“¡Agárrale la cabeza!” — Tres ganaderos vieron a una criatura enorme sacar un becerro de una barranca inundada, pero lo que hizo después los dejó callados treinta años
“¡Agárrale la cabeza!” — Tres ganaderos vieron a una criatura enorme sacar un becerro de una barranca inundada, pero lo que hizo después los dejó callados treinta años
Parte 1: La creciente que convirtió una tarde cualquiera en pesadilla
Durante casi treinta años guardé esta historia porque sabía exactamente lo que ocurriría si la contaba en voz alta. Algunos dirían que confundimos a un oso con otra cosa, otros que la lluvia, el miedo y el ruido del agua nos hicieron ver lo que queríamos ver, pero hay algo que ninguna de esas explicaciones consigue resolver: éramos tres hombres mirando el mismo arroyo, y los tres vimos a aquella criatura salir de la corriente cargando un becerro vivo.
Me llamo Hilario Mendoza, tengo sesenta y nueve años y he pasado casi toda mi vida criando ganado en la Sierra del Venado, una región montañosa del norte de México donde los caminos de terracería desaparecen entre pinos, encinos, peñascos rojizos y barrancas que durante la temporada de lluvias pueden transformarse en ríos en cuestión de minutos. Allí aprendí desde niño a reconocer huellas, distinguir el resoplido de una vaca asustada del gruñido de un animal salvaje y entender que el monte siempre avisa cuando algo está a punto de cambiar.
Aquella tarde de julio de 1994 llevaba cuatro días lloviendo casi sin descanso, y el Arroyo del Coyote había dejado de parecer el cauce tranquilo que conocíamos para convertirse en una corriente café, pesada y violenta que golpeaba las piedras con tanta fuerza que hacía vibrar el suelo. Mi compadre Jacinto Robles tenía diecisiete vacas y seis becerros pastando en un potrero bajo, demasiado cerca de la ribera, y cuando vimos que el agua comenzaba a meterse entre los mezquites supimos que había que sacar a los animales antes de que anocheciera.
Jacinto llegó primero con su impermeable de lona, un sombrero viejo empapado y una cuerda enrollada al hombro, mientras mi hermano menor, Laureano, apareció minutos después montando una mula ceniza que apenas quería acercarse al ruido del agua. Yo llevaba botas de hule, pantalón de mezclilla, una chamarra gruesa y un silbato que usábamos para mover el ganado, aunque aquella tarde ningún silbido parecía capaz de imponerse al estruendo del arroyo.
—Hay que subirlas por la loma del mezquite —dijo Jacinto, mirando el nivel del agua con el ceño fruncido—. Si se nos quedan aquí otra hora, se van a quedar atrapadas.
Nos colocamos detrás del hato y comenzamos a conducirlo hacia el terreno alto, usando ramas largas para guiarlas sin golpearlas y gritando cuando alguna intentaba regresar. Las vacas estaban alteradas por el viento, el barro y los relámpagos que todavía se escuchaban lejos, de modo que cada pocos metros alguna se detenía o giraba buscando a su cría.
Habíamos logrado mover casi todo el ganado cuando un becerro colorado de apenas unos meses se separó de su madre y salió corriendo hacia un claro. Tal vez lo asustó una rama que cayó detrás de él, tal vez simplemente eligió la dirección equivocada, pero recuerdo perfectamente cómo Jacinto cambió de expresión cuando vio hacia dónde se dirigía.
—¡No, chamaco, para allá no! —gritó.
El becerro resbaló en una franja de barro, intentó recuperar el equilibrio y desapareció por la pendiente que terminaba directamente en el arroyo. Su madre lanzó un bramido tan fuerte que se escuchó por encima de la corriente, y los tres corrimos cuesta abajo sabiendo que quizá ya era demasiado tarde.
Durante varios segundos pudimos ver únicamente agua café, ramas y espuma. Después apareció la cabeza del becerro unos veinte metros corriente abajo, girando una y otra vez mientras trataba de mantener el hocico fuera del agua.
—¡Está vivo! —gritó Laureano.
Jacinto comenzó a caminar por la orilla buscando un punto donde pudiera acercarse, pero el terreno se desmoronaba bajo sus botas. El agua arrastraba troncos completos, y cualquiera de nosotros que entrara más allá de la cintura probablemente acabaría golpeado contra las piedras.
Agarré una cuerda del cinturón de Jacinto y traté de calcular si podríamos lanzarla hacia el animal. No llegaba ni a la mitad de la distancia.
Entonces Laureano dejó de mirar al becerro.
Su cara cambió.
—Hilario —murmuró—. Mira allá arriba.
Seguí la dirección de su dedo.
Al principio creí que era un tronco enorme atrapado entre dos rocas, porque había una masa oscura casi en medio de la corriente. Pero los troncos bajaban con el agua, mientras aquello parecía avanzar lentamente en dirección contraria.
Di un paso hacia la orilla.
La masa oscura se levantó.
Aún ahora, tantos años después, puedo recordar la sensación exacta que me recorrió la espalda cuando comprendí que estaba mirando una figura erguida. Era demasiado alta para ser un hombre corriente y demasiado estrecha en algunas partes para parecer un oso parado sobre las patas traseras.
El agua le golpeaba alrededor de la cintura y el pecho.
Aun así, avanzaba.
—Madre santísima —susurró Jacinto.
La criatura estaba cubierta de un pelo largo, oscuro y completamente empapado que se pegaba a sus hombros. Tenía brazos extraordinariamente largos, manos enormes y una espalda tan ancha que la corriente parecía dividirse contra ella.
Lo más extraño era su dirección.
No venía hacia nosotros.
Iba hacia el becerro.
Los tres dejamos de hablar.
La criatura avanzó varios metros contra la corriente, apoyándose en el fondo como si supiera exactamente dónde estaban las piedras grandes. Cuando alcanzó al animal, extendió un brazo y lo sujetó alrededor del pecho antes de que volviera a hundirse.
Jacinto reaccionó primero.
—¡Agárrale la cabeza! —gritó hacia nadie en particular.
No sé por qué interpreté aquella orden como si fuera para mí.
Quizá fue costumbre de ranchero.
Quizá fue miedo.
Tal vez simplemente no soporté ver al becerro ahogándose a pocos metros.
Me metí al agua.
El primer paso apenas me llegó a las rodillas, el segundo casi a la cintura y el tercero estuvo a punto de tirarme. Clavé una mano en las raíces de un sauce pequeño mientras extendía la otra hacia el becerro.
—¡Hilario, salte de ahí! —gritó Laureano.
Yo seguí avanzando.
La criatura estaba cada vez más cerca.
Vi el lomo mojado del becerro, intenté alcanzar su cuello y no encontré nada.
Entonces algo cerró los dedos alrededor de mi muñeca.
No era una rama.
No era una cuerda.
Era una mano.
Una mano enorme.
Levanté lentamente la cabeza.
La criatura estaba frente a mí.
Con un brazo sostenía al becerro.
Con el otro me sujetaba a mí.
Y en aquel instante descubrí algo que me asustó todavía más que su tamaño.
No estaba intentando arrastrarme hacia el centro.
Me estaba empujando hacia la orilla.
Parte 2: La criatura del arroyo no se comportó como esperábamos
Durante un segundo me quedé completamente inmóvil porque mi cuerpo parecía haberse olvidado de respirar. La mano rodeaba casi todo mi antebrazo, pero no apretaba con crueldad; ejercía únicamente la presión necesaria para mantenerme firme mientras el agua intentaba tumbarme.
Vi su rostro a menos de dos metros.
La frente era ancha, la nariz corta y aplanada, la mandíbula fuerte y cubierta por pelo más corto que el del resto del cuerpo. No tenía la expresión vacía de un animal asustado ni la agresividad que uno esperaría encontrar en algo acorralado.
Sus ojos eran marrón oscuro con reflejos cobrizos.
Y me estaban mirando.
No puedo demostrar lo que pensé en aquel momento, pero sentí algo muy concreto: aquello sabía que yo estaba en peligro.
Me empujó un paso hacia atrás.
Luego otro.
Yo dejé de resistirme.
La corriente seguía golpeándonos, pero aquella criatura se movía con una estabilidad imposible, cargando al becerro contra un costado mientras me guiaba hacia una parte menos profunda. Cuando mis botas volvieron a tocar terreno firme, soltó mi brazo.
Jacinto y Laureano entraron apenas unos pasos para ayudarme a salir.
La criatura levantó entonces al becerro.
No exagero cuando digo que lo movió con la facilidad con que un hombre levantaría un costal de alimento.
Lo depositó sobre una franja de barro.
El animal cayó de costado y no se movió.
Jacinto corrió hacia él, se arrodilló y empezó a frotarle el cuello.
—Vamos, muchacho… vamos.
El becerro tosió.
Expulsó agua.
Volvió a toser y agitó una pata.
Su madre se acercó bramando desde detrás de nosotros.
Después de unos segundos que parecieron eternos, el animal levantó la cabeza.
Estaba vivo.
Jacinto lo sostuvo mientras intentaba incorporarse.
Laureano lloraba, aunque después juró durante años que solo tenía agua de lluvia en la cara.
Yo no miraba al becerro.
Miraba a la criatura.
Fuera del agua resultaba aún más difícil encontrar una explicación.
Debía medir alrededor de dos metros treinta, quizá un poco más, aunque calcular alturas en una situación así es complicado. Tenía piernas largas, torso poderoso, hombros anchos y brazos que le llegaban bastante por debajo de la cintura.
Su pelo mojado era marrón muy oscuro, casi negro en la espalda, pero algo más claro alrededor del pecho. El agua le caía en chorros desde los codos.
La criatura observó al becerro.
Después a Jacinto.
Luego me miró otra vez.
Yo todavía tenía marcada su mano alrededor de la muñeca.
—Gracias —dije.
No sé por qué.
Fue lo único que se me ocurrió.
Laureano me miró como si me hubiera vuelto loco.
La criatura inclinó apenas la cabeza.
Después giró.
Regresó directamente hacia el arroyo.
—No puede ser —susurró Jacinto.
Entró en la corriente sin buscar un paso seguro.
El agua le llegó primero a los muslos, luego a la cintura y finalmente al pecho. Durante unos metros parecía que cualquier golpe de agua podría derribarlo, pero siguió avanzando mientras usaba los brazos para mantener el equilibrio.
No nadó.
Caminó.
Cruzó el cauce completo.
Cuando llegó al otro lado se sostuvo de una roca, subió una pendiente cubierta de lodo y se internó entre pinos y encinos.
Lo vimos desaparecer.
Ninguno de nosotros habló durante varios minutos.
El becerro logró ponerse de pie, todavía temblando.
Jacinto fue quien rompió el silencio.
—Tenemos que sacar las vacas.
Eso hicimos.
Continuamos trabajando hasta que todos los animales quedaron en terreno alto.
No mencionamos lo ocurrido.
Ni una palabra.
Cuando regresé a casa aquella noche, mi esposa, Celia, vio las marcas rojizas alrededor de mi brazo y me preguntó qué me había pasado. Le dije que una cuerda me había golpeado mientras intentábamos sacar ganado.
Mentí.
No porque creyera que no me entendería.
Mentí porque todavía no sabía cómo contar algo que yo mismo no podía aceptar.
Esa noche apenas dormí.
Cada vez que cerraba los ojos veía aquellos ojos cobrizos.
No recordaba miedo en ellos.
Recordaba atención.
La idea me inquietaba.
Al amanecer regresé solo al Arroyo del Coyote.
La lluvia había parado y el nivel había bajado casi medio metro.
Yo necesitaba comprobar si lo ocurrido había sido exactamente como lo recordaba.
Encontré primero las marcas del becerro.
Después mis botas.
Luego vi algo más.
Huellas enormes salían de la orilla opuesta.
Bajaban hacia el agua.
Y aparecían nuevamente del lado donde habíamos estado nosotros.
Me agaché.
Tenían cinco dedos.
No parecían huellas de oso.
No tenían la forma de botas.
Parecían pies.
Pies gigantescos.
Saqué del bolsillo una cinta de medir que siempre cargaba para trabajos del rancho.
Treinta y nueve centímetros.
La parte más ancha superaba los quince.
Medí la distancia entre una pisada y la siguiente.
Era enorme.
Seguí el rastro.
Las huellas llegaban hasta el punto exacto donde la criatura había depositado al becerro.
Después regresaban al arroyo.
Me quedé allí mucho tiempo.
No necesitaba convencerme de que algo había ocurrido.
El barro ya lo había hecho.
Parte 3: Tres hombres guardaron el mismo secreto durante décadas
Corté una varita del tamaño aproximado de una de las huellas y la llevé conmigo, aunque después me pareció una tontería. También dibujé la forma en una libreta y anoté las medidas, la fecha, la hora aproximada y el nivel que había alcanzado el agua.
No tomé fotografías.
En aquella época yo no llevaba cámara al potrero.
Regresé al rancho y encontré a Laureano sentado bajo el corredor, tomando café.
No tuve que decir nada.
—Volviste al arroyo —dijo.
Asentí.
—¿Había huellas?
Volví a asentir.
Laureano dejó la taza.
—Entonces no lo imaginamos.
Jacinto llegó esa misma tarde.
También había estado pensando en regresar.
Cuando le enseñé las medidas, se quedó callado.
—No quiero que esto se convierta en circo —dijo finalmente—. Bastante raro fue vivirlo.
Ninguno de nosotros propuso un juramento.
No hicimos ningún pacto formal.
Simplemente dejamos de hablar.
En pueblos pequeños, una historia extraña puede convertirse rápidamente en apodo, burla o atracción para curiosos. Jacinto temía que desconocidos comenzaran a recorrer su propiedad buscando a “la bestia del arroyo”, y yo sabía que, sin fotografía ni restos, nadie tendría obligación de creernos.
Así pasaron los años.
El becerro sobrevivió.
Jacinto lo conservó incluso cuando ya era un toro grande y pesado.
—Este ya pagó su suerte —decía.
Nunca supe si lo decía en broma.
Cada vez que veía al animal pensaba en aquellas manos enormes levantándolo desde el agua.
Laureano dejó la ganadería y abrió un pequeño taller de carpintería en Valle del Encino.
Yo seguí trabajando con ganado.
Jacinto envejeció en su parcela.
Durante mucho tiempo nada volvió a ocurrir.
Hasta una mañana de 2003.
Laureano llegó a mi casa sin avisar.
Traía una mochila pequeña y una cara que reconocí inmediatamente.
—Vi algo —dijo.
Me contó que dos días antes había llevado madera a una comunidad serrana situada más al norte. Mientras regresaba por un camino estrecho, vio una figura oscura cruzar entre los pinos unos cincuenta metros delante de su camioneta.
—Caminaba en dos piernas —me explicó—. Y era demasiado grande.
Le pregunté si había visto la cara.
Negó.
—Pero se movía igual.
Aquella palabra me golpeó.
Igual.
No hablamos del tema durante meses.
Después empezaron a llegar historias de otros rancheros.
Nada concreto.
Una huella demasiado grande junto a una acequia.
Una figura peluda vista al amanecer.
Golpes extraños en la madera de una cabaña.
Animales que se quedaban mirando fijamente hacia el bosque.
La mayoría de esas historias podía tener explicaciones normales.
Osos.
Venados.
Personas.
Sombras.
Nunca quise convertir cada ruido del monte en evidencia de algo misterioso.
Pero en 2007 ocurrió algo que cambió mi manera de ver aquella tarde del arroyo.
Un pastor llamado Donato Vélez llegó una noche al rancho buscando ayuda porque una de sus cabras había quedado atrapada entre rocas después de una tormenta. Mientras cenábamos, mencionó casualmente una historia que su abuelo le contaba desde niño.
Según él, en las partes más altas de la sierra existían “los hombres del monte”.
No fantasmas.
No demonios.
Seres de carne y hueso.
Grandes.
Cubiertos de pelo.
Casi nunca agresivos si nadie los molestaba.
—Mi abuelo decía que ellos saben cuándo uno viene con malas intenciones —dijo Donato—. Por eso mejor no perseguirlos.
Yo sentí un escalofrío.
No le conté nada.
Después pregunté dónde había escuchado aquello.
Donato señaló hacia la zona alta.
—Por el Barranco del Tepozán.
Era exactamente la dirección hacia la que la criatura había desaparecido en 1994.
Esa noche saqué mi vieja libreta.
Las medidas seguían allí.
Treinta y nueve centímetros.
Cinco dedos.
Paso largo.
Leí aquellas notas varias veces.
Por primera vez comencé a preguntarme si nuestro encuentro no había sido tan extraordinario como creíamos.
Tal vez nosotros éramos quienes habíamos llegado tarde a una historia mucho más antigua.
Pasaron más años.
Jacinto murió en 2012.
Durante sus últimos meses lo visité varias veces.
Nunca hablamos directamente de la criatura.
Hasta una tarde.
Estaba sentado junto a una ventana mirando las nubes sobre la sierra.
—Hilario —me dijo—, ¿tú crees que aquello sigue allá?
No necesité preguntar a qué se refería.
—No sé.
Jacinto sonrió.
—Yo creo que sí.
Después permaneció en silencio.
—Nunca entendí por qué salvó al becerro.
Pensé unos segundos.
—Tal vez no necesitaba una razón.
Jacinto me miró.
—Eso es lo que más miedo me da.
No entendí la frase entonces.
Años después sí.
Porque resulta fácil imaginar que algo desconocido es peligroso.
Resulta mucho más difícil aceptar que quizá entiende cosas que nosotros no comprendemos.
Parte 4: Una nueva huella hizo regresar todo lo que intentamos olvidar
En septiembre de 2019, veinticinco años después de aquella creciente, mi nieto Emiliano vino al rancho con dos amigos de la universidad. Les gustaba caminar por la sierra y tomar fotografías de aves, cactus y paisajes, y yo les permití acampar en un terreno alto siempre que no se acercaran al arroyo si comenzaba a llover.
Regresaron al día siguiente antes de lo previsto.
Emiliano venía serio.
—Abuelo, encontramos algo.
Sacó su teléfono.
Había tomado varias fotografías de una huella junto a un manantial.
Grande.
Larga.
Con cinco dedos.
Sentí que el tiempo se doblaba.
La forma era casi idéntica a la que había dibujado en mi libreta.
—¿Dónde fue?
Me mostró el lugar en un mapa.
Barranco del Tepozán.
La misma zona.
Laureano todavía vivía, aunque caminaba con bastón y ya casi nunca salía del pueblo.
Lo llamé.
—Tenemos que ver algo.
Llegó esa tarde.
Cuando vio la fotografía, no dijo nada durante casi un minuto.
Después preguntó:
—¿Está fresco?
Emiliano calculaba que tendría menos de dos días.
Laureano me miró.
Los dos sabíamos lo que estábamos pensando.
Decidimos ir al lugar al amanecer.
No para buscar a la criatura.
Solo queríamos ver la huella.
La caminata fue lenta.
Cuando llegamos, la marca seguía visible en una franja de barro húmedo.
Había otra más adelante.
Y otra.
El rastro se alejaba hacia el bosque.
Emiliano quería seguirlo.
Yo lo detuve.
—No.
—¿Por qué?
Miré a Laureano.
—Porque si algo vive allá y ha conseguido mantenerse oculto tantos años, tiene derecho a que no vayamos detrás.
Mi nieto me observó sorprendido.
Entonces comprendí que había llegado el momento de contarle la historia.
Nos sentamos bajo un pino.
Le hablé del becerro.
Del río.
De la mano alrededor de mi brazo.
De los ojos.
De las huellas.
Emiliano no se rió.
Tampoco me creyó inmediatamente.
Hizo lo correcto.
Preguntó.
—¿Pudo ser un oso?
—No caminaba como uno.
—¿Un hombre con algún tipo de traje?
—No en aquella corriente.
—¿Pudieron calcular mal el tamaño?
—Seguro que algunas cosas las recuerdo peor de lo que ocurrieron.
Él agradeció esa respuesta.
Nunca he querido convencer a nadie mediante exageraciones.
Solo puedo contar lo que vi.
Cuando terminamos, Laureano agregó algo que yo no conocía.
—Yo escuché un sonido esa tarde.
Lo miré.
—¿Qué sonido?
—Después de que cruzó el río.
Dijo que justo antes de desaparecer entre los árboles, la criatura produjo un sonido grave, algo entre un soplido y una vocalización corta.
—Nunca te lo dije porque pensé que era el agua.
Emiliano preguntó si podíamos grabar la zona durante algunas noches.
Acepté únicamente con cámaras colocadas cerca de los senderos, sin carnada y sin intentar perseguir nada.
Durante tres semanas no apareció nada extraordinario.
Venados.
Coyotes.
Un tejón.
Dos zorros.
Una familia de jabalíes.
Después, una madrugada, una cámara captó algo.
No era suficiente para demostrar nada.
En el borde del cuadro aparecía una silueta grande pasando detrás de un pino.
Solo se veía un hombro, parte de un brazo y una pierna.
La imagen estaba borrosa.
Cualquiera podía decir que era una persona.
Pero había un detalle.
El brazo parecía demasiado largo.
Laureano observó la pantalla y susurró:
—Es la misma manera de caminar.
Nunca publicamos la fotografía.
Emiliano me preguntó por qué.
Le respondí que la imagen no demostraba nada y que subirla a internet solo atraería personas dispuestas a invadir la zona para buscar fama.
Él estuvo de acuerdo.
Al mes siguiente retiramos las cámaras.
Cuando recogimos la última, encontramos junto al sendero algo que todavía no sé interpretar.
Una piedra grande había sido colocada sobre un tronco caído.
Quizá alguien la puso.
Quizá había caído allí.
Quizá no significaba nada.
Pero alrededor había tres huellas enormes.
Se alejaban de nosotros.
No se acercaban.
Parte 5: Aprendí que lo desconocido no siempre merece nuestro miedo
Hoy soy un hombre viejo.
Ya no cruzo barrancas como antes y mis rodillas protestan cada vez que intento subir por los senderos que recorría sin pensar cuando tenía treinta años.
Laureano murió hace dos inviernos.
Antes de hacerlo me pidió una cosa.
—No cuentes la historia para hacer famoso al animal.
Le prometí que no lo haría.
Por eso he cambiado nombres de parajes y detalles exactos cuando alguien me pregunta.
No quiero cazadores.
No quiero curiosos.
No quiero personas tratando de capturar algo simplemente porque no encaja en lo que conocemos.
Durante mucho tiempo pensé que lo más aterrador de aquella tarde había sido descubrir que en nuestros montes podía existir una criatura enorme que ninguno de nosotros sabía identificar.
Ahora pienso diferente.
Lo que me inquieta verdaderamente es la decisión que tomó.
El becerro no le pertenecía.
Yo tampoco.
No tenía ninguna razón visible para ayudarnos.
Aun así, entró en una corriente que podía matar a cualquiera.
Sostuvo al animal.
Me sacó del punto donde estaba a punto de perder el equilibrio.
Después se marchó.
Nunca enseñó los dientes.
Nunca intentó perseguirnos.
Nunca reclamó nada.
A veces recuerdo el momento en que su mano cerró alrededor de mi brazo.
Podría haberme roto el hueso.
Tenía fuerza suficiente.
En cambio, controló exactamente la presión necesaria para guiarme.
Eso significa, al menos para mí, que entendía la diferencia entre hacer daño y ayudar.
Cuando pienso en aquellos ojos cobrizos, no recuerdo ferocidad.
Recuerdo atención.
Tal vez era solo un animal extraordinariamente inteligente.
Tal vez pertenecía a una especie desconocida.
Tal vez existe una explicación que yo moriré sin conocer.
Estoy cómodo con esa posibilidad.
No necesitamos convertir cada misterio en certeza.
Hace poco llevé a Emiliano hasta el potrero donde había ocurrido todo.
El Arroyo del Coyote estaba tranquilo.
Los sauces habían crecido.
Las piedras parecían más pequeñas de lo que recordaba.
Mi nieto se sentó conmigo cerca de la orilla.
—¿Todavía crees que sigue vivo? —preguntó.
Miré hacia las montañas.
—No sé si era uno o muchos.
—¿Pero crees que siguen ahí?
Sonreí.
—Espero que sí.
Emiliano se quedó callado.
Después preguntó por qué.
Pensé en Jacinto.
En Laureano.
En el becerro colorado temblando sobre el barro.
—Porque si logró vivir tantos años sin molestarnos, quizá el problema nunca fue que estuviera cerca.
—¿Entonces cuál era?
—Que nosotros no sabemos dejar en paz lo que no entendemos.
Nos quedamos escuchando el agua.
Antes de marcharnos encontré una rama atrapada entre dos piedras.
Por un instante, su forma me recordó aquella mano enorme.
Sonreí ante mi propia imaginación y continué caminando.
No todo ruido es una criatura.
No toda sombra es un misterio.
He aprendido también eso.
Pero hay recuerdos que uno no puede explicar simplemente porque han pasado muchos años.
Recuerdo el peso de aquella mano.
Recuerdo el pelo oscuro pegado a los hombros.
Recuerdo cómo el agua se abría alrededor de sus piernas.
Recuerdo al becerro respirando otra vez.
Y recuerdo perfectamente que tres hombres adultos, acostumbrados a tormentas, animales heridos y noches solitarias en el monte, nos quedamos sin palabras mientras aquella figura desaparecía entre los árboles.
Si alguien me pregunta qué era, respondo siempre lo mismo.
—No lo sé.
Nunca lo llamo monstruo.
Un monstruo habría visto al becerro hundirse y habría continuado caminando.
Aquello regresó hacia él.
Un monstruo habría utilizado su fuerza contra mí.
Aquello me apartó del peligro.
Quizá algunas historias antiguas nacieron de encuentros como ese.
Tal vez, durante generaciones, la gente de la sierra vio cosas que no sabía nombrar y decidió convertirlas en cuentos porque era más fácil contar una leyenda que admitir ignorancia.
Yo no puedo demostrar que exista una especie desconocida escondida entre nuestras montañas.
Tampoco puedo demostrar que la figura que vimos aquel día siga allí.
Solo puedo decir que, en una tarde de lluvia de 1994, algo enorme caminó contra una corriente donde nosotros no podíamos entrar.
Sacó un becerro vivo.
Me sujetó cuando estaba a punto de caer.
Y regresó al bosque.
Desde entonces miro las montañas de otra manera.
No con miedo.
Con respeto.
Porque quizá todavía existen rincones donde el mundo guarda cosas que no necesitan ser descubiertas.
Y si algún día vuelvo a encontrar una huella enorme marcada en el barro, probablemente haré exactamente lo que aprendí aquella tarde.
La observaré.
Recordaré aquellos ojos cobrizos.
Y caminaré en la dirección contraria.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.