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La vendedora de buñuelos que pidió veinte años de juventud para conquistar al dueño de la hacienda más codiciada, sin imaginar que cada aniversario exigiría diez vidas oscuras

La vendedora de buñuelos que pidió veinte años de juventud para conquistar al dueño de la hacienda más codiciada, sin imaginar que cada aniversario exigiría diez vidas oscuras

 

Parte 1 — La noche en que Matilde dejó de reconocerse

En Santa Rosalía del Monte todavía hay personas mayores que bajan la voz cuando alguien pronuncia el nombre de Matilde Salgado, aunque hayan pasado décadas desde la última vez que caminó por las calles empedradas del pueblo.

No la recuerdan porque hubiera nacido rica, poderosa o temida, sino porque durante veinte años pareció no envejecer un solo día, mientras hombres de mala fama comenzaban a desaparecer de rancherías, cantinas y caminos donde ella había estado poco antes.

Mucho antes de los rumores, Matilde era simplemente la mujer de los buñuelos.

Vivía con su tía viuda en una casa pequeña de adobe a las afueras de un pueblo serrano de Guanajuato, y cada domingo se levantaba antes del amanecer para encender el fogón, preparar café de olla y freír grandes charolas de buñuelos que vendía en un puesto junto al jardín principal.

Tenía veintinueve años, manos ásperas de tanto trabajar, vestidos modestos que ella misma remendaba y pequeñas marcas en el rostro dejadas por una infección que había sufrido durante la adolescencia.

La gente no era cruel todo el tiempo.

Eso habría sido más fácil.

La mayoría simplemente no la miraba.

Los hombres llegaban a su puesto, pedían dos buñuelos, pagaban y seguían caminando hacia muchachas más arregladas, mientras algunas mujeres compraban café y hablaban delante de ella sobre bodas, bailes y pretendientes como si Matilde fuera parte del mobiliario.

Su única amiga verdadera era Remedios Cruz, una bordadora que vendía manteles cerca de la parroquia.

—Deja de mirarte como si estuvieras rota —le decía Remedios cuando Matilde se quejaba de su rostro—. Eres trabajadora, inteligente y tienes mejores sentimientos que medio pueblo junto.

Matilde sonreía.

Pero no lo creía.

Y el problema empeoraba cada vez que aparecía Julián Robledo.

Julián era dueño de la hacienda Los Sauces, una propiedad enorme al otro lado del río, con sembradíos de agave, ganado, caballerizas y una casona de piedra rojiza que podía verse desde la carretera.

Tenía cuarenta y seis años, era viudo desde hacía cuatro, hablaba poco, vestía con sobriedad y trataba con educación tanto al alcalde como al muchacho que limpiaba sus botas.

Las mujeres lo notaban.

Matilde también.

Se había enamorado de él sin haberle dicho jamás más de cinco frases seguidas.

Cada vez que Julián se acercaba al puesto, ella bajaba los ojos.

—Buenos días, Matilde.

—Buenos días, don Julián.

—¿Me guarda cuatro buñuelos?

—Claro.

Eso era todo.

Luego él se marchaba y Matilde pasaba el resto del día imaginando conversaciones que nunca ocurrían.

Una tarde de octubre, mientras recogían las mesas después del mercado, Matilde confesó lo que llevaba años guardando.

—Yo no quiero que me mire por lástima, Remedios. Quiero que me mire como mira un hombre a una mujer que desea.

Remedios dejó de doblar un mantel.

—¿Y cómo sabes que no podría hacerlo?

Matilde soltó una risa amarga.

—Porque tengo espejo.

Su amiga apretó los labios.

—A veces el espejo más cruel es el que uno lleva adentro.

Matilde no respondió.

Durante los meses siguientes comenzó a dormir mal.

Comía menos.

Se cubría las cicatrices con polvo casero.

Una tarde dejó de asistir a una fiesta porque escuchó a dos muchachas bromear sobre cuál de ellas lograría casarse con Julián.

Aquella noche, al regresar a casa, golpeó sin querer el pequeño espejo de cobre que había pertenecido a su madre.

El cristal se agrietó.

Matilde se miró dentro de aquella superficie rota.

Y pensó que quizá así la veía el mundo.

Fragmentada.

Incorrecta.

Difícil de amar.

Fue entonces cuando recordó una historia que había escuchado de niña.

A tres kilómetros del pueblo existía una capilla abandonada en un antiguo camino minero, rodeada de mezquites y cruces de piedra.

La gente evitaba pasar por allí después de medianoche.

Decían que quien llegaba desesperado podía encontrar respuestas.

Nadie explicaba de quién.

A finales de noviembre, durante una noche sin luna, Matilde salió sola.

Caminó casi una hora.

Llevaba un rebozo gris, una lámpara de aceite y el espejo roto envuelto en tela.

Cuando llegó a la capilla, el viento dejó de mover los árboles.

No disminuyó.

Se detuvo.

Matilde sintió que el aire se enfriaba alrededor de su cuerpo.

—Ya viniste —dijo una voz.

Ella se volvió.

Un hombre muy alto estaba junto a la puerta derrumbada de la capilla.

Vestía un traje negro anticuado y llevaba un sombrero oscuro entre las manos.

Su rostro era común.

Eso fue lo que más miedo le dio.

No parecía monstruo.

Parecía alguien a quien podrías saludar en una plaza.

—¿Quién es usted?

—Alguien que escucha deseos que otros no quieren escuchar.

Matilde retrocedió.

El hombre miró el espejo que llevaba.

—No viniste por dinero.

Ella tragó saliva.

—No.

—Tampoco por salud.

Matilde apretó el espejo contra el pecho.

—Quiero ser hermosa.

La palabra salió apenas audible.

El desconocido sonrió.

—¿Para quién?

Matilde cerró los ojos.

—Para mí.

Él esperó.

Ella cedió.

—Y para que un hombre me mire.

La sonrisa se ensanchó.

—Puedo hacer que todos miren.

Matilde abrió los ojos.

El hombre habló de juventud, belleza y una presencia capaz de detener conversaciones.

—¿Por cuánto tiempo?

—Tú decides.

—Veinte años.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—Veinte años cuestan mucho.

—¿Cuánto?

—Diez sombras por cada año.

Matilde frunció el ceño.

—¿Sombras?

—Personas que ya hayan llenado de oscuridad la vida de otros. Hombres crueles. Abusadores. Ladrones sin arrepentimiento. Gente que haya hecho daño y siga caminando como si nada.

Matilde sintió náusea.

—¿Tengo que matarlos?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—Tú los eliges. Yo cobro.

Matilde miró la capilla vacía.

—¿Y qué les pasa?

—Dejan de formar parte de tu mundo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que recibirás.

Ella debió marcharse.

Pensó en Remedios.

En su tía.

En Julián.

En todos los domingos sintiéndose invisible.

—¿Doscientas?

El hombre extendió una mano.

—Doscientas sombras por veinte años.

Matilde comenzó a llorar.

No de miedo.

De esperanza.

Puso la mano sobre la suya.

El dolor le atravesó el brazo como hierro caliente.

Cayó de rodillas.

Cuando despertó, estaba sola.

Regresó a casa antes del amanecer.

Se encerró en su habitación.

Desenvolvió el espejo roto.

Y gritó.

La mujer reflejada parecía de veinticinco años.

Las cicatrices habían desaparecido.

Su piel estaba lisa.

Su cabello, antes opaco, caía oscuro y brillante.

Sus ojos parecían más grandes.

Incluso su espalda había cambiado: ya no caminaba encorvada como si pidiera disculpas por ocupar espacio.

El domingo siguiente, cuando llegó al jardín principal con sus canastas, las conversaciones comenzaron a apagarse.

Matilde sintió las miradas.

Por primera vez en su vida, todas.

Y poco antes del mediodía ocurrió aquello por lo que había vendido veinte años de paz.

Julián Robledo se detuvo frente al puesto.

La observó varios segundos.

—Perdone… ¿nos conocemos?

Matilde sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—Soy Matilde.

Julián frunció el ceño.

—¿Matilde Salgado?

Ella sonrió.

—La misma.

Él volvió a mirarla.

Aquella tarde compró ocho buñuelos.

La semana siguiente llegó con flores.

Tres meses después comenzaron a caminar juntos por la plaza.

Al cumplir un año de aquel pacto, Julián le pidió matrimonio.

La mujer que había vivido en una casa de adobe cruzó las puertas de Los Sauces convertida en señora de la hacienda.

Tuvo vestidos hechos por costureras de la ciudad, joyas heredadas de la familia Robledo y habitaciones más grandes que toda la casa donde había crecido.

Pero la primera noche después de su boda despertó escuchando una voz junto a la ventana.

—Un año.

Matilde se incorporó.

El hombre de negro estaba sentado en un sillón.

—Diez sombras.

Ella tembló.

—Dijiste que serían personas malas.

—Tú eliges.

La primera fue Esteban Luján.

Golpeaba a su esposa.

Robaba parte del salario de los peones que trabajaban para él.

Había dejado a un trabajador herido en un camino para evitar pagarle una indemnización.

Matilde escribió su nombre en un papel.

Lo quemó.

Dos días después, Esteban desapareció.

Nadie volvió a verlo.

Esa misma noche, al mirarse al espejo, Matilde entendió.

Uno.

Faltaban ciento noventa y nueve.

Parte 2 — La mujer que nunca envejecía

Durante los primeros años Matilde se convenció de que no estaba haciendo nada verdaderamente malo.

Elegía hombres a quienes el pueblo ya temía.

Un capataz que golpeaba jornaleros.

Un prestamista que había despojado de sus casas a familias enteras mediante engaños.

Un comerciante que encerraba a su esposa durante días.

Cada vez que uno desaparecía, Matilde repetía la misma frase.

“Alguien sufrirá menos.”

Remedios fue la primera en notar la relación.

—Siempre sabes quién desapareció antes de que te lo cuenten.

Matilde dejó la taza sobre la mesa.

—En un pueblo pequeño todos se enteran.

—Y siempre son personas que mencionaste días antes.

Matilde la miró.

—¿Qué estás insinuando?

Remedios bajó la voz.

—Que desde que cambiaste, también empezaron a cambiar otras cosas.

Matilde se puso de pie.

—No sabes de qué hablas.

Cinco años pasaron.

Cincuenta nombres.

Julián empezó a mostrar canas en las sienes.

Matilde seguía igual.

Él lo atribuía a buena salud.

Al principio hacía bromas.

—Dentro de diez años van a pensar que me casé con una muchacha veinte años menor.

Matilde reía.

Después dejó de encontrarlo gracioso.

Al décimo aniversario de aquel pacto, despertó y encontró al hombre de negro sentado al pie de la cama.

Julián dormía a su lado.

El desconocido la observó.

—Cien.

Matilde tenía cuarenta años.

Su rostro seguía pareciendo de veinticinco.

—No quiero continuar.

—Eso debiste decidir antes.

—Devuélveme lo que era.

La sonrisa del hombre desapareció.

—¿Quieres romper el acuerdo?

—Sí.

Él se inclinó hacia ella.

—Entonces recibirás en una sola noche los años que escondiste.

Matilde apretó la sábana.

—No me importa.

El hombre acercó el rostro.

—Y las cien sombras ya entregadas sabrán exactamente a quién agradecer su final.

Matilde dejó de respirar por un instante.

—¿Qué significa eso?

—Que volverán por ti.

—Tú dijiste que desaparecerían.

—Dije que dejarían de formar parte de tu mundo.

Sonrió.

—Nunca dije que dejarían de existir en el mío.

Matilde permaneció sentada hasta el amanecer.

A su lado, Julián dormía con el rostro relajado.

Ella observó las líneas finas alrededor de sus ojos.

Las canas.

Las marcas normales del tiempo.

Luego tocó su propia mejilla.

Lisa.

Intacta.

Y por primera vez la juventud le pareció repulsiva.

Al día siguiente buscó a Remedios.

Su amiga apenas abrió la puerta, Matilde dijo:

—Son cien.

Remedios palideció.

—¿Cien qué?

Matilde comenzó a llorar.

Esa mañana confesó casi todo.

No describió exactamente al desconocido.

No pudo.

Cada vez que intentaba pronunciar ciertos detalles sentía una presión dolorosa en la garganta.

Pero dijo lo suficiente.

Remedios escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, se quedó varios segundos mirando la mesa.

—Detente.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No entiendes.

—Entiendo que llevas diez años decidiendo quién merece desaparecer para conservar una cara que ni siquiera es tuya.

Matilde se puso de pie.

—¡No sabes qué pasará si rompo el trato!

—¿Y tú sabes qué pasará si lo terminas?

Matilde no respondió.

Siguió.

Durante los siguientes años tuvo que viajar cada vez más lejos.

En Santa Rosalía ya no encontraba suficientes personas cuya crueldad pudiera convertir fácilmente en justificación.

Empezó a escuchar rumores en otros pueblos.

Historias.

Acusaciones.

Chismes.

Al principio investigaba.

Después dejó de hacerlo tanto.

Un hombre había abandonado a su familia.

Otro debía dinero.

Otro era conocido por humillar a sus empleados.

Otro bebía demasiado y peleaba en cantinas.

La línea se movió lentamente.

Y cada vez que Matilde cruzaba una parte de ella, inventaba una nueva razón para convencerse de que todavía estaba del lado correcto.

Mientras tanto, Julián envejecía.

A los sesenta y ocho comenzó a usar bastón durante los recorridos largos por la hacienda.

Matilde, ya cercana a los cincuenta, parecía todavía una mujer de veinticinco.

El pueblo dejó de bromear.

Comenzó a murmurar.

—No es natural.

—Julián parece su padre.

—Ni una cana.

—Ni una arruga.

Un sacerdote nuevo llegó a Santa Rosalía.

Se llamaba padre Ignacio Mena.

Tenía treinta y ocho años y una costumbre incómoda: escuchaba más de lo que hablaba.

Una tarde visitó Los Sauces.

Matilde lo recibió en el corredor.

—¿Puedo hacerle una pregunta difícil? —dijo él.

—Puede intentarlo.

—¿Ha buscado ayuda donde no debía?

Matilde sintió un escalofrío.

—No entiendo.

—He enterrado a personas de setenta años que parecían más jóvenes que otras de cincuenta. La vida puede ser extraña.

La observó con cuidado.

—Pero veinte años sin cambiar no es extraño, señora Salgado. Es otra cosa.

Matilde apretó las manos.

—Tengo buena salud.

Ignacio sostuvo su mirada.

—Eso también me dijeron tres familias antes de contarme que sus parientes desaparecieron después de visitar esta hacienda.

Matilde sintió que el corazón se le detenía.

—Está insinuando algo muy grave.

—Estoy preguntando si necesita ayuda.

Ella lo echó.

Pero el miedo quedó.

Ignacio comenzó a revisar registros parroquiales, testimonios y noticias viejas.

Encontró un patrón.

No perfecto.

Pero suficiente.

Desapariciones.

Accidentes.

Personas encontradas lejos de casa.

Muchos habían tenido algún contacto indirecto con Los Sauces, sus empleados, sus caminos o Matilde.

Cuando ella llegó al nombre ciento noventa y cuatro, ya no dormía.

Le faltaban seis.

Entonces escuchó hablar de Nicolás Aranda.

Decían que había robado sacos de maíz y leche en polvo de una bodega.

El dueño lo llamó delincuente.

Un empleado juró haberlo visto.

Matilde no preguntó más.

Escribió su nombre.

Quemó el papel.

Nicolás desapareció esa noche.

Dos días después, Remedios llegó a la hacienda furiosa.

—¿Sabes quién era Nicolás?

Matilde sintió miedo.

—Un ladrón.

—Era un padre desesperado.

La voz de Remedios tembló.

—Su esposa lleva meses enferma. Tiene cuatro hijos. Debía renta. Había pedido trabajo en siete ranchos.

Matilde se quedó inmóvil.

—Robó.

—Comida.

Remedios dio un paso hacia ella.

—Robó maíz, leche y frijol porque sus hijos llevaban dos días comiendo tortillas con sal.

Matilde sintió que algo se quebraba.

—No.

—Sí.

—Me dijeron…

—¿Quién?

Matilde abrió la boca.

No pudo responder.

Porque en ese instante entendió lo que llevaba años evitando.

Ya no elegía culpables.

Elegía excusas.

Parte 3 — Los últimos cinco nombres

Matilde caminó hasta la casa de Remedios en plena madrugada y golpeó la puerta hasta que su amiga abrió.

La mujer más admirada de toda la región estaba descalza, con el cabello deshecho y lágrimas corriendo por un rostro que todavía parecía joven.

—No puedo seguir.

Remedios la abrazó.

—¿Cuántos faltan?

Matilde levantó una mano.

Cinco dedos.

—Cinco.

Remedios respiró lentamente.

—Entonces ahí termina.

—Si termino, todo vuelve.

—Tal vez tiene que volver.

Matilde se apartó.

—No entiendes lo que significa.

—Sí entiendo.

Remedios le tomó el rostro entre las manos.

—Llevas casi veinte años salvando una cara mientras destruyes a la mujer que vive detrás.

Matilde cerró los ojos.

Nadie le había hablado con tanta dureza.

Y nadie la había amado tanto mientras lo hacía.

Remedios le habló del padre Ignacio.

—Él sabe algo.

—Me investigó.

—Porque ve que estás aterrada.

—No puede ayudarme.

—Déjalo decidir.

Tres días después, Matilde entró a la parroquia por una puerta lateral.

Ignacio la esperaba.

No preguntó por qué.

Simplemente cerró la puerta.

Matilde contó todo.

Esta vez logró describir más.

La capilla.

El hombre.

Las sombras.

Los nombres.

El sacerdote la escuchó con el rostro pálido.

Cuando terminó, preguntó:

—¿Quiere vivir?

Matilde tardó.

—Sí.

—¿Más que conservar su juventud?

Ella lloró.

—No lo sé.

Ignacio no suavizó la respuesta.

—Entonces todavía no está lista.

Matilde levantó la vista.

—¿Para qué?

—Para perder lo que compró.

Aquellas palabras la siguieron de regreso a Los Sauces.

Esa noche Julián la encontró sentada junto a una ventana.

—Matilde.

Ella se volvió.

Él caminaba con dificultad.

—Hace meses que no estás aquí aunque estés sentada frente a mí.

Su voz era cansada.

—Dime qué ocurre.

Matilde miró a su esposo.

Veinte años atrás había hecho todo por conseguir una mirada de ese hombre.

Ahora no podía soportar que la mirara demasiado.

—¿Tú me habrías querido antes?

Julián frunció el ceño.

—¿Antes de qué?

—Antes de verme así.

—No entiendo.

Matilde comenzó a llorar.

Él se sentó.

—Cuando te conocí, tú ya eras Matilde.

Ella negó con la cabeza.

—No. Tú conociste otra cosa.

—Conocí a la mujer que hacía café para los peones cuando llovía. A la que aprendió los nombres de mis trabajadores antes que yo. A la que guardaba comida para una viuda del pueblo sin decirle a nadie.

La miró.

—¿De qué estás hablando?

Matilde no pudo confesar.

El pacto cerraba su garganta.

Pero esa noche entendió algo devastador.

Tal vez Julián sí habría podido amarla antes.

Tal vez no.

Nunca lo sabría.

Porque ella le había quitado la posibilidad de elegir.

También se la había quitado a sí misma.

Al amanecer escribió una carta.

Después guardó en una bolsa de tela el viejo espejo agrietado de su madre.

Salió de Los Sauces sin despertar a nadie.

Caminó hacia la capilla abandonada.

El hombre de negro ya estaba allí.

—Cinco —dijo.

Matilde lo miró.

—No.

—Sólo cinco.

—No entregaré ninguno más.

La figura sonrió.

—Entonces perderás todo.

—No era mío.

La sonrisa desapareció.

—Tu esposo verá lo que eres.

—Que lo vea.

—El pueblo se burlará.

—Que se rían.

—Envejecerás en una noche.

Matilde respiró.

—Eso debió pasar poco a poco durante veinte años.

El hombre inclinó la cabeza.

—Y las sombras.

Matilde apretó el espejo contra el pecho.

—Que vengan.

Por primera vez, la figura pareció molesta.

—Tienes miedo.

—Sí.

—Entonces todavía puedo convencerte.

—No.

La palabra salió firme.

El aire cambió.

Matilde sintió el primer dolor en las rodillas.

Después en la espalda.

Su cabello cayó sobre los hombros transformándose, hebra por hebra, en blanco.

Las manos perdieron firmeza.

La piel se plegó alrededor de los ojos.

Los veinte años que había detenido regresaron de golpe.

Matilde gritó.

Cayó de rodillas.

Pero no dijo ningún nombre.

Ni uno.

Parte 4 — El rostro que Julián nunca necesitó

Remedios supo que algo había ocurrido cuando Matilde no apareció en misa.

Fue a buscar al padre Ignacio.

Encontraron la capilla cerca del mediodía.

Matilde estaba recostada junto a una pared de piedra.

Remedios se detuvo.

Durante un segundo no la reconoció.

Su amiga parecía una mujer cercana a los cincuenta, quizá más, con cabello blanco en las sienes, profundas líneas alrededor de la boca y unas manos que finalmente mostraban cada año de trabajo, culpa y miedo.

Pero seguía respirando.

—Matilde.

Remedios corrió hacia ella.

Matilde abrió los ojos.

—No terminé.

—Lo sé.

—Faltaban cinco.

Ignacio se arrodilló.

—¿Qué ocurrió?

Matilde sonrió débilmente.

—Dije que no.

La llevaron a Los Sauces.

Cuando Julián entró en la habitación, se quedó inmóvil.

Matilde giró el rostro hacia la pared.

—No me mires.

Él avanzó.

—Matilde.

—No.

—Mírame.

Ella comenzó a llorar.

—Por favor.

Julián se sentó junto a la cama.

—He pasado veinte años despertando junto a ti.

Matilde apretó los ojos.

—No sabes quién soy.

Él tomó una de sus manos.

—Entonces dime.

Y esta vez Matilde pudo hacerlo.

El trato había terminado.

Las palabras salieron.

La capilla.

La juventud.

Los doscientos nombres.

Los ciento noventa y cinco entregados.

Nicolás.

La culpa.

El miedo.

La mentira.

Julián no soltó su mano.

Pero su rostro cambió.

Había horror.

Dolor.

Desconcierto.

—¿Ciento noventa y cinco?

Matilde lloró.

—Sí.

—¿Personas?

—Sí.

Él se puso de pie.

Caminó hasta la ventana.

Matilde sintió que el mundo se cerraba.

—Dilo.

Julián no respondió.

—Dime que soy un monstruo.

Él giró.

—Has hecho cosas terribles.

Matilde dejó de respirar.

—Sí.

—Y no sé cómo vivir con todo lo que acabas de decirme.

Ella asintió.

Eso era justo.

Julián se acercó otra vez.

—Pero tu cara no es lo que me está destruyendo.

Matilde lo miró.

Él señaló el espejo roto sobre la mesa.

—¿Creíste que te habría rechazado por esto?

Las lágrimas comenzaron a correr.

—No lo sé.

—Yo tampoco.

Matilde parpadeó.

Julián se sentó.

—No puedo mentirte y decir que habría ocurrido exactamente igual. No sé qué habría pensado hace veinte años.

Su voz se quebró.

—Pero debiste haberme dejado decidir.

Matilde cerró los ojos.

—Lo sé.

Él sostuvo su mano.

—Eso es lo que más me duele.

Durante semanas, Matilde permaneció enferma.

No murió aquella mañana como había temido.

El precio fue distinto.

Envejeció.

Perdió fuerza.

Y comenzó a despertar cada noche convencida de escuchar pasos alrededor de la hacienda.

Ignacio bendijo la casa.

Remedios dormía muchas veces en una silla junto a ella.

Julián permaneció.

No porque hubiera perdonado todo.

No había forma de hacerlo tan rápido.

Permaneció porque veinte años de matrimonio no podían reducirse a una sola noche.

Matilde hizo algo que nadie esperaba.

Escribió nombres.

Todos los que recordaba.

Familias.

Pueblos.

Fechas aproximadas.

Entregó los cuadernos al padre Ignacio.

—No sé qué podrá repararse.

—Quizá poco.

—Entonces que sea poco.

Con ayuda de Julián comenzó a destinar parte de su patrimonio a viudas, trabajadores explotados y familias relacionadas con personas a quienes había señalado.

No explicó públicamente toda la verdad.

Algunas cosas nunca habrían sido creídas.

Pero dejó de esconderse detrás de su posición.

Vendió joyas.

Entregó terrenos.

Financió estudios para los hijos de Nicolás.

Cuando conoció a su viuda, la mujer se negó a recibirla.

Matilde aceptó la puerta cerrada.

—Tiene derecho.

Eso también formó parte de aprender a no exigir perdón.

Parte 5 — Lo único que no pudo comprar

Matilde vivió cuatro años más.

No recuperó la juventud.

Nunca volvió a desearla.

Cada mañana se miraba en el espejo agrietado.

Al principio lloraba.

Después comenzó simplemente a observar.

Las arrugas.

Las manchas.

El cabello blanco.

Las cicatrices antiguas que habían regresado.

Un día Remedios la encontró sonriendo frente al espejo.

—¿Qué haces?

Matilde se encogió de hombros.

—Estoy intentando conocer a esta mujer.

Remedios se sentó a su lado.

—¿Y cómo te cae?

Matilde pensó.

—A veces mal.

Las dos rieron.

Luego añadió:

—Pero al menos ya no me miente.

Julián envejeció más rápido durante aquellos años.

Sus piernas se debilitaron.

Pasaba muchas tardes sentado en el corredor observando los campos.

Matilde se sentaba junto a él.

Ya no necesitaban hablar demasiado.

Una tarde, ella preguntó:

—¿Te arrepientes de haberte casado conmigo?

Julián tardó.

—Me arrepiento de todo lo que tuviste que hacer para creer que merecías sentarte a mi lado.

Matilde bajó la cabeza.

—Eso no responde.

—Porque no hay una respuesta sencilla.

Él la miró.

—Te amo. También estoy enojado contigo. También me asusta lo que hiciste. También extraño a la mujer que creía conocer.

Matilde sintió un nudo en la garganta.

Julián tomó su mano.

—Todas esas cosas pueden existir juntas.

Eso fue más misericordioso que cualquier absolución.

Matilde murió una madrugada de febrero.

No hubo sombras visibles.

No apareció ningún hombre de negro.

Simplemente dejó de respirar mientras dormía.

Julián estaba junto a ella.

Remedios llegó poco después.

Sobre la mesa estaba el espejo agrietado.

Julián lo sostuvo.

—¿Sabes qué es?

Remedios asintió.

—Era de su madre.

Él pasó un dedo por el borde.

—Lo trajo cuando llegó aquí.

Remedios lo miró sorprendida.

—¿Lo guardaste todos estos años?

—Ella quería tirarlo.

Julián sonrió con tristeza.

—Me gustaba porque era de antes.

—¿Antes de qué?

Él miró hacia la cama.

—Antes de que pensara que necesitaba convertirse en otra persona.

Julián murió dos años después.

Remedios conservó el espejo.

Décadas más tarde, ya anciana, se lo mostró a una nieta.

La niña había escuchado versiones exageradas.

Que Matilde era una bruja.

Que podía detener el tiempo.

Que desaparecía hombres con una mirada.

Remedios negó.

—No nació siendo mala.

—Entonces, ¿por qué hizo cosas malas?

Remedios contempló el espejo.

—Porque empezó odiando una parte de sí misma.

La niña frunció el ceño.

—Eso no parece suficiente.

—Al principio nunca parece suficiente.

Remedios apoyó el espejo sobre la mesa.

—Primero pensó que necesitaba belleza para ser amada. Luego pensó que necesitaba conservarla para no perder el amor. Después necesitó justificar lo que hacía para conservarla.

Suspiró.

—Y cada justificación la llevó un poco más lejos.

La niña guardó silencio.

—¿Entonces el hombre de negro era el malo?

Remedios sonrió tristemente.

—Tal vez.

Después miró hacia la ventana.

—Pero los tratos más peligrosos casi nunca empiezan cuando alguien nos obliga. Empiezan cuando alguien descubre exactamente qué parte de nosotros estamos dispuestos a odiar.

Con los años, la hacienda Los Sauces cambió de dueños.

Parte de sus tierras se vendieron.

Otras fueron divididas entre trabajadores.

La antigua capilla terminó derrumbándose durante una temporada de lluvias.

Pero la historia de Matilde siguió viva.

No como la mujer más hermosa de Santa Rosalía.

Ni como la esposa del hombre más rico de la región.

Ni siquiera como la mujer que no envejeció.

La recordaron porque, cuando sólo le faltaban cinco nombres para conservar aquello que había deseado durante toda su juventud, finalmente entendió que terminar el trato significaba perderse por completo.

Y eligió perder la belleza.

Perder la mentira.

Perder la vida que había construido sobre miedo.

Antes que perder lo último que todavía podía reconocer como suyo.

Su conciencia.

Porque durante años Matilde creyó que su mayor tragedia era haber nacido con un rostro que nadie admiraba.

Tardó casi veinte años en descubrir que la verdadera tragedia había sido convencerse de que necesitaba otro rostro para merecer amor.

Y el precio nunca fueron solamente ciento noventa y cinco sombras.

El verdadero precio fue cada vez que miró hacia otro lado para no reconocer en qué se estaba convirtiendo.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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