Acepté trabajar de noche en la gasolinera más solitaria de la sierra, pero las cinco reglas de la dueña revelaron quiénes viajaban realmente por aquella carretera
Acepté trabajar de noche en la gasolinera más solitaria de la sierra, pero las cinco reglas de la dueña revelaron quiénes viajaban realmente por aquella carretera
Parte 1: Las cinco reglas de la estación El Farol
Me llamo Julián Robles, tengo treinta y nueve años y durante casi tres años trabajé en el turno nocturno de una pequeña gasolinera llamada El Farol, levantada junto a una carretera estatal que atravesaba la sierra entre San Jacinto del Monte y varios pueblos tan pequeños que rara vez aparecían en los mapas. Durante el día, el lugar parecía común: cuatro bombas antiguas, una tienda con estantes de botanas, una vitrina de pan dulce, un refrigerador que zumbaba demasiado fuerte y un anuncio desteñido que prometía café de olla a un precio que llevaba años sin respetarse.
Detrás del edificio había un cuarto para cilindros, un corral de lámina donde guardábamos cajas vacías y una pared de pinos que descendía hacia una barranca cubierta de neblina. Del otro lado de la carretera también había árboles, tantos que después de medianoche la oscuridad parecía tragarse el asfalto apenas terminaba el alcance de las lámparas.
Yo había aceptado aquel empleo porque necesitaba estabilidad, no aventuras, pues durante casi una década había trabajado como cargador, ayudante de albañil, velador y repartidor, siempre brincando de un sueldo a otro. El silencio de la sierra me pareció un descanso, y la rutina de cobrar combustible, limpiar el mostrador y preparar café era exactamente lo que buscaba.
La propietaria se llamaba doña Ofelia Salgado, una mujer de cabello plateado, rebozo oscuro y mirada firme que parecía haber nacido detrás de aquella caja registradora. Nadie sabía cuánto tiempo llevaba administrando la estación, porque algunos aseguraban que treinta años, otros hablaban de cuarenta, y un anciano juraba haberla visto allí cuando él todavía iba a la primaria.
Mi entrevista duró menos de cinco minutos.
—¿Te da miedo trabajar solo? —preguntó.
—No.
—¿Te molesta venir en días festivos?
—Mientras pague puntual, no.
Ofelia cerró mi solicitud, me estrechó la mano y dijo que comenzara el lunes.
Las primeras semanas transcurrieron sin nada extraño, y pronto aprendí que la puerta del congelador se atoraba si la abrían demasiado, que la bomba número dos fallaba cuando alguien apretaba con fuerza la palanca y que la cafetera emitía tres chasquidos antes de terminar. Ya conocía también a los clientes habituales: camioneros, campesinos que salían temprano, parejas que viajaban entre pueblos y un policía municipal llamado Tomás Varela que siempre compraba café negro a las once y media.
La noche anterior a dejarme completamente solo, doña Ofelia me pidió que entrara en la oficina, abrió el cajón inferior de un archivero oxidado y colocó sobre el escritorio una hoja plastificada. En ella había cinco reglas escritas a mano, con letras grandes y cuidadosas.
La primera decía: “Si todas las luces se apagan, escóndete debajo del mostrador hasta que vuelvan”.
La segunda: “Nunca vendas combustible a una persona vestida con impermeable cuando no esté lloviendo”.
La tercera: “A las 2:17, la bomba número cuatro se activará sola; no intentes detenerla”.
La cuarta: “Si la cafetera comienza a funcionar después de medianoche sin que nadie la encienda, no la toques”.
La quinta: “Si entra un niño solo preguntando por sus padres, no te ofrezcas a buscarlos”.
Al terminar de leer, solté una pequeña risa, convencido de que aquello era una broma para asustar al nuevo. Doña Ofelia dobló la hoja, la guardó en el bolsillo de mi camisa y me sostuvo la mirada.
—Puedes burlarte ahora, Julián, pero cuando llegue el momento, obedeces.
La primera noche solo comenzó con normalidad, hasta que a la una de la mañana la carretera quedó completamente vacía y el silencio se volvió tan profundo que podía escuchar el golpeteo del reloj. Entonces todas las luces se apagaron al mismo tiempo, incluidos los refrigeradores, la caja y las lámparas exteriores.
Busqué una linterna debajo del mostrador, dispuesto a revisar los fusibles, cuando la campanilla de la puerta sonó.
La puerta no se había abierto.
La campanilla sonó otra vez, seguida por unos pasos pesados que avanzaron entre los estantes, y antes de que pudiera convencerme de que aquello tenía una explicación, recordé la regla y me escondí debajo del mostrador. Allí apenas cabía entre paquetes de servilletas, rollos de papel y una caja metálica donde guardábamos monedas.
En menos de un minuto, el interior de la tienda parecía lleno de clientes, pues se abrían los refrigeradores, crujían envolturas y algo pesado rozaba los anaqueles. Nadie hablaba.
Desde una abertura vi pasar unos pies grisáceos con cuatro dedos largos y uñas negras que raspaban el piso. Después aparecieron unas piernas humanas cuyos tobillos se doblaban hacia atrás.
Una tercera figura se detuvo frente a la caja.
Lentamente, una mano pálida se deslizó bajo el mostrador, con dedos tan largos que parecían ramas mojadas, tanteando entre las cajas hasta quedar a pocos centímetros de mi rostro. Yo contuve la respiración mientras las uñas golpeaban el suelo una vez, luego otra, como si aquello supiera exactamente dónde estaba.
De pronto, la campanilla volvió a sonar y la mano se retiró.
Los pasos comenzaron a alejarse, uno tras otro, hasta que el silencio regresó y las luces se encendieron como si nada hubiera ocurrido. Esperé todavía un minuto antes de salir.
Los productos estaban acomodados, los refrigeradores cerrados y no faltaba dinero, pero frente a la caja había tres huellas húmedas, grises y terminadas en marcas de garras. Las huellas se interrumpían en medio del pasillo, como si la criatura que las dejó se hubiera desvanecido.
Doña Ofelia llegó al amanecer, observó el suelo y preguntó:
—¿Te escondiste?
—Sí.
Por primera vez desde que la conocía, sonrió.
Después tomó el trapeador, limpió las huellas y, cuando le pregunté qué había entrado, únicamente respondió:
—Clientes que no deben encontrar al encargado.
Parte 2: El hombre del impermeable amarillo
Después de aquella noche dejé de reírme de las reglas, aunque durante varios días no sucedió nada fuera de lo común y comencé a preguntarme si el miedo había exagerado lo que vi. Esa tranquilidad terminó un jueves, cuando el cielo estaba despejado y las estrellas parecían clavadas sobre la sierra.
Poco después de la una, una camioneta vieja entró lentamente y se detuvo junto a la bomba número cuatro. Tenía las puertas cubiertas de óxido, un faro roto y alambre sujetando la compuerta trasera.
Del vehículo descendió un hombre vestido con un grueso impermeable amarillo que le llegaba hasta las rodillas.
Miré el cielo, el asfalto y las montañas, pero no había una sola nube, ni viento, ni la menor señal de lluvia. Aun así, el hombre entró dejando un rastro de agua oscura sobre el piso.
—La cuatro —dijo desde el otro lado del mostrador.
—Las bombas están fuera de servicio.
Él inclinó la cabeza, manteniendo el rostro oculto dentro de la capucha.
—Funcionaban ayer.
—Esta noche no.
—No necesito mucho.
—No puedo venderle.
El hombre permaneció inmóvil, mientras las gotas que caían de su impermeable formaban manchas negras que olían a tierra quemada. Después levantó un poco la cabeza y sonrió, mostrando dientes demasiado largos y estrechos.
—Entiendo.
Regresó al exterior, pero no subió a la camioneta, sino que se quedó de pie junto a la bomba mirándome a través de la ventana. Pasaron diez minutos y no movió un músculo.
Llamé a doña Ofelia.
—La persona de la segunda regla está aquí.
—¿Impermeable amarillo?
—Sí.
—¿Le vendiste?
—No.
—Entonces no hagas nada.
—Lleva mucho tiempo observándome.
—Eso hacen cuando tienen hambre.
La llamada terminó antes de que pudiera preguntar algo más.
Media hora después, un automóvil conducido por una muchacha entró en la estación, pero cuando ella bajó, el hombre giró lentamente la cabeza hacia su dirección. La joven se quedó paralizada, volvió corriendo a su vehículo y se alejó sin comprar combustible.
El hombre regresó la mirada hacia mí.
Entonces algo se movió entre los árboles que estaban detrás de él, una figura tan alta que tuvo que agacharse para pasar bajo las ramas más bajas. Mediría casi tres metros, con brazos que le llegaban a las rodillas y un cuerpo ancho cubierto por algo parecido a pelo mojado.
La criatura cruzó el pasto sin producir sonido y colocó una enorme mano sobre el hombro del hombre.
El desconocido no se sorprendió ni volteó a verla. Ambos caminaron juntos hacia el bosque hasta desaparecer entre los pinos.
Al amanecer no había huellas, rastros de agua ni marcas de llantas, y cuando salí a revisar la bomba encontré el pavimento completamente seco. La camioneta tampoco había quedado registrada en las cámaras.
—¿Qué habría pasado si le vendía? —pregunté cuando llegó doña Ofelia.
Ella acomodó unas cajas de galletas antes de responder.
—La gasolina no era para su camioneta.
—¿Entonces para qué la quería?
—Para poder seguir el olor hasta aquí.
Aquella respuesta me quitó las ganas de insistir.
Esa misma semana descubrí la tercera regla, pues a las 2:17 de la madrugada, aunque no había vehículos afuera, la bomba número cuatro se encendió sola. La pantalla iluminó la oscuridad, el contador comenzó a avanzar y el combustible salió por debajo de la estructura, formando un charco brillante sobre el concreto.
Mi primer impulso fue presionar el botón de emergencia, pero recordé la advertencia.
La bomba se detuvo exactamente después de servir treinta y ocho litros.
Durante algunos minutos no pasó nada, hasta que un hombre con overol apareció caminando desde el bosque. Bajo la luz del techo pude ver que su piel parecía corteza agrietada y que pequeños trozos de musgo crecían en su mandíbula.
Se arrodilló y bebió directamente del charco.
Después llegó una mujer con vestido blanco y cabello negro hasta la cintura, quien permaneció mirando su reflejo en el combustible antes de sonreír y retirarse. Más tarde apareció una criatura con cuerpo humano y cabeza de venado, cargando una lonchera de metal en la cual recogió parte del líquido.
Durante una hora continuaron llegando visitantes solitarios: una anciana cuya sombra avanzaba detrás de ella, un hombre con ojos completamente negros, una figura cubierta de plumas y otra tan pálida que parecía iluminarse. Ninguno miró hacia la tienda ni intentó entrar.
La última visitante tenía la apariencia de una niña pequeña con vestido verde y una muñeca de trapo.
Tocó el charco con la punta de un dedo, sonrió y comenzó a caminar hacia el bosque, pero antes de llegar a los árboles se detuvo y señaló detrás de la estación. Al seguir la dirección de su mano, descubrí cientos de siluetas inmóviles entre los troncos.
Todas observaban la gasolinera.
La niña se unió a ellas y, en cuestión de segundos, el bosque volvió a quedar vacío.
Parte 3: La noche en que la cafetera llamó a sus clientes
Con el paso de las semanas comprendí que las reglas no impedían que ocurrieran cosas extrañas, sino que evitaban que yo interrumpiera en rutinas que existían desde mucho antes de mi llegada. La estación no era una trampa ni una entrada al infierno, como llegué a imaginar, sino una parada nocturna para viajeros que no circulaban por los caminos de la gente.
La cuarta regla se activó poco después de la una, cuando llevaba casi una hora sin recibir clientes humanos.
La cafetera se encendió sola y comenzó a preparar café de olla, aunque yo no había colocado agua ni polvo dentro del filtro. El aroma a canela y café tostado se extendió por toda la tienda, más intenso que cualquier mezcla que hubiéramos preparado antes.
Cuando la jarra terminó de llenarse, la campanilla sonó.
Entró un hombre con pantalón de mezclilla, chamarra café y sombrero de palma, tan común que habría pasado desapercibido en cualquier mercado. Sin embargo, al quitarse el sombrero reveló una cabeza lisa hecha de piedra gris, atravesada por grietas que parecían antiguas.
Sirvió un vaso, dejó unas monedas y salió sin mirarme.
Después entró una criatura enorme, con hombros tan anchos que rozaron el marco de la puerta y pequeñas ramas creciendo desde su espalda. Tomó el vaso más pequeño, añadió azúcar, pagó la cantidad exacta y sostuvo la puerta para que pasaran otros clientes.
La campanilla no dejó de sonar durante casi dos horas.
Una mujer con pupilas de gato, un anciano cuya sombra repetía sus movimientos varios segundos tarde, una figura envuelta en vendas y un hombre cuyo rostro se ocultaba detrás de humo negro hicieron fila frente a la cafetera. Todos esperaron su turno con una paciencia que rara vez había visto entre los clientes humanos.
Uno limpió el café que derramó, otro acomodó unas bolsas de frituras que estaban torcidas y una criatura con cuatro brazos tardó varios minutos decidiendo qué endulzante usar. Nadie robó, nadie gritó y nadie trató de asustarme.
Durante un momento, la estación dejó de parecerme un lugar maldito.
Parecía una fonda de madrugada donde trabajadores cansados se detenían antes de continuar su recorrido, aunque aquellos trabajadores vinieran de sitios que no figuraban en ningún mapa. Yo no era su anfitrión ni su presa, solamente el encargado que debía mantener limpio el lugar y permitir que la cafetera cumpliera con su función.
Entonces entró una figura tan alta que tuvo que inclinarse bajo el techo.
Su piel era blanca, sus brazos casi tocaban el suelo y su presencia hizo que todos los demás guardaran silencio. Se acercó a la cafetera, llenó su vaso y descubrió que la jarra estaba casi vacía.
La criatura me miró directamente.
Sentí que las piernas me temblaban, pero no retrocedí.
Después de varios segundos, colocó la jarra bajo la máquina, presionó el botón para preparar más café y asintió con educación antes de marcharse. En cuanto salió, el murmullo de los demás clientes regresó.
A las dos y media apareció el policía Tomás Varela.
Entró dando un bostezo, pero se detuvo al ver la fila de criaturas. Miró hacia mí, luego hacia la hoja plastificada que descansaba junto a la caja.
Negué lentamente con la cabeza.
Tomás dio un paso hacia atrás, levantó una mano en señal de despedida y salió sin pedir su café habitual. Ninguno de los clientes pareció notarlo.
Cerca de las tres, la última criatura sirvió lo que quedaba en la jarra y dejó sobre el mostrador tres monedas plateadas, desgastadas y cubiertas de símbolos que no reconocí. Cuando extendí la mano para tocarlas, escuché una voz detrás de mí.
—Ni se te ocurra.
Doña Ofelia salió de la oficina con un trapo doblado, recogió las monedas sin tocarlas directamente y las guardó en una caja de hierro.
—¿Desde cuándo estabas ahí?
—Llego temprano las noches de café.
—¿Has visto esto antes?
—Durante treinta y cuatro años.
—¿Qué son?
Ella cerró la caja con una llave que llevaba colgada al cuello.
—Son clientes.
—Algunos parecían monstruos.
—Pagaron, respetaron la fila y dejaron todo limpio —respondió mientras enjuagaba la jarra—. En cambio, he tenido personas normales que rompen botellas, insultan al personal y se marchan sin pagar.
No pude discutirle.
Antes de irse a revisar las bombas, me explicó que las monedas antiguas no eran una propina y que jamás debía conservar ninguna. Según ella, quien se quedaba con una terminaba soñando con una carretera oscura, y tarde o temprano despertaba caminando por ella.
—¿Y alguien ha regresado después de llevárselas?
Doña Ofelia se acomodó el rebozo.
—Solo sus sombras.
Parte 4: El niño que buscaba a sus padres
La quinta regla siempre me había parecido la más cruel, porque ignorar a un adulto extraño era sencillo, pero negarse a ayudar a un niño perdido iba en contra de cualquier impulso decente. Aun así, después de todo lo que había presenciado, sabía que la compasión sin prudencia podía convertirse en una invitación.
El niño llegó poco después de las cinco, cuando el cielo aún estaba oscuro y faltaba casi una hora para el amanecer.
Tendría unos ocho años, llevaba pantalones cubiertos de lodo, huaraches desgastados y sostenía un conejo de tela por una oreja. Su cabello estaba despeinado y sus ojos mostraban el cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo caminando.
Se acercó al mostrador.
—¿Ha visto a mi mamá?
Durante un instante estuve a punto de rodear la caja, preguntarle su nombre y llamar a la policía. Entonces sentí la hoja plastificada dentro del bolsillo.
—No la he visto.
El niño bajó la cabeza y abrazó al conejo.
—También estoy buscando a mi papá.
—Lo siento.
Esperé que llorara o insistiera, pero simplemente caminó hacia los refrigeradores y se sentó en el suelo.
Tomé una botella de agua y la dejé cerca de él.
—Puedes beberla.
El niño sonrió.
—Gracias, señor.
Durante varios minutos bebió en silencio, acariciando la cabeza del conejo como si también intentara tranquilizarlo. Yo fingía ordenar los estantes, aunque no podía dejar de observarlo.
Al apartarse el cabello descubrí dos pequeños cuernos negros sobre su frente.
Eran lisos, curvados hacia atrás y apenas sobresalían entre los mechones. El niño no mostró dientes afilados ni ojos extraños, y siguió pareciendo tan vulnerable como al entrar.
Después de terminar el agua, tiró la botella en el bote y se puso de pie.
—Ya llegaron.
Miré hacia el estacionamiento, pero no había vehículos ni personas.
—¿Quiénes?
El niño sonrió con una ternura que me heló la sangre.
—Mis papás.
Caminó hacia la puerta, se despidió con la mano y salió. Yo sabía que debía quedarme detrás del mostrador, pero la curiosidad me llevó hasta la ventana.
El pequeño cruzó el estacionamiento y corrió hacia una loma situada detrás de la estación.
En la cima lo esperaban dos figuras gigantescas, de casi cinco metros de altura, con cuernos largos y hombros más anchos que la entrada del local. Sus ojos brillaban como brasas bajo la claridad que comenzaba a aparecer en el horizonte.
La figura más grande se inclinó y levantó al niño con una delicadeza inesperada.
La otra criatura acarició su cabeza, mientras él les enseñaba la botella vacía y señalaba la estación. Durante unos segundos parecieron una familia cualquiera reuniéndose después de una larga separación.
Entonces los tres voltearon hacia mí.
Los padres me miraron fijamente desde la loma.
Una mano se apoyó en mi hombro y estuve a punto de gritar, pero era doña Ofelia, quien había llegado sin que yo la escuchara. Cerró las persianas y ocultó la loma detrás de las láminas de plástico.
—Por eso no debes ayudarlo a buscarlos —dijo.
—Yo solo le di agua.
—Eso está permitido.
—¿Qué habría sucedido si salía con él?
Ofelia apagó la lámpara junto a la ventana.
—Sus padres siempre llegan hambrientos, y cuando encuentran a alguien caminando de la mano de su hijo, creen que esa persona se lo estaba llevando.
Esperamos hasta que salió el sol antes de abrir las persianas.
En el pasto encontramos las pequeñas huellas del niño y, junto a ellas, dos rastros enormes hundidos profundamente en la tierra. Cada pisada había aplastado raíces y piedras como si aquellas criaturas pesaran varias toneladas.
Las marcas desaparecían al llegar al bosque.
Después de aquella mañana pensé seriamente en renunciar, pero cuando llegué a mi cuarto rentado y me senté en la cama, descubrí que no quería marcharme. El miedo seguía ahí, pero también una sensación extraña de responsabilidad.
Si yo abandonaba el puesto, alguien más ocuparía mi lugar.
Tal vez sería una persona que se burlaría de las reglas, vendería gasolina al hombre del impermeable, apagaría la bomba número cuatro o saldría a buscar a los padres del niño. Comprendí entonces por qué doña Ofelia no contrataba a cualquiera y por qué el policía Tomás jamás cuestionaba lo que ocurría.
La estación necesitaba un cuidador nocturno.
Y, aunque nunca lo había planeado, aquel cuidador ya era yo.
Parte 5: La carretera que desaparecía con el amanecer
Al terminar mi primer mes, la estación había dejado de parecerme un negocio común y se había convertido en una frontera silenciosa entre dos mundos. Durante el día atendíamos campesinos, familias y comerciantes, pero después de medianoche llegaban viajeros que parecían haber recorrido caminos más antiguos que los pueblos de la sierra.
Una mañana, después de que el niño se reunió con sus padres, le pregunté a doña Ofelia por qué se había construido la gasolinera en un sitio tan apartado.
Ella terminó de contar el dinero antes de responder.
—Porque toda carretera tiene viajeros.
—Pero esas criaturas no vienen por la carretera.
Ofelia levantó la mirada.
—No por la que tú conoces.
La respuesta me persiguió mientras salía con una taza de café.
La neblina cubría parte del asfalto, los pájaros cantaban entre los pinos y la luz dorada hacía que todo pareciera tranquilo. Entonces observé el lado opuesto de la carretera y noté algo que nunca había comprendido.
Durante las noches había visto faros aparecer desde aquella dirección.
Algunos clientes cruzaban frente a la estación y entraban desde un camino lateral, pero a plena luz del día no existía ninguna desviación. Solo había árboles, piedras y una pendiente cubierta de helechos.
Crucé con cuidado y busqué señales de pavimento, pero no encontré huellas de llantas, grava ni postes.
Regresé confundido.
—Doña Ofelia, el camino del otro lado no está.
—De día nunca está.
—¿Entonces de dónde vienen los clientes?
—De donde necesitan venir.
Por primera vez me contó una parte de la historia.
Décadas atrás, cuando ella era joven, su padre había administrado una pequeña fonda en aquel mismo terreno. Una noche llegó un viajero herido, cubierto con un sarape empapado, y pidió agua para continuar su camino.
El padre de Ofelia lo atendió sin hacer preguntas.
Antes de marcharse, el viajero le advirtió que pronto pasarían otros como él y que, mientras recibieran lo que necesitaban, ninguno lastimaría a la familia. A cambio, la fonda jamás quedaría sin clientes y siempre habría dinero suficiente para mantenerla abierta.
Con los años, la fonda se convirtió en gasolinera.
El primer reglamento tenía apenas dos advertencias, pero cada generación añadió nuevas reglas cuando descubrió los hábitos de los viajeros. Algunas habían desaparecido porque ciertos visitantes dejaron de llegar, mientras otras podían surgir cualquier noche.
—¿Y qué pasará cuando ya no quieras seguir aquí? —pregunté.
Ofelia me observó durante varios segundos.
—Encontraré a alguien capaz de obedecer sin necesitar todas las respuestas.
Comprendí lo que estaba insinuando.
—¿Me estás preparando para reemplazarte?
—Te estoy enseñando a mantener abierta una puerta que nunca debe quedarse sin vigilancia.
Los meses siguientes continué trabajando de noche.
Cuando se apagaban las luces, me escondía debajo del mostrador y escuchaba a los visitantes caminar entre los estantes. Cuando llegaba el hombre del impermeable, negaba con educación que pudiéramos venderle combustible.
A las 2:17 observaba cómo la bomba número cuatro entregaba sus treinta y ocho litros a quienes esperaban en el bosque.
En las noches de café mantenía limpia la zona, recogía el dinero normal y dejaba que doña Ofelia guardara las monedas extrañas. Algunas criaturas comenzaron incluso a saludarme con un movimiento de cabeza.
El niño regresó dos veces.
Nunca le ofrecí buscar a sus padres, pero siempre le di una botella de agua y, en una ocasión, un pedazo de pan dulce. Él pagó dejando sobre el mostrador una piedra transparente que brillaba débilmente.
Doña Ofelia guardó la piedra en una caja diferente.
—Eso sí es una propina —me explicó.
—¿Para qué sirve?
—Manténla cerca cuando camines por la sierra y nada que viva entre los árboles te seguirá.
La estación también me enseñó que lo desconocido no siempre era malvado.
Una noche, un conductor humano sufrió un accidente cerca de la barranca, y antes de que llegaran los paramédicos, la enorme criatura con ramas en los hombros salió del bosque y levantó el vehículo lo suficiente para liberar al hombre atrapado. Después desapareció sin esperar agradecimientos.
En otra ocasión, la mujer del vestido blanco encontró una cartera olvidada y la dejó sobre el mostrador.
No faltaba un solo billete.
Hasta el policía Tomás comenzó a quedarse algunos minutos conmigo después de medianoche, siempre que la cafetera estuviera apagada y la bomba número cuatro permaneciera quieta. Nunca hablábamos directamente de las criaturas, pero ambos vigilábamos el bosque.
Pasaron casi tres años.
Una madrugada, doña Ofelia llegó con una carpeta, colocó las llaves de la estación frente a mí y anunció que se mudaría con su hermana a un pueblo costero. El negocio, explicó, quedaría bajo mi cuidado.
—Todavía no sé todo —le dije.
—Nadie sabe todo.
—¿Y si aparece algo nuevo?
Me entregó una hoja plastificada más grande que la primera.
—Entonces observas, sobrevives y escribes una regla.
Antes de marcharse, se detuvo en la puerta y contempló el bosque.
—No trates a todos los viajeros como monstruos, Julián, pero nunca olvides que incluso los amables pueden ser peligrosos cuando se interrumpe su camino.
Después subió a su camioneta y desapareció por la carretera.
Esa noche trabajé solo como propietario de El Farol.
A las 12:40, las luces se apagaron y me escondí. A la 1:15, el hombre del impermeable apareció, escuchó mi negativa y se marchó acompañado por la criatura gigantesca.
A las 2:17, la bomba número cuatro sirvió combustible a los visitantes del bosque.
A las 3:05, la cafetera comenzó a preparar café.
Poco antes del amanecer, el niño entró con su conejo de tela, aceptó una botella de agua y esperó tranquilamente hasta que sus padres llegaron a la loma. Antes de salir, me miró con una sonrisa.
—Mi mamá dice que usted cuida bien este lugar.
—Dile que hago lo posible.
El niño se despidió y corrió hacia la oscuridad.
Cuando el sol apareció, los viajeros nocturnos desaparecieron y llegaron los primeros clientes humanos: una señora que compró café, un joven que llenó el tanque de su camioneta y una familia que preguntó cuánto faltaba para San Jacinto del Monte. Para todos ellos, El Farol era solamente una gasolinera vieja en medio de la sierra.
Nadie imaginaba lo ocurrido unas horas antes.
Yo tampoco comprendía por completo quiénes eran aquellos viajeros, de dónde provenían o qué clase de carretera aparecía entre los árboles cuando caía la noche. Sin embargo, había dejado de necesitar respuestas.
Antes pensaba que los monstruos solo existían en los cuentos utilizados para asustar a los niños.
Estaba equivocado.
Algunos compran café, respetan su turno, pagan la cantidad exacta y cargan a sus hijos con ternura. Otros esperan junto a una bomba, caminan desde bosques sin senderos y recorren carreteras que desaparecen con el amanecer.
Y todas las noches, tarde o temprano, se detienen en mi gasolinera.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.