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En 1958, un anciano del desierto mexicano reveló una antigua advertencia sobre una estrella azul, ciudades de piedra y hombres que olvidarían la tierra, pero nadie imaginó lo que ocurriría después

En 1958, un anciano del desierto mexicano reveló una antigua advertencia sobre una estrella azul, ciudades de piedra y hombres que olvidarían la tierra, pero nadie imaginó lo que ocurriría después

Parte 1 — La historia que solo debía contarse una vez

En el verano de 1958, cuando el joven maestro Adrián Salgado llegó a San Jerónimo de la Sal, creyó que su mayor problema sería soportar el calor. El pequeño pueblo ficticio, perdido entre mesetas rojizas, nopaleras, mezquites y caminos que desaparecían bajo el polvo, estaba tan lejos de la ciudad que el autobús solo llegaba tres veces por semana.

Adrián tenía veintinueve años y había aceptado trabajar durante seis meses en una escuela rural mientras terminaba un estudio sobre relatos tradicionales del norte de México. No buscaba profecías, misterios ni secretos; quería documentar canciones antiguas, historias familiares, técnicas para encontrar agua y formas tradicionales de cultivo que estaban desapareciendo entre las nuevas generaciones.

La gente de San Jerónimo lo recibió con cortesía, aunque con cierta distancia.

—Pregunte lo que quiera sobre cosechas, lluvias y caminos —le advirtió doña Matilde, la dueña de la pensión donde se hospedaba—. Pero no pregunte por la Piedra del Cielo.

Adrián levantó la mirada de su plato.

—¿Qué piedra?

Matilde apretó los labios.

—Justamente por eso.

Durante semanas, Adrián obedeció.

Daba clases por las mañanas, caminaba con los campesinos por las tardes y escribía notas por las noches junto a una lámpara de petróleo. Aprendió que los habitantes más antiguos de la región se llamaban a sí mismos los nairíes del valle alto, descendientes de familias que habían vivido allí mucho antes de que existieran las carreteras.

No eran un pueblo secreto.

Tampoco estaban aislados.

Compraban herramientas en San Jerónimo, enviaban a sus hijos a la escuela y acudían al mercado de los sábados como todos los demás.

Pero ciertas historias no se compartían.

Una tarde de agosto, después de una tormenta que apenas humedeció la tierra, Adrián regresaba de visitar una parcela cuando encontró a un anciano sentado bajo el portal de una casa de adobe.

Se llamaba don Baltasar Amaya.

Tenía más de ochenta años, aunque nadie sabía exactamente cuántos. Su rostro estaba marcado por arrugas profundas, llevaba pantalón de manta, camisa blanca, sombrero de palma y un sarape oscuro sobre los hombros pese al calor.

—Usted escribe todo —dijo Baltasar sin saludo.

Adrián sonrió.

—Es una mala costumbre.

—Entonces siéntese.

Adrián obedeció.

Baltasar observó durante un largo rato las montañas.

—Hay cosas que se escriben para recordarlas —dijo—. Y otras que se recuerdan precisamente porque nunca se escribieron.

Adrián dejó la libreta cerrada sobre sus rodillas.

—¿Quiere que no anote?

El anciano lo miró por primera vez.

—Quiero que escuche antes de decidir si merece escribir.

El tono borró cualquier sonrisa del rostro de Adrián.

Baltasar comenzó hablando de mundos anteriores.

Según una antigua tradición de los nairíes, la humanidad no había vivido una sola época, sino varias. Cada una terminaba cuando las personas olvidaban que la tierra no era una posesión, sino una deuda.

El primer mundo, decía, había terminado bajo un cielo incendiado.

El segundo quedó atrapado en frío y oscuridad.

El tercero fue cubierto por aguas que se llevaron pueblos enteros.

Los sobrevivientes de cada época no eran elegidos por riqueza ni fuerza.

Eran quienes todavía sabían escuchar.

—¿Escuchar qué? —preguntó Adrián.

Baltasar golpeó suavemente el suelo con la punta de su bastón.

—Esto.

Luego levantó la vista.

—Y aquello.

Adrián siguió su mirada hacia el cielo.

Baltasar habló entonces de los Caminantes de Arriba, figuras presentes en algunas narraciones antiguas de su comunidad. No los describió como dioses ni como criaturas de otro planeta.

Eran maestros.

Visitantes.

Seres que, según los relatos, aparecían cuando una generación necesitaba recordar cómo sembrar, orientarse por las estrellas o encontrar agua en lugares aparentemente secos.

—¿Venían de las estrellas? —preguntó Adrián.

Baltasar entrecerró los ojos.

—Eso es lo que usted quiere escuchar. Yo dije que llegaban cuando el cielo estaba abierto.

Adrián comprendió la advertencia.

No debía convertir una tradición en espectáculo.

El anciano continuó.

Dijo que antes de la siguiente gran crisis aparecerían señales.

Caminos duros cruzarían la tierra como ríos sin agua.

Carros avanzarían sin animales.

Voces recorrerían grandes distancias sin que las personas se vieran.

La noche sería iluminada como si no necesitara estrellas.

Y la gente, rodeada de máquinas, comenzaría a olvidar de dónde venía el alimento que mantenía sus cuerpos con vida.

Adrián sintió un escalofrío.

Muchas de aquellas imágenes ya podían interpretarse fácilmente como automóviles, carreteras, teléfonos y electricidad.

Pero entonces Baltasar habló de una señal que, según él, aún no había llegado.

—Cuando el cielo muestre una luz azul que no se comporte como las demás estrellas —dijo—, muchos creerán que el tiempo se terminó.

Adrián se inclinó hacia adelante.

—¿Y se terminará?

El anciano negó lentamente.

—Ese es el error.

Su voz bajó.

—Las señales no llegan para decir que ya no hay salida. Llegan porque todavía queda una.

Adrián guardó silencio.

Baltasar extendió una mano.

—Mañana al amanecer venga solo.

—¿Adónde?

—A la Piedra del Cielo.

La frase hizo que Adrián recordara la advertencia de doña Matilde.

Antes de poder preguntar más, Baltasar se levantó.

—Y no traiga cámara.

Adrián lo vio entrar en la casa.

Aquella noche apenas durmió.

Al amanecer siguió al anciano por una vereda que subía hacia una meseta.

Después de casi una hora llegaron a una roca enorme partida por el tiempo.

Sobre su superficie había líneas, espirales, huellas de manos y figuras que parecían senderos.

Baltasar apoyó la palma sobre la piedra.

—Algunos dicen que esto muestra el futuro.

—¿Y usted?

—Yo digo que muestra decisiones.

Adrián observó dos líneas principales talladas en la roca.

Una era recta.

La otra se desviaba varias veces antes de desaparecer entre marcas irregulares.

—¿Qué significan?

Baltasar señaló la primera.

—El camino donde el hombre cree que puede tomarlo todo.

Luego la segunda.

—El camino donde recuerda cuándo detenerse.

Adrián sintió que estaba recibiendo algo más serio que una leyenda.

Baltasar lo miró fijamente.

—El peligro no es una estrella.

—Entonces, ¿qué es?

El anciano apoyó nuevamente la mano en la roca.

—El hombre que mira al cielo para encontrar al culpable mientras destruye la tierra bajo sus propios pies.

Parte 2 — La señal que parecía imposible de explicar

Adrián regresó a San Jerónimo con la sensación de haber escuchado algo que no sabía cómo interpretar.

Durante varios días no escribió una sola palabra sobre Baltasar.

Temía convertir su relato en una caricatura.

También temía olvidar detalles.

Finalmente comenzó a redactar notas privadas, dejando claro qué frases recordaba textualmente y cuáles eran interpretaciones suyas.

Al revisar periódicos y revistas viejas de la escuela encontró historias sobre fenómenos extraños vistos años antes en otras regiones del país.

Luces.

Explosiones lejanas.

Ensayos industriales.

Accidentes.

Nada demostraba conexión alguna con la tradición nairí, pero Adrián empezó a comprender por qué algunas personas podían escuchar a Baltasar y concluir inmediatamente que hablaba de tecnología moderna.

Una noche cenó con el médico local, el doctor Esteban Robledo, un hombre de cincuenta años, escéptico y práctico.

—¿Una estrella azul? —repitió Robledo mientras cortaba tortillas—. Cada generación cree que sus problemas fueron anunciados por alguien antiguo.

Adrián no discutió.

—¿Entonces cree que Baltasar inventó todo?

—No dije eso.

El médico levantó un dedo.

—Una tradición puede ser auténtica y aun así cambiar. Las historias orales viven porque la gente las vuelve a contar.

—¿Entonces nunca sabremos cuál era la versión original?

—Exactamente.

La respuesta frustró a Adrián.

Quería saber qué parte del relato tenía décadas, cuál siglos y cuál podía haber cambiado después de que los habitantes conocieran trenes, radios y automóviles.

Pero cuanto más investigaba, más difícil resultaba separar las capas.

Algunas personas mayores recordaban escuchar ciertas advertencias en su infancia.

Otras negaban conocerlas.

Un hombre aseguraba que su abuelo hablaba de “caminos de piedra.”

Una anciana decía que esa frase era reciente.

Dos primos de la misma edad discutieron durante media hora sobre si los Caminantes de Arriba pertenecían al relato antiguo o habían sido añadidos posteriormente por un narrador famoso.

Adrián comenzó a entender que las tradiciones no funcionaban como archivos.

No había un documento original esperando ser descubierto.

Había memoria.

Y la memoria era poderosa precisamente porque estaba viva.

Un mes después, Baltasar le pidió que regresara.

Lo encontró en el mismo portal.

—Está buscando comprobarme.

Adrián sintió vergüenza.

—Estoy intentando entender.

—No es lo mismo.

Baltasar le sirvió café en una taza de barro.

—Los hombres de ciudad quieren saber si una historia es verdadera o falsa.

—¿Y usted no?

—Quiero saber si sirve.

Adrián frunció el ceño.

Baltasar señaló hacia unos campos secos más allá de las casas.

—Hace veinte años sembrábamos más maíz allí.

—¿Qué pasó?

—La gente comenzó a sacar más agua de la que regresaba.

—Eso no tiene que ver con estrellas.

Baltasar sonrió.

—Exactamente.

Adrián comprendió.

La profecía podía resultar fascinante, pero el anciano parecía preocupado por cosas mucho más concretas.

Pozos que descendían.

Suelos agotados.

Árboles talados.

Jóvenes que se marchaban y regresaban avergonzados de hablar como sus abuelos.

—Entonces la estrella azul es una metáfora.

Baltasar levantó una ceja.

—Tal vez.

—¿O es literal?

—Tal vez.

Adrián soltó una risa frustrada.

—Eso no ayuda.

—No vine a ayudarlo a escribir un artículo bonito.

La sonrisa del anciano desapareció.

—Vine a decirle que la gente siempre espera una señal grande porque así puede ignorar cien señales pequeñas.

Esa frase acompañó a Adrián durante años.

Terminó su trabajo en San Jerónimo en diciembre de 1958.

Antes de marcharse visitó a Baltasar.

El anciano le entregó una bolsita de manta con semillas de maíz oscuro.

—¿Para qué son?

—Para que recuerde que una advertencia que no alimenta a nadie solo sirve para asustar.

Adrián guardó las semillas.

—¿Puedo publicar lo que me contó?

Baltasar tardó en responder.

—Publique lo que entendió.

—No es lo mismo.

—Nunca lo es.

Parte 3 — Cuando el mundo moderno empezó a parecerse demasiado al relato

Pasaron diecisiete años.

Adrián dejó de enseñar y se convirtió en investigador de cultura oral en una universidad regional ficticia.

Se casó.

Tuvo una hija.

Publicó libros sobre memoria comunitaria, agricultura tradicional y relatos del norte.

Pero nunca publicó el testimonio completo de Baltasar.

Solo mencionó algunas partes en un ensayo poco leído, precisamente porque temía que alguien tomara aquella historia y la transformara en espectáculo.

En 1975 recibió una carta.

La enviaba una joven periodista llamada Verónica Luján.

Había encontrado su antiguo ensayo.

“¿Es cierto que existe una tradición sobre seres que llegan del cielo y una estrella azul?”, preguntaba.

Adrián sintió inmediatamente la misma incomodidad de años atrás.

Aceptó reunirse con ella.

Verónica tenía veintisiete años, cabello oscuro recogido en una trenza y la impaciencia de quien todavía cree que toda pregunta debe tener una respuesta.

—No quiero burlarme —dijo—. Quiero saber qué escuchó realmente.

Adrián abrió una caja.

Dentro estaban sus cuadernos de 1958.

—Eso es justamente el problema. Lo que escuché y lo que recuerdo ya no son exactamente la misma cosa.

Verónica pasó las páginas con cuidado.

—Pero usted tomó notas inmediatamente.

—Sí.

—Entonces tenemos algo.

—Tenemos mi versión de algo.

Ella levantó la mirada.

—¿Por qué le preocupa tanto?

Adrián apoyó los codos sobre la mesa.

—Porque las personas de fuera tienen una costumbre terrible. Escuchamos una tradición compleja y arrancamos la parte que más nos entretiene.

—La gente de las estrellas.

—Exacto.

—¿Y no es importante?

—Sí. Pero no significa necesariamente lo que tú quieres que signifique.

Durante semanas, ambos revisaron las notas.

Verónica viajó a San Jerónimo.

Baltasar había muerto muchos años antes.

Algunos de sus descendientes todavía vivían allí.

Uno de ellos, don Eusebio, hijo menor de Baltasar, aceptó conversar.

Escuchó a Verónica describir la estrella azul.

Después negó con la cabeza.

—Mi padre hablaba demasiado con extraños al final.

—¿Entonces no existe esa historia?

—No dije eso.

Verónica casi sonrió al reconocer la misma manera de responder.

—¿Qué decía realmente?

Eusebio la llevó a la Piedra del Cielo.

Las figuras continuaban allí.

Más gastadas.

Más difíciles de distinguir.

—La gente viene buscando dibujos de naves —dijo él—. Otros dicen que aquí está escrita la fecha del fin del mundo.

—¿Y qué está escrito?

Eusebio señaló las líneas.

—Nada que usted pueda leer como un periódico.

Verónica anotó.

—¿Su padre hablaba de mundos anteriores?

—Sí.

—¿De seres del cielo?

Eusebio dudó.

—Hablaba de maestros que no pertenecían al lugar.

—¿De una estrella azul?

El hombre permaneció largo rato en silencio.

—Recuerdo que decía que cuando las personas buscaran señales arriba, ya habrían ignorado demasiadas señales abajo.

Verónica bajó la libreta.

Aquello coincidía casi exactamente con las notas de Adrián.

No demostraba que la tradición tuviera siglos.

Pero sí demostraba que el núcleo del mensaje había sobrevivido.

La investigación se volvió más interesante cuando Verónica encontró testimonios anteriores a 1958.

No mencionaban literalmente una estrella azul.

Tampoco describían radios ni carreteras.

Pero hablaban de luces en el cielo, “senderos duros” y épocas en que los hombres “hablarían sin estar juntos.”

Una interpretación entusiasta podía convertir aquello en profecía tecnológica.

Una interpretación prudente podía considerarlo lenguaje simbólico.

Ambas posibilidades convivían incómodamente.

—Tal vez nunca sabremos qué significaba originalmente —dijo Verónica una noche.

Adrián sonrió.

—Ahora estás empezando a entender.

Pero había algo todavía más importante.

Durante sus visitas, Verónica descubrió que San Jerónimo estaba sufriendo exactamente el problema que Baltasar había señalado diecisiete años antes.

Los pozos eran más profundos.

Algunas parcelas habían sido abandonadas.

El arroyo estacional apenas aparecía.

Las familias dependían cada vez más de agua transportada desde lejos.

Mientras periodistas externos preguntaban por visitantes del cielo, la tierra debajo del pueblo se estaba secando.

Verónica escribió una frase en su libreta:

Tal vez la profecía ya estaba ocurriendo, pero todos miraban hacia el lugar equivocado.

Parte 4 — El día que quisieron convertir la advertencia en espectáculo

El artículo de Verónica nunca fue publicado como ella lo escribió.

Su editor leyó el borrador y marcó con lápiz rojo casi todo lo relacionado con agua, memoria oral y cambio cultural.

En la parte superior escribió:

“Necesitamos más misterio.”

Verónica entró furiosa en su oficina.

—Eso no es la historia.

—Claro que lo es.

El editor señaló el título provisional.

—“La estrella azul que anunciará el fin.” Eso vende.

—El anciano decía precisamente lo contrario.

—Entonces simplifícalo.

—No.

El hombre levantó la mirada.

—¿No?

—No voy a convertir a esa comunidad en decoración para una historia sobre marcianos.

El editor dejó caer el lápiz.

—Verónica, nadie va a leer seis páginas sobre pozos.

Ella recogió el manuscrito.

—Entonces no lo publicamos aquí.

La discusión le costó el trabajo.

Pero también cambió el destino de la investigación.

Adrián la ayudó a preparar una pequeña serie independiente que circuló meses después entre revistas culturales y periódicos regionales.

El primer texto no hablaba de seres extraterrestres.

Hablaba de cómo una tradición cambia cuando cruza de una cultura a otra.

El segundo describía la Piedra del Cielo.

El tercero trataba sobre las advertencias ambientales.

Solo el cuarto mencionaba la estrella azul.

La reacción fue inmediata.

Algunos lectores juraban que los nairíes habían predicho tecnologías modernas.

Otros se burlaban.

Otros acusaban a Adrián y Verónica de exagerar.

Incluso dentro de San Jerónimo surgieron discusiones.

Un grupo de jóvenes estaba encantado con la atención.

Algunos mayores estaban furiosos.

Don Eusebio llamó a Adrián.

—Ahora vienen visitantes a preguntar cuándo se acaba el mundo.

Adrián cerró los ojos.

—Lo siento.

—Mi padre sabía que esto pasaría.

—¿Qué cosa?

—Que la gente escucharía la parte más brillante y olvidaría la más importante.

Adrián viajó inmediatamente al pueblo.

Se reunió con varias familias bajo el techo de la vieja escuela.

La conversación fue tensa.

—Usted prometió respetar lo que escuchó —dijo una mujer mayor.

—Lo intenté.

—Intentar no deshace lo que ya salió.

Verónica bajó la mirada.

—También fue mi responsabilidad.

Eusebio permaneció callado hasta el final.

Luego colocó sobre la mesa una mazorca de maíz oscuro.

Adrián la reconoció.

Era la misma variedad de las semillas que Baltasar le había entregado en 1958.

—Mi padre guardaba esto porque decía que una historia debía servir para mantener algo vivo.

Eusebio miró a todos.

—Si la gente de fuera quiere saber de la estrella, que primero vea los pozos.

A partir de entonces, Adrián y Verónica cambiaron completamente su trabajo.

Organizaron encuentros sobre recuperación de semillas, conservación de agua y memoria agrícola.

Los visitantes que llegaban buscando misterios eran invitados a escuchar a agricultores.

Algunos se iban decepcionados.

Otros se quedaban.

Un año después, Verónica encontró a una adolescente observando la Piedra del Cielo.

—¿Dónde está la estrella azul? —preguntó la muchacha.

Verónica señaló hacia el valle.

—No lo sé.

—¿Entonces todo es mentira?

—No.

La joven frunció el ceño.

—¿Cómo puede ser verdadero si no sabemos qué significa?

Verónica sonrió.

—Porque una advertencia puede ser verdadera incluso cuando la imagen que utiliza es simbólica.

La adolescente miró los campos.

—¿Entonces qué tenemos que hacer?

Verónica pensó en Baltasar.

—Eso es mucho más importante que preguntar cuándo termina todo.

Parte 5 — La señal nunca apareció, pero la advertencia sí

Adrián regresó a San Jerónimo por última vez en 1994.

Tenía sesenta y cinco años.

El pueblo había cambiado.

Había más casas.

Camionetas.

Antenas.

Cables eléctricos.

Una pequeña clínica.

Una escuela nueva.

Pero la meseta seguía allí.

También la Piedra del Cielo.

Eusebio, ya anciano, caminó con él hasta la roca.

Los dos avanzaron lentamente.

—¿Todavía preguntan por la estrella? —dijo Adrián.

Eusebio rió.

—Menos.

—Eso es bueno.

—Ahora preguntan por el agua.

Adrián sonrió.

—Eso es mejor.

Se sentaron frente a la piedra.

Adrián sacó de su bolsillo una pequeña bolsita.

Dentro había varias semillas oscuras.

Eusebio las reconoció inmediatamente.

—¿Las guardó todos estos años?

—Cultivé algunas. Guardé otras.

—Mi padre estaría sorprendido.

—Creo que estaría molesto por muchas cosas primero.

Ambos rieron.

El silencio después fue cómodo.

Adrián observó las líneas gastadas sobre la roca.

Había dedicado casi cuarenta años a pensar en aquella conversación de 1958.

Todavía no sabía si la estrella azul era una imagen muy antigua, una interpretación relativamente reciente o algo que había cambiado con cada narrador.

Y ya no le molestaba.

Durante años había confundido comprender con resolver.

Ahora sabía que no siempre eran lo mismo.

—Baltasar me dijo algo que tardé décadas en entender —comentó.

Eusebio lo miró.

—Decía muchas cosas.

—Me dijo que una advertencia que no alimenta a nadie solo sirve para asustar.

Eusebio asintió.

—Eso sí suena como él.

El trabajo comunitario iniciado años atrás no había solucionado todos los problemas de San Jerónimo.

Pero varios agricultores habían recuperado técnicas de captación de lluvia.

Algunas familias reintrodujeron semillas resistentes a la sequía.

Los jóvenes comenzaron a grabar testimonios de sus abuelos con permiso de las familias.

La tradición dejó de ser algo exhibido únicamente para visitantes.

Volvió a ser una conversación interna.

Verónica continuó trabajando como periodista independiente.

Con los años se volvió particularmente estricta con las historias que parecían demasiado perfectas.

Cuando un entrevistado afirmaba que una profecía había anticipado un invento moderno con exactitud, ella preguntaba:

—¿Cuál es la fuente más antigua?

Cuando alguien aseguraba que una leyenda demostraba un hecho extraordinario, respondía:

—¿Qué parte pertenece a la comunidad y qué parte añadimos nosotros?

Algunos lectores la consideraban aguafiestas.

A ella le parecía un cumplido.

En una conferencia muchos años después, un estudiante le preguntó si personalmente creía que los Caminantes de Arriba habían venido de las estrellas.

Verónica se quedó pensando.

—Creo que esa pregunta dice más sobre nosotros que sobre la tradición.

El estudiante insistió.

—Pero si tuviera que escoger.

Ella sonrió.

—No tengo que escoger.

Explicó que una historia podía contener memoria, símbolo, religión, observación ambiental y experiencia humana al mismo tiempo.

Reducirla a “verdad literal” o “mentira” podía destruir precisamente lo que la hacía valiosa.

—Entonces, ¿qué significaba la estrella azul?

—Quizá una señal celeste.

—¿Quizá?

—Quizá una metáfora.

El muchacho pareció decepcionado.

Verónica añadió:

—Pero sí sé lo que significaba la elección.

—¿Cuál elección?

—Seguir viviendo como si nada tuviera consecuencias o recordar que todo está conectado.

Eso sí permanecía claro en casi todas las versiones.

Adrián murió algunos años después.

Su hija entregó sus cuadernos a un pequeño archivo regional, pero pidió que ciertas notas privadas permanecieran cerradas durante décadas, tal como él había solicitado.

En la primera página del cuaderno de 1958 había una sola frase subrayada.

No escribió quién se la había dicho.

Las señales existen mientras todavía podemos elegir.

La estrella azul nunca apareció sobre San Jerónimo.

Al menos no de la forma espectacular que algunos esperaban.

Ninguna luz misteriosa descendió sobre el desierto.

No hubo un día en que el pueblo corriera a las calles diciendo que la profecía finalmente se había cumplido.

Pero el agua siguió bajando.

Las lluvias cambiaron.

Los caminos crecieron.

Las máquinas llegaron.

Las voces comenzaron a viajar distancias que Baltasar jamás habría imaginado.

Y cada generación tuvo que decidir qué hacer con aquello.

A comienzos de un nuevo siglo, una niña llamada Alma visitó la Piedra del Cielo con su abuelo.

La pequeña pasó los dedos por una de las líneas talladas.

—¿Esto dice el futuro?

Su abuelo negó.

—No.

—Entonces, ¿qué dice?

El hombre señaló los dos caminos.

—Dice que siempre hay más de una manera de llegar mañana.

Alma miró el cielo azul, limpio y enorme.

—¿Y cuál es la correcta?

El abuelo sonrió.

—La que todavía deja algo para quienes vienen después.

La niña pareció conforme con esa respuesta.

Bajaron juntos hacia el pueblo.

Detrás de ellos, la piedra permaneció bajo el sol, marcada por símbolos que ya nadie podía interpretar con total certeza.

Quizá jamás habían sido una profecía.

Quizá siempre lo fueron.

Pero la pregunta que Baltasar había dejado no necesitaba una estrella para seguir siendo inquietante.

No era cuándo terminaría el mundo.

Era cuánto daño harían las personas antes de recordar que todavía podían cambiar de camino.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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