News

La dejaron embarazada, la humillaron frente a todo el pueblo y enterró sola a su bebé; años después, hasta los hombres más poderosos bajaban la voz cuando pronunciaban su nombre

La dejaron embarazada, la humillaron frente a todo el pueblo y enterró sola a su bebé; años después, hasta los hombres más poderosos bajaban la voz cuando pronunciaban su nombre

Parte 1 — La promesa que murió bajo un mezquite

En San Jacinto del Monte todavía hay ancianos que bajan la voz cuando mencionan a Jacinta Salgado, aunque han pasado décadas desde que aquella muchacha cruzaba descalza las calles de tierra cargando una canasta de tortillas para ayudar a su madre. Algunos aseguran que curaba con hierbas lo que los médicos no podían explicar, otros juraban que bastaba una mirada suya para hacer temblar al hombre más valiente, pero antes de convertirse en una leyenda temida y respetada, Jacinta fue solamente una joven pobre que creyó en la promesa equivocada.

Había nacido en El Carrizal, una pequeña comunidad escondida entre cerros secos, huertos de durazno y parcelas de maíz en una región ficticia del centro de México. Su padre, don Laureano Salgado, trabajaba desde el amanecer en las tierras de la familia Montiel, mientras su madre, doña Beatriz, lavaba ropa para otras casas, preparaba tamales los fines de semana y enseñaba a sus cuatro hijos que la pobreza podía doblar la espalda, pero nunca debía obligarlos a bajar la mirada.

Jacinta tenía diecisiete años cuando conoció a Adrián Montiel.

Él era el hijo mayor de don Leandro Montiel, dueño de una hacienda ganadera, varias bodegas y buena parte de las tierras que rodeaban San Jacinto. Adrián había regresado después de estudiar algunos años en una ciudad cercana, traía botas nuevas, camisas bien planchadas y una seguridad que hacía que los demás jóvenes del pueblo parecieran niños a su lado.

La primera vez que vio a Jacinta fue frente al molino.

Ella estaba ayudando a cargar dos costales de maíz cuando él se ofreció a llevarlos en su camioneta.

—No hace falta —respondió Jacinta.

Adrián sonrió.

—No te estoy preguntando si hace falta.

Aquella seguridad debió haberle molestado.

En cambio, la hizo reír.

Durante semanas encontró excusas para aparecer cerca de ella. Le llevaba dulces de leche, pequeños listones para el cabello y flores silvestres que decía haber recogido camino de la hacienda, aunque Jacinta sabía que un muchacho como él probablemente había encargado a alguien más que las cortara.

Doña Beatriz observaba aquello con preocupación.

—Ese muchacho no vive en nuestro mundo.

Jacinta levantaba los ojos.

—Mamá, tampoco somos de otro planeta.

—No hablo de dinero, hija.

Beatriz dejó de desgranar frijoles y la miró con seriedad.

—Hablo de gente acostumbrada a que nadie le diga que no.

Pero Adrián sabía exactamente qué decir.

Le juraba que no le importaba el apellido.

Le hablaba de construir una casa lejos de la hacienda.

Le prometía que, cuando tuviera valor suficiente para enfrentar a su padre, todo sería distinto.

Se encontraban debajo de un mezquite enorme detrás de una acequia abandonada, donde nadie podía verlos desde el camino principal.

—Voy a casarme contigo —le dijo una tarde, sujetándole ambas manos—. Aunque mi padre se vuelva loco.

Jacinta quiso creerle.

Y le creyó.

Tres meses después, comenzó a despertar con náuseas.

Al principio culpó al calor.

Luego dejó de llegarle su periodo.

Doña Beatriz se dio cuenta antes de que ella pronunciara una palabra.

—Jacinta.

La muchacha comenzó a llorar.

Su madre cerró los ojos y apretó los labios.

No gritó.

No la insultó.

Solo preguntó:

—¿Él sabe?

Jacinta negó con la cabeza.

Aquella tarde corrió hasta el mezquite.

Esperó casi dos horas.

Cuando Adrián apareció, ella le contó la noticia con las manos temblando.

Durante unos segundos él no reaccionó.

Luego dio un paso atrás.

—¿Estás segura?

Jacinta sintió un golpe frío en el pecho.

—Sí.

—¿Completamente?

—Adrián.

Él pasó una mano por su cabello.

—Esto es un problema.

Las palabras la lastimaron más que un grito.

—Tú dijiste que nos casaríamos.

—Sí, pero no ahora.

—¿Cuándo?

—No sé.

Ella lo miró.

Por primera vez, el muchacho que le había parecido valiente comenzó a verse pequeño.

Durante los días siguientes dejó de aparecer.

No respondió los recados.

Evitó el molino.

Cuando Jacinta fue a buscarlo a la hacienda, un peón le dijo que el joven estaba ocupado.

Finalmente don Laureano perdió la paciencia.

—Voy a hablar con él.

Jacinta intentó detenerlo.

—Papá, no.

Pero él ya había tomado su sombrero.

Fue hasta la hacienda Montiel un domingo por la tarde.

Jacinta y Beatriz lo siguieron a distancia.

Encontraron a Adrián, a don Leandro y a varios trabajadores cerca de los corrales.

La conversación comenzó en voz baja.

Terminó delante de todos.

—Tu hijo dejó embarazada a mi hija —dijo Laureano.

Adrián palideció.

Don Leandro lo miró.

—¿Eso es verdad?

Jacinta dio un paso adelante.

Adrián la vio.

Y eligió.

—No sé de qué hablan.

El mundo de Jacinta se detuvo.

—Adrián.

Él evitó sus ojos.

—Sí la conozco. Todo el pueblo la conoce.

Hubo algunas risas incómodas entre los peones.

Jacinta sintió que la cara le ardía.

—Me dijiste que te casarías conmigo.

Adrián endureció el gesto.

—No inventes cosas porque estás desesperada.

Doña Beatriz soltó un gemido.

Laureano avanzó hacia el muchacho.

—Mírame cuando mientes.

Don Leandro se interpuso.

—Saque a su familia de mi propiedad.

—Su hijo—

—Mi hijo no va a cargar con las consecuencias de las malas decisiones de una muchacha.

Jacinta sintió que algo se quebraba dentro de ella.

Adrián seguía sin mirarla.

La humillación no terminó allí.

En pocos días, la historia cambió de boca en boca.

Jacinta dejó de ser la muchacha engañada.

Pasó a ser la joven que había querido “amarrar” a un hombre rico.

Algunas mujeres dejaron de saludarla.

En el mercado, escuchó a dos señoras decir que siempre había sido demasiado bonita para ser decente.

El dueño del molino le pidió que dejara de trabajar “hasta que se calmara el escándalo”.

Y apenas cuatro meses después, Adrián anunció su compromiso con Verónica Alvarado, hija de una familia acomodada de otro municipio.

La boda fue grande.

Hubo música, flores y mesas llenas de comida.

Desde El Carrizal podía escucharse la celebración a lo lejos.

Jacinta estaba sentada junto a su madre, acariciándose el vientre.

No lloró.

Su hija nació a principios de primavera.

Era una niña pequeña, de cabello oscuro y dedos diminutos.

Jacinta la llamó Alma.

Durante tres días creyó que aquella bebé sería la razón por la que podría soportarlo todo.

Pero Alma nació débil.

Su respiración se hizo cada vez más corta.

El médico de la cabecera municipal hizo lo posible.

No fue suficiente.

La niña murió antes de cumplir una semana.

Al entierro asistieron Laureano, Beatriz y dos de los hermanos de Jacinta.

Nadie de la hacienda.

Nadie de la familia Montiel.

Ni siquiera Adrián.

Jacinta permaneció delante de la pequeña tumba mientras el viento levantaba polvo alrededor de sus zapatos.

Doña Beatriz trató de llevarla a casa.

Ella no se movió.

Miró hacia los cerros.

Después hacia las luces distantes de San Jacinto.

Y dijo en voz tan baja que solamente su madre pudo escucharla:

—Algún día van a recordar lo que hicieron.

Esa noche dejó de ser la muchacha que esperaba que alguien cumpliera una promesa.

Parte 2 — La mujer que regresó del cerro sin miedo

Durante doce días Jacinta casi no salió de su cuarto.

Beatriz dejaba caldo, tortillas y café junto a la cama, pero muchas veces regresaba horas después y encontraba todo intacto. Laureano pasaba por la puerta, se detenía como si quisiera entrar y terminaba alejándose porque no sabía cómo hablar con una hija que había perdido en pocos meses el amor, la reputación y una niña.

La madrugada del decimotercer día, Jacinta salió.

No llevaba más que un rebozo oscuro sobre los hombros.

Laureano la vio cruzar el patio.

—¿A dónde vas?

—A verla.

Él entendió.

No la siguió.

Jacinta caminó hasta el pequeño cementerio de El Carrizal y se arrodilló delante de la tumba de Alma.

Permaneció allí hasta que el sol comenzó a iluminar los cerros.

No pidió venganza.

No pronunció maldiciones.

Pidió algo más sencillo.

—Ya no quiero tener miedo.

Después volvió a casa.

Doña Beatriz supo que algo había cambiado apenas la vio.

Su hija seguía triste.

Pero la tristeza ya no la doblaba.

Durante los meses siguientes, Jacinta comenzó a aprender con una anciana llamada Tomasa Ceballos, una partera retirada que vivía a las afueras del pueblo y conocía plantas medicinales, remedios tradicionales y formas antiguas de tratar dolores cuando un médico quedaba demasiado lejos.

Tomasa no era una hechicera.

Se reía cuando alguien la llamaba así.

—La gente le dice brujería a todo lo que no entiende.

Jacinta aprendió a preparar infusiones para el estómago, cataplasmas para inflamaciones y pomadas sencillas para dolores musculares. También aprendió algo que Tomasa repetía más que cualquier receta.

—Nunca prometas lo que no puedes hacer.

Aquella frase se convirtió en una regla.

Jacinta empezó ayudando a vecinos pobres que no podían pagar una consulta.

Después llegaron personas de otros ranchos.

Con el tiempo, su nombre comenzó a circular.

Y entonces sucedió algo que alimentó los rumores.

Doña Eulalia Paredes, propietaria de una pequeña tienda, había sido una de las mujeres que más se burló de Jacinta durante su embarazo.

Cada vez que la veía pasar decía algo.

—Ahí va la señorita de la hacienda.

O:

—Qué rápido se acaba el amor cuando llega la barriga.

Un mediodía, Jacinta entró a comprar sal.

Eulalia se rio delante de dos clientas.

—Mira nada más. Ahora hasta curandera salió.

Jacinta puso unas monedas sobre el mostrador.

—Solo vine por sal.

—Dicen que haces cosas raras.

Jacinta levantó la mirada.

—La gente dice muchas cosas.

Pagó.

Salió.

Una semana después, Eulalia sufrió una infección intestinal fuerte.

No había nada sobrenatural.

Medio pueblo había enfermado después de una fiesta donde la comida se conservó mal.

Pero Eulalia estaba convencida de que Jacinta le había hecho algo.

Cuando finalmente se recuperó después de recibir tratamiento, comenzó a decir que Jacinta podía enfermar a la gente con una mirada.

La historia creció.

Lo curioso fue que el miedo empezó a proteger a Jacinta.

Los mismos hombres que antes se burlaban de ella dejaron de hacerlo.

Las mujeres que habían repetido chismes se quedaban calladas cuando entraba al mercado.

Jacinta nunca confirmó los rumores.

Tampoco los negó.

—¿De verdad puedes hacerle daño a alguien? —preguntó una vez su hermano menor.

Ella sonrió.

—No necesito hacerlo.

—¿Entonces por qué te tienen miedo?

Jacinta acomodó unas plantas sobre la mesa.

—Porque ahora no pueden hacerme sentir vergüenza.

Los años pasaron.

La familia Montiel, mientras tanto, comenzó a quebrarse.

Don Leandro había expandido demasiado sus negocios, había pedido préstamos para comprar ganado y perdió una cantidad importante durante dos temporadas de sequía.

Adrián, que había crecido creyendo que el dinero siempre aparecería, administró aún peor.

Vendió tierras.

Pidió préstamos.

Discutió con trabajadores.

Su matrimonio con Verónica se volvió una casa llena de silencios.

El hombre que una vez se pavoneaba por San Jacinto comenzó a evitar las plazas donde otros podían preguntarle por sus problemas.

Jacinta no tuvo nada que ver con su ruina.

Pero el pueblo decidió otra cosa.

—Es la maldición de Jacinta.

—Todo empezó después de lo que le hicieron.

—La niña no murió en vano.

Cada rumor la convertía en algo más grande de lo que era.

Jacinta escuchaba y seguía trabajando.

Una tarde, don Laureano le preguntó:

—¿Te gusta que le tengan miedo?

Ella tardó en responder.

—Antes me gustaba.

—¿Y ahora?

Jacinta miró sus propias manos.

—Ahora me cansa.

Parte 3 — El hombre que regresó cuando ya no tenía nada

Adrián volvió a la puerta de Jacinta casi diecisiete años después de aquella tarde en la hacienda.

Ella no lo reconoció inmediatamente.

Había engordado un poco, luego adelgazado demasiado, y el cabello oscuro que recordaba estaba lleno de canas en las sienes. Su camisa estaba limpia, pero gastada; las botas que llevaba ya no eran las que un hombre presumía, sino las que usaba porque todavía servían.

Jacinta abrió la puerta.

—¿Qué quieres?

Adrián la miró como si todavía esperara encontrar en su rostro a la muchacha que lo había amado.

No estaba.

—Necesito hablar contigo.

—Habla.

—Adentro.

—Aquí.

Él tragó saliva.

—Dicen que ayudas a la gente.

Jacinta casi sonrió.

—La gente dice muchas cosas.

Adrián bajó la mirada.

—Mi hijo está enfermo.

Aquello la sorprendió.

No sabía que había tenido un hijo.

—¿Qué tiene?

—Los médicos no encuentran qué.

—Entonces llévalo con otro médico.

—Ya lo hicimos.

Jacinta lo observó.

Él estaba desesperado.

Y durante un instante terrible recordó otra desesperación.

La suya.

Aquel día bajo el mezquite.

La hacienda.

La tumba pequeña.

—¿Por qué viniste conmigo?

Adrián respiró hondo.

—Porque dicen que tú puedes hacer cosas.

—¿Cosas?

Él pareció avergonzarse de pronunciarlo.

—Curar.

Jacinta negó con la cabeza.

—Yo no hago milagros.

—Por favor.

Su voz se quebró.

Ella lo miró durante varios segundos.

—¿Qué edad tiene?

—Quince.

La edad hizo que algo se tensara dentro de ella.

Si Alma hubiera vivido, sería casi adulta.

—Tráeme sus estudios.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Entonces me ayudarás?

—Voy a leer lo que dicen los médicos. Eso no significa que pueda hacer algo.

Él comenzó a llorar.

Jacinta no esperaba eso.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía.

Antes de irse, Adrián se detuvo.

—Jacinta.

Ella esperó.

—Lo siento.

No dijo por qué.

No hacía falta.

Jacinta sintió que diecisiete años entraban por la puerta.

—Llegas tarde.

Él cerró los ojos.

—Lo sé.

Cuando volvió días después con los expedientes de su hijo, Jacinta descubrió que el muchacho padecía una enfermedad metabólica que ya estaba siendo tratada, aunque la familia buscaba desesperadamente respuestas rápidas.

Jacinta no inventó remedios.

No jugó a ser médica.

Solo recomendó que siguieran el tratamiento y los puso en contacto con un doctor que había atendido a una mujer del pueblo con un cuadro similar.

El hijo de Adrián mejoró lentamente.

La noticia corrió.

Naturalmente, el pueblo decidió que Jacinta lo había salvado.

Adrián regresó meses después.

Esta vez no pedía nada.

Llevaba flores.

—¿Para qué son?

—Para Alma.

Jacinta sintió el nombre como un golpe.

Nunca se lo había escuchado decir.

—No tienes derecho.

Adrián bajó las flores.

—Lo sé.

—Nunca fuiste a verla.

—Lo sé.

—Nunca preguntaste dónde estaba enterrada.

Él tragó saliva.

—Lo sé.

—Entonces no uses su nombre ahora para sentirte mejor.

Su cara se derrumbó.

—No intento sentirme mejor.

—Claro que sí.

La voz de Jacinta tembló por primera vez.

—Todo esto es para ti. Tu disculpa. Tus flores. Tu culpa.

Adrián no respondió.

—Yo tuve que aprender a vivir sin ella. Tú solamente tuviste que aprender a olvidar.

—No la olvidé.

Jacinta se acercó un paso.

—No me insultes otra vez.

Él comenzó a llorar.

—Tenía miedo de mi padre.

—Yo también tenía miedo.

—Era joven.

—Yo también.

—Pensé que si lo negaba, todo desaparecería.

Jacinta lo miró.

—Y desapareció.

Adrián levantó los ojos.

—Para ti.

La frase lo dejó inmóvil.

Jacinta señaló el camino.

—Vete.

—¿Algún día podrás perdonarme?

Ella pensó en ello.

—No lo sé.

No dijo nunca.

Tampoco dijo sí.

Adrián dejó las flores en el suelo y se marchó.

Jacinta las observó durante mucho tiempo.

Finalmente las llevó al cementerio.

No por él.

Por Alma.

Parte 4 — La noche en que el pueblo quiso convertirla en monstruo

A medida que Jacinta envejecía, el miedo que rodeaba su nombre comenzó a incomodarla más.

Había personas que llegaban a su casa esperando remedios.

Eso podía comprenderlo.

Pero otras llegaban pidiendo venganza.

—Quiero que mi marido sufra.

—Quiero que mi cuñada pierda lo que tiene.

—Quiero que ese hombre pague.

Jacinta siempre respondía lo mismo.

—Aquí no se vende odio.

Algunos se marchaban decepcionados.

Otros inventaban que ella se negaba porque el precio era demasiado alto.

Entonces ocurrió algo que pudo destruir todo lo que había construido.

Una joven llamada Maribel Soto enfermó gravemente después de tomar por su cuenta una mezcla de hierbas que compró en el mercado.

Su familia, desesperada, afirmó que Jacinta se la había preparado.

Era mentira.

Pero el rumor corrió más rápido que la explicación.

Una noche, varias personas se reunieron frente a su casa.

No eran una multitud violenta.

Eran vecinos asustados.

El miedo puede ser igual de peligroso.

Adrián apareció entre ellos.

Jacinta lo vio desde la puerta.

—¿Tú también?

Él negó con la cabeza.

—Vine a evitar que hagan una estupidez.

Un hombre gritó:

—¡Que diga qué le dio a Maribel!

Jacinta bajó los escalones.

Doña Beatriz había muerto años antes.

Laureano también.

Por primera vez, Jacinta sintió lo sola que estaba.

—Nunca traté a Maribel.

—¡Mentira!

—Entonces pregúntenle a su madre.

La madre de Maribel estaba allí.

Lloraba.

—Ella dijo que compró las plantas porque había escuchado que tú usabas esas cosas.

Jacinta se quedó quieta.

Ahora entendía.

Su propia leyenda había crecido demasiado.

Una muchacha había intentado imitar algo que no comprendía.

—Escúchenme.

Nadie calló.

Entonces Adrián subió a una piedra junto al camino.

—¡Cállense!

El viejo tono autoritario de los Montiel apareció por un segundo.

Todos lo miraron.

—Si quieren culpar a alguien por convertir a Jacinta en una bruja, empiecen conmigo.

El silencio cayó.

Jacinta lo observó sorprendida.

Adrián continuó.

—Yo mentí sobre ella cuando era joven. Mi padre la humilló. La gente repitió lo que nosotros dijimos porque nuestro apellido pesaba más que su palabra.

Algunas personas bajaron la mirada.

—Después, cuando mi familia perdió dinero, ustedes dijeron que Jacinta nos había maldecido.

Su voz se quebró.

—No fue una maldición. Yo administré mal. Yo tomé malas decisiones.

Señaló a Jacinta.

—Y cuando mi hijo enfermó, ella no hizo brujería. Me dijo que siguiera a los médicos y me ayudó a encontrar otro especialista.

Los murmullos comenzaron.

Adrián apretó las manos.

—Toda mi vida dejé que los rumores hicieran por mí lo que yo no tuve valor de enfrentar.

Miró a Jacinta.

—Ya no.

La madre de Maribel comenzó a llorar.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Jacinta se acercó.

—Llévenla al hospital.

—Ya está allá.

—Bien.

—¿Y las plantas?

—Entréguenlas para que sepan qué tomó.

Aquella noche no hubo maldición.

No hubo castigo.

No hubo milagro.

Maribel sobrevivió gracias al tratamiento médico que recibió.

Y por primera vez en décadas, la historia sobre Jacinta comenzó a cambiar.

No porque alguien descubriera que era una santa.

Porque todos empezaron a comprender que habían creado un monstruo imaginario para no reconocer su propia crueldad.

Días después, Adrián visitó nuevamente la casa.

—No te pedí que hicieras eso —dijo Jacinta.

—Lo sé.

—¿Esperas que ahora te perdone?

—No.

Ella lo estudió.

Había cambiado.

No lo suficiente para borrar el pasado.

Pero sí lo suficiente para no negarlo.

—¿Por qué hablaste?

Adrián respiró hondo.

—Porque una vez guardé silencio cuando debía hablar.

Jacinta miró hacia el patio.

—Y te costó diecisiete años decir la verdad.

—Sí.

—Entonces no desperdicies los que te queden.

Parte 5 — La mujer que dejó de cargar con el pueblo

Jacinta tenía cincuenta y nueve años cuando decidió cerrar el pequeño cuarto donde atendía a la gente.

No porque estuviera enferma.

No porque hubiera dejado de conocer las plantas.

Simplemente estaba cansada.

Había pasado media vida cargando problemas ajenos.

Una mañana sacó las botellas, limpió los estantes y regaló muchas de sus hierbas a una clínica comunitaria donde una enfermera estudiaba el uso seguro de remedios tradicionales.

Los vecinos no lo entendieron.

—¿Ya no vas a ayudar?

Jacinta sonrió.

—Voy a ayudarme a mí.

Compró un pequeño terreno cerca de una presa ficticia llamada Las Garzas, a unos kilómetros de San Jacinto.

Construyó una casa sencilla.

Plantó bugambilias.

Cultivó limones.

Aprendió a hacer pan aunque al principio le salía duro como piedra.

Por primera vez desde los diecisiete años, su vida dejó de organizarse alrededor de algo que le habían hecho.

Adrián comenzó a visitar la tumba de Alma solo.

No pedía permiso.

Tampoco buscaba a Jacinta después.

Dejaba flores y se marchaba.

Un día ella lo encontró allí.

Ambos se quedaron en silencio.

Él miró la lápida.

—Mi hijo se va a casar.

Jacinta asintió.

—Qué bueno.

—Me pidió que no interfiera en sus decisiones.

Ella soltó una risa suave.

—Parece inteligente.

Adrián sonrió.

Después se puso serio.

—He pensado mucho en lo que dijiste.

—He dicho demasiadas cosas.

—Que mis disculpas eran para mí.

Jacinta miró la tumba.

—Lo eran.

—Sí.

Él respiró hondo.

—Por eso ya no vengo a pedirte perdón.

Ella lo miró.

—¿Entonces para qué vienes?

—Para recordar quién fui.

La respuesta le gustó más de lo que quería admitir.

Jacinta se sentó en una banca cercana.

Adrián permaneció de pie.

—No voy a decirte que está bien —dijo ella.

—No quiero que lo digas.

—Lo que hiciste no se borra.

—Lo sé.

—Alma no vuelve.

Él cerró los ojos.

—Lo sé.

Jacinta observó sus propias manos.

Durante años había pensado que perdonar significaba absolverlo.

Decir que ya no importaba.

Permitir que el pasado se volviera pequeño.

Ahora entendía algo distinto.

—Adrián.

Él levantó la mirada.

—Ya no quiero seguir odiándote.

Su rostro cambió.

—Jacinta…

—No confundas eso con que todo esté perdonado.

—No.

—Pero estoy cansada de llevarte conmigo.

Una lágrima recorrió la cara de Adrián.

Ella no lloró.

No porque fuera más fuerte.

Porque aquel dolor ya no necesitaba lágrimas para existir.

Meses después, el pueblo celebró una fiesta dedicada a los oficios tradicionales de la región.

Alguien quiso invitar a Jacinta como “la curandera más poderosa de San Jacinto”.

Ella rechazó el título.

—Pon mi nombre.

—¿Nada más?

—Nada más.

Entonces, cuando el presentador habló de ella, dijo simplemente:

“Jacinta Salgado, vecina de El Carrizal, quien durante muchos años ayudó a familias de nuestra comunidad.”

A Jacinta le pareció perfecto.

No bruja.

No santa.

No mujer maldita.

No muchacha abandonada.

Solo Jacinta.

A los sesenta y tres años comenzó a enseñar a jóvenes del pueblo a identificar plantas locales, pero insistía siempre en la misma regla que Tomasa le había enseñado.

—Si alguien está enfermo, primero se necesita saber qué tiene.

—¿Y si una planta puede curarlo? —preguntó una adolescente.

Jacinta sonrió.

—Entonces un buen médico sabrá decirte si puede ayudarte o si puede hacerte daño.

Aquella respuesta terminó con muchas leyendas.

Otras sobrevivieron.

En San Jacinto todavía había quienes aseguraban que la familia Montiel cayó por una maldición.

Jacinta nunca discutía.

Tampoco necesitaba hacerlo.

Sabía que la ruina de Adrián había nacido de sus propias decisiones, del orgullo de su padre y de una vida en la que nadie les había enseñado a aceptar consecuencias.

La última vez que caminó hasta la tumba de Alma llevaba flores amarillas.

Se sentó durante casi una hora.

—Te convertí en mi tristeza durante demasiado tiempo —susurró.

El viento movió las ramas cercanas.

—Pero también fuiste mi hija.

Sonrió.

—Y eso es más grande.

Antes de irse, apoyó dos dedos sobre la lápida.

No pidió justicia.

No pidió venganza.

No pidió que nadie se arrepintiera.

Ya no necesitaba nada de ellos.

Y quizá esa fue la parte de Jacinta que más miedo habría provocado en quienes la habían humillado cuando era joven.

No sus remedios.

No los rumores.

No aquella mirada que el pueblo confundió con poderes.

Sino el hecho de que llegó un día en que dejaron de tener poder sobre ella.

Habían querido definirla como una muchacha pobre, una mujer abandonada y una vergüenza familiar.

El pueblo después quiso convertirla en bruja.

Los necesitados quisieron convertirla en salvadora.

Pero Jacinta terminó comprendiendo que ninguna de esas versiones tenía derecho a poseerla.

Cuando regresó a su pequeña casa, puso agua a hervir y salió al patio mientras esperaba.

El atardecer cubría los cerros de color naranja.

Un grupo de niños corría detrás de una pelota en el camino.

Jacinta los escuchó reír.

Durante años, el sonido de un niño le había abierto una herida.

Aquella tarde solamente le pareció hermoso.

Y supo que había llegado, finalmente, al lugar que llevaba toda una vida buscando.

No era el perdón de Adrián.

No era el miedo del pueblo.

No era justicia perfecta.

Era paz.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

You Might Also Enjoy