Acepté cuidar de noche una tienda perdida entre montañas, pero las cinco reglas del anciano dueño me hicieron descubrir qué cruzaba realmente aquella carretera después de las dos
Acepté cuidar de noche una tienda perdida entre montañas, pero las cinco reglas del anciano dueño me hicieron descubrir qué cruzaba realmente aquella carretera después de las dos
Parte 1: Las cinco reglas de La Última Curva
Me llamo Esteban Navarro, tenía cuarenta años cuando acepté el turno nocturno en una pequeña tienda con bombas de combustible llamada La Última Curva, construida junto a una carretera angosta que atravesaba la sierra entre Santa Lucía del Encino y varios poblados donde las casas aparecían separadas por kilómetros de bosque. Durante el día, el lugar parecía completamente normal, con tres surtidores viejos bajo un techo de lámina, una tienda con galletas, refrescos, pan dulce, pilas, medicinas básicas y una cafetera que dejaba todo el local oliendo a canela.
Detrás había un patio de grava, un pequeño almacén, un tanque de agua oxidado y una pendiente cubierta de pinos que descendía hacia una barranca donde la neblina permanecía incluso cuando el resto del cielo estaba despejado. Frente al negocio comenzaba otro muro de árboles, y después de las once de la noche la carretera desaparecía tan rápido dentro de la oscuridad que cualquier automóvil parecía salir de ningún sitio.
Yo necesitaba el trabajo porque llevaba años viviendo de empleos temporales, desde cuidar bodegas hasta cargar costales en un mercado y manejar camionetas de reparto durante temporadas buenas. Estaba cansado de empezar de cero cada pocos meses, así que un turno fijo, aunque fuera en medio de la sierra, me pareció una oportunidad bastante decente.
El dueño se llamaba don Severino Cárdenas, un hombre delgado de casi setenta años, cabello blanco, camisa de cuadros y una cicatriz fina que le atravesaba la ceja izquierda. Hablaba poco, caminaba despacio y conocía a cada persona que se detenía en la estación, aunque varias veces escuché clientes preguntarle cómo podía recordar sus nombres si algunos pasaban apenas una vez al año.
Mi entrevista duró menos de diez minutos.
—¿Le tienes miedo a la oscuridad? —preguntó.
—No demasiado.
—Eso significa que sí.
Sonrió apenas.
—Me da más miedo no pagar la renta.
Aquello pareció convencerlo.
Trabajé dos semanas junto a él antes de quedarme solo, y durante ese tiempo aprendí la rutina del lugar: revisar el nivel de combustible, limpiar los vidrios de los surtidores, mantener agua caliente para café y cerrar con llave el almacén exactamente a medianoche. También memoricé a algunos clientes, como una enfermera que conducía hacia una clínica rural, dos hermanos que repartían pan antes del amanecer y un conductor de autobús llamado Mauro que siempre compraba semillas y café entre las once y las doce.
La última noche de entrenamiento, don Severino me pidió que cerrara la puerta de la oficina.
Sacó una libreta pequeña de un cajón y arrancó una hoja.
Había cinco reglas.
La primera decía: “Si las luces exteriores se vuelven azules, apaga las interiores y no mires por las ventanas hasta que vuelvan a ser blancas”.
La segunda: “Nunca cobres a una mujer con vestido rojo que llegue caminando después de medianoche, aunque ponga dinero sobre el mostrador”.
La tercera: “A las 2:26, el surtidor número tres marcará una venta aunque nadie esté allí; deja que termine”.
La cuarta: “Si escuchas tres golpes provenientes del almacén, no abras la puerta hasta que amanezca”.
La quinta: “Si un hombre sin zapatos pregunta cuánto falta para llegar a Valle Manso, dile que esa carretera ya no conduce allí”.
Leí la hoja dos veces.
—¿Esto es para asustarme?
Don Severino me miró sin sonreír.
—Eso mismo preguntó el muchacho anterior.
—¿Y qué pasó con él?
—No obedeció la cuarta.
Esperé una explicación.
No llegó.
Guardé la hoja en el bolsillo de mi chamarra y traté de reírme, pero él me tomó del brazo antes de que saliera.
—Escúchame, Esteban. Puedes creer lo que quieras cuando haya sol, pero de noche haces exactamente lo que dicen esas reglas.
Mi primer turno completamente solo comenzó un miércoles de noviembre.
A medianoche había atendido únicamente tres vehículos.
A la una y media, la niebla descendió hasta cubrir parte del estacionamiento.
A las dos con diez, estaba acomodando bolsas de frituras cuando noté un cambio extraño en la luz exterior.
Las lámparas sobre las bombas dejaron de ser blancas.
Se volvieron azules.
Recordé la primera regla.
Apagué inmediatamente las luces interiores.
La tienda quedó casi completamente oscura.
Me agaché detrás del mostrador y evité mirar hacia los ventanales, aunque el reflejo de la iluminación azul entraba por los bordes de los estantes.
Entonces escuché motores.
Primero uno.
Luego otro.
Después muchos.
En menos de treinta segundos, el estacionamiento sonaba como si una fila entera de automóviles hubiera llegado al mismo tiempo.
Se abrieron puertas.
Escuché pasos.
Pero nadie entró.
Una voz masculina habló afuera.
—¿Todavía venden café?
Otra respondió.
—No está atendiendo.
Alguien golpeó el cristal.
Luego otro.
Después diez o doce golpes suaves comenzaron a sonar en distintos puntos de los ventanales, como dedos impacientes llamando desde afuera.
Yo mantuve la cabeza baja.
Una mujer comenzó a reír.
El sonido se desplazó lentamente alrededor de la tienda.
Primero junto a la puerta.
Luego cerca del refrigerador.
Después detrás de mí.
Aquello era imposible, porque detrás del mostrador solo había una pared.
Contuve la respiración.
La voz quedó a centímetros de mi oído.
—Solo quería café.
No me moví.
Los golpes continuaron casi un minuto.
De pronto, los motores se encendieron simultáneamente y comenzaron a alejarse.
Las lámparas regresaron al color blanco.
Esperé todavía un rato antes de levantarme.
El estacionamiento estaba vacío.
No había huellas de neumáticos sobre la grava húmeda.
Pero alrededor de los ventanales había decenas de marcas de manos, todas impresas desde el exterior.
Algunas tenían cinco dedos.
Otras seis.
Dos parecían demasiado grandes para pertenecer a una persona.
Cuando don Severino llegó al amanecer, observó el vidrio sin mostrar sorpresa.
—No miraste.
—No.
—Bien.
Sacó una cubeta.
Mientras limpiábamos las marcas, finalmente pregunté:
—¿Qué viene por esa carretera?
Don Severino exprimió el trapo con ambas manos.
—Cosas que creen que todavía están viajando.
Parte 2: La mujer que nunca debía pagar
Después de aquella noche, dejé de pensar que las reglas eran bromas.
Las copié en una tarjeta pequeña y la pegué debajo del mostrador, donde ningún cliente pudiera verla.
Durante casi tres semanas no ocurrió nada extraño.
Eso fue peor.
Cada ruido parecía una advertencia, cada automóvil que aparecía después de medianoche hacía que mi corazón se acelerara y cualquier golpe proveniente de la parte trasera me obligaba a mirar el reloj.
Entonces, una madrugada lluviosa, conocí a alguien que no aparecía en las reglas.
Se llamaba Martín Lozano.
Era un hombre de unos cincuenta años que conducía una camioneta vieja y transportaba frutas entre comunidades.
Llegó poco antes de la medianoche, pidió café y se quedó mirando la carretera.
—Hace años que no pasaba por aquí tan tarde.
—¿Por qué?
No respondió inmediatamente.
—Porque hay caminos que cambian de noche.
Yo pensé en don Severino.
—¿Conoce al dueño?
Martín soltó una risa breve.
—Conozco esta estación desde que tú probablemente ibas a la primaria.
Después señaló el bosque.
—Si Severino te dio reglas, obedécelas.
—¿Todos saben?
—No todos sobreviven lo suficiente para saber.
Pagó y se fue.
Aquella conversación me dejó inquieto.
A las doce con cuarenta y cinco, vi aparecer una figura caminando por la carretera.
Era una mujer.
Llevaba un vestido rojo.
No llovía.
La regla decía no cobrarle después de medianoche.
Sentí un escalofrío.
La mujer cruzó lentamente el estacionamiento.
Parecía tener unos treinta años, cabello negro largo, piel demasiado pálida y una expresión serena.
Entró.
La campanilla sonó.
—Buenas noches.
Su voz era normal.
Eso me asustó más.
—Buenas.
Tomó una botella de agua y una bolsa de galletas.
Las colocó sobre el mostrador.
—¿Cuánto?
Recordé la regla.
—No puedo cobrarle.
Su sonrisa desapareció.
—Claro que puedes.
Sacó varios billetes.
Los puso frente a mí.
Parecían viejos.
—No puedo.
—¿Por qué?
—El sistema está cerrado.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
—Mentiroso.
Las luces parpadearon.
Ella deslizó los billetes hacia mí.
—Cobra.
Retrocedí un paso.
—Llévese las cosas si quiere.
Sus ojos cambiaron.
No de color.
De profundidad.
Era como mirar hacia un túnel sin fondo.
—No quiero tus cosas.
Empujó nuevamente el dinero.
—Quiero que aceptes el pago.
Comprendí entonces que la regla no decía que no debía venderle.
Decía que nunca debía cobrarle.
El problema era el dinero.
—No.
El rostro de la mujer comenzó a tensarse.
Los dedos se alargaron sobre el mostrador.
—Todos cobran.
—Yo no.
Se quedó completamente inmóvil.
Luego sonrió otra vez.
—Entonces todavía no te toca.
Recogió los billetes.
Dejó la botella y las galletas.
Salió caminando.
Cuando llegó al borde de la carretera, desapareció dentro de la neblina.
No se alejó.
Simplemente dejó de estar allí.
A la mañana siguiente, don Severino escuchó todo.
—Bien hecho.
—¿Qué hubiera pasado si tomaba el dinero?
Severino abrió la caja registradora.
—Habrías aceptado un viaje.
—¿A dónde?
Me miró.
—A donde ella iba cuando murió.
Sentí que se me cerraba el estómago.
Aquella tarde, mientras desayunábamos huevos con salsa detrás del mostrador, don Severino finalmente comenzó a hablar del pasado.
Treinta y siete años antes, una tormenta había provocado un derrumbe varios kilómetros montaña arriba.
Un autobús perdió el control.
Después chocaron otros vehículos.
Murieron más de veinte personas.
—¿La mujer estaba ahí?
—Algunas de estas reglas comenzaron aquella noche.
—¿Todas?
Severino negó.
—No.
Miró hacia el surtidor número tres.
—La carretera ya era vieja antes del accidente.
Aquella madrugada llegó la tercera regla.
A las 2:26 exactas, el surtidor número tres se activó.
El contador comenzó a avanzar.
No había ningún vehículo.
No había nadie sujetando la manguera.
El combustible no salía.
Aun así, la pantalla registraba litros.
Yo permanecí dentro de la tienda.
La cifra siguió subiendo.
Diez.
Veinte.
Treinta.
Cuarenta.
Finalmente se detuvo.
En ese momento escuché el motor de un autobús.
Una silueta grande apareció entre la niebla.
Se detuvo junto al surtidor.
Las ventanas estaban oscuras.
El conductor parecía sentado detrás del volante.
Nadie bajó.
Después de unos segundos, el autobús avanzó.
Mientras pasaba frente a la tienda, vi rostros detrás de los cristales.
Decenas.
Todos mirando hacia adelante.
Excepto uno.
Una niña sentada cerca de la última ventana estaba observándome.
Levantó la mano.
Yo no respondí.
El autobús desapareció carretera abajo.
Cuando revisé el surtidor, la manguera estaba helada.
Sobre el suelo había un boleto húmedo de transporte.
No tenía palabras legibles.
Solo una fecha.
Era de décadas atrás.
Parte 3: Los tres golpes detrás del almacén
Después de varios meses, la estación comenzó a sentirse menos como un empleo y más como una frontera.
Los clientes normales llegaban, compraban, pagaban y se marchaban.
Los otros aparecían siguiendo patrones.
Las luces azules.
La mujer roja.
El surtidor de las 2:26.
Aprendí a respetarlos sin intentar comprenderlos demasiado.
El problema llegó una noche de febrero.
Llovía con fuerza.
Don Severino estaba enfermo y yo llevaba casi once horas trabajando.
A las tres de la mañana escuché un golpe proveniente del almacén.
Me quedé inmóvil.
Segundo golpe.
Luego el tercero.
La cuarta regla.
No abrir.
Me alejé de la puerta.
Entonces escuché una voz.
—Esteban.
Se me heló la sangre.
Era mi hermana Laura.
Mi hermana vivía a más de cuatro horas.
—Esteban, abre.
Me acerqué un paso.
—¿Laura?
—Tuve un accidente.
Sentí que todo mi cuerpo reaccionaba antes que mi cabeza.
Corrí hacia la puerta.
Mi mano alcanzó el candado.
Entonces recordé la regla.
No abras hasta que amanezca.
—Laura, ¿cómo llegaste?
Silencio.
Después lloró.
—Por favor.
Saqué mi teléfono.
Marqué a mi hermana.
Respondió dormida después de varios tonos.
—¿Bueno?
Sentí que las piernas casi me fallaban.
—¿Estás bien?
—¿Qué?
—¿Dónde estás?
—En mi casa, Esteban. Son las tres de la mañana.
Mientras hablábamos, algo golpeó violentamente la puerta del almacén.
Laura escuchó el ruido por teléfono.
—¿Qué fue eso?
Retrocedí.
—Nada.
Del otro lado, la otra Laura comenzó a gritar.
—¡NO LE CREAS!
Mi hermana verdadera se quedó en silencio al teléfono.
Los golpes sacudieron la puerta.
—¡ÁBREME!
Apagué las luces del pasillo y me encerré en la tienda.
Durante casi veinte minutos aquello utilizó voces distintas.
La de mi madre.
La de don Severino.
La mía.
Incluso escuché mi propia voz diciendo:
—Ya abriste antes.
No lo hice.
Al amanecer, los golpes terminaron.
Don Severino llegó poco después.
Cuando abrimos el almacén, no había nadie.
Solo encontramos una fila de huellas mojadas que comenzaba en la pared trasera y terminaba frente a la puerta.
—¿Qué era?
Severino observó las marcas.
—Algo que necesita invitación.
—¿Y el empleado anterior?
No respondió.
—Severino.
El hombre cerró los ojos.
—Escuchó a su hija.
Sentí un escalofrío.
—¿Tenía una hija?
—Sí.
—¿Dónde estaba?
—Muerta desde hacía seis años.
Comprendí.
—Abrió.
Severino asintió.
—Nunca encontramos nada de él.
Ese día exigí explicaciones.
Amenacé con renunciar.
Severino me sirvió café y finalmente contó la historia completa.
La estación había sido construida cerca de un antiguo cruce de caminos utilizado mucho antes de que existiera la carretera moderna. Durante generaciones, los habitantes de comunidades cercanas evitaban transitar por allí entre medianoche y el amanecer.
Cuando construyeron el camino estatal, comenzaron los accidentes.
Algunos tenían explicación.
Otros no.
Conductores que aseguraban haber seguido automóviles que desaparecían.
Personas que llegaban a pueblos abandonados.
Pasajeros que subían a vehículos y nunca regresaban.
—¿Y por qué sigue abierta esta estación?
Severino señaló el terreno.
—Porque alguien tiene que estar aquí.
—Eso no es una respuesta.
—Sí lo es.
La estación, explicó, funcionaba como una especie de punto fijo.
Mientras hubiera luz, combustible, una persona respetando las reglas y alguien que supiera distinguir entre viajeros vivos y aquellos que ya no pertenecían completamente a este lado de la carretera, las cosas podían pasar sin detenerse demasiado.
—¿Y si cerramos?
Severino respiró lentamente.
—Ya pasó una vez.
Hace veinte años, un propietario anterior cerró durante tres noches.
En pueblos cercanos comenzaron a aparecer personas desaparecidas décadas antes.
Algunas golpeaban puertas.
Otras se sentaban en paradas de autobús.
Una familia encontró a un pariente muerto hacía quince años parado dentro de su cocina.
La estación volvió a abrir.
Todo terminó.
Miré las bombas desde la ventana.
—Entonces este lugar no vende gasolina.
—A veces sí.
Sonrió tristemente.
—Pero esa no es su función importante.
Parte 4: El hombre que buscaba un pueblo desaparecido
Durante casi dos años seguí trabajando allí.
Las reglas funcionaban.
Nada podía lastimarme mientras las respetara.
O eso creía.
Una noche de octubre apareció la quinta regla.
Un hombre sin zapatos caminó desde el norte.
Llevaba pantalón de mezclilla, camisa blanca sucia y un pequeño morral.
Se detuvo frente a la puerta.
Yo sabía quién era antes de que entrara.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Miró los estantes como alguien que no reconocía nada.
—¿Cuánto falta para Valle Manso?
Sentí un nudo en el estómago.
—Esa carretera ya no conduce allí.
El hombre frunció el ceño.
—Claro que sí.
—Ya no.
—Mi familia vive allá.
No respondí.
—Tengo que llegar antes del amanecer.
—No puede.
Su expresión cambió lentamente de confusión a miedo.
—¿Qué año es?
Aquella pregunta no estaba en las reglas.
Tragué saliva.
—¿Por qué?
Miró sus manos.
—Porque salí de San Mateo ayer.
Valle Manso había quedado abandonado después de un incendio forestal ocurrido más de cincuenta años antes.
El hombre observó mi teléfono, los refrigeradores y las lámparas.
—Esto no estaba aquí.
—No.
Se acercó al mostrador.
—¿Qué pasó con Valle Manso?
Yo debía repetir únicamente la frase.
Pero no pude.
—Ya no existe.
Su rostro se derrumbó.
—No.
—Lo siento.
—Mi esposa está allí.
La puerta de la tienda se abrió sola.
Afuera apareció una fila de luces entre la niebla.
No eran automóviles modernos.
Parecían faroles.
El hombre comenzó a llorar.
—Me están esperando.
Don Severino nunca me había explicado qué debía hacer después de decir la frase.
El hombre abrió la puerta.
Se volvió hacia mí.
—Gracias por decírmelo.
Caminó hacia la carretera.
Los faroles se alejaron con él.
Nunca volvió.
Al amanecer, Severino llegó y supo inmediatamente que algo había ocurrido.
—Vino el caminante.
—Sí.
—¿Qué hiciste?
Le conté.
El anciano permaneció callado.
—¿Me equivoqué?
—No.
—Pero le dije más de lo que decía la regla.
—Las reglas te mantienen vivo, Esteban. No siempre dicen qué es lo correcto.
Esa fue la primera vez que entendí que aquellos viajeros no eran todos monstruos.
Algunos simplemente estaban perdidos.
Algunos no sabían que habían muerto.
Otros parecían atrapados repitiendo el último trayecto de sus vidas.
Pero había cosas distintas.
Cosas que imitaban.
Cosas que cazaban.
Cosas que intentaban utilizar nuestros recuerdos contra nosotros.
La estación existía para distinguirlas.
Meses después, Severino sufrió un infarto durante el día.
Sobrevivió, pero el médico le prohibió volver a trabajar.
Fui a visitarlo.
Estaba sentado junto a la ventana de su casa con una manta sobre las piernas.
—Voy a vender la estación —dijo.
—¿A quién?
Me miró.
Comprendí antes de que hablara.
—No.
—Sabes las reglas.
—Eso no significa que quiera comprarla.
—No necesitas comprarla.
Sacó un sobre.
Dentro estaba la escritura.
—Te la dejo.
Me quedé sin palabras.
—¿Por qué?
—Porque nunca rompiste ninguna regla.
—Ese no puede ser el único requisito.
Sonrió.
—No lo es.
Me explicó que su padre había cuidado la estación antes que él.
Antes, su tío.
Siempre alguien aceptaba quedarse.
No por dinero.
Porque eventualmente comprendía lo que ocurriría si nadie lo hacía.
—¿Y si digo que no?
Severino miró hacia las montañas.
—Entonces encontraremos a otro.
Pero ambos sabíamos que podía tomar años.
Acepté.
No porque quisiera convertirme en guardián de una carretera embrujada.
Acepté porque había visto al hombre de Valle Manso.
Había visto el autobús.
Había escuchado algo utilizar la voz de mi hermana.
Y sabía que alguien debía estar allí cuando llegaran.
Parte 5: La sexta regla que tuve que escribir yo mismo
Han pasado nueve años desde mi primera noche en La Última Curva.
Don Severino murió cuatro años después de dejarme la estación.
Lo enterramos en un pequeño cementerio desde donde, en días despejados, se alcanza a ver parte de la carretera.
Yo sigo trabajando algunas noches.
Ahora tengo dos empleados.
Ninguno trabaja solo todavía.
Las cinco reglas siguen pegadas debajo del mostrador.
Pero hay seis.
La sexta la escribí yo.
“Si llega un viajero que no aparece en las reglas y parece confundido, pregúntale primero qué recuerda”.
La añadí después de una noche que nunca olvidaré.
Era diciembre.
Cerca de las cuatro de la mañana, un automóvil antiguo se detuvo frente a la tienda.
De él bajó una mujer de unos sesenta años.
Entró temblando.
—¿Dónde estoy?
—En La Última Curva.
—No conozco ese nombre.
Miró alrededor.
—Mi esposo estaba manejando.
—¿Dónde está?
La mujer señaló afuera.
El automóvil había desaparecido.
—Íbamos a ver a nuestra hija.
—¿Qué recuerda después?
Se llevó una mano a la frente.
—Una curva.
Esperé.
—Lluvia.
Luego comenzó a llorar.
Busqué en unos archivos viejos que Severino había dejado.
Encontré un reporte.
Una pareja había muerto en aquella carretera treinta y dos años antes.
La mujer estaba frente a mí.
No parecía peligrosa.
Parecía aterrada.
—¿Mi esposo está muerto?
No sabía cómo responder sin destruir a alguien que quizá ni siquiera pertenecía ya al mundo de los vivos.
Entonces la campanilla sonó.
Un hombre apareció fuera.
Tenía la misma edad.
La mujer corrió hacia la puerta.
—Rafael.
Él extendió una mano.
Ella se volvió hacia mí.
—¿Nuestra hija está bien?
Yo había leído el informe.
La hija había sobrevivido.
—Sí.
Su rostro cambió.
Por primera vez sonrió.
Tomó la mano de su esposo.
Ambos caminaron hacia la carretera.
La niebla los envolvió.
Nunca volvieron.
Después de aquello entendí que Severino tenía razón.
Las reglas existen para mantener vivo al encargado.
Pero también existe algo más.
Una responsabilidad.
No todo lo que cruza aquella carretera quiere entrar.
Algunas cosas solo necesitan seguir avanzando.
Mis empleados, Alicia y Benjamín, creen que soy demasiado serio cuando les explico las reglas.
Alicia se rio la primera vez.
Benjamín preguntó si eran historias para turistas.
Yo reaccioné igual cuando Severino me entregó aquella primera hoja.
Así que no los juzgo.
Solo les digo:
—Ríanse de día.
Luego señalo la carretera.
—Después de medianoche, obedecen.
Hasta ahora lo hacen.
A veces, cuando termina mi turno, preparo café y salgo a sentarme bajo el techo frente a los surtidores.
La sierra comienza a aclararse lentamente.
La niebla se retira.
Llegan campesinos, trabajadores, camionetas con verduras y gente común preocupada por llegar tarde.
Entonces La Última Curva vuelve a ser solo una estación.
Una tienda.
Tres bombas.
Una cafetera.
Un negocio pequeño al borde de una carretera.
Pero algunas noches las lámparas se vuelven azules.
La mujer del vestido rojo todavía aparece de vez en cuando.
El surtidor número tres sigue marcando combustible exactamente a las 2:26.
Y hace apenas dos meses escuché tres golpes detrás del almacén.
La voz que me llamó aquella vez fue la de don Severino.
—Esteban.
Cerré los ojos.
—Abre, muchacho.
Sentí lágrimas.
Su voz era perfecta.
Cansada, grave, tranquila.
—Solo vine a ver cómo estás cuidando el lugar.
Por un segundo quise creerlo.
Después miré el reloj.
Las tres con doce.
No abrí.
Aquello permaneció detrás de la puerta casi una hora.
Antes de marcharse, utilizó nuevamente su voz.
—Bien hecho.
Eso fue lo peor.
Porque todavía hoy no sé si aquello intentó engañarme hasta el último momento.
O si, de alguna forma que nunca entenderé, Severino realmente vino a comprobar que yo todavía recordaba sus reglas.
No pienso averiguarlo.
Hay preguntas que solo son interesantes mientras uno sigue vivo.
Así que cada noche cierro el almacén a medianoche, reviso las luces, preparo café y guardo la tarjeta con las seis reglas cerca de la caja.
Después observo la carretera desaparecer entre los pinos.
Los viajeros normales tienen prisa.
Los otros nunca parecen tenerla.
Y yo sigo allí, esperando saber cuál de ellos acaba de entrar.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.