó?
—No lo sé.
—¿Y por qué me escogieron a mí?
Esta vez tardó demasiado en responder.
—Tu nombre venía en la solicitud.
Levanté la vista.
—¿Mi nombre?
—Sí.
A las tres de la tarde llegué a San Bartolo del Fresno.
Casa Encinal estaba al final de un camino de terracería rodeado de magueyes, encinos retorcidos y parcelas secas delimitadas por muros de piedra. La construcción parecía dormida bajo la sierra, con sus arcos polvorientos, puertas de madera vencidas y un pequeño campanario cubierto de nidos.
Todas las ventanas de arriba tenían tablones.
Todas menos una.
De esa ventana colgaba una cortina color crema.
No había viento.
La tela se movía.
Rogelio llegó detrás de mí para entregarme un manojo de llaves.
Antes de irse señaló la casa.
—Hay tres reglas que dejaron los antiguos cuidadores.
Lo miré.
—Por supuesto que las hay.
—No permanezcas después de que oscurezca.
—Bien.
—No voltees los retratos de la familia.
—Eso ya es raro.
—Y no abras la puerta de madera verde al final del corredor norte.
La respiración se me cortó.
—Eso me dijeron anoche.
Rogelio palideció.
—¿Quién?
—Una mujer.
—¿Qué mujer?
—Sonaba como mi madre.
Retrocedió un paso.
—Nicolás, haz lo básico y vete.
—Tú sabías que podía pasar algo.
—No.
—Entonces explícame por qué estás temblando.
Rogelio observó la ventana abierta del segundo piso.
—Porque hace nueve años mandaron a otro valuador.
—¿Y?
—Recibió una llamada la noche anterior.
—¿Qué pasó con él?
Rogelio abrió la puerta de su camioneta.
—Encontraron su libreta en el corredor norte. A él nunca lo encontraron.
Subió.
Antes de encender el motor bajó el vidrio.
—Si escuchas tres golpes, Nicolás, no respondas con otros tres.
Entré solo.
La casa olía a humedad, leña vieja, cera apagada y tierra mojada.
En el recibidor encontré sillas de madera cubiertas con sábanas, un baúl vencido, un sombrero de palma, varios retratos puestos boca abajo y un reloj alto detenido exactamente a las 3:11.
Durante una hora no ocurrió nada.
Luego encontré una fotografía debajo de un aparador.
Los Ledesma aparecían frente al patio principal.
Seis personas.
Mariano.
Beatriz.
Los dos hijos.
Clara.
Y Elisa, abrazando una muñeca de tela con vestido amarillo.
Detrás de ellos se distinguía la silueta borrosa de otra niña.
En la parte posterior alguien había escrito a lápiz:
“NO DEJEN QUE LA CASA VUELVA A SER SIETE.”
Entonces escuché el primer golpe.
Toc.
Venía del piso de arriba.
Toc.
Segundo.
Me quedé frente a la escalera, incapaz de moverme.
Toc.
Tercero.
Después escuché llorar a una niña.
—¿Hay alguien abajo?
No contesté.
—Por favor.
Apreté el teléfono entre los dedos.
—Tengo miedo.
Me obligué a guardar silencio.
Entonces la niña susurró:
—Nico… Teresa dijo que un día regresarías.
Y en ese instante comprendí que yo no había llegado a Casa Encinal por un trabajo.
La casa me había estado esperando.
Parte 2 — La niña detrás de la puerta sabía quién era mi madre
Debí correr hacia el automóvil.
En lugar de hacerlo, subí.
El corredor del segundo piso estaba cubierto con mosaicos viejos, manchas de humedad y retratos ennegrecidos de hombres y mujeres cuyos ojos parecían seguirme cuando avanzaba. Al fondo había una puerta de madera pintada de verde oscuro, atravesada por una cadena oxidada y un candado sorprendentemente nuevo.
—Nico —susurró la niña.
Me detuve.
—¿Quién eres?
—Elisa.
Miré hacia uno de los retratos.
—¿Elisa Ledesma?
—Sí.
—Elisa tendría casi cuarenta años.
Durante unos segundos no respondió.
—Aquí sigo teniendo ocho.
Me acerqué un paso.
—¿Estás encerrada?
—Sí.
Tomé la cadena.
—Voy a abrir.
La niña gritó con tanta fuerza que solté el candado.
—¡No!
Retrocedí.
—¿Por qué?
—Porque ella está conmigo.
—¿Quién?
La voz se hizo pequeña.
—La que aprendió a ser mi prima.
Algo golpeó la puerta desde adentro.
La cadena vibró.
Después escuché otra voz.
—Nico.
Sentí que el piso desaparecía.
Mi madre.
—No abras, mi niño.
Las lágrimas me llenaron los ojos.
—¿Mamá?
La niña dejó de llorar.
—No le contestes.
Demasiado tarde.
Del otro lado de la puerta surgió una risa baja.
Parecía la de Teresa.
Pero había algo equivocado.
Bajé corriendo.
Conduje hasta San Bartolo y entré en una fonda frente a la plaza.
El pueblo era pequeño, con casas de adobe pintadas en colores apagados, una capilla de cantera, puestos de fruta y viejos sentados bajo los portales.
Cuando pronuncié el nombre Casa Encinal, dos hombres callaron inmediatamente.
Una mujer anciana sentada junto a la ventana levantó la vista.
—Tú eres el hijo de Teresa.
Me quedé de pie.
Se llamaba Jacinta Mejía.
Tenía ochenta y tres años, el cabello blanco recogido en una trenza y un rebozo gris sobre los hombros.
—¿Conoció a mi madre?
Jacinta dejó lentamente su taza.
—La vi salir de esa casa cargándote cuando todavía no caminabas.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Mi madre decía que nací en Valle Escondido.
—Eso quería que creyeras.
—También decía que mi padre murió antes de que yo pudiera conocerlo.
La anciana bajó la mirada.
—Eso está más cerca de la verdad.
Le conté la llamada.
Jacinta cerró los ojos.
—Entonces ya aprendió la voz de Teresa.
—¿Quién?
Ella tardó unos segundos en contestar.
—La Copista.
Según Jacinta, muchas décadas atrás los Ledesma habían ampliado Casa Encinal y descubierto una cámara enterrada debajo de la antigua troje. Dentro encontraron un enorme espejo oscuro, enmarcado con madera de mezquite y cubierto por símbolos tallados que nadie pudo identificar.
El espejo no mostraba reflejos normales.
Mostraba personas muertas.
Al principio aquello convirtió la casa en un secreto conocido por algunas familias de la región.
Los dolientes llegaban de noche, entraban por la cocina y pedían hablar durante unos minutos con alguien que habían perdido.
Después comenzaron las cosas extrañas.
—No traía a los muertos —dijo Jacinta—. Aprendía de nosotros.
—¿Aprendía qué?
—Cómo llorábamos. Qué nombres usábamos. Qué frases recordábamos. Qué necesitábamos escuchar.
—¿Y luego?
—Nos lo devolvía.
Regresamos a Casa Encinal antes del atardecer.
Jacinta conocía un compartimiento detrás de una alacena empotrada en la cocina.
Dentro había libretas, actas antiguas, fotografías, sobres y diarios de Mariano Ledesma.
En uno explicaba que Beatriz había quedado embarazada de gemelas.
Solo Elisa sobrevivió.
La segunda niña murió antes de nacer.
Años después, Mariano encontró el espejo.
Comenzó a hablarle.
La voz decía llamarse Lucía.
Decía ser la hermana que Elisa nunca conoció.
Primero apareció únicamente en el cristal.
Después comenzó a aparecer en fotografías.
La familia de seis empezó a convertirse en una familia de siete.
—¿Qué ocurrió en 1997? —pregunté.
Jacinta apretó los dedos alrededor del rebozo.
—Entendieron que aquello no era Lucía.
—¿Entonces intentaron encerrarlo?
Asintió.
—Pero encerraron a Elisa.
Pasos suaves sonaron sobre nosotros.
Una niña comenzó a tararear.
Jacinta palideció.
—Tenemos que salir.
—No hasta que me diga qué tenía que ver Teresa con ellos.
Jacinta me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Tu madre no se apellidaba Salgado cuando nació.
Sentí un vacío.
—¿Cómo se llamaba?
—Teresa Ledesma.
Negué con la cabeza.
—No.
—Era hija de Mariano, de una relación anterior. Vivió aquí hasta los diecinueve años.
La respiración me tembló.
—Entonces yo…
—Eres el último descendiente directo que conocemos.
Miré hacia el techo.
La casa no había aprendido mi nombre durante esa tarde.
Lo sabía desde antes.
Parte 3 — Jacinta llevaba décadas entregando desconocidos a la casa
No logramos marcharnos.
Mi camioneta encendía el tablero, pero el motor no respondía.
El vehículo de Jacinta tampoco.
Cuando regresamos a la entrada, la puerta principal se cerró sola detrás de nosotros con un golpe seco.
La casa comenzó a crujir.
No como una construcción vieja.
Los sonidos tenían ritmo.
Inhalación.
Pausa.
Exhalación.
Polvo cayó de los arcos.
—Jacinta.
La anciana empezó a llorar.
—Perdóname.
Me giré.
—¿Por qué?
Retrocedió.
—La Copista necesita alguien que responda cuando despierta.
Sentí un escalofrío.
—¿Sabía que yo vendría?
—Sabía que algún descendiente acabaría regresando.
—¿Usted me trajo?
—No.
—Pero permitió que pasara.
Desvió la mirada.
—¿Cuántas personas?
Su rostro se quebró.
—No sé.
—El inspector desaparecido.
—Intenté advertirlo.
—¿Y luego lo dejó entrar?
Jacinta empezó a temblar.
—Mi hijo desapareció aquí en 1981.
Me quedé callado.
—Tenía dieciséis años. Entró con unos amigos porque quería demostrar que los cuentos del pueblo eran tonterías.
Se secó las mejillas.
—Durante años escuché su voz desde los cuartos cerrados.
—Eso no es su hijo.
—Lo sé.
Su respuesta me sorprendió.
—Entonces ¿por qué sigue viniendo?
Jacinta miró hacia el segundo piso.
—Porque saber que una voz es mentira no consigue que deje de sonar como tu hijo.
Una trampilla oculta bajo una alfombra del comedor se abrió de golpe.
Un aire helado subió desde abajo.
Tomé mi linterna.
Descendimos.
La cámara subterránea era demasiado grande para caber bajo la casa.
Había muros de piedra que se perdían en la oscuridad y cientos de fotografías clavadas alrededor.
Familias.
Trabajadores.
Viajeros.
Niños abrazados a sus padres.
Ancianos.
Inspectores.
En casi todas aparecía alguien adicional.
Una niña.
Al centro estaba el espejo.
Negro.
Mi linterna no se reflejaba.
Dentro del cristal, Elisa estaba sentada sobre una silla.
Seguía teniendo ocho años.
La muñeca amarilla descansaba sobre sus piernas.
—Nico.
Me acerqué.
—¿Eres Elisa?
—Sí.
—¿Cómo te saco?
—Abre la puerta verde.
—Me dijiste que no.
—Antes ella estaba conmigo.
—¿Ahora dónde está?
La niña levantó lentamente los ojos.
Miró detrás de mí.
—Contigo.
Me giré.
Mi madre estaba junto a las escaleras.
Llevaba el suéter azul que usaba durante sus últimos inviernos y el cabello recogido exactamente como yo lo recordaba.
Hasta tenía la pequeña mancha junto a la oreja.
—Nico.
Casi me derrumbé.
—No eres ella.
Sonrió.
—Siempre fuiste desconfiado.
Teresa decía eso.
Durante un instante quise abrazarla.
Entonces recordé algo.
Cuando estábamos solos, mi madre casi nunca me llamaba Nico.
Me decía Cachorro.
—¿Cómo me llamabas cuando tenía fiebre?
La mujer se quedó inmóvil.
—Nico.
Di un paso atrás.
—No eres mi madre.
Su sonrisa desapareció.
El rostro pareció perder definición.
Durante segundos fue Jacinta.
Después Elisa.
Después Rogelio.
Luego Teresa otra vez.
—Ella te mintió.
—Me protegió.
—También te ocultó a tu padre.
El espejo brilló débilmente.
Apareció un hombre joven.
Tenía cabello negro y los mismos ojos que yo.
—Nicolás.
Me acerqué sin querer.
—Soy tu padre.
Elisa comenzó a gritar.
—¡No lo escuches!
El hombre golpeó el cristal.
—Teresa me abandonó aquí.
Me detuve.
No podía confiar en ninguna imagen.
No podía saber si aquel hombre había existido o si la Copista simplemente estaba creando el rostro que yo deseaba encontrar.
Jacinta apareció detrás de mí.
—Tenemos que sellar la cámara.
La figura de Teresa la miró.
Entonces cambió de voz.
—Mamá.
Jacinta se llevó ambas manos al pecho.
Una voz adolescente.
—Mamá, tengo frío.
La anciana comenzó a llorar.
—Rafael.
La tomé del brazo.
—No.
—Es él.
—Usted misma dijo que no lo era.
—¡Lo sé!
Aquella respuesta salió rota.
La voz volvió.
—Llévame a casa.
Jacinta se soltó.
—Perdóname, hijo.
Corrió hacia la oscuridad.
Las luces se apagaron.
Escuché un grito.
Cuando mi linterna volvió a encenderse, Jacinta había desaparecido.
Solo quedaba su rebozo gris sobre las piedras.
Parte 4 — Mi madre había escondido la verdad antes de morir
Corrí hacia el segundo piso.
La puerta verde estaba abierta.
Detrás no había una habitación.
Había un corredor imposible, mucho más largo que toda Casa Encinal.
Las paredes estaban cubiertas con fotografías de mi vida.
Yo en primaria.
Yo con mi madre durante una posada.
Yo graduándome.
Yo sentado en un parque.
Yo durmiendo en mi departamento un mes antes.
Sentí náuseas.
La Copista me había observado mucho antes de aquella inspección.
Al final del corredor estaba Teresa.
No corrí hacia ella.
—Dime cómo me llamabas.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mi Cachorro.
Las piernas me temblaron.
—Mamá.
—No soy ella exactamente.
—¿Qué eres?
—Algo que dejó preparado.
Antes de morir, Teresa había regresado en secreto a Casa Encinal.
Sabía que algún día la Copista encontraría la forma de atraerme, así que dejó grabaciones, recuerdos codificados, fotografías alteradas deliberadamente y frases personales escondidas por la propiedad, con la esperanza de que alguna de ellas apareciera cuando yo más necesitara distinguir la verdad de la imitación.
—¿Por qué nunca me contaste nada?
—Porque quería que tuvieras años normales.
—¿Y mi padre?
La imagen de Teresa señaló el suelo.
Una tabla se levantó.
Debajo había un pequeño cuarto oculto.
Dentro encontré restos humanos antiguos, una hebilla oxidada y una chamarra de mezclilla prácticamente destruida.
—Se llamaba Gabriel Serrano —dijo ella—. Vino contigo todavía en mi vientre cuando intentamos destruir el espejo.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Murió aquí?
—Sí.
—Entonces el hombre que vi abajo…
—No era Gabriel.
Apreté los ojos.
—¿Y Elisa?
Mi madre bajó la mirada.
—Existió. Pero lo que queda de ella ya no vive como nosotros entendemos la vida.
—¿Cómo termino esto?
Durante generaciones, explicó, los Ledesma habían cometido el mismo error.
Creían que el espejo era una puerta.
No lo era.
Era una escuela.
Cada persona que se miraba en él le enseñaba a la Copista nuevas voces, nuevos gestos y nuevas formas de manipular el dolor.
—¿Entonces si rompo el espejo?
—No basta.
—¿Qué tengo que hacer?
—Destruir el cuarto y la casa.
—¿Y tú?
Teresa sonrió.
—Cachorro, yo ya me despedí hace cinco años.
Las lágrimas me vencieron.
—Me faltaron cosas por decirte.
—A todos nos faltan.
La casa tembló.
Varios retratos cayeron.
Teresa señaló hacia abajo.
—Ahora corre.
En un cobertizo encontré dos bidones viejos de combustible para maquinaria y los llevé hasta la cámara.
La Copista apareció delante del espejo.
Tenía el rostro de mi madre.
—No lo hagas.
Comencé a derramar el líquido sobre el marco y los muebles secos.
—Puedo traerte a Gabriel.
No respondí.
—Puedo traer a Jacinta.
Seguí.
—Puedo devolverte a tu madre.
Mis manos temblaron.
La criatura dio un paso.
—Puedes volver a tener una familia.
Saqué un encendedor de la caja de herramientas.
Miré aquella copia perfecta de Teresa.
—Mi madre dedicó su vida a sacarme de este lugar.
La sonrisa desapareció.
—Ella nunca me pediría quedarme.
Encendí el combustible.
El fuego subió por el espejo.
El cristal se llenó de grietas.
Casa Encinal estalló en voces.
Cientos.
Personas gritando.
Llorando.
Suplicando.
Mi madre.
Rogelio.
Jacinta.
Una niña.
Un hombre diciéndome que era mi padre.
No respondí.
Corrí.
Cuando crucé el patio, la campana del pequeño campanario comenzó a moverse sola.
Una vez.
Dos.
Tres.
Atravesé la puerta principal y seguí corriendo hasta el camino.
La casona ardió detrás de mí bajo el cielo oscuro de la sierra.
Los bomberos llegaron desde San Bartolo y dos comunidades cercanas.
No encontraron a Jacinta.
Tampoco aparecieron restos que explicaran la desaparición de los Ledesma.
Las autoridades concluyeron que el incendio probablemente había comenzado por una combinación de cableado antiguo y combustibles almacenados de manera incorrecta.
Yo no discutí.
Renuncié.
Me mudé a otra ciudad.
Cambié mi número.
Durante ocho meses no escuché nada.
Hasta una mañana.
Había un sobre debajo de la puerta.
Dentro encontré una fotografía.
Casa Encinal.
Intacta.
Elisa estaba parada frente al patio, sosteniendo su muñeca.
En una ventana aparecía mi madre.
En la parte posterior había una frase.
“Gracias por enseñarme el camino.”
Parte 5 — La casa no era el lugar donde estaba atrapada
Guardé la fotografía dentro de una caja metálica y la escondí al fondo de un clóset.
Durante semanas me repetí que todo tenía una explicación.
Quizá Rogelio conocía la historia.
Quizá Jacinta había sobrevivido.
Quizá alguien relacionado con los Ledesma estaba jugando conmigo.
Entonces, una madrugada, mi teléfono volvió a sonar.
3:11.
Número desconocido.
No respondí.
Dejó de sonar.
Toc.
Escuché un golpe en la puerta de mi nuevo departamento.
Vivía en el octavo piso.
Toc.
Segundo.
Me incorporé.
Toc.
Tercero.
No dije nada.
Entonces escuché a mi madre en el pasillo.
—Cachorro.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
Apreté los dientes.
—Abre.
Retrocedí.
El teléfono vibró.
Un mensaje.
“QUEMASTE LO QUE ME ENSEÑABA.”
Luego llegó otro.
“NO DONDE YO VIVÍA.”
Las paredes comenzaron a crujir.
La luz del pasillo se apagó.
Me acerqué a la ventana.
Abajo se extendían calles, edificios y faros de automóviles.
Entonces vi algo que no podía existir.
A tres cuadras se elevaba un pequeño campanario.
Después reconocí los arcos.
El patio.
La fachada de piedra.
Casa Encinal estaba encajada entre edificios modernos.
Una ventana del segundo piso se iluminó.
Elisa apareció detrás.
Levantó el brazo.
No saludó.
Me señaló.
Retrocedí.
Escuché una respiración dentro del departamento.
No venía de la puerta.
Venía detrás de mí.
Me giré.
No había nadie.
La voz de Teresa surgió desde la cocina.
—Cachorro.
No respondí.
—Eso es. No contestes.
Una lágrima me bajó por la mejilla.
Estuve a punto de decir mamá.
Me mordí el labio.
La pantalla apagada del televisor reflejaba la sala.
Vi mi propio cuerpo de pie cerca de la ventana.
Pero detrás de mí había otro Nicolás.
Sonriendo.
Mi cuerpo real no se movió.
El del reflejo inclinó lentamente la cabeza.
—Ya entendiste.
Su boca se abrió aunque la mía permanecía cerrada.
—El espejo no me encerraba.
Sentí que el corazón golpeaba mis costillas.
—Me enseñaba.
Recordé las fotografías.
Los visitantes.
Las familias que acudían buscando muertos.
Cada persona había entregado algo sin saberlo.
Una voz.
Una memoria.
Una forma de llorar.
Una manera de decir te quiero.
La Copista había necesitado Casa Encinal porque allí aprendía.
Yo había quemado la escuela.
No a la alumna.
Tres golpes resonaron otra vez.
No estaban en la puerta.
Venían del muro detrás de mí.
Toc.
Toc.
Toc.
Mi madre susurró desde la cocina.
—No importa qué diga, no respondas.
Cerré los ojos.
Entonces recordé el primer día.
La puerta verde.
La voz de Teresa.
Y mi propia respuesta.
“Mamá.”
Ya le había contestado.
Le había dado reconocimiento.
Tal vez eso era lo único que siempre había necesitado.
No sangre.
No sacrificios.
No espejos.
Simplemente una persona desesperada por recuperar a alguien muerto y dispuesta a aceptar una voz conocida como verdadera.
El otro Nicolás avanzó dentro del reflejo.
La habitación real seguía vacía.
—Tú me llevaste más lejos que todos los demás.
Guardé silencio.
A través de la ventana vi cómo Casa Encinal encendía una luz tras otra.
La cocina.
El patio.
El corredor.
El cuarto verde.
Luego desapareció.
En un parpadeo.
Solo quedaron edificios.
Mi teléfono vibró una última vez.
“REVISA DETRÁS DE TI.”
No lo hice.
Me senté en el suelo con la espalda contra la pared y permanecí allí hasta que amaneció.
Me mudé otra vez.
Después volví a mudarme.
Dejé de guardar fotografías familiares a la vista.
No respondía números desconocidos durante la madrugada.
Jamás abría una puerta después de escuchar tres golpes.
Algunos amigos decían que la muerte de mi madre me había dejado demasiado ansioso.
Nunca intenté convencerlos de otra cosa.
A veces yo mismo deseaba creerlo.
Deseaba pensar que Casa Encinal había sido simplemente una vieja propiedad capaz de alimentar mis miedos, que Jacinta había desaparecido por una razón humana y que mi mente había construido el resto.
Pero cada año, exactamente en la fecha en que Teresa murió, mi teléfono se ilumina a las 3:11 de la madrugada.
Siempre desde un número distinto.
Siempre con el mismo mensaje.
“REGRESA A CASA, CACHORRO.”
Nunca contesto.
Porque finalmente entiendo qué hizo mi madre durante todos aquellos años.
No me escondió Casa Encinal porque temiera que yo descubriera de dónde venía nuestra familia.
Me escondió porque sabía que algo había aprendido nuestros nombres mucho antes de que yo naciera.
Algo que podía esperar décadas.
Algo que entendía que el dolor hace paciente a quien desea entrar y desesperado a quien desea recuperar a los muertos.
Algo que no necesitaba una hacienda.
Ni un espejo.
Ni un cuarto cerrado.
Solo necesitaba una voz familiar.
Una llamada imposible.
Y una persona que todavía extrañara demasiado a alguien como para no responder.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.