Una semana antes de la boda, me disfracé de hombre sin hogar para comprobar si mi prometida era tan generosa como aparentaba en redes sociales. Cuando pedí un vaso de agua en la casa que yo pensaba regalarle, respondió: “Aquí no ayudamos a gente como tú” y me arrojó una bolsa de basura. Guardé silencio. Desde una ventana abierta la escuché celebrar que yo sería su octava víctima y explicar cómo usaría mi firma para quedarse con una propiedad. La grabación reveló algo peor: seis hombres anteriores no solo habían perdido dinero.
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