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—Yo te protegí —dijo Vivienne, mirando a los cuatro niños idénticos a su hijo como si fueran un problema financiero. Grant no gritó: llevaba tres años siguiendo pagos sospechosos, tenía el nombre del abogado Everett Cole y acababa de descubrir documentos con firmas que nunca debieron existir. Esa noche iba a comprometerse con otra mujer… pero ahora quería saber quién había borrado seis años de su vida y por qué.

La noche en que iba a comprometerme con una mujer que no amaba encontré cuatro niños idénticos a mí, enfrenté a la madre que controlaba mi vida y descubrí que durante seis años mi propia familia había destruido en secreto el hogar que yo debía haber tenido

PARTE 1 — Cuatro niños en el peor momento posible

A las siete de la noche del viernes, Sebastián Arriaga ya tenía decidido su futuro aunque, en el fondo, sentía que ese futuro no le pertenecía, porque dentro del bolsillo de su saco llevaba un anillo que debía entregar esa misma noche a Renata Fuentes durante una elegante recepción organizada por ambas familias. Sus padres estaban convencidos de que aquel compromiso sería perfecto, ya que uniría a dos familias empresarias de Puerto Encanto, fortalecería contratos y resolvería varias negociaciones pendientes, aunque Sebastián respetaba profundamente a Renata sin haber sentido jamás por ella aquello que alguna vez había llamado amor.

La recepción se realizaría en el último piso de un centro de eventos propiedad de los Arriaga, con mesas llenas de flores, músicos, socios comerciales y familiares esperando una fotografía perfecta que circularía al día siguiente entre todos sus conocidos. Antes de subir, Sebastián entró al restaurante del primer piso para revisar un asunto con el gerente y pasó al baño, intentando convencerse de que un matrimonio tranquilo quizá valía más que seguir esperando algo que había perdido seis años atrás.

Junto a los lavabos encontró a cuatro niños pequeños vestidos con suéteres azul oscuro, todos de aproximadamente seis años, peleándose con un secador automático que parecía apagarse cada vez que acercaban las manos. Sebastián sonrió por educación, pero dejó de hacerlo cuando uno de los pequeños apartó el cabello de su frente con dos dedos, inclinó ligeramente la cabeza y después se tocó la parte izquierda del cuello.

Era exactamente el gesto que él hacía cuando estaba nervioso.

Sebastián miró con mayor atención y sintió un extraño vacío en el estómago, porque los cuatro tenían ojos gris verdoso, una barbilla estrecha y una pequeña hendidura junto a la mejilla izquierda al sonreír, rasgos que él reconocía de sus propias fotografías infantiles. El más alto de los niños notó su mirada, cruzó los brazos con cierta desconfianza y preguntó por qué los estaba observando tanto.

—Perdón, no quería incomodarlos —respondió Sebastián, todavía desconcertado.

—Tú también haces lo del cuello —dijo el niño, señalándolo antes de presentarse como Emiliano, mientras explicaba que los otros eran Tomás, Gael y Nico, sus hermanos cuatrillizos.

Sebastián tragó saliva y preguntó dónde estaban sus padres, pero la sonrisa de Emiliano desapareció cuando respondió que no tenían papá y que su mamá trabajaba en aquel restaurante. Algo dentro de Sebastián comenzó a gritarle que saliera de allí, pero sus pies siguieron al pequeño cuando señaló hacia el comedor.

Entonces la vio.

Mariana Castañeda llevaba un mandil negro sobre una blusa sencilla y recogía vasos cerca de una estación de servicio, con el cabello mucho más corto y señales de cansancio alrededor de los ojos, aunque conservaba la pequeña marca junto a la ceja derecha que Sebastián recordaba haber besado cientos de veces. Durante algunos segundos volvió a tener veintiséis años, volvió a recordar los domingos comiendo con ella en pequeños puestos del barrio y volvió a sentir aquella certeza que había tenido antes de que Mariana desapareciera sin una explicación.

Un supervisor se acercó a Mariana y, aunque Sebastián no escuchó toda la conversación, alcanzó a entender que ella había solicitado permiso para pasar la noche con los niños en un pequeño cuarto de empleados porque el alojamiento temporal donde pensaban quedarse todavía no estaba disponible. El encargado lamentó la situación, pero explicó que las reglas del establecimiento no permitían que nadie permaneciera allí después del cierre.

Mariana levantó la vista y vio a Sebastián.

Su rostro pasó de la sorpresa al miedo en apenas un segundo.

—Niños, pónganse los abrigos —ordenó inmediatamente.

Sebastián intentó acercarse, pero Mariana se colocó delante de los cuatro como si necesitara protegerlos de él.

—Mariana, espera.

—Aquí no, Sebastián.

Minutos después estaban junto a la entrada lateral del edificio, donde dos maletas gastadas descansaban cerca de la pared mientras el viento frío levantaba gotas de lluvia alrededor de ellos. Sebastián miró las maletas, luego observó a los cuatro niños y finalmente preguntó dónde pensaban dormir.

—Eso dejó de ser asunto tuyo hace seis años —respondió Mariana.

La frase lo golpeó con una fuerza inesperada.

Sebastián sacó una tarjeta de acceso y explicó que tenía un departamento amueblado en una torre cercana que casi nunca utilizaba, ofreciendo que Mariana y los niños pasaran allí la noche sin pagar nada ni darle explicaciones. Ella se negó inmediatamente, diciendo que había aprendido demasiado bien que los Arriaga jamás entregaban algo sin exigir después un precio, pero Gael jaló suavemente su manga y murmuró que estaba cansado.

Mariana cerró los ojos.

Después tomó la tarjeta.

—Esto no significa que puedas aparecer mañana fingiendo que somos amigos.

—No estoy intentando ser tu amigo —respondió Sebastián mirando a los niños—, estoy intentando entender por qué cuatro pequeños que nunca había visto tienen mi cara.

Mariana no contestó.

Cuando el vehículo que llevaría a los cinco se alejó, Sebastián sacó su teléfono y llamó a su asistente.

—Cancela el anuncio.

—¿El compromiso?

—Todo.

Hubo un silencio incómodo.

—Tu madre tiene más de cincuenta invitados esperando arriba.

Sebastián miró el anillo dentro de su mano.

—Entonces tendrá que explicarles que esta noche no habrá compromiso.

PARTE 2 — “Tus hijos existen porque tu madre decidió que no debían existir para ti”

Sebastián intentó esperar hasta la mañana siguiente, pero no consiguió hacerlo y terminó llegando al departamento poco después de las diez, donde encontró a dos niños dormidos en el sofá y a los otros dos armando figuras con cojines mientras Mariana preparaba algo caliente en la cocina. Ella le recordó que había pedido pasar la noche sin interrogatorios, pero Sebastián permaneció junto a la puerta y aseguró que solamente necesitaba una respuesta.

—¿Son míos?

Mariana lo miró durante varios segundos.

—Biológicamente, sí.

Sebastián tuvo que sentarse.

Cuatro hijos.

Seis años.

Seis cumpleaños de cada uno, primeras palabras, enfermedades, festivales escolares y noches en las que alguno seguramente preguntó por qué no tenía padre, mientras él vivía convencido de que Mariana lo había abandonado voluntariamente.

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

Mariana soltó una risa amarga.

—Porque sí te lo dije, Sebastián, o por lo menos intenté hacerlo.

Sacó de una maleta una carpeta vieja protegida con plástico y puso sobre la mesa una carta que supuestamente había sido escrita por él seis años atrás, poco después de que Mariana confirmara su embarazo. En ella decía que Sebastián había decidido obedecer a su familia, que no quería involucrarse con el embarazo y que cualquier intento de buscarlo solamente provocaría problemas legales.

Sebastián leyó apenas unas líneas antes de levantarse indignado.

—Yo jamás escribí esto.

Mariana contó entonces que un abogado llamado Ramiro Baeza, asesor de los Arriaga durante décadas, había ido personalmente a verla y le había mostrado documentos indicando que Sebastián estaba preparando un matrimonio con la hija de otra familia empresarial. También le advirtió que Elena Arriaga, madre de Sebastián y cabeza visible de los negocios familiares, estaba dispuesta a utilizar todos sus recursos para impedir que Mariana se acercara nuevamente.

Sebastián negó con la cabeza.

—Mi madre me contó algo completamente diferente.

Ahora fue Mariana quien quedó inmóvil.

Elena le había asegurado a Sebastián que Mariana había aceptado una fuerte suma de dinero para marcharse con otra persona, que había cancelado el contrato del departamento donde vivía y que el embarazo no había continuado. Incluso le mostró documentos con la supuesta firma de Mariana y mensajes donde ella afirmaba que quería comenzar una nueva vida sin él.

—Nunca recibí ese dinero —dijo Mariana con la voz quebrada—, nunca me fui con nadie y jamás te escribí esos mensajes.

Los dos se miraron con una mezcla de dolor y vergüenza.

Durante seis años habían vivido creyendo que el otro había elegido abandonarlos.

El teléfono de Sebastián sonó antes de que pudieran continuar, y el administrador del edificio informó que Elena Arriaga acababa de llegar acompañada de su chofer y dos empleados. Mariana palideció al escuchar el nombre, apretó los brazos alrededor de sí misma y pidió que aquella mujer no se acercara a los niños.

Sebastián autorizó únicamente la entrada de su madre.

Elena apareció minutos después con un abrigo claro, el cabello perfectamente arreglado y el rostro lleno de furia contenida, comenzando a reclamar por la recepción cancelada antes incluso de cruzar completamente la puerta. Sin embargo, dejó de hablar cuando vio a Mariana.

Por una fracción de segundo, Elena pareció asustada.

Sebastián lo notó.

—¿Recuerdas a Ramiro Baeza? —preguntó.

—Por supuesto.

—¿Lo mandaste con Mariana hace seis años?

Elena evitó responder directamente, diciendo que aquella conversación no debía ocurrir delante de desconocidos.

—Ella no es una desconocida, mamá.

Elena respiró profundamente.

—Hice lo que tenía que hacer porque estabas enamorado y no estabas pensando con claridad.

Mariana apretó los labios.

Sebastián sintió que algo se rompía dentro de él.

—¿Mandaste falsificar cartas?

—Protegí tu futuro.

—¿De qué?

Elena señaló discretamente a Mariana.

—De convertir una relación juvenil en una decisión que habría afectado toda tu vida, porque tú tenías obligaciones con esta familia mucho antes de conocerla.

En ese momento dos de los niños aparecieron detrás del sofá, despertados por las voces.

Tomás se apartó el cabello con dos dedos y tocó su cuello.

Elena perdió el color del rostro.

Sebastián señaló hacia ellos.

—Son mis hijos.

—No tienes pruebas.

Mariana respondió con absoluta calma:

—Yo sí.

Elena guardó silencio durante unos segundos y luego cometió el error que terminó de destruir cualquier duda que Sebastián pudiera conservar.

—Esto tiene que manejarse con discreción, porque cuatro hijos desconocidos pueden afectar fideicomisos, decisiones empresariales, participaciones y la estabilidad del apellido.

Sebastián la miró incrédulo.

No había preguntado sus nombres.

No había preguntado si estaban bien.

No había preguntado dónde habían vivido.

Solamente pensó en dinero.

—Ellos pasaron noches sin una casa estable mientras tú organizabas cenas para presumir cuánto ayudaba nuestra familia a los demás —dijo Sebastián.

—Tomé la decisión que consideré correcta.

—¿Para mí o para nuestro apellido?

Elena no respondió.

Y esa falta de respuesta fue suficiente.

PARTE 3 — La llamada que derrumbó seis años de mentiras

Sebastián llevaba varios años revisando movimientos extraños en algunas cuentas antiguas de la empresa familiar, porque después de asumir mayores responsabilidades había encontrado pagos hacia empresas de asesoría que nadie podía justificar claramente. Hasta esa noche no había relacionado esas operaciones con Mariana, pero recordó que uno de los beneficiarios era precisamente un despacho relacionado con Ramiro Baeza.

Buscó el número del abogado retirado y realizó la llamada delante de Elena y Mariana.

Ramiro respondió después de varios tonos.

—Necesito que me digas la verdad —dijo Sebastián—, estoy con Mariana, con mi madre y con cuatro niños que acabo de descubrir que son mis hijos.

El hombre guardó silencio durante tanto tiempo que nadie en la habitación respiró con normalidad.

Finalmente habló.

Elena había ordenado separar a Sebastián y Mariana.

Ramiro había redactado las cartas falsas, preparado documentos para hacer creer a Sebastián que Mariana se había marchado voluntariamente y utilizado intermediarios para evitar que cualquier intento de contacto llegara directamente a él. Admitió también que Elena había autorizado todos los pagos y que todavía conservaba archivos antiguos porque, años después, comenzó a temer que algún día aquella historia terminara saliendo a la luz.

Mariana se cubrió la boca con una mano.

Sebastián cerró los ojos.

Elena permaneció rígida.

—Envía todo a mi abogado personal esta noche —ordenó Sebastián antes de terminar la llamada.

Su madre lo miró como si acabara de cometer una traición imperdonable.

—¿Vas a destruir a tu propia familia por algo que ocurrió hace seis años?

Sebastián negó lentamente.

—No, mamá, mi familia está detrás de ese sofá y tú decidiste durante seis años que no merecía conocerla.

Elena intentó recordarle los negocios, la reputación y las consecuencias de convertir aquel asunto en un escándalo, pero Sebastián abrió la puerta del departamento y le pidió que se fuera. Ella permaneció inmóvil durante algunos segundos, esperando quizá que su hijo volviera a obedecer como había hecho durante gran parte de su vida.

No ocurrió.

Elena salió sin despedirse.

Cuando las puertas del elevador se cerraron, Sebastián regresó a la sala y encontró a los cuatro niños observándolo con una mezcla de curiosidad y preocupación. Emiliano, el más atrevido, preguntó si realmente era su papá.

Sebastián se agachó hasta quedar a su altura.

—Soy su padre biológico.

El niño frunció el ceño.

—¿Eso significa que eres nuestro papá de verdad?

La pregunta atravesó a Sebastián.

—Todavía no —respondió con lágrimas en los ojos—, ser papá de verdad es algo que voy a tener que demostrarles.

Gael se acercó lentamente.

—¿Te vas a ir mañana?

Sebastián miró a Mariana antes de contestar.

—Solamente si su mamá me pide que me vaya.

Los niños volvieron la vista hacia ella.

Mariana respiró profundamente y explicó que seis años no podían repararse en una noche, que el dinero de Sebastián no podía comprar confianza y que ella no permitiría que sus hijos fueran tratados como un problema familiar que debía resolverse con regalos. Sebastián aceptó cada condición sin discutir, porque después de escuchar la verdad comprendía que lo último que Mariana necesitaba era otro Arriaga tomando decisiones por ella.

—No quiero comprar un espacio en sus vidas —dijo—, quiero ganármelo aunque me tome años.

Mariana lo estudió durante un largo momento.

Después señaló una silla.

—Entonces mañana puedes empezar preparando el desayuno.

Nico levantó inmediatamente la mano y anunció que los cuatro querían hot cakes, aunque Tomás interrumpió para aclarar que él prefería los suyos con mucha fruta. Sebastián comenzó a reír por primera vez desde que había entrado en aquel restaurante, una risa torpe que terminó mezclándose con lágrimas mientras los niños discutían sobre el desayuno.

La noche que debía terminar con un compromiso planeado por dos familias terminó con Sebastián sentado en el piso escuchando cuatro voces que acababan de convertirse en las más importantes de su vida.

Durante los meses siguientes no hubo reconciliaciones mágicas.

Mariana consiguió un pequeño departamento con ayuda de sus propios ahorros y aceptó que Sebastián pagara solamente aquello que correspondía legalmente a los niños, mientras ambos comenzaron a asistir a orientación familiar para construir una relación sin fingir que los años perdidos no habían existido. Sebastián aprendió horarios escolares, comidas favoritas, miedos nocturnos y pequeñas diferencias entre cuatro rostros que al principio parecían idénticos, mientras los niños dejaron lentamente de tratarlo como a un extraño que aparecía los fines de semana.

También canceló definitivamente cualquier compromiso con Renata, explicándole personalmente que ella merecía casarse con alguien que realmente la amara y no con un hombre dispuesto a obedecer un acuerdo familiar. Para sorpresa de Sebastián, Renata no hizo una escena, solamente confesó que también había sentido durante meses que ambos estaban intentando cumplir expectativas ajenas.

Con Elena la situación fue distinta.

Sebastián limitó su participación en su vida personal y exigió una revisión completa de las decisiones legales y financieras relacionadas con Mariana, mientras su madre continuó defendiendo durante meses que todo había sido realizado para protegerlo. Él nunca aceptó esa explicación, porque entendió finalmente que proteger a un hijo no significa quitarle el derecho de elegir su propia vida.

Un año después, durante una comida sencilla en casa de Mariana, Emiliano derramó accidentalmente un vaso y los cuatro comenzaron a hablar al mismo tiempo intentando explicar lo ocurrido. Sebastián se encontró riendo mientras limpiaba la mesa y comprendió que aquel ruido cotidiano valía más que todas las recepciones elegantes donde había pasado años intentando parecer feliz.

Mariana lo observó desde la cocina.

Entre ellos todavía existían heridas profundas y ninguno sabía si volverían algún día a ser pareja, pero ya no necesitaban decidirlo inmediatamente.

Habían aprendido algo mucho más importante.

Durante seis años alguien había elegido por ellos.

Ahora podían avanzar lentamente, equivocarse y decidir por sí mismos.

Esa noche, cuando los niños se quedaron dormidos después de pedirle a Sebastián que terminara un cuento, Mariana lo acompañó hasta la puerta.

—Te perdiste muchas cosas —dijo ella.

Sebastián bajó la mirada.

—Lo sé.

—Y probablemente nunca dejemos de sentir enojo por algunas.

—También lo sé.

Mariana abrió la puerta, pero antes de que él saliera añadió:

—Entonces asegúrate de no perderte las que vienen.

Sebastián sonrió con los ojos húmedos.

—No pienso hacerlo.

Y por primera vez desde aquella noche en el restaurante, Mariana le devolvió la sonrisa.

No era perdón completo.

No era una promesa romántica.

Era algo mucho más difícil de conseguir después de tantos años de mentiras.

Era una oportunidad.

Fin
Aviso legal: Esta historia es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, acontecimientos e incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o fallecidas, o con acontecimientos reales, es pura coincidencia. ¡Gracias! 💓

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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MI HIJASTRA ME HIZO A UN LADO EN SU GRADUACIÓN Y DIJO QUE QUERÍA UNA FOTO CON SU “PAPÁ DE VERDAD”. Yo había pagado tres años de universidad y todavía llevaba el último recibo dentro del saco. No discutí ni levanté la voz. Solo le dije que entonces su padre podía encargarse de lo que faltaba. —Hazte a un lado, Javier. Quiero una foto con mi papá de verdad. Por unos segundos pensé que había escuchado mal. Camila estaba frente a mí con la toga negra, el birrete en una mano y esa sonrisa nerviosa que aparece cuando alguien sabe que acaba de decir algo que no puede recoger. A su lado, Rodrigo se acomodaba el saco con una seguridad que me revolvió el estómago. Parecía el orgulloso padre que había estado presente en cada examen, cada enfermedad y cada madrugada de estudio. Pero durante catorce años, el que estuvo ahí fui yo. Camila tenía ocho años la primera vez que me llamó papá. Su escuela organizó un baile de padres e hijas y Rodrigo prometió llegar, pero nunca apareció. 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Años después fue aceptada en la universidad privada que llevaba soñando desde la preparatoria. Cuando vio la colegiatura casi renunció. —Es demasiado, papá. —Tú estudia. El dinero no va a decidir tu futuro. Durante tres años pagué colegiaturas, renta, libros, seguro y todo lo necesario. Entonces Rodrigo regresó. Esta vez con restaurantes, regalos, fotografías y publicaciones donde se presentaba como “el orgulloso papá de una universitaria”. Yo guardé silencio. Pero Camila comenzó a llamarme menos. Después dejó de decirme papá. Volví a ser Javier. Tres días antes de la graduación encontré los pases familiares. Había dos lugares reservados. Verónica. Rodrigo. El mío no estaba. —¿Dónde voy a sentarme? —le pregunté por teléfono. Hubo un silencio. —Puedes ir, Javier. Solo no estarás en la sección familiar. Sentí un golpe seco dentro del pecho. —¿Y qué soy yo? —Por favor, no hagas esto difícil. Fui de todos modos. Me senté doce filas atrás y aplaudí hasta que me ardieron las manos cuando Camila recibió su diploma. Después comenzaron las fotografías. Camila posó con Rodrigo. Luego con Verónica y Rodrigo. Cuando me acerqué, levantó una mano. —Primero quiero una con mi mamá y mi papá. —¿Tu mamá y tu papá? Camila suspiró. —Sabes a qué me refiero. —No. Creo que ya no. Me sostuvo la mirada. —Él es mi padre. Tú eres mi padrastro. Aquella palabra borró catorce años en un segundo. Pero todavía faltaba lo peor. —Pagar cosas nunca te convirtió en mi papá. No grité. No insulté a Rodrigo. Solo metí la mano dentro del saco y saqué el sobre blanco que había llevado toda la ceremonia. Camila miró el sobre. —¿Qué es eso? —El último pago de tu universidad. Su expresión cambió inmediatamente. —Entonces entrégalo. Negué con la cabeza. —No. Creo que tu verdadero papá puede encargarse. Rodrigo dejó de sonreír. 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