Mi hija llevaba diez años muerta cuando su número se iluminó en el teléfono de mi cocina a las 12:07 de la madrugada. Contesté con las manos temblorosas… y su voz me suplicó: “Mamá, no le abras la puerta al hombre que está afuera, porque no vino por ti… vino por mis huesos.”
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