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El maestro se burlaba del miedo de sus alumnos, hasta que una criatura apareció bajo su cama y le ofreció un deseo que jamás debió aceptar

El maestro se burlaba del miedo de sus alumnos, hasta que una criatura apareció bajo su cama y le ofreció un deseo que jamás debió aceptar

Parte 1: Los niños sabían por qué nadie debía sentarse junto a ellos

Nunca me han caído mal los niños, aunque después de veinticuatro años dando clases en primarias públicas aprendí que pueden ser crueles, mentirosos y sorprendentemente buenos para descubrir las debilidades de un adulto. Los padres, en cambio, siempre me parecieron más peligrosos, porque un niño rompe una ventana y se ríe, mientras un adulto inventa una historia completa para convencerte de que la culpa fue tuya.

Mi nombre es Octavio Ledesma y, hasta hace poco, enseñaba quinto grado en la primaria Benito Aranda, una escuela ficticia ubicada en San Isidro de las Peñas, un pueblo rodeado de cerros secos, huertos de guayaba y caminos donde el polvo se levantaba detrás de cada camioneta. El edificio tenía paredes color verde deslavado, ventiladores que apenas movían el aire y salones construidos alrededor de un patio donde los alumnos jugaban futbol con una pelota remendada.

No era la escuela que había imaginado cuando estudié para maestro, pero después de tantos años uno deja de esperar aulas bonitas, libros nuevos o directores capaces de resolver algo. Yo cumplía con el horario, enseñaba fracciones, corregía cuadernos y evitaba involucrarme demasiado en los problemas familiares de los estudiantes, porque si pretendía reparar cada hogar roto, terminaría jubilándome dentro de la misma dirección.

Mis alumnos tenían diez u once años, esa edad extraña en la que todavía creen algunas historias infantiles, pero ya comienzan a notar que sus padres esconden cosas. Sabían cuándo no había dinero, cuándo una madre lloraba encerrada en el baño o cuándo un padre llegaba oliendo a alcohol, aunque casi nunca comprendían por completo aquello que estaba ocurriendo.

Durante meses observé una conducta que atribuí a la crueldad común de los niños. Cada semana elegían a un compañero distinto y lo aislaban, apartando las sillas, negándose a compartir el almuerzo y evitando incluso mirarlo durante el recreo.

Lo extraño era que el rechazo seguía un orden.

Un lunes podía ser Tomás, un niño inquieto que siempre llegaba con las rodillas raspadas, y el lunes siguiente todos volvían a jugar con él como si nada hubiera sucedido. Entonces comenzaban a apartarse de Fernanda, luego de Miguel, después de Abril, y así sucesivamente.

Intenté interrogarlos, castigar al grupo y hablar con las familias, pero nadie daba una respuesta clara. Los niños aislados nunca acusaban a sus compañeros, sino que permanecían sentados con ojeras profundas, la piel pálida y una expresión de agotamiento que no correspondía a su edad.

—¿Te están molestando? —le pregunté una vez a Abril.

—No, maestro.

—Entonces, ¿por qué nadie se acerca a ti?

La niña bajó la mirada hacia sus manos.

—Porque esta semana me toca.

Pensé que se refería a algún juego extraño y no insistí. Con el tiempo también comencé a notar que varios alumnos aparecían con objetos nuevos después de ser excluidos: balones profesionales sin marca visible, bicicletas casi nuevas, muñecas elaboradas, teléfonos económicos y consolas portátiles que sus familias no podían pagar.

Ninguno sabía explicar de dónde habían salido.

—Me lo regalaron —decían.

—¿Quién?

—Un amigo.

Yo sospechaba que robaban, aunque nunca encontré pruebas, y el director me pidió que dejara de imaginar problemas donde quizá solo existían familiares generosos. Entonces llegó la semana de Layla Mendoza, una niña inteligente, callada y demasiado observadora para aceptar explicaciones sencillas.

Durante aquellos días se dormía sobre el pupitre, despertaba sobresaltada y miraba constantemente hacia las esquinas oscuras del aula. Una mañana la encontré llorando detrás del salón, sosteniendo una pequeña pulsera de plata que aseguraba haber recibido durante la noche.

—¿Quién te la dio? —pregunté.

—El Amarrador.

Sentí un escalofrío que atribuí al viento.

—¿Quién es el Amarrador?

Layla me miró como si acabara de hacer una pregunta peligrosa.

—No diga su nombre tan fuerte.

Los demás alumnos, que estaban cerca, dejaron de hablar. Fue la primera vez que vi verdadero miedo en sus rostros, no el miedo infantil provocado por un examen o un regaño, sino la expresión de personas que habían aprendido una regla necesaria para sobrevivir.

—Son cuentos —dije—. No existe ninguna criatura escondida en la escuela.

Nadie discutió conmigo.

Tres noches después, desperté porque algo acariciaba la planta de mi pie.

Vivía solo en un departamento sobre una tienda de abarrotes, en una calle estrecha donde las casas tenían azoteas planas y tanques de agua. Mi cama estaba junto a la pared y el armario permanecía frente a ella, con una puerta que nunca cerraba por completo.

Abrí los ojos y vi una mano gris apoyada sobre mis dedos.

No era una mano normal.

Los dedos eran tan largos que atravesaban la habitación y desaparecían dentro de la oscuridad del armario. Tenían demasiadas articulaciones, uñas opacas y una piel rugosa que parecía haber pasado años enterrada bajo tierra húmeda.

Me quedé inmóvil, convencido de que estaba soñando, hasta que los dedos rodearon lentamente mi tobillo. Entonces encendí la lámpara, y la mano se retiró hacia el armario con un movimiento rápido, doblándose como una cuerda jalada desde el otro extremo.

Revisé cada rincón y no encontré nada.

Me senté en la sala, encendí el televisor y traté de convencerme de que había sido una pesadilla. Apenas comencé a dormirme cuando el sillón se hundió debajo de mí y varias tiras grises aparecieron alrededor del respaldo.

Eran dedos.

Se apretaron hasta hacer crujir la madera y luego desaparecieron, dejando marcas profundas en la tela.

La persecución continuó durante toda la noche. Abría el refrigerador, derribaba vasos, apagaba las luces y me rozaba las orejas con una delicadeza insoportable, como si aquella cosa no pretendiera herirme, sino obligarme a participar en un juego.

Cuando llegué a la escuela al día siguiente, los niños me miraron en silencio.

Di dos pasos hacia el escritorio y todas las sillas se alejaron al mismo tiempo.

—Ahora le toca a usted —susurró Layla.

Entonces comprendí que mis alumnos no se excluían por crueldad.

Se estaban protegiendo.

Parte 2: Siete noches de juegos y un regalo imposible

Los niños me explicaron las reglas durante el recreo, encerrados en el salón y hablando tan bajo que apenas podía oírlos. El Amarrador elegía a una persona durante siete días, casi siempre a un niño, y durante ese tiempo nadie debía acercarse demasiado al elegido porque la criatura era celosa.

—Quiere jugar todo el tiempo —explicó Tomás—. Si uno no juega, se enoja.

—¿Qué significa jugar?

—Mover cosas, esconderlas, repetir lo que hace, dejarlo jalarte el cabello o tocarte la cara.

—¿Y si le digo que se vaya?

Los niños bajaron la mirada.

—No debe decirle que no.

También me contaron que, al terminar la semana, la criatura concedía un favor. Los alumnos pedían juguetes, habilidades deportivas o pequeños objetos porque habían aprendido que los deseos relacionados con personas podían terminar mal.

Miguel había pedido que su padre dejara de beber. Al día siguiente, el hombre sufrió un accidente en el taller donde trabajaba y quedó incapacitado para acercarse nuevamente al alcohol.

Otra niña deseó que su madre nunca volviera a abandonarla. La mujer enfermó y pasó meses sin poder levantarse de la cama, permaneciendo en casa tal como la niña había pedido.

—Es mejor pedir cosas —dijo Abril—. Nunca personas.

La criatura me siguió a la escuela, al mercado y hasta una reunión con el director. Mientras yo intentaba explicar los malos resultados del grupo, unos dedos salieron de debajo del escritorio, me jalaron las agujetas y comenzaron a golpear rítmicamente mi rodilla.

Perdí el control al sexto día.

Conducía de regreso al pueblo cuando una mano apareció desde el espacio debajo del volante y trató de girarlo. La aparté de un manotazo, gritando que me dejara en paz, justo cuando una patrulla ficticia me indicó que me detuviera.

El agente, llamado Eusebio Nájera, me encontró golpeando el tablero y murmurando amenazas contra algo que él no podía ver. Me pidió que bajara del vehículo, revisó mis ojos y me hizo caminar en línea recta.

—Necesita dormir, profesor —dijo al devolverme mis documentos—. Está a punto de provocar un accidente.

El Amarrador no apareció durante el resto del día.

Los niños aseguraron que aquello era una mala señal.

Cuando llegué a casa encontré una caja de madera amarrada con mecate en medio de la sala. Olía a tierra mojada, aceite y algo metálico.

La caja era demasiado pesada, pero conseguí levantar la tapa.

Dentro había una gorra de policía, un cinturón, una libreta y varios objetos que reconocí de inmediato. Antes de que pudiera entenderlo, largas manos surgieron desde las esquinas y comenzaron a sacar partes del uniforme, acomodándolas como si intentaran reconstruir una figura humana.

Eusebio Nájera apareció ante mí, vivo pero deformado de una forma imposible, como si su cuerpo hubiera sido doblado para caber dentro de un espacio demasiado pequeño. No había sangre visible, pero sus extremidades estaban colocadas en ángulos que ningún ser humano podía soportar.

El agente respiraba y me miraba.

—Ayúdeme —suplicó.

Retrocedí hasta chocar con la pared.

El Amarrador había interpretado mi enojo como una petición. Yo quería que el policía dejara de molestarme, y la criatura había decidido convertirlo en un juguete.

—Llévatelo —grité—. Déjalo como estaba.

Las manos rodearon al agente y lo arrastraron hacia la sombra debajo de la mesa. La oscuridad pareció extenderse, tragándose la caja, el uniforme y al hombre.

Al día siguiente supe que Eusebio había sido encontrado inconsciente cerca de una brecha. Sobrevivió, pero nunca volvió a hablar y permaneció internado durante meses.

Los niños me preguntaron qué había pedido.

—Un televisor nuevo —mentí.

No quería contarles la verdad, aunque sobre todo no quería aceptar que mi primer favor había sido desperdiciado corrigiendo una tragedia que yo mismo provoqué.

Comencé a calcular la rotación.

Había veintisiete alumnos, y si la criatura continuaba siguiendo el mismo orden, volvería a elegirme aproximadamente cada siete meses. Aquello significaba que tendría más oportunidades.

Durante mi segundo turno solicité vacaciones y preparé mi casa para soportar la semana. Compré rompecabezas, canicas, trompos, cajas de madera y montones de objetos que el Amarrador pudiera esconder, desordenar y devolver.

Intenté eliminar todas las sombras colocando lámparas en cada esquina, pero la primera noche desperté sintiendo algo moverse dentro de mi garganta. Corrí a apagar las luces y varios dedos salieron lentamente de mi boca antes de esconderse debajo del sillón.

Comprendí que la oscuridad no era solo su escondite.

Era su puerta.

Durante siete días fingí sorpresa cada vez que derribaba una taza o cambiaba los objetos de lugar, porque había notado que la criatura se divertía más cuando yo reaccionaba. Cuando finalmente terminó su turno, pedí un boleto ganador de una rifa nacional ficticia.

Ganó.

El premio fue suficiente para pagar dos meses de renta.

Había olvidado especificar la cantidad.

—La próxima vez seré más cuidadoso —me prometí.

Entonces murió el hermano de Citlali.

Y todas mis ideas sobre dinero comenzaron a cambiar.

Parte 3: El deseo que intentó corregir una muerte

Citlali Reyes era una niña tranquila que vivía con sus padres y su hermano mayor, Mateo, en una casa cercana al río seco. Mateo había sido alumno mío años atrás y trabajaba reparando maquinaria agrícola en un taller familiar.

Murió cuando un vehículo sostenido por un gato mecánico cayó mientras él revisaba la parte inferior. No hubo misterio, maldición ni criatura, solo una falla absurda capaz de destruir una familia en pocos segundos.

Citlali dejó de asistir a clases durante dos semanas.

Su pupitre vacío me afectó más de lo que esperaba. Quizá porque yo había perdido a mi esposa años antes y sabía que el dolor puede convertir cada habitación en un recordatorio.

Mi tercer turno con el Amarrador estaba cerca.

Los niños me habían advertido muchas veces que jamás pidiera cambiar a una persona, pero Mateo ya estaba muerto. Pensé que no podía ocurrirle algo peor.

Durante la semana preparé juegos sencillos y soporté las manos que me jalaban las mejillas, escondían mis zapatos y cambiaban los muebles de lugar. Al séptimo día, cuando las luces comenzaron a parpadear anunciando el favor, pronuncié mi deseo con cuidado.

—Quiero que Mateo Reyes vuelva a la vida y aparezca aquí, dentro de mi departamento.

Creí haber pensado en todo.

No quería que apareciera frente a Citlali por si algo salía mal, ni pedí que regresara exactamente como había muerto. Supuse que la criatura comprendería que deseaba verlo vivo, sano y completo.

A las cuatro de la mañana desperté por un sonido rasposo que avanzaba por el pasillo. Parecía el roce de piedras arrastrándose sobre el piso.

Encendí la lámpara.

Mateo estaba junto a la puerta.

Había regresado con la misma ropa con la que fue enterrado, cubierta de tierra húmeda, y su cuerpo conservaba las consecuencias del accidente. Se movía utilizando los brazos, mientras sus piernas permanecían inmóviles detrás de él.

No grité.

El terror fue tan grande que mi cuerpo olvidó cómo hacerlo.

Mateo se arrastró hacia mí y sujetó mi muñeca con una mano helada.

—No me mande de vuelta —susurró.

—Voy a arreglarlo.

—No sabe lo que hay allá.

Su voz sonaba como si hablara desde el fondo de una cisterna.

Me contó fragmentos que apenas comprendí: un lugar sin amanecer, figuras inmensas que se movían detrás de las sombras y personas que continuaban pensando aun después de haber perdido el cuerpo. Dijo que el Amarrador era una de las pocas criaturas capaces de cruzar entre ambos lados.

—Él lo quiere a usted —murmuró—. Por eso lo dejó pedir.

Intenté apartarme, pero Mateo sacó de su chamarra una herramienta puntiaguda que había tomado de mi cocina. Se lanzó hacia mí con una desesperación salvaje.

—No voy a regresar —dijo—. Si usted muere, quizá pueda quedarme.

La herramienta me rozó el costado antes de que lograra empujarlo. Mateo cayó al suelo, pero siguió avanzando, incapaz de sentir dolor y dominado por el terror de volver al lugar del que había escapado.

Lo golpeé con una silla, aunque apenas reaccionó.

—¡Amarrador! —grité—. ¡Llévatelo!

Varias manos aparecieron debajo de la mesa y rodearon el torso de Mateo. Él comenzó a reír y llorar al mismo tiempo mientras era arrastrado hacia una oscuridad que se abrió sobre el piso como un pozo sin fondo.

Entonces me abrazó las piernas.

Caí y fui arrastrado con él.

Mis manos se aferraron al marco de una puerta que no existía segundos antes. Debajo de mí no había tierra ni paredes, sino un espacio interminable lleno de sombras, luces lejanas y formas tan grandes que mi mente no podía comprenderlas.

Por primera vez vi al Amarrador completo.

No era un hombre.

Parecía una mezcla imposible de araña, medusa y raíz, con decenas de brazos alargados que nacían de un cuerpo suspendido en la oscuridad. Entre sus pliegues brillaban pequeños ojos amarillos, y una boca enorme se abría y cerraba mientras emitía una risa parecida al ruido de niños jugando dentro de un túnel.

Una mano separó a Mateo de mis piernas.

Otra me empujó hacia arriba.

Caí de nuevo en mi sala mientras la abertura se cerraba, dejando solo una mancha oscura sobre el piso. Corrí al baño, aseguré la puerta y perdí el conocimiento.

El siguiente turno duró catorce días.

Había solicitado dos favores: traer a Mateo y llevárselo nuevamente.

No recibí recompensa.

Citlali regresó a clases sin saber que su hermano había pasado una noche en mi departamento. Jamás le conté, porque reconocer la verdad habría significado destruir el único consuelo que le quedaba: imaginar que Mateo descansaba en paz.

Desde aquel día comprendí algo que los niños ya sabían.

Los favores del Amarrador no eran milagros.

Eran trampas construidas con las palabras de quien pedía.

Parte 4: El maestro que quiso comprar su libertad

Después de lo ocurrido con Mateo, debería haber renunciado a cualquier deseo. Durante algunas semanas pensé incluso en abandonar la escuela y mudarme lejos, pero los alumnos aseguraban que la criatura siempre encontraba a quienes ya había elegido.

—No importa dónde viva —dijo Layla—. Ya lo conoce.

Comencé a observar a los niños de otra manera. Ya no eran pequeños mentirosos que inventaban historias para conseguir juguetes, sino personas obligadas a negociar con algo que ningún adulto podía protegerlos de enfrentar.

Cuando les tocaba, yo les permitía dormir durante clase y los acompañaba al comedor para que no estuvieran completamente solos. Sin embargo, mantenía cierta distancia, porque había visto lo posesivo que podía ser el Amarrador.

También aprendí que algunos deseos funcionaban mejor que otros.

Una niña pidió tocar el violín con destreza y comenzó a interpretar canciones después de sostener el instrumento por primera vez. Durante semanas, sin embargo, sus dedos se movían mientras dormía, sangrando ligeramente por el roce contra las sábanas.

Tomás pidió correr más rápido y ganó todas las competencias escolares, pero durante varios días no podía caminar despacio. Incluso dentro del salón se movía con pasos desesperados, chocando contra pupitres y paredes.

Cada favor entregaba exactamente lo solicitado.

Nunca lo que realmente se necesitaba.

Aun así, yo seguía pensando en el dinero.

Estaba cansado de la escuela, del salario insuficiente y de sentir que mi vida terminaría corrigiendo las mismas divisiones. Me convencí de que un deseo bien redactado podía sacarme de allí.

Escribí durante meses una petición detallada.

Solicitaría una suma exacta, depositada legalmente en una cuenta a mi nombre, sin afectar a ninguna persona, sin provocar accidentes y sin que el dinero desapareciera después. Pensé en cada trampa posible hasta llenar varias hojas.

Pero mientras se acercaba mi turno, los alumnos comenzaron a comportarse con un miedo distinto.

El ciclo escolar estaba por terminar.

Algunos pasarían a otra escuela, otros cambiarían de maestro y nadie sabía si el Amarrador los seguiría. Layla creía que la criatura se quedaría en el salón y elegiría al siguiente grupo.

Abril pensaba que perseguiría a los alumnos hasta que fueran adultos.

—Podría acompañarlos toda la vida —dijo.

Aquella idea me perturbó.

Había pasado años acusando a las familias de destruir emocionalmente a sus hijos, mientras yo planeaba utilizar la misma criatura que los aterrorizaba para enriquecerme. Peor aún, si el Amarrador se quedaba en la escuela, otros niños ocuparían sus lugares.

Durante mi siguiente semana, la criatura se mostró más activa que nunca. Derramó alimentos, escondió las llaves de mi casa y pasó horas trazando círculos sobre mi espalda con una uña fría.

Yo ya no reaccionaba como antes.

Había aprendido a fingir enojo para entretenerlo, aunque en realidad sentía lástima. El Amarrador no parecía comprender la diferencia entre diversión y sufrimiento, del mismo modo que un niño muy pequeño puede arrancar las alas de un insecto sin entender la crueldad.

La última noche colocó frente a mí una pequeña caja llena de monedas antiguas sin valor. Después comenzó a aplaudir con varias manos, esperando que yo celebrara.

Entonces comprendí por qué buscaba niños.

No porque fueran débiles.

Porque eran los únicos que todavía podían jugar con él.

Cuando llegó el momento del favor, sentí la presencia de la criatura detrás de mí. Las sombras crecieron sobre las paredes y decenas de ojos aparecieron dentro del armario.

Saqué las hojas donde había escrito mi solicitud de dinero.

Las sostuve durante varios minutos.

Después las rompí.

—Quiero que dejes en paz a todos mis alumnos —dije—. A los de este grupo, a los del próximo y a cualquier niño de esta escuela.

La habitación quedó completamente silenciosa.

Las manos se movieron con inquietud.

Una voz infantil, áspera y múltiple, surgió desde las sombras.

—Entonces tú juegas.

Comprendí el precio antes de responder.

—Yo jugaré contigo.

Los ojos amarillos parpadearon.

El Amarrador aceptó.

Parte 5: La última petición cambió el destino del salón

El ciclo escolar terminó un viernes caluroso, con madres repartiendo vasos de agua fresca y niños corriendo por el patio mientras sostenían reconocimientos impresos. Mis alumnos sonreían, aunque varios me observaban con sospecha porque ninguno había vuelto a ser elegido desde mi último turno.

Layla fue la primera en comprenderlo.

—Se lo llevó usted —dijo.

—No exactamente.

—Ahora siempre va a estar con usted.

Asentí.

La niña comenzó a llorar.

—No tenía que hacerlo.

—Ustedes tampoco tenían que soportarlo.

La criatura cumplió la petición. Ninguno de aquellos alumnos volvió a despertar con dedos sobre la cama, objetos aparecieron en sus habitaciones ni voces los llamaron desde las esquinas.

El siguiente grupo tampoco mostró señales.

Yo, en cambio, nunca volví a pasar una noche completamente solo.

El Amarrador continuó apareciendo cada siete semanas, y cada turno duraba más que el anterior. A veces me permitía trabajar, pero otras exigía atención durante días enteros, arrojando platos, escondiendo muebles y estirando sus manos desde cualquier sombra disponible.

Renuncié a la escuela.

El director creyó que estaba agotado y aceptó mi salida sin hacer preguntas. Vendí casi todas mis pertenencias y renté una antigua casa de campo fuera del pueblo, rodeada de nopales, mezquites y terreno suficiente para construir algo que pudiera mantener ocupada a la criatura.

Levanté un salón de juegos con rompecabezas, cajas, cuerdas, pelotas, figuras de madera y puertas que no llevaban a ninguna parte. Cubrí las ventanas con cortinas gruesas, porque el Amarrador necesitaba sombras para entrar.

No obtuve la fortuna que había planeado.

Solicité pequeños favores para mantenerme: cosechas abundantes, reparaciones que se realizaban solas y dinero suficiente para cubrir gastos básicos. Aprendí a formular cada petición sin ambición, porque ya había visto lo que ocurría cuando alguien exigía demasiado.

Mis antiguos alumnos crecieron.

Algunos visitaban la casa de vez en cuando, aunque nunca entraban después del atardecer. Layla se convirtió en enfermera, Tomás trabajó como carpintero y Citlali estudió para maestra.

Una tarde, muchos años después, Citlali llegó sola.

Se sentó conmigo bajo un corredor de tejas mientras el sol desaparecía detrás de los cerros. El Amarrador se movía dentro de la casa, abriendo y cerrando cajones.

—Siempre pensé que usted sabía algo sobre Mateo —dijo.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Por qué?

—Después de su muerte, usted comenzó a mirarme como si quisiera pedirme perdón.

Pude haber mentido.

Durante años me había dicho que guardar silencio era una forma de protegerla, pero Citlali ya no era una niña.

Le conté todo.

No describí cada detalle, aunque admití que había pedido el regreso de Mateo y que aquello había sido un error. Ella escuchó sin interrumpirme, con las manos apretadas sobre el regazo.

—¿Sufrió? —preguntó.

—Sí.

Citlali cerró los ojos.

—Entonces hizo bien en devolverlo.

Esperaba odio, pero solo vi tristeza.

—Yo creía que podía corregir la muerte —dije—. En realidad, solo quería sentirme útil.

—Los adultos siempre queremos corregir cosas que no entendemos.

Desde el interior llegó una risa grave.

Citlali miró hacia la puerta.

—¿Todavía está ahí?

—Siempre.

—¿Se arrepiente de habérselo quedado?

Observé la sombra enorme que cruzaba lentamente detrás de una cortina. Dos manos salieron por debajo de la puerta y acomodaron una pelota frente a mis pies.

—Algunas noches sí —respondí—. Pero los niños quedaron libres.

Citlali tomó la pelota y la hizo rodar hacia la oscuridad.

La criatura la devolvió.

Por primera vez, el Amarrador jugó con otro adulto sin intentar asustarlo. Quizá recordaba a la niña que había conocido años atrás, o tal vez solo agradecía que alguien nuevo comprendiera sus reglas.

—No es bueno —dijo Citlali.

—No.

—Pero tampoco sabe ser otra cosa.

Aquella frase explicaba mejor al monstruo que todos mis años de observación.

El Amarrador no concedía deseos para ayudar. Tampoco castigaba por maldad.

Jugaba, imitaba y entregaba cosas porque necesitaba mantener cerca a quienes elegía. Era una criatura solitaria con poder suficiente para destruir vidas y una mente incapaz de comprender por qué aquello estaba mal.

Los niños habían aprendido a temerlo.

Yo aprendí a ponerle límites sin pronunciar la palabra “no”.

Cuando sentía que se impacientaba, abría el salón de juegos, encendía música y fingía perseguir sus manos entre las sombras. A veces sus ojos amarillos aparecían en el techo y su risa hacía vibrar las ventanas.

Nunca volví a pedir riquezas.

Solo solicitaba lo necesario para mantener la casa, comprar materiales y evitar que el Amarrador buscara nuevos compañeros. Mi vida no fue cómoda, pero tuvo un propósito que jamás encontré frente a un pizarrón.

Años después, cuando la antigua escuela fue remodelada, los trabajadores encontraron pequeños dibujos escondidos detrás de un armario. Mostraban manos largas, ojos amarillos y niños sentados lejos unos de otros.

Nadie entendió su significado.

Los antiguos alumnos sí.

Cada diciembre algunos llegaban a mi casa con juguetes, rompecabezas y cajas de madera. Los dejaban junto a la entrada sin quedarse demasiado tiempo, como una forma silenciosa de agradecer que sus propios hijos jamás tuvieran que conocer a la criatura.

Yo envejecí.

El Amarrador no.

Sus dedos continuaron siendo igual de largos, su risa igual de infantil y sus juegos igual de absurdos. A veces me preguntaba qué ocurriría cuando yo muriera, pero nunca me atreví a formular esa pregunta frente a él.

Quizá me llevaría a aquel lugar detrás de las sombras.

Quizá buscaría a otra persona.

O quizá cumpliría el único deseo que nunca pronuncié: aprender a estar solo.

Hasta entonces, cada noche dejaba una lámpara apagada en el corredor, una pelota junto a la puerta y un rompecabezas incompleto sobre la mesa. Poco después de la medianoche, una mano gris aparecía desde la oscuridad y colocaba una pieza en el lugar equivocado.

Yo fingía enfadarme.

La criatura reía.

Y muy lejos de aquella casa, los niños dormían tranquilos.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

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