“Eso es de la familia, dámelo”, soltó Patricia frente al cuerpo de su padre, intentando arrancarme el viejo cojín que él acababa de dejarme antes de morir. Yo no forcejeé: don Ernesto me había susurrado una última instrucción. Horas después, una costura azul escondió una llave, tres fotos y un sobre que harían que sus propios hijos desearan no haberlo abierto.
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