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Me pagaban por entrar donde nadie quería volver, pero después de que mi compañero murió hablando de una criatura imposible, mi perro comenzó a advertirme antes que yo

Me pagaban por entrar donde nadie quería volver, pero después de que mi compañero murió hablando de una criatura imposible, mi perro comenzó a advertirme antes que yo

Parte 1 — Vivo de entrar a lugares que otros prefieren olvidar

Me llamo Emiliano Varela, tengo treinta y dos años y, cuando alguien me pregunta a qué me dedico, suelo responder que hago trabajos raros porque explicar la verdad siempre tarda demasiado. No soy investigador privado, tampoco periodista ni guardia de seguridad, pero la gente me busca cuando tiene una propiedad abandonada, una construcción con mala fama o un terreno donde ocurre algo que nadie quiere denunciar porque teme terminar convertido en el chiste del pueblo.

He pasado noches enteras dentro de haciendas vacías donde los trabajadores aseguraban escuchar pasos en habitaciones clausuradas, he recorrido túneles mineros cuyos planos dejaron de existir décadas atrás y una vez dormí frente a un pozo antiguo porque una familia de Zacatecas juraba que cada madrugada alguien retiraba las piedras con las que ellos mismos lo tapaban. La mayoría de las veces encuentro explicaciones normales: animales, madera expandiéndose con la humedad, personas entrando a escondidas o estructuras tan deterioradas que cualquier ruido parece sobrenatural.

Otras veces no encuentro explicación.

Vivo en una camioneta adaptada con una pequeña cama, cajas de herramientas, botiquín, comida enlatada, baterías, cámaras y suficiente equipo para desaparecer varios días sin necesitar nada. No gano una fortuna, pero tampoco necesito demasiado, y desde hace casi diez años he aprendido que cuando uno vive entrando a sitios que llevan décadas vacíos, acumular objetos comienza a parecer una costumbre bastante absurda.

Mi compañero se llama Tacho.

Es un perro mestizo de pastor, grande, café oscuro, con una mancha blanca en el pecho y un paliacate morado que mi madre le compró cuando todavía era cachorro. Llegó a mi casa cuando yo tenía diecisiete años y desde entonces desarrolló la costumbre de seguirme a cualquier lugar, incluso cuando comencé a hacer recorridos nocturnos por edificios abandonados mientras estudiaba mantenimiento industrial.

Nunca lo entrené para atacar.

Lo entrené para quedarse cerca, detenerse cuando yo se lo ordenaba y avisarme si detectaba movimiento, animales o cualquier cosa que no pudiera ver. Con los años comprendí que su verdadera utilidad no era obedecerme, sino ignorarme cuando yo estaba cometiendo una estupidez.

Si Tacho se detiene, yo me detengo.

Si retrocede, retrocedo.

Si se niega a cruzar una puerta, esa puerta puede quedarse cerrada para siempre.

La gente cree que exagero cuando lo digo, pero sigo trabajando precisamente porque hace tiempo aprendí cuatro reglas que nunca rompo.

La primera es pedir permiso siempre que sea posible.

No solo permiso legal.

Antes de entrar a una construcción vieja, me paro frente a la puerta y digo mi nombre en voz alta.

—Soy Emiliano. Vengo a mirar, documentar y marcharme. No voy a llevarme nada.

Después dejo una pequeña pieza de piloncillo o un dulce envuelto junto a la entrada.

La costumbre viene de mi abuela Soledad, nacida en una comunidad serrana de Hidalgo, quien estaba convencida de que los lugares también conservaban memoria. Ella decía que uno nunca debía entrar a una casa abandonada comportándose como si estuviera vacía, porque quizá lo único que había cambiado era aquello que vivía dentro.

De niño me parecía una superstición.

Ahora lo hago siempre.

Quizá me obliga simplemente a reducir la velocidad y observar antes de entrar.

Quizá existe otra razón.

No necesito saberlo.

La segunda regla es todavía más sencilla.

No tomo nada.

Ni monedas.

Ni fotografías viejas.

Ni herramientas.

Ni recuerdos que parezcan abandonados.

Aprendí esa regla gracias a Mauricio Ledezma.

Mauricio tenía veintinueve años, grababa recorridos para una pequeña página de videos y estaba convencido de que algún día viviría de explorar lugares abandonados. Era simpático, impulsivo y completamente incapaz de distinguir entre encontrar algo interesante y tener derecho a llevárselo.

Trabajamos juntos varias veces.

Tacho lo adoraba.

Hasta la tarde en que entramos a una clínica abandonada en las montañas de Puebla.

El edificio llevaba más de treinta años vacío.

Había camas oxidadas, expedientes destruidos por la humedad y gabinetes abiertos desde quién sabía cuándo.

En una pequeña sala del segundo piso, Mauricio encontró una antigua pieza anatómica de demostración, una figura de yeso con forma de cráneo humano utilizada años atrás para enseñar medicina.

—Esto quedaría increíble en mi estudio —dijo.

—Déjalo.

—Está abandonado.

—Nosotros también estaremos abandonados algún día. Eso no significa que alguien pueda llevarse nuestros dientes.

Se rio.

Tacho no.

El perro se quedó completamente quieto.

Bajó la cabeza.

Retrocedió hasta colocarse detrás de mí.

Mauricio guardó la pieza en su mochila.

Fue la última vez que lo vi vivo.

Tres meses después recibí una llamada de la policía municipal.

Habían encontrado su cuerpo dentro de un tanque de agua vacío sobre el techo de la misma clínica.

No tenía lesiones suficientes para explicar cómo había muerto.

Sus zapatos estaban perfectamente acomodados al pie de la escalera.

La mochila apareció abierta junto al tanque.

La pieza que había robado no estaba.

Tampoco encontraron una de sus orejas.

Lo más extraño fue una hoja doblada dentro de su chamarra.

Mauricio había escrito que algo llevaba semanas siguiéndolo.

Decía que tenía tres ojos.

Tres brazos.

Tres piernas.

Y que algunas noches escuchaba su respiración detrás de la cama.

La investigación terminó sin una explicación clara.

Yo terminé con una nueva regla escrita en mi libreta.

No tomar nada.

Nunca.

Parte 2 — La misma descripción apareció en una historia contada a cientos de kilómetros

Después de la muerte de Mauricio, Tacho cambió.

Comenzó a revisar las habitaciones antes de dejarme entrar y desarrolló la costumbre de observar durante varios segundos los pasillos largos, como si necesitara asegurarse de que realmente estuvieran vacíos. Yo también cambié, aunque tardé más en aceptarlo.

Mi tercera regla nació entonces.

Nunca entrar solo.

Para mí, tener compañía significaba tener a Tacho.

No porque pudiera rescatarme si un techo se derrumbaba, sino porque parecía percibir cosas antes de que yo comprendiera que existía un problema.

Dos años después estaba trabajando cerca de Real de los Vientos, un pueblo ficticio del norte de Chihuahua que había vivido de una mina hasta que el yacimiento cerró y cientos de personas se marcharon. Un cliente quería fotografías de varias construcciones antiguas antes de comprar parte del terreno.

El trabajo fue normal.

Por la noche entré en una cantina pequeña cerca de la carretera para cenar.

Tacho se acomodó debajo de la mesa.

En otra esquina había cuatro excursionistas hablando sobre una montaña ubicada varios kilómetros al norte.

No estaba prestando demasiada atención hasta que escuché una frase.

—Dicen que tiene tres ojos.

Mi tenedor se quedó detenido.

Los jóvenes contaban una leyenda local.

Décadas atrás, dos mineros habían quedado atrapados durante una tormenta invernal en una caseta de exploración. Cuando los rescatistas llegaron varios días después, solo encontraron a uno.

Según la historia, el superviviente había hecho cosas desesperadas para mantenerse con vida.

Después desapareció.

Años más tarde comenzaron a circular historias sobre una figura que caminaba por los barrancos durante las noches frías.

Una criatura torcida.

Tres brazos.

Tres piernas.

Tres ojos.

Los excursionistas se reían.

Yo no.

Era exactamente la descripción escrita por Mauricio antes de morir.

Pregunté dónde habían escuchado aquello.

—Un viejo en una gasolinera —respondió uno—. Dice que nadie de aquí sube a esa montaña después de diciembre.

El encargado de la cantina, que llevaba varios minutos escuchándonos, dejó un plato sobre la barra.

—Mejor dejen esas cosas quietas.

Los jóvenes volvieron a reír.

El hombre no.

—¿Usted ha visto algo? —pregunté.

Me miró.

—He visto gente entrar.

—¿Y salir?

No respondió.

Aquella noche escribí cada detalle en mi libreta.

No fui a la montaña.

Ese era precisamente el objetivo de tener reglas.

Pero durante meses seguí encontrando historias parecidas.

Una mujer de Sonora mencionó animales encontrados mutilados cerca de una mina clausurada.

Un mecánico de Durango habló de una figura demasiado alta junto a una carretera.

Después apareció una publicación anónima sobre un trabajador que juraba haber visto tres reflejos de ojos dentro de un edificio industrial.

Nada demostraba conexión.

Pero tampoco podía ignorar el patrón.

La cuarta regla se volvió entonces más importante que todas las anteriores.

Siempre hago reconocimiento antes de aceptar quedarme en un lugar.

Visito la zona con luz.

Reviso accesos.

Hablo con vecinos.

Compruebo estructuras.

Busco salidas.

Una dirección interesante en internet puede ser una ruina demasiado peligrosa para cruzar o simplemente un terreno donde demolieron todo seis meses antes.

Y una tarde, precisamente por hacer reconocimiento, encontré a un muchacho que habría terminado muy mal.

Se llamaba Gael.

Tenía diecisiete años.

Me había enviado un mensaje preguntando por un complejo administrativo abandonado cerca de Valle Ceniciento, una población ficticia en el límite entre Coahuila y Durango.

Su mensaje parecía demasiado específico.

Cuando llegué al lugar y marqué su número, escuché un teléfono sonar dentro del edificio.

—No puede ser —murmuré.

Tacho levantó las orejas.

Entramos.

Veinte minutos después encontramos a Gael atrapado detrás de una estructura metálica que había caído desde el techo.

No estaba herido.

Solo aterrorizado.

—No te muevas —le dije.

Regresé por una barra de metal que llevaba en la camioneta.

Al volver, Tacho estaba acostado frente a la entrada del pasillo.

No quiso avanzar.

—Vamos.

Nada.

Sus ojos permanecían clavados en la oscuridad.

Entonces escuché algo.

Arrastre.

Lento.

Pesado.

Me agaché.

Gael dejó de respirar casi por completo.

Y desde el extremo del pasillo apareció una figura.

Al principio pensé que era un animal herido.

Después levantó una de sus cabezas.

Porque tenía dos.

Un torso parecía dividirse desde los hombros.

Tres brazos colgaban de lados diferentes.

Tres piernas avanzaban con un movimiento irregular.

Y sobre uno de aquellos rostros había tres ojos colocados casi en línea.

Arrastraba los restos de un venado.

Gael abrió la boca.

Le cubrí los labios con una mano.

La criatura se detuvo.

Una de las cabezas giró.

Olfateó el aire.

Tacho no gruñó.

Nunca había visto a mi perro quedarse tan quieto.

Después de varios segundos, aquello continuó caminando y desapareció detrás de una pared.

Esperé un minuto completo.

Liberé a Gael.

Y salimos.

No corrimos hasta llegar al exterior.

Solo entonces entendí que mis piernas estaban temblando.

La descripción de Mauricio no había sido una alucinación.

Yo acababa de verla.

Parte 3 — Intenté advertir a todos, pero el lugar comenzó a cobrar consecuencias

Llevé personalmente a Gael hasta su casa.

Sus padres pensaban que había pasado la tarde con amigos.

No les contamos exactamente lo ocurrido.

Solo dije que había entrado en una construcción peligrosa y quedado atrapado.

Gael permaneció en silencio durante todo el trayecto.

Antes de bajar del vehículo me preguntó:

—¿Tú también lo viste?

—Sí.

—Entonces no estoy loco.

—No.

Me miró.

—¿Qué era?

No tenía respuesta.

Un mes después regresé a Valle Ceniciento.

El edificio estaba rodeado por una nueva cerca.

Un letrero anunciaba un proyecto turístico privado que convertiría el terreno en alojamiento y centro de eventos.

Había maquinaria trabajando.

Hablé con un encargado llamado Octavio.

—¿Han tenido problemas dentro?

Su expresión cambió.

—¿Por qué pregunta?

—Conozco el edificio.

Octavio terminó confesando que durante las primeras semanas habían ocurrido varios accidentes.

Una plataforma cedió aunque había sido inspeccionada esa misma mañana.

Un trabajador cayó por unas escaleras.

Otro juró que alguien había escondido sus herramientas dentro de un cuarto cerrado.

Después hubo un incendio pequeño sin causa clara.

—Nada grave —dijo Octavio.

Pero su voz no coincidía con las palabras.

—No trabajen ahí de noche.

—¿Por qué?

Miré hacia las ventanas vacías.

—Porque no conocen ese lugar.

No le conté el resto.

Regresé a mi camioneta.

Durante días pensé en aquello.

También pensé en Mauricio.

Quizá alguien habría podido advertirle antes de que regresara a la clínica.

Quizá no habría servido.

Finalmente escribí tres cartas anónimas.

Una para los responsables del proyecto.

Otra para el propietario.

Otra para las autoridades municipales.

No describí una criatura.

Hablé de un peligro desconocido dentro del edificio, de accidentes repetidos y de la necesidad de clausurar determinadas zonas.

Incluí un croquis.

Nadie respondió.

Una semana después, la obra fue suspendida.

Nunca supe por qué.

Tacho y yo continuamos trabajando.

Intenté aceptar encargos pequeños.

Casas vacías.

Una estación de ferrocarril abandonada.

Una fábrica de ladrillo.

Nada demasiado remoto.

Sin embargo, las historias sobre la criatura siguieron apareciendo.

Siempre en sitios abandonados.

Siempre cerca de lugares donde alguien había muerto, desaparecido o dejado algo que después otra persona decidió llevarse.

Comencé a preguntarme si Mauricio había sido seguido porque tomó aquella pieza de la clínica.

También pensé en la antigua historia de los mineros.

Tal vez aquel superviviente había sacado algo de la montaña.

Tal vez la criatura no pertenecía a ningún lugar en particular.

Tal vez seguía a quienes cruzaban algún límite que no entendíamos.

Una noche desperté dentro de mi camioneta porque Tacho estaba sentado frente a la puerta.

No ladraba.

Solo observaba.

Afuera no había nada.

Pero sobre la tierra, junto a la rueda trasera, encontré tres marcas paralelas.

Parecían huellas.

No humanas.

Tampoco de animal.

Encendí el motor.

Nos marchamos antes del amanecer.

Desde entonces dejé de publicar ubicaciones exactas.

No quería que otros fueran a buscar aquello por curiosidad.

Porque descubrí otra cosa sobre la gente.

Si les dices que algo puede matarlos, algunos se alejan.

Otros preguntan dónde está.

Parte 4 — Un encargo en una mina olvidada terminó conectando todas las historias

Meses después recibí un mensaje de una mujer llamada Abril Córdova.

Su familia había heredado terrenos en la Sierra del Mezquite, una región ficticia del norte de Zacatecas, donde existían restos de un antiguo campamento minero.

Querían vender.

Pero varias personas que habían ido a medir la propiedad se negaban a regresar.

Uno aseguró escuchar golpes bajo tierra.

Otro encontró ganado muerto cerca de una entrada sellada.

El último dijo haber visto luces dentro de un túnel sin electricidad.

Abril ofrecía suficiente dinero para que yo pasara dos noches inspeccionando el lugar.

Rechacé la primera oferta.

Después pregunté por los antecedentes.

Me envió documentos, mapas y fotografías.

En una imagen antigua reconocí un símbolo pintado en la pared.

Tres círculos.

Tres líneas.

Tres puntos debajo.

Era parecido al dibujo que Mauricio había garabateado junto a su nota.

Acepté hacer únicamente reconocimiento.

Tacho y yo llegamos por la mañana.

El campamento estaba formado por seis construcciones de piedra, un almacén sin techo y la entrada principal de una mina cerrada con planchas metálicas.

El silencio era extraño.

Ni pájaros.

Ni insectos.

Tacho caminó junto a mí sin separarse.

Frente a una casa derrumbada dije mi nombre.

Dejé un pequeño trozo de piloncillo.

Cuando estaba por entrar, Tacho gruñó.

Primera vez en años.

Retrocedí.

Entonces escuché un golpe debajo de nosotros.

Otro.

Otro.

Tres golpes.

Nos alejamos.

Revisé el resto del campamento.

En la última construcción encontré una libreta protegida dentro de una caja metálica oxidada.

No la toqué.

Fotografié las páginas.

Parecía un registro de trabajadores de los años sesenta.

Varios nombres estaban tachados.

Junto a tres de ellos aparecía la misma frase:

“Se lo llevó después de tomar lo que no era suyo.”

Me quedé mirando aquello durante varios minutos.

Después apareció otra anotación.

“Si escuchas tres golpes, no respondas.”

Justo entonces sonaron tres golpes desde la pared detrás de mí.

Tacho salió corriendo.

Yo lo seguí.

No miré atrás hasta alcanzar la camioneta.

Esa noche dormimos en el pueblo cercano.

Abril vino a verme.

Le mostré las fotografías.

Ella permaneció callada.

—Mi abuelo trabajó allí —dijo finalmente.

—¿Nunca habló del lugar?

—Una vez.

Esperé.

—Dijo que algunos hombres encontraron una cámara bajo la mina que no aparecía en ningún plano. Había huesos, objetos antiguos y algo que parecía una figura tallada en piedra.

—¿Qué pasó?

—Uno de ellos se llevó una pieza.

Sentí frío.

—¿Qué pieza?

—Una cara.

Abril respiró.

—Tenía tres ojos.

No regresé aquella noche.

Recomendé cerrar completamente los accesos.

La familia aceptó.

Pero antes de marcharme, Abril me entregó una vieja fotografía de su abuelo junto a otros trabajadores.

En el fondo, apenas visible, había una figura.

Alta.

Torcida.

Tres extremidades tocaban el suelo.

Y por primera vez comprendí que aquello llevaba décadas, quizá siglos, apareciendo cerca de personas que tomaban objetos de lugares donde nunca debieron entrar.

Mauricio no había sido el comienzo.

Solo había sido uno más.

Parte 5 — Ahora sé que las reglas no son supersticiones, pero todavía no sé quién las escribió primero

Volví a casa de mi madre después de casi tres meses viajando.

Tacho ya era viejo.

Subía las escaleras despacio y dormía más horas, pero cuando entramos al patio volvió a convertirse durante unos minutos en el cachorro que corría detrás de mí.

Mi madre vio las nuevas canas alrededor de su hocico.

—Ya deberían retirarse los dos.

Sonreí.

—Él probablemente sí.

—Tú también.

No respondí.

Durante semanas organicé todos mis registros.

Mauricio.

La clínica.

La leyenda de Chihuahua.

El edificio donde encontré a Gael.

La mina de Abril.

En cada historia aparecía la misma secuencia.

Un lugar abandonado.

Algo tomado.

Una presencia posterior.

Tres.

Siempre tres.

Busqué relatos antiguos.

Encontré versiones dispersas en distintos estados, ninguna idéntica.

Una hablaba de un espíritu minero que recogía deudas.

Otra, de una criatura nacida donde murieron tres hermanos.

Otra decía que algunas ruinas desarrollaban guardianes cuando las personas robaban demasiado de ellas.

No sé cuál es cierta.

Quizá ninguna.

Pero sé lo que vi.

Y sé que Mauricio escribió su descripción antes de que yo conociera ninguna de esas historias.

Mis cuatro reglas siguen pegadas sobre la puerta interior de mi camioneta.

Pide permiso.

No tomes nada.

Nunca entres solo.

Reconoce el terreno primero.

Durante años pensé que eran simples herramientas para evitar accidentes.

Ahora creo que alguien, mucho antes que yo, aprendió exactamente las mismas lecciones.

Hace dos semanas recibí un mensaje nuevo.

No tenía nombre.

Solo coordenadas.

Las busqué en un mapa.

Se encuentran en una región semidesértica ficticia entre Durango y Coahuila, cerca del cauce seco de un río que dejó de aparecer en mapas modernos hace décadas.

El mensaje incluía tres fotografías.

Ganado desaparecido.

Una antigua construcción de concreto.

Y unas marcas en el suelo.

Tres huellas.

Después una frase.

“Pensé que te interesaría.”

Cerré la computadora.

Tacho estaba acostado junto a mí.

—No —le dije—. Ya estamos demasiado viejos para eso.

Él levantó una oreja.

Esa noche soñé con Mauricio.

Estaba sentado dentro de la clínica abandonada.

Tenía las dos orejas.

Sonreía.

Detrás de él había una puerta que nunca habíamos abierto.

Cuando desperté eran las tres y trece de la mañana.

Tacho estaba de pie.

Mirando hacia la ventana.

No había nada afuera.

A la mañana siguiente imprimí el mapa.

Sé exactamente lo que mi madre diría.

Sé lo que Abril diría.

Gael probablemente me llamaría idiota.

Y todos tendrían razón.

Pero hay algo que aprendí viviendo de preguntas extrañas.

Algunas respuestas no te dejan tranquilo simplemente porque decides dejar de buscarlas.

Preparé comida.

Revisé baterías.

Guardé el botiquín.

Puse tres pequeños trozos de piloncillo dentro de mi mochila.

Después abrí la puerta de la camioneta.

Tacho permaneció sentado.

—¿Vienes?

Me observó.

Durante varios segundos no se movió.

Entonces se levantó lentamente, bajó los escalones y subió conmigo.

Antes de arrancar miré las cuatro reglas pegadas frente al volante.

No pienso romper ninguna.

Nunca más.

Porque ahora entiendo que no fueron escritas para hacer interesante mi trabajo.

Fueron escritas para regresar vivo.

Y si aquello que vimos en Valle Ceniciento realmente está esperando en ese cauce seco, esta vez no voy a perseguirlo para demostrar que existe.

Voy a descubrir qué quiere.

Y, sobre todo, qué ocurre cuando finalmente encuentra a alguien que no ha tomado nada.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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