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El viejo pocero rescató a una criatura herida bajo tierra, pero esa noche treinta sombras gigantes rodearon el rancho sin acercarse a la casa

El viejo pocero rescató a una criatura herida bajo tierra, pero esa noche treinta sombras gigantes rodearon el rancho sin acercarse a la casa

Parte 1: El pozo donde dejaron de cantar los pájaros

A sus setenta y cuatro años, don Eusebio Salvatierra podía reconocer la clase de tierra que tenía bajo las botas con solo hundir en ella la punta de una barreta, porque desde muchacho había recorrido ranchos, huertas y comunidades abriendo pozos donde otros aseguraban que jamás aparecería una gota de agua. Había trabajado entre derrumbes, bolsas de gas, raíces gruesas como brazos y paredes que crujían a varios metros de profundidad, pero siempre repetía que los pozos le inspiraban respeto, nunca miedo.

Eso cambió durante el verano en que llegó al Rancho La Quebradita, una propiedad aislada en las montañas de San Laureano del Encino, un pequeño poblado ficticio donde las casas de adobe se extendían alrededor de una capilla sencilla y los caminos de terracería desaparecían entre nopaleras, mezquites y barrancas cubiertas de encinos. El dueño del rancho, Hilario Castañeda, había perdido casi todo el maíz de temporal y necesitaba encontrar agua antes de que también murieran sus cabras.

—No quiero un pozo bonito, don Eusebio —le dijo Hilario mientras señalaba una parte baja del terreno—, quiero uno que dé agua aunque tengamos que llegar al corazón del cerro.

Eusebio soltó una risa y colocó su caja de herramientas junto a una vieja troje.

—Al corazón del cerro no llego porque luego quién me saca, pero agua sí vamos a buscar.

El terreno elegido quedaba a unos ochenta metros de la casa, cerca de una franja de bosque que los habitantes de San Laureano llamaban simplemente El Encinal Viejo, un lugar tan espeso que incluso al mediodía había zonas donde apenas tocaba el sol. Hilario le ofreció una habitación, pero Eusebio prefirió instalar un catre dentro de una pequeña bodega, junto a sus cuerdas, cubetas, lámparas y herramientas.

Los primeros cuatro metros fueron exactamente lo que esperaba: tierra seca, piedra suelta, una capa de barro rojizo y después roca compacta que lo obligó a trabajar lentamente. Al caer la tarde estaba agotado, se lavó la cara con agua de una cubeta, comió tortillas con frijoles y queso fresco, y antes de acostarse escuchó a los grillos, las chicharras y los perros del rancho formando el ruido habitual del campo.

En algún momento después de medianoche abrió los ojos.

No había escuchado nada.

Precisamente por eso despertó.

El silencio era tan absoluto que por varios segundos creyó haberse quedado sordo, porque no cantaban insectos, no crujían ramas y ni siquiera las hojas del encinal parecían moverse. Entonces llegó un golpe grave desde los árboles.

¡Toc!

Eusebio se incorporó.

Pasaron varios segundos.

¡Toc!

El segundo golpe sonó más lejos, como si alguien hubiera utilizado un tronco grueso para responder al primero.

—Algún animal —murmuró.

Pero hasta él sabía que aquello no se parecía al ruido de ningún animal que hubiera conocido.

Por la mañana caminó hacia el pozo y encontró algo marcado en el polvo húmedo junto a una acequia abandonada. Era una huella con talón, planta y cinco dedos claramente separados.

Parecía humana.

Solo que medía casi medio metro.

Eusebio puso su propia bota a un lado y sintió un escalofrío, porque aquella pisada era casi el doble de larga que su pie, además de mucho más ancha. Encontró otras tres en dirección al bosque y las siguió hasta una zona cubierta de hojas, donde desaparecían.

No se lo contó a Hilario.

Había aprendido que en los pueblos pequeños una historia podía crecer más rápido que una tormenta de verano, y no quería pasar los siguientes días escuchando bromas sobre gigantes, aparecidos o demonios del monte.

Continuó trabajando.

La segunda noche el silencio regresó poco antes de las dos de la madrugada, pero esta vez llegó acompañado de un olor extraño, una mezcla de tierra mojada, cuero húmedo y hierbas aplastadas. Eusebio salió de la bodega con su lámpara y vio que las cabras estaban juntas en un extremo del corral, inmóviles, mirando hacia El Encinal Viejo.

Entonces comenzaron los golpes.

Uno a la izquierda.

Otro mucho más profundo en el bosque.

Después uno detrás del rancho.

No eran iguales ni aparecían al azar, sino que parecían formar una secuencia.

El viejo pocero permaneció allí durante varios minutos, sosteniendo la lámpara mientras sentía que algo, quizá varias cosas, se movía más allá de donde alcanzaba la luz.

Por la mañana encontró un pequeño montón de tunas abiertas cuidadosamente sobre una piedra plana cerca del bosque. Habían sido acomodadas una encima de otra, y alrededor no había huellas de pezuñas ni señales de coyotes.

Eusebio acababa de agacharse para observarlas cuando escuchó un sonido procedente del pozo.

Un roce.

Después un gemido bajo.

Corrió hacia la abertura, retiró las tablas que había colocado durante la noche y apuntó su lámpara hacia abajo.

En el fondo, casi seis metros bajo tierra, había algo sentado contra la pared.

Al principio distinguió solamente una espalda cubierta de pelo oscuro, brazos largos y una pierna torcida de manera inquietante. Después aquella criatura levantó lentamente el rostro.

No era un oso.

No era un mono.

No era un hombre.

Medía quizás un metro veinte, tenía hombros estrechos, manos enormes para su tamaño y un rostro casi humano cubierto por pelo corto alrededor de las mejillas. Sus ojos, de un tono parecido a la miel oscura, se clavaron directamente en Eusebio.

Y lo que más miedo le produjo no fue su aspecto.

Fue la atención con que lo observaba.

Parte 2: La criatura que entendió la cuerda

Durante varios minutos ninguno se movió, porque Eusebio intentaba convencer a su mente de que aquello podía ser alguna especie desconocida escapada de algún lugar, mientras la criatura permanecía pegada a la pared respirando rápidamente. Cuando intentó cambiar de posición, soltó un gemido y Eusebio vio que su pierna derecha estaba hinchada desde la rodilla hasta el tobillo.

—Te caíste anoche, ¿verdad? —dijo el hombre desde arriba.

La criatura ladeó ligeramente la cabeza.

Eusebio sabía que debía ir por Hilario, pero también entendía que el animal —si podía llamarlo así— llevaba posiblemente horas herido en el fondo y que cualquier intento desesperado por escalar podía empeorar la lesión. Preparó una cuerda gruesa, ajustó su arnés y comenzó a descender.

—No sé si me entiendes, criatura, pero no voy a lastimarte.

A medida que bajaba notó marcas recientes en las paredes del pozo, largas hendiduras donde unas uñas fuertes habían intentado encontrar apoyo. Cuando llegó al fondo, la criatura mostró los dientes durante un instante, aunque no avanzó hacia él.

Eusebio se quedó quieto.

—Eso, tranquilo.

Sacó lentamente una cantimplora y dejó caer un poco de agua sobre su propia mano antes de beber, tratando de demostrar para qué servía. Luego extendió el recipiente.

La criatura observó la cantimplora, después sus ojos y finalmente volvió a mirar el agua.

Se acercó arrastrándose.

Bebió.

Eusebio casi dejó de respirar.

Había algo tan calculado en aquellos movimientos que empezó a sentir que no estaba simplemente frente a un animal salvaje. La criatura tomaba decisiones, evaluaba distancias y observaba cada uno de sus gestos antes de imitarlos.

Pasó la cuerda alrededor de su torso con cuidado.

Al principio el pequeño ser se resistió, pero cuando Eusebio señaló hacia arriba y tiró de la cuerda, levantó la mirada hacia la boca iluminada del pozo.

—Por ahí.

La criatura dejó de forcejear.

Eusebio ascendió primero unos centímetros y entonces ocurrió algo que nunca olvidaría.

La criatura apoyó voluntariamente su pierna sana contra la pared.

Empujó.

Esperó a que Eusebio tensara la cuerda.

Volvió a empujar.

—Eso es… así —susurró él, sorprendido—. Ayúdame y salimos los dos.

Trabajaron de esa manera durante varios minutos, descansando cada pocos metros hasta alcanzar el borde. Cuando finalmente Eusebio logró arrastrarse fuera del pozo, quedó tendido boca arriba, sin fuerzas, mientras la criatura permanecía sentada junto a él.

Hilario apareció corriendo desde la casa.

—¡Don Eusebio! ¿Qué pasó?

Se detuvo de golpe.

Durante algunos segundos abrió y cerró la boca sin pronunciar palabra.

—No grites —dijo Eusebio—. Está herido.

—¿Qué… qué cosa es esa?

—Si lo supiera, ya te lo habría dicho.

Los dos hombres improvisaron una tablilla utilizando madera lisa, tela y vendas de algodón que Hilario guardaba para atender animales. Lo sorprendente fue que la criatura permitió que le inmovilizaran la pierna, aunque varias veces tomó la muñeca de Eusebio con una mano sorprendentemente fuerte cuando el dolor aumentaba.

Le ofrecieron agua, calabaza cocida, elotes tiernos y frutas.

Probó casi todo.

Después, al caer la tarde, se quedó mirando hacia El Encinal Viejo.

De pronto abrió la boca y emitió un llamado corto, profundo para un cuerpo tan pequeño.

La respuesta llegó inmediatamente.

Una voz mucho más poderosa retumbó entre los árboles.

Luego otra.

Y otra.

Hilario palideció.

—No está solo.

Eusebio miró la línea oscura del bosque.

—Nunca lo estuvo.

Durante la siguiente hora los golpes contra los troncos se multiplicaron.

Ya no eran tres o cuatro.

Eusebio contó al menos doce direcciones diferentes.

El sol desapareció detrás de los cerros y las cabras comenzaron a reunirse junto al corral. El viejo perro de Hilario, un animal mestizo que ladraba hasta cuando las gallinas se acercaban demasiado a su plato, salió de debajo de una carreta y se sentó mirando hacia el bosque.

No ladró.

Solo observó.

A las nueve de la noche apareció la primera silueta.

Era enorme.

Permaneció entre dos encinos, casi completamente cubierta por la oscuridad, pero su cabeza superaba claramente una rama situada a más de dos metros del suelo.

Después apareció otra.

Y una tercera.

Hilario empezó a contar en voz baja.

—Cinco… siete… once…

Cuando dejó de hacerlo había más de veinte.

Eusebio contó veintisiete.

Minutos después distinguió tres siluetas más al otro extremo del terreno.

Treinta criaturas rodeaban el Rancho La Quebradita.

Y ninguna cruzaba hacia ellos.

Parte 3: Treinta sombras esperaron hasta el amanecer

Hilario quiso entrar a la casa por su escopeta de cacería, pero Eusebio le sujetó el brazo antes de que diera dos pasos, porque durante toda su vida había aprendido que el miedo vuelve torpes incluso a los hombres sensatos. Señaló a la criatura herida, que seguía sentada junto al pozo mirando fijamente hacia las sombras.

—Si hubieran venido a atacarnos, ya lo habrían hecho.

—Son treinta, Eusebio.

—Precisamente.

Hilario comprendió.

Tenían la fuerza y el número suficientes para atravesar cercas, romper puertas o entrar al corral, pero seguían distribuidas alrededor del límite del bosque, casi como si existiera una frontera que no querían cruzar. Algunas se movían entre los árboles; otras permanecían completamente quietas.

La criatura joven emitió otro sonido.

Una figura enorme situada frente al pozo respondió.

Eusebio sintió la vibración de aquella voz en el pecho.

Después comenzó algo extraordinario.

El pequeño hacía sonidos breves.

La figura contestaba.

Algunas criaturas lejanas intervenían con golpes contra troncos.

La secuencia continuó durante casi quince minutos.

—Están hablando —susurró Hilario.

Eusebio no respondió porque estaba pensando exactamente lo mismo.

Pasada la medianoche, los dos hombres encendieron un pequeño brasero junto al pozo y permanecieron cerca de la criatura. Nadie durmió.

De vez en cuando el joven ser miraba la tablilla que sujetaba su pierna, tiraba suavemente de la tela y después observaba las manos de Eusebio, como si recordara quién se la había colocado.

Hilario le ofreció un pedazo de camote cocido.

La criatura lo olió.

Lo probó.

Después partió una pequeña porción y la dejó en el suelo frente a Eusebio.

Ambos hombres se miraron.

—¿Nos está dando comida? —preguntó Hilario.

Eusebio tomó el pedazo.

—Eso parece.

La noche avanzó lentamente.

Algunas figuras desaparecieron y reaparecieron en diferentes puntos, pero la más grande nunca abandonó su lugar frente al rancho. Cerca de las cuatro de la mañana comenzó a acercarse.

Solo avanzó dos pasos.

Hilario retrocedió instintivamente.

Eusebio permaneció quieto.

Cuando el cielo empezó a volverse gris pudieron verla con mayor claridad.

La criatura debía medir cerca de dos metros y medio, quizá más, porque estaba ligeramente encorvada. Tenía el cuerpo cubierto de pelo castaño oscuro salpicado de gris alrededor de los hombros y un rostro ancho, con nariz achatada, mandíbula poderosa y ojos similares a los del pequeño.

La semejanza era evidente.

—Creo que es su madre —murmuró Hilario.

No había forma de saberlo, pero Eusebio sintió lo mismo.

La criatura adulta no miró primero a los hombres.

Miró a la cría.

El pequeño intentó levantarse.

Cayó.

Eusebio se acercó para ayudarlo, pero se detuvo cuando la criatura volvió a intentarlo por sí misma.

Utilizando un palo como apoyo y cargando casi todo el peso sobre la pierna sana, comenzó a avanzar lentamente hacia el bosque.

La figura adulta dio otro paso.

La distancia entre ambos se redujo.

Durante varios segundos Eusebio pensó en acompañar al pequeño para evitar que cayera, pero comprendió que aquello ya no le correspondía.

La cría avanzó sola.

Cuando estuvo a menos de dos metros del encinal, el adulto extendió una mano enorme.

El pequeño levantó la suya.

Sus dedos se tocaron.

Entonces la criatura joven se dejó caer contra el cuerpo del adulto y emitió un sonido bajo que Eusebio habría podido confundir con un llanto si hubiera cerrado los ojos.

La figura grande rodeó al pequeño con un brazo.

No hubo rugidos.

No hubo amenazas.

Ninguna de las otras criaturas se acercó.

Solamente aquella reunión silenciosa.

Después el adulto miró directamente a Eusebio.

El viejo sintió que las piernas le temblaban.

La criatura sostuvo su mirada durante varios segundos.

Luego inclinó lentamente la cabeza.

Una sola vez.

Eusebio nunca supo si aquel movimiento significaba algo.

Pero levantó la mano.

—Cuídalo.

La figura se volvió hacia el bosque.

Las demás comenzaron a desaparecer.

Treinta enormes siluetas fueron perdiéndose entre árboles y barrancas hasta que únicamente quedaron ramas moviéndose bajo la primera luz de la mañana.

Entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Los pájaros comenzaron a cantar de nuevo.

Los insectos regresaron.

El perro se levantó, estiró las patas y empezó a ladrar a una gallina.

Como si la noche anterior jamás hubiera ocurrido.

Parte 4: El regalo que apareció junto al pozo

Hilario insistió en que Eusebio abandonara el trabajo y ambos pasaron buena parte de la mañana discutiendo qué hacer, pero el viejo pocero se negó a marcharse con un agujero incompleto detrás. Había aceptado encontrar agua y quería terminar, aunque durante todo ese día sintió que cientos de ojos podían observarlo desde El Encinal Viejo.

—Después de treinta de esas cosas alrededor del rancho, ¿usted quiere volver a bajar? —preguntó Hilario.

Eusebio se colocó el arnés.

—Si regresan, por lo menos van a encontrarme trabajando.

Dos días más tarde la tierra comenzó a humedecerse.

A poco más de nueve metros, una pequeña filtración apareció entre dos capas de roca.

Eusebio golpeó cuidadosamente alrededor.

El agua empezó a correr.

—¡Hilario! —gritó desde abajo—. ¡Aquí está!

La alegría del ranchero fue tan grande que durante un rato casi olvidaron todo lo ocurrido. El pozo no producía un torrente, pero entregaba suficiente agua para los animales y para mantener una pequeña huerta incluso en los meses secos.

La mañana en que Eusebio terminó su trabajo encontró algo junto al brocal.

Era un montón de objetos colocados cuidadosamente sobre un costal vacío.

Había nueces silvestres.

Tres piedras negras perfectamente redondas.

Un manojo de flores diminutas.

Y en el centro se encontraba la tablilla de madera con la que habían inmovilizado la pierna de la cría.

Hilario palideció.

—Se la quitaron.

Eusebio tomó la madera.

Las vendas habían sido retiradas sin romperlas y después dobladas cuidadosamente.

—Y la trajeron.

Ambos caminaron hasta el borde del bosque.

Allí encontraron numerosas huellas.

Algunas medían treinta centímetros.

Otras cuarenta.

Una superaba los cincuenta.

Entre ellas había una serie más pequeña que mostraba algo importante: la huella derecha apenas tocaba el suelo.

La criatura joven seguía cojeando.

Pero caminaba.

Eusebio sonrió.

Hilario, en cambio, tomó una rama y comenzó a borrar las pisadas.

—¿Qué haces?

—Evitar problemas.

—Podríamos fotografiarlas.

Hilario negó con la cabeza.

—¿Y después qué? Llegaría gente buscando atraparlas, vender historias, abrir caminos, llenar el monte de curiosos. Si esas criaturas quisieron hacernos daño, tuvieron toda la noche.

Continuó borrando.

Eusebio terminó ayudándolo.

Nunca hablaron públicamente.

En San Laureano solamente dijeron que aquella semana se habían escuchado animales extraños en la sierra y que probablemente una familia de osos había pasado cerca, aunque ambos sabían perfectamente que aquello no explicaba nada.

Eusebio regresó a La Quebradita tres años después para limpiar el pozo.

Hilario había instalado un pequeño techo de teja sobre el brocal y construido un canal para llevar agua hacia un depósito.

—Nunca volvieron —dijo Hilario.

Pero esa misma tarde encontraron nueces apiladas sobre una piedra.

Ninguno comentó nada.

Cinco años después Eusebio regresó otra vez.

Al caer la noche escuchó un golpe.

¡Toc!

Se quedó inmóvil.

Desde más lejos llegó otro.

¡Toc!

Eusebio sonrió hacia la oscuridad.

No tuvo miedo.

A la mañana siguiente encontró una huella junto al pozo.

Era grande, aunque considerablemente menor que la del adulto que había visto aquella noche.

En uno de los dedos había una pequeña deformación.

Eusebio recordó inmediatamente la pierna torcida de la cría.

—Creciste —susurró.

No siguió las huellas.

Nunca entró al bosque.

Consideraba que algunos límites existen precisamente porque ambos lados deciden respetarlos.

Parte 5: El secreto que el viejo guardó toda su vida

Hilario murió muchos años después, dejando el rancho a una sobrina que prefirió conservarlo casi igual, y para entonces Eusebio ya había abandonado el oficio porque sus rodillas no soportaban descender por cuerdas ni permanecer horas golpeando roca. Se mudó a una pequeña casa cerca de San Laureano, donde cultivaba chile, cuidaba algunas gallinas y reparaba herramientas de los vecinos simplemente para no olvidar el sonido del metal entre sus manos.

Jamás contó públicamente lo ocurrido.

Se lo confió solamente a su esposa, Jacinta, una noche en que ella le preguntó por qué guardaba dentro de un cajón tres piedras negras perfectamente redondas.

—Me las regalaron —respondió.

—¿Quién?

Eusebio tardó mucho en contestar.

—Alguien a quien ayudé a salir de un pozo.

Jacinta conocía demasiado bien a su marido como para reírse.

Escuchó toda la historia.

Después tomó una de las piedras y la giró lentamente entre los dedos.

—Entonces guárdalas.

—¿Me crees?

—Yo creo que tú crees lo que viste, y después de cuarenta años contigo sé cuándo estás inventando algo.

Eusebio conservó las piedras hasta la vejez.

Cuando cumplió setenta y cuatro años, un sobrino nieto le preguntó cuál había sido el pozo más difícil de su vida, esperando seguramente alguna historia de derrumbes o inundaciones. El anciano miró durante un largo rato hacia las montañas.

—El más difícil no fue el más profundo —contestó—. Fue uno de nueve metros.

—Eso no es tanto.

—No.

Eusebio sonrió.

—Pero había algo abajo.

Nunca explicó más.

A veces, mientras se sentaba frente a su casa durante las tardes lluviosas, intentaba decidir qué parte de aquella experiencia lo había cambiado realmente.

No eran las treinta figuras.

Tampoco aquella enorme criatura que había salido del bosque.

Ni siquiera los ojos color miel observándolo desde el fondo oscuro del pozo.

Lo que todavía aparecía en sus sueños era el momento del ascenso.

Sentía otra vez el peso de la criatura colgando de la cuerda.

Recordaba sus propios brazos temblando.

La roca rozándole los nudillos.

Y entonces recordaba el instante exacto en que aquel ser herido comprendió lo que estaba intentando hacer.

La criatura había observado la cuerda.

Había mirado hacia la luz.

Después apoyó su único pie sano contra la pared y empujó en coordinación con él.

No había sido un reflejo.

No había ocurrido por accidente.

Había esperado.

Había entendido.

Habían trabajado juntos.

Ese recuerdo le impedía aceptar las explicaciones sencillas.

Eusebio no sabía qué eran aquellas criaturas, de dónde provenían ni cuántas podían vivir entre montañas donde pocos seres humanos se internaban. Tampoco sabía por qué parecían evitar las casas, cómo se comunicaban golpeando troncos o de qué forma habían aprendido a retirar una tablilla y doblar vendas.

Solo sabía lo que había ocurrido en La Quebradita.

Un ser joven cayó accidentalmente dentro de un pozo.

Un hombre decidió ayudarlo.

Su familia llegó por él.

Y en lugar de entrar arrasando el rancho, treinta criaturas esperaron durante toda la noche en el límite del bosque.

Esperaron pacientemente.

Sin atacar.

Sin exigir.

Hasta recuperar a uno de los suyos.

Muchos años después, ya convertido en un anciano de cabello completamente blanco, Eusebio pidió a su sobrino que lo llevara una última vez hasta La Quebradita.

El rancho estaba silencioso.

El antiguo pozo seguía funcionando.

Eusebio caminó lentamente hasta el bosque apoyándose en un bastón y dejó sobre una piedra una pequeña bolsa de tela.

Dentro había nueces y trozos de piloncillo.

—¿Para quién es eso? —preguntó su sobrino.

—Para nadie.

El muchacho sonrió, creyendo que se trataba de una de las bromas del anciano.

Eusebio permaneció frente al bosque durante casi un minuto.

Nada ocurrió.

Cuando ya se disponía a marcharse, un golpe profundo resonó entre los encinos.

¡Toc!

Su sobrino dejó de sonreír.

Otro golpe respondió desde una barranca lejana.

¡Toc!

El muchacho miró a Eusebio.

—¿Qué fue eso?

El anciano sostuvo la mirada del bosque.

Sus ojos se humedecieron, aunque no parecía asustado.

—Un viejo conocido.

Regresaron al vehículo.

Eusebio no volvió la cabeza.

Al día siguiente, la sobrina de Hilario encontró la piedra completamente vacía.

La bolsa había desaparecido.

En su lugar había tres piedras negras, redondas y perfectamente acomodadas una junto a otra.

Exactamente iguales a las que Eusebio había conservado durante décadas.

El viejo murió dos inviernos después.

Entre sus pertenencias encontraron seis piedras negras.

Nadie en su familia pudo explicar de dónde provenían.

Tampoco encontraron fotografías, grabaciones ni pruebas que pudieran demostrar la historia.

Solo quedaron las piedras.

El pozo.

Y un recuerdo que Eusebio sostuvo hasta su último día.

Porque después de toda una vida perforando la tierra había aprendido algo que pocas personas entendían: cuando uno desciende lo suficiente, el mundo deja de preocuparse por aquello que creemos posible.

La tierra guarda agua.

Guarda huesos.

Guarda raíces.

Guarda secretos.

Y quizá también guarda criaturas que han aprendido a observarnos desde mucho antes de que nosotros descubriéramos su existencia.

Eusebio nunca dijo haber encontrado un monstruo.

Nunca aseguró haber visto algo sobrenatural.

Cuando finalmente alguien le preguntó qué había sacado de aquel pozo tantos años atrás, respondió únicamente:

—Era una criatura herida que necesitaba ayuda.

Después sonrió.

—Y tuve la suerte de comprenderlo antes de tener miedo.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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