—“¡Ya estuvo bueno de vivir de mí, mantenida! Mañana buscas trabajo y dejas al niño con tu mamá”—gritó Sergio, aventándome un periódico mientras Emiliano, de seis semanas, rompía en llanto. Yo no respondí: ya había empezado a revisar nuestras cuentas. Faltaban 900,000 pesos, aparecieron pagarés que nunca firmé y todo conducía a Ofelia. Lo peor era descubrir para qué necesitaban sacarme de la casa.
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