—“Ve a comer a la cocina. Aquí están los hombres”—ordenó Mauricio frente a cuarenta invitados, después de que yo pagara más de 9,000 pesos y cocinara durante ocho horas. No discutí: tenía acceso a las cámaras de esa casa, mis bienes estaban a mi nombre y pronto aparecerían transferencias por 168,000 pesos. Lo que todavía ignoraba era para quién habían estado usando mi dinero.
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