Mi esposa decía que mi hermano solo venía a ayudar mientras yo trabajaba, hasta que una fotografía anónima reveló dónde pasaban realmente aquellas tardes
Mi esposa decía que mi hermano solo venía a ayudar mientras yo trabajaba, hasta que una fotografía anónima reveló dónde pasaban realmente aquellas tardes
Parte 1: La fotografía que convirtió mi hogar en territorio desconocido
Durante casi doce años estuve convencido de que el mayor peligro para mi matrimonio era el cansancio, porque salía de casa cuando las calles todavía estaban húmedas por el rocío de la madrugada y regresaba cuando los puestos de tacos comenzaban a guardar las últimas mesas de plástico. Nunca imaginé que la verdadera amenaza conocía perfectamente mi casa, sabía dónde guardábamos las llaves de repuesto y entraba por la puerta saludándome con un abrazo cada domingo.
Me llamo Mauricio Salgado, tenía treinta y ocho años cuando ocurrió todo, y trabajaba como supervisor en una pequeña distribuidora de materiales para construcción situada en las afueras de Puebla. Mi esposa, Karina, tenía treinta y cuatro, y durante años vivimos en una casa sencilla de dos plantas en una colonia tranquila de San Jerónimo del Valle, un lugar ficticio donde todos conocían el automóvil del vecino y cualquier visita inesperada terminaba convertida en conversación antes de caer la noche.
Cuando nos casamos, Karina trabajaba en una papelería, pero después de que el negocio cerró decidió quedarse un tiempo en casa mientras encontraba algo mejor. Yo le dije que no se preocupara, que podía sostener los gastos mientras se acomodaba, y convertí aquella promesa en jornadas interminables, turnos adicionales y sábados que alguna vez habían sido nuestros.
No éramos ricos, pero tampoco nos faltaba comida, y yo me sentía orgulloso cuando podía llevar carne para la comida del domingo, pagar el recibo de la luz sin pedir prestado y guardar unos cuantos billetes dentro de una caja metálica para arreglar algún día la cocina. Karina solía decir que admiraba mi esfuerzo, aunque con el tiempo aquellas palabras comenzaron a escucharse más como una costumbre que como algo que realmente sintiera.
Mi hermano menor, Esteban, tenía treinta y cinco años y trabajaba por su cuenta instalando cancelería, reparando puertas y haciendo pequeños trabajos de mantenimiento. Desde jóvenes habíamos sido inseparables, de esos hermanos capaces de discutir por una tontería en la mañana y compartir una cerveza en la banqueta esa misma noche como si nada hubiera ocurrido.
Cuando nuestro padre enfermó años atrás, Esteban y yo nos turnamos para acompañarlo hasta el final, y aquella experiencia nos había unido todavía más. Por eso jamás me pareció extraño que comenzara a visitar nuestra casa cuando yo no estaba, especialmente porque siempre encontraba alguna cosa que arreglar.
—Se aflojó la puerta del patio, Mau, mañana paso a revisarla —me decía por teléfono. Yo le agradecía sin imaginar que un día llegaría a odiar haberle dado tanta confianza.
Karina también parecía encantada con su ayuda, pues le preparaba café de olla, calentaba pan dulce y algunas veces le mandaba conmigo recipientes de comida porque decía que Esteban siempre olvidaba almorzar cuando estaba trabajando. Yo veía aquella cercanía como una extensión de nuestra familia, algo afortunado en un mundo donde tantas personas apenas podían soportar a sus cuñados.
Las primeras dudas llegaron por comentarios que yo mismo me encargué de despreciar. Una vecina llamada Ofelia, mujer seria que vendía comida por encargo desde su casa, me detuvo una tarde cuando yo estacionaba la camioneta.
—Mauricio, no quiero meterme donde no me llaman, pero Esteban viene muchísimo cuando tú estás trabajando —murmuró. Yo sonreí incómodo y respondí que mi hermano estaba haciendo reparaciones, aunque en realidad hacía semanas que ninguna reparación importante estaba pendiente.
No quise pensar demasiado en ello, pero pequeñas cosas comenzaron a incomodarme, como encontrar una taza de barro que solo Esteban utilizaba todavía húmeda en el fregadero o descubrir que conocía conversaciones privadas que yo juraba no haberle contado. Karina siempre encontraba explicaciones fáciles, y yo siempre aceptaba esas explicaciones porque la alternativa me parecía demasiado monstruosa.
Después llegaron sus cambios de humor, su costumbre de poner el teléfono boca abajo y aquella forma extraña de sobresaltarse cuando yo aparecía antes de lo previsto. Una noche incluso me preguntó tres veces a qué hora terminaría mi turno del día siguiente, y cuando bromeé diciendo que parecía estar organizando una fiesta clandestina, su risa sonó forzada.
Aun así, seguí confiando hasta un martes de noviembre cuando recibí un mensaje desde un número desconocido mientras revisaba un cargamento de azulejos. No decía nada, solamente contenía una fotografía tomada desde cierta distancia.
En la imagen aparecía Karina cruzando el estacionamiento de una pequeña casa de huéspedes en un pueblo cercano, vestida con una blusa color vino que yo le había regalado semanas antes. Caminando a su lado, demasiado cerca para que aquello pareciera casual, estaba Esteban.
Su mano descansaba en la cintura de mi esposa.
Sentí un zumbido dentro de los oídos y tuve que apoyar una mano sobre unas cajas para mantener el equilibrio. Cerré la fotografía, volví a abrirla y acerqué la imagen hasta distinguir incluso el reloj oscuro que mi hermano llevaba desde hacía años.
Aquella noche regresé a casa sin decirle nada a Karina, aunque apenas pude probar la cena. Ella habló sobre el precio de las verduras y una gotera imaginaria cerca del lavadero mientras yo contemplaba su rostro intentando reconocer a la mujer con quien había compartido más de una década.
Durante tres días observé todo sin confrontarla, y aquella espera fue peor que cualquier discusión. Descubrí llamadas borradas, cambios repentinos de planes y un contacto guardado como “Maestro Julio” cuyo número conocía demasiado bien porque era el de Esteban.
Entonces entendí que no necesitaba más pruebas.
Necesitaba escuchar la verdad de sus propias bocas.
Parte 2: Dos personas queridas sosteniendo la misma mentira
El viernes siguiente le dije a Karina que debía viajar a Atlixco para resolver un problema con un proveedor y que probablemente regresaría después de las nueve. En realidad salí del trabajo poco después de las cuatro y conduje directamente a casa sintiendo que cada semáforo tardaba una eternidad.
Dejé la camioneta dos calles atrás para que nadie escuchara el motor y caminé hasta nuestra puerta, donde descubrí que la reja estaba cerrada pero la puerta principal permanecía apenas entreabierta. Antes de entrar escuché risas provenientes del comedor, seguidas por la voz de Esteban diciendo algo que no logré entender.
Avancé despacio hasta quedar detrás del muro que separaba la sala de la cocina. Karina habló entonces con un tono bajo y nervioso que jamás había utilizado conmigo.
—Mauricio está empezando a sospechar, te dije que ya no vinieras tan seguido. Esteban respondió que yo jamás imaginaría algo así porque confiaba demasiado en ambos.
Aquella frase hizo que toda la sangre me golpeara la cabeza.
Entré.
Karina se levantó tan rápido que empujó una silla hacia atrás, mientras Esteban retiraba la mano que tenía apoyada sobre su rodilla. Sobre la mesa había café recién servido, una bolsa de conchas y dos teléfonos colocados uno junto al otro como si aquello fuera una tarde cualquiera.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Karina con el rostro completamente pálido. Yo no respondí, solamente saqué mi celular, abrí la fotografía y lo dejé sobre la mesa frente a ellos.
Esteban miró la pantalla y después me miró a mí.
Por primera vez en mi vida vi miedo verdadero en los ojos de mi hermano.
—Mau, puedo explicarlo.
—Claro que vas a explicarlo —contesté, intentando mantener la voz firme mientras sentía que las manos me temblaban—, pero no aquí.
Karina quiso acercarse y yo levanté una mano para detenerla, no con violencia, sino porque no soportaba que me tocara. La mujer con quien había dormido miles de noches acababa de convertirse en una desconocida frente a mis ojos.
Le dije a Esteban que me encontrara una hora después en una pequeña bodega abandonada que había pertenecido años atrás a nuestro tío Rogelio, en las afueras del pueblo. No quería vecinos escuchando, ni familiares interviniendo, ni a Karina acomodando las palabras de ambos para crear otra mentira.
Salí de casa antes de que alguno pudiera detenerme y conduje sin rumbo durante casi cuarenta minutos. Pasé frente a mercados, talleres y fondas que conocía desde siempre, pero aquella tarde todo parecía pertenecer a la vida de otra persona.
Recordé cómo Esteban había sido mi padrino de bodas, parado junto a mí mientras Karina y yo prometíamos respetarnos. Recordé también todas las veces que él había cenado en nuestra mesa mientras yo hablaba de mis planes para ahorrar y abrir algún día un pequeño negocio familiar.
Cuando llegué a la bodega, Esteban ya estaba allí.
Llevaba una chamarra de mezclilla gris, las manos metidas en los bolsillos y una expresión que parecía pedir perdón incluso antes de pronunciar una palabra.
—Dime cuánto tiempo —exigí.
—Mauricio, primero tienes que escuchar cómo empezó.
—No me importa cómo empezó, quiero saber cuánto tiempo llevas acostándote con mi esposa.
Esteban cerró los ojos.
—Un año y medio.
Aquellas cuatro palabras destruyeron lo poco que todavía intentaba sostener dentro de mí.
Mientras yo aceptaba horas adicionales, conducía con sueño y llegaba con los hombros adoloridos para garantizar que Karina pudiera vivir tranquila, mi hermano cruzaba la puerta de mi casa aprovechando exactamente mi ausencia. No había sido un error impulsivo ni una noche absurda, sino dieciocho meses de decisiones cuidadosamente escondidas.
—Ella se sentía sola —dijo Esteban—, y tú casi nunca estabas.
Me quedé observándolo, incapaz de creer que hubiera pronunciado aquello.
—Yo no estaba porque estaba trabajando para pagar la casa donde ustedes me traicionaban.
Esteban intentó corregirse inmediatamente y aseguró que no estaba culpándome, pero ya era demasiado tarde. Explicó que comenzaron hablando durante las reparaciones, que Karina atravesaba una etapa difícil y que un día se abrazaron más de la cuenta.
Después vinieron mensajes ocultos, encuentros en cafés alejados, tardes en casas prestadas y finalmente aquella pequeña posada donde alguien los había fotografiado. Según él, intentaron terminar varias veces, pero siempre regresaban.
—Te quiero, hermano —dijo con lágrimas en los ojos—, y sé que esto suena absurdo después de lo que hice.
No le respondí.
Porque en aquel momento comprendí algo todavía peor que la infidelidad.
Ambos me habían visto regresar agotado durante cientos de noches, ambos habían escuchado mis planes para nuestro futuro y ninguno había considerado que yo mereciera conocer la verdad.
Parte 3: La decisión que estuvo a punto de destruir tres vidas
La discusión creció rápidamente, y cada nueva explicación de Esteban parecía transformar mi dolor en algo más peligroso. Él repetía que nunca quiso lastimarme, mientras yo caminaba de un lado a otro preguntándole cómo alguien podía traicionar durante dieciocho meses a una persona que supuestamente amaba.
En un momento Esteban se acercó para colocar una mano sobre mi hombro, y yo lo aparté bruscamente. Tropezó contra una mesa de madera, varias herramientas viejas cayeron al piso y durante unos segundos los dos quedamos respirando con dificultad, mirándonos como dos desconocidos.
—No me toques —le advertí.
—Mauricio, cálmate.
Aquella palabra fue lo peor que pudo decirme.
Lo empujé nuevamente y Esteban me sujetó de los brazos, quizás intentando evitar que la situación empeorara, pero el forcejeo nos llevó contra unas cajas abandonadas. Sentí un impulso terrible de seguir peleando hasta que vi su rostro asustado y, detrás de aquel miedo, reconocí al niño que décadas atrás se había escondido conmigo debajo de una mesa durante una tormenta.
Me quedé inmóvil.
Esteban también.
Apenas habían pasado unos segundos, pero comprendí con una claridad aterradora que estaba a punto de tomar una decisión que ninguna disculpa podría borrar.
Me aparté.
—Vete de aquí.
—Mau…
—¡Vete!
Esteban caminó hacia la salida, pero antes de cruzar la puerta se volvió.
—Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero no hagas algo de lo que después no puedas regresar.
La ironía de escucharlo hablar sobre decisiones irreversibles casi me hizo reír.
Sin embargo, sus palabras me salvaron de convertirme en alguien que no quería ser.
Permanecí solo dentro de aquella bodega durante casi una hora, sentado sobre un costal vacío mientras la rabia disminuía lo suficiente para dejar espacio al dolor. Después saqué el teléfono y llamé a mi prima Verónica, una mujer tranquila que trabajaba en una oficina administrativa y que siempre había sido la persona más sensata de nuestra familia.
No le conté todos los detalles, solamente le dije que necesitaba pasar aquella noche lejos de casa. Verónica escuchó mi voz y entendió que algo grave había sucedido, así que me dijo que fuera directamente a su departamento.
Antes de ir, envié un solo mensaje a Karina.
“Mañana hablaremos. Esta noche no quiero verte.”
Dormí muy poco, pero esas horas lejos de ella me permitieron pensar con mayor claridad. Cuando amaneció ya sabía que no quería vengarme, porque ninguna humillación justificaría destruir el resto de mi vida.
Lo que sí quería era la verdad completa.
Regresé a casa poco después del mediodía y encontré a Karina sentada en la sala con los ojos hinchados. Había una maleta pequeña junto al sillón, aunque no sabía si pretendía irse o simplemente esperaba que yo la expulsara.
—Esteban ya te contó —dijo.
—Me contó su versión.
Karina permaneció en silencio durante varios segundos antes de admitir que la relación había comenzado aproximadamente año y medio atrás. Según ella, la soledad y el resentimiento fueron creciendo mientras yo dedicaba prácticamente toda mi energía al trabajo.
—No estoy diciendo que sea tu culpa —añadió rápidamente—, solamente trato de explicarte cómo llegué hasta ahí.
—Entonces explícamelo sin usar mi trabajo como excusa.
Aquella frase la hizo llorar.
Durante más de una hora escuché detalles que preferiría no haber conocido, aunque necesitaba entender hasta dónde había llegado el engaño. Descubrí que incluso habían utilizado celebraciones familiares como oportunidad para verse después, mientras yo acompañaba a algún pariente o hacía compras.
Lo más doloroso ocurrió cuando pregunté quién había enviado la fotografía.
Karina bajó la mirada.
—Creo que fue Abril.
Abril era la prometida de Esteban.
Sentí que el estómago se me cerraba, porque aquella historia no había destruido solamente mi matrimonio. Mi hermano había estado engañando al mismo tiempo a la mujer con quien planeaba casarse.
Llamé a Abril esa misma tarde.
Cuando escuchó mi nombre comenzó a llorar antes de que yo pudiera preguntar nada.
Ella había descubierto mensajes semanas atrás, siguió a Esteban y tomó varias fotografías desde su automóvil. No me las envió inmediatamente porque esperaba reunir valor suficiente para enfrentar una verdad que también estaba destruyendo su propia vida.
—Perdóname por mandártela sin explicación —me dijo—, pero pensé que si te llamaba, él podría convencerte de que yo estaba mintiendo.
Le respondí que no tenía nada que perdonarle.
La fotografía no había destruido mi matrimonio.
Solo había iluminado lo que ya estaba roto.
Parte 4: Nuestra familia descubrió el secreto durante una comida imposible
Mi madre vivía en otra ciudad y había logrado mantenerse lejos de nuestras dificultades desde la muerte de mi padre, pero aquello cambió cuando Esteban la llamó desesperado intentando explicar por qué su compromiso con Abril había terminado. Antes de que finalizara aquel fin de semana, casi toda nuestra familia sabía que algo grave estaba ocurriendo.
El domingo, mi tía Teresa insistió en reunirnos en su casa porque temía que la situación terminara dividiendo a todos en bandos. Yo no quería asistir, pero acepté únicamente porque estaba cansado de escuchar versiones incompletas circulando entre primos, tíos y vecinos.
Cuando llegué, Karina ya estaba allí.
Esteban apareció veinte minutos después acompañado por nuestra madre, quien tenía los ojos enrojecidos y parecía haber envejecido varios años durante aquella semana.
Abril también acudió porque yo se lo pedí.
Durante los primeros minutos nadie sabía dónde mirar, y el único sonido constante provenía de un ventilador viejo girando junto a la ventana. Finalmente mi madre preguntó si era verdad que Esteban había mantenido una relación con Karina.
Él respondió que sí.
Mi madre cerró los ojos y comenzó a llorar.
—Tu propio hermano, Esteban.
No gritó ni golpeó la mesa, y precisamente por eso aquellas palabras parecieron más duras.
Karina intentó decir que ambos habían cometido errores porque se sentían ignorados en sus respectivas relaciones, pero Abril la interrumpió. Sacó una carpeta del bolso y colocó sobre la mesa impresiones de mensajes y comprobantes que demostraban que la relación continuaba incluso en semanas donde ambos aseguraban haber intentado terminarla.
—No fue un accidente —dijo Abril con la voz quebrada—. Fueron cientos de decisiones.
Nadie pudo discutir aquello.
Esteban agachó la cabeza.
Entonces mi madre se volvió hacia mí y preguntó qué pensaba hacer.
Miré a Karina.
Durante días había imaginado discursos llenos de rabia, pero cuando finalmente tuve a toda mi familia frente a mí descubrí que ya no quería demostrar nada.
—Voy a separarme.
Karina comenzó a llorar inmediatamente.
—Mauricio, por favor, no tires doce años por esto.
Aquella frase me hizo sentir una mezcla extraña de tristeza e incredulidad.
—Yo no tiré doce años, Karina. Tú decidiste arriesgarlos cada vez que abriste esa puerta cuando yo no estaba.
No levanté la voz.
Tampoco insulté a Esteban.
Les expliqué que ninguno de los dos volvería a decidir cómo debía reaccionar yo ante una traición que ellos habían construido durante año y medio.
Mi relación con Esteban también terminó aquel día, al menos por entonces. Le dije que no sabía si algún día podría perdonarlo, pero que definitivamente no podía seguir fingiendo que seguíamos siendo los mismos hermanos.
Abril terminó su compromiso frente a todos.
Sacó de su bolso una pequeña caja que Esteban reconoció inmediatamente y la colocó junto a sus manos.
—No quiero casarme con alguien a quien debo investigar para saber dónde está.
Él no intentó detenerla.
Tal vez comprendía que había perdido ese derecho.
Durante los meses siguientes mi vida cambió por completo. Dejé la casa donde había vivido con Karina y renté un pequeño departamento cerca del trabajo mientras abogados tramitaban nuestra separación de manera civil.
La casa se vendió y cada uno recibió la parte que correspondía según nuestros acuerdos. Karina se mudó con una prima y consiguió trabajo en una tienda de decoración, mientras Esteban perdió varios clientes porque los rumores familiares se extendieron, aunque yo nunca pedí a nadie que dejara de contratarlo.
También reduje mis horas en la distribuidora.
Al principio mi jefe pensó que estaba enfermo porque jamás rechazaba trabajo adicional, pero le expliqué que había descubierto demasiado tarde que ganar dinero no podía convertirse en la única estructura de una vida.
Empecé a visitar más a mi madre, retomé amistades que había descuidado y volví a cocinar los domingos aunque fuera únicamente para mí. Algunas noches seguía sintiendo una rabia sofocante, pero cada vez que recordaba aquella bodega entendía que marcharme había sido la primera decisión verdaderamente importante de mi nueva vida.
Parte 5: Años después entendí quién había perdido realmente todo
Pasaron casi tres años antes de que volviera a sentarme frente a Esteban.
Nuestra madre cumplía sesenta y siete años y había pedido como único regalo que sus dos hijos pudieran compartir la misma mesa sin convertir su cumpleaños en otro recuerdo doloroso. Acepté por ella, aunque dejé claro que sentarnos juntos no significaba fingir que nada había ocurrido.
Esteban llegó temprano.
Se veía diferente, más delgado y tranquilo, con algunas canas visibles cerca de las sienes.
Después de comer me pidió caminar conmigo hasta la pequeña plaza cercana.
Yo acepté.
Durante varios minutos avanzamos sin hablar entre vendedores de nieves y familias que paseaban bajo los árboles. Finalmente Esteban se detuvo junto a una banca y me dijo algo que llevaba años esperando escuchar.
—No fue porque tú trabajaras demasiado.
Lo miré.
—Ya lo sé.
—No, quiero decir que durante mucho tiempo usé eso para justificarme, pero fue una mentira. Tú podías haber trabajado veinte horas diarias y aun así yo tenía mil formas de no traicionarte.
No respondí inmediatamente.
Esteban explicó que había asistido a terapia, que perdió a Abril definitivamente y que desde entonces no había mantenido ninguna relación seria porque primero necesitaba entender cómo había llegado a traicionar a alguien que siempre lo había protegido.
—No espero que vuelvas a confiar en mí —dijo—, solo quería dejar de esconderme detrás de excusas.
Aquella disculpa no reparó nuestra relación.
Pero por primera vez permitió que existiera algo diferente al odio entre nosotros.
Karina también intentó comunicarse conmigo varias veces durante aquellos años. Al principio ignoré sus mensajes, hasta que finalmente acepté tomar un café en un restaurante pequeño y neutral porque comprendí que ya no tenía miedo de escucharla.
Llegó nerviosa.
Me dijo que no esperaba reconciliarnos y que sabía que aquella puerta estaba cerrada.
—Solo quería pedirte perdón sin decir que estaba sola, sin hablar de tus horarios y sin culpar a nadie más —explicó—. Lo hice porque quise hacerlo, Mauricio.
Aquellas palabras habrían significado muchísimo tres años antes.
Ahora simplemente significaban que ambos habíamos llegado finalmente a la misma verdad.
Le deseé que pudiera construir una vida mejor y me despedí.
No volvimos a vernos.
Por mi parte, terminé abandonando la distribuidora y utilicé mis ahorros para abrir una pequeña ferretería con un amigo de juventud. El negocio comenzó con poco más que estantes de madera, pintura, tornillos, herramientas y una caja registradora sencilla, pero por primera vez sentía que trabajaba para construir algo que también me permitía vivir.
A veces clientes antiguos preguntaban por Karina o por Esteban porque los rumores de una colonia pueden sobrevivir durante años. Yo aprendí a responder simplemente que cada quien había seguido su camino, porque contar la historia una y otra vez habría permitido que aquella traición siguiera gobernando mi presente.
Lo más extraño es que durante mucho tiempo pensé que ellos me habían quitado mi dignidad.
Ahora entiendo que la dignidad no era algo que Karina pudiera llevarse escondiendo mensajes ni algo que Esteban pudiera destruir entrando a mi casa mientras yo trabajaba.
Pude perderla yo mismo aquella tarde en la bodega.
Estuve cerca.
Si hubiera convertido mi rabia en algo irreversible, quizá habría pasado el resto de mi vida intentando explicar una decisión tomada durante unos minutos de furia. En cambio abrí las manos, dejé de forcejear y le ordené a mi hermano que se marchara.
Esa elección no hizo desaparecer el dolor.
Simplemente evitó que el dolor decidiera quién sería yo para siempre.
Hoy todavía existen fotografías familiares donde aparecen Karina, Esteban y yo sonriendo juntos durante cumpleaños, posadas y comidas de domingo. No las rompí, porque pertenecen a una época en la que mi felicidad era verdadera incluso si algunas personas que aparecían junto a mí terminaron convirtiéndose en desconocidos.
Tampoco perdoné de una manera perfecta y cinematográfica.
Hay heridas que dejan cicatrices, y aceptar eso resulta mucho más sano que fingir que nunca dolieron.
Esteban y yo podemos hablar ahora, aunque nuestra relación jamás volvió a ser la misma. Existe respeto, cierta distancia y una conciencia permanente de que algunas cosas reconstruidas nunca recuperan exactamente su forma original.
Mi madre considera aquello suficiente.
Quizá tenga razón.
Cuando recuerdo al Mauricio que recibió aquella fotografía entre montones de cajas y polvo de cemento, siento compasión por él porque todavía creía que descubrir una traición era lo peor que podía ocurrirle. No sabía que el verdadero peligro comenzaba después, cuando debía elegir entre permitir que la rabia terminara de destruirlo o caminar hacia una vida que todavía no podía imaginar.
Karina eligió traicionarme.
Esteban eligió traicionar a su propio hermano.
Pero yo también tuve una elección.
Y aunque perdí mi matrimonio, mi casa, muchos recuerdos y la confianza que había depositado en dos de las personas más cercanas a mí, aquella tarde decidí no perderme a mí mismo.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.