“¡Deja de colgarte de mi cuello, floja! Mañana trabajas y le dejas el niño a tu madre”, gritó Mauricio mientras me aventaba los anuncios de empleo, con Mateo de apenas cinco semanas llorando a unos pasos. Yo no respondí: ya tenía recibos, transferencias y un audio guardados, porque acababa de descubrir que la casa y el coche escondían algo que él y su madre jamás pensaron que yo revisaría.
ducanhkok