“Esta bebé no puede ser nuestra sangre”, sentenció Diana frente a toda la familia, mientras mi cuñada sonreía y mi esposo se quedaba inmóvil. Yo no lloré: llevaba doce años trabajando con genética y ya había visto un mensaje inquietante sobre Andrés. Acepté la prueba de ADN, pero añadí un análisis de abuelazgo. Diana creyó que iba a destruirme sin imaginar qué secreto podía esconder su propio linaje.
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