News

Mi hermano desapareció cuatro días en la sierra; cuando volvió, unas huellas enormes rodeaban su cuerpo y faltaba algo de su mochila

Mi hermano desapareció cuatro días en la sierra; cuando volvió, unas huellas enormes rodeaban su cuerpo y faltaba algo de su mochila

Parte 1: La madrugada en que Emiliano regresó sin caminar

Mi padre encontró a mi hermano Emiliano una madrugada de noviembre de 1974, tendido en un potrero detrás de nuestra casa, en un pequeño poblado llamado El Encinal de las Nubes, perdido entre barrancas y montañas del sur de México. Lo imposible era que llevábamos cuatro días buscándolo a más de doce kilómetros de allí, entre senderos donde incluso los hombres acostumbrados a la sierra necesitaban horas para avanzar.

Yo me llamo Teresa Valdivia y tenía diecisiete años cuando ocurrió, aunque durante más de cincuenta años no fui capaz de contarle a nadie todo lo que vi aquella mañana. Si ahora lo hago no es porque espere que alguien me crea, sino porque he llegado a una edad en la que guardar silencio pesa más que soportar las dudas de los demás.

Emiliano tenía veinte años, era delgado, moreno, de cabello negro siempre demasiado largo para gusto de nuestro padre, y poseía esa clase de curiosidad que en un pueblo pequeño podía convertirse tanto en bendición como en problema. Mientras casi todos los muchachos de su edad pensaban en trabajar las parcelas familiares, criar ganado o aprender algún oficio, él soñaba con irse a la ciudad, estudiar mecánica y conocer lugares donde las montañas no cerraran el horizonte por todos lados.

Mi padre, don Hilario, no entendía aquella necesidad de marcharse porque había recibido la tierra de su propio padre y consideraba que conservarla era una obligación que no necesitaba explicaciones. Emiliano, en cambio, decía que amar a la familia no significaba repetir exactamente la vida de quienes habían nacido antes.

—Yo no quiero morirme aquí sin saber qué había después del cerro —le dijo una noche durante la cena.

Mi padre dejó la cuchara sobre la mesa.

—¿Y crees que los que nos quedamos aquí estamos desperdiciando la vida?

—Yo no dije eso, papá.

—Pero lo piensas.

Aquella discusión terminó como terminaban casi todas, con Emiliano saliendo al patio y mi madre rezando en silencio para que ninguno dijera algo que después no pudiera retirar. Yo sabía que se querían profundamente, aunque cada conversación sobre el futuro parecía alejarlos un poco más.

El sábado siguiente, poco después del mediodía, Emiliano preparó una mochila de lona verde, guardó una cobija ligera, dos tortillas envueltas en servilleta, frijoles secos, una cantimplora, una lámpara pequeña y un pedazo de tasajo que mi madre había preparado esa mañana. Llevaba pantalón de mezclilla gruesa, camisa de cuadros, chamarra de algodón y unas botas de cuero que mi padre le había regalado cuando cumplió diecinueve.

—Voy a subir hasta la Mesa del Venado —me dijo mientras ajustaba las correas de la mochila—. Si el clima sigue bueno, quizá duerma cerca del arroyo y regreso mañana.

—Papá se va a enojar.

—Papá se enoja hasta cuando una gallina pone el huevo donde no quiere.

Me reí.

Fue la última vez que escuché reír a mi hermano.

Emiliano conocía aquellas montañas desde pequeño y había recorrido con mi padre casi todos los senderos que conectaban El Encinal con las comunidades vecinas, de modo que nadie se preocupó demasiado durante la primera noche. Cuando el domingo cayó la tarde y no había regresado, mi madre comenzó a caminar entre la cocina y el portón cada pocos minutos.

El lunes, antes del amanecer, salieron ocho hombres del pueblo.

Mi padre iba adelante.

Revisaron el camino de los pinos, la vereda del manantial, una vieja choza de pastores y las laderas cercanas a la Mesa del Venado, gritando el nombre de Emiliano hasta quedarse roncos. Encontraron huellas de botas cerca de una zona de piedra húmeda, pero después desaparecían en un tramo cubierto de hojas.

El martes se sumaron más vecinos y llevaron dos perros acostumbrados a rastrear ganado perdido.

Uno de los animales siguió el olor de una camisa de Emiliano durante casi tres kilómetros hasta una cañada angosta. Allí se detuvo.

No gimió.

No ladró.

Simplemente clavó las patas en el suelo, levantó el hocico hacia una pared de roca cubierta de musgo y se negó a avanzar.

Su dueño intentó jalarlo.

El perro retrocedió desesperado.

Aquello inquietó a todos, pero mi padre siguió buscando.

El miércoles regresaron con cuerdas, lámparas y comida suficiente para permanecer todo el día en la sierra. Revisaron barrancos donde una caída podía dejar a un hombre escondido entre árboles durante semanas, pero no encontraron la mochila, la chamarra ni una sola señal nueva.

Esa noche mi padre volvió derrotado.

Se sentó en el patio sin quitarse el sombrero y dijo:

—Mañana vamos a encontrarlo.

Mi madre entendió lo que realmente quería decir.

No esperaba encontrarlo vivo.

A las cuatro y media de la madrugada un golpe seco despertó a mi padre, como si algo pesado hubiera caído detrás del corral. Salió con una lámpara de petróleo pensando que alguna res había derribado una cerca.

Los animales estaban tranquilos.

Entonces vio algo en el potrero superior.

Corrió.

Minutos después escuchamos su grito.

Cuando mi madre y yo llegamos, Emiliano estaba acostado boca arriba sobre la hierba húmeda, con los brazos pegados al cuerpo y la mochila colocada cuidadosamente junto a su hombro izquierdo.

Parecía dormido.

Mi madre cayó de rodillas.

Yo no pude acercarme.

Pero entonces vi algo que nadie más estaba mirando.

Sobre la tierra blanda, detrás del cuerpo de mi hermano, había una fila de huellas.

No eran de botas.

Tampoco de animal.

Parecían enormes pies desnudos.

Y venían directamente desde la montaña.

Parte 2: Las huellas que nadie quiso medir

El médico de la comunidad llegó después del amanecer y confirmó que Emiliano había muerto probablemente uno o dos días antes, después de sufrir una fuerte caída en alguna zona rocosa. No tenía heridas visibles que explicaran inmediatamente la muerte, pero había señales de traumatismos internos y golpes compatibles con haberse precipitado por una pendiente.

Aquello respondía una pregunta, pero abría otra mucho peor.

Si Emiliano había muerto en la sierra, ¿cómo había terminado detrás de nuestra casa?

Mi padre revisó las botas antes de que se llevaran el cuerpo.

—Teresa —me dijo—, mira esto.

Los cordones estaban atados con un nudo extraño, torpe pero resistente, muy arriba del empeine. Emiliano siempre hacía un doble nudo bajo porque decía que así podía aflojarlo fácilmente cuando llegaba cansado.

Mi padre lo sabía.

Yo también.

—Alguien se las quitó —susurré.

Él no respondió.

Las huellas seguían visibles porque la humedad de la madrugada había ablandado la tierra del potrero, y ahora pude observarlas con claridad. Cada marca tenía una forma alargada, cinco dedos bien separados y una longitud que debía superar los treinta centímetros.

No había uñas.

No parecían patas de oso.

Tampoco eran marcas dejadas por sandalias.

Lo más inquietante era la distancia entre una y otra, porque algunos pasos parecían casi el doble de largos que los de un hombre normal.

Las huellas descendían por la ladera, llegaban hasta Emiliano y después se alejaban exactamente por la misma dirección.

Mi vecino, don Crispín, también las vio.

—No las pisen —dijo.

Pero para cuando llegaron más autoridades locales y curiosos, media comunidad había atravesado el potrero. El sol comenzó a secar la tierra y, antes del mediodía, las marcas eran apenas sombras deformadas entre decenas de pisadas humanas.

La explicación oficial fue sencilla.

Emiliano había tenido un accidente.

Alguna persona pudo encontrarlo, llevarlo cerca del pueblo y marcharse sin avisar.

—¿Una persona cargó a un muchacho de veinte años durante más de diez kilómetros de montaña? —preguntó mi padre.

Nadie contestó de forma convincente.

También se dijo que quizá Emiliano no había caído tan lejos como pensábamos y que pudo haber regresado herido por su propia cuenta antes de morir. Pero el médico insistió en que, con las lesiones encontradas, habría sido extremadamente difícil que caminara siquiera una distancia corta.

Mi madre no quería discutir.

Solamente repetía que al menos su hijo había regresado.

Esa tarde abrimos la mochila.

Dentro estaban la cobija, el vaso de aluminio, una navaja pequeña sin ninguna marca especial, la lámpara, un cuaderno, dos tortillas endurecidas y parte de los frijoles.

Faltaba únicamente el tasajo.

—Se lo habrá comido —dijo mi padre.

Pero yo recordaba perfectamente que Emiliano había llevado una pieza grande envuelta en una servilleta bordada por mi madre.

La servilleta sí estaba.

Había sido doblada y guardada dentro de la mochila.

La carne había desaparecido.

Durante el entierro intenté no pensar en aquello.

El pueblo entero acudió a despedirlo y mi madre permaneció junto al ataúd durante horas, acariciando la madera mientras repetía que Dios había permitido que su hijo regresara a casa. Mi padre casi no lloró frente a los demás, pero esa noche lo encontré sentado afuera con las botas de Emiliano sobre las piernas.

—Él no hizo esos nudos —dijo.

No supe qué contestar.

Durante semanas evitamos mencionar las huellas.

Mi padre regresó una vez a la zona donde habían encontrado el rastro de Emiliano antes de desaparecer. Cuando volvió, traía barro hasta las rodillas y una expresión diferente.

—¿Encontraste algo? —pregunté.

—No.

Después agregó:

—Pero había ramas quebradas muy arriba.

—¿Por una caída?

—No lo sé.

Mi madre le pidió que dejara de buscar.

—Ya tenemos a nuestro hijo —dijo—. Déjalo descansar.

Mi padre obedeció.

Yo no pude.

Comencé a prestar atención a cada historia que escuchaba sobre aquellas montañas.

Los ancianos hablaban de coyotes, venados, pumas y animales que a veces descendían hasta los corrales, pero ninguno describía huellas como aquellas. Algunos se burlaban cuando preguntaba si habían visto algo caminando sobre dos piernas en las zonas altas.

Hasta que una tarde, casi un año después, don Crispín me encontró sola junto al lavadero.

—Yo también vi las marcas —dijo.

Sentí que se me detenía el corazón.

—Entonces no las imaginé.

—No.

—¿Qué eran?

Crispín miró hacia los cerros antes de responder.

—Mi abuelo decía que allá arriba camina algo que no baja por comida ni por ganado.

—¿Entonces para qué baja?

El viejo tardó varios segundos en responder.

—A veces, para devolver cosas.

Parte 3: El Guardián del Barranco Blanco

Don Crispín no quiso contarme la historia aquel día porque decía que algunas cosas parecían absurdas cuando se explicaban demasiado rápido. Dos semanas después, sin embargo, me invitó a su casa y sacó de un baúl varias hojas amarillentas que habían pertenecido a su abuelo, quien durante muchos años había llevado cabras a las partes altas de la sierra.

No hablaban de monstruos.

Tampoco mencionaban demonios.

Describían algo al que algunos pastores llamaban el Guardián del Barranco Blanco.

Según las historias, era una criatura muy alta, cubierta de pelo oscuro, capaz de caminar erguida y de moverse por terrenos donde una persona necesitaba apoyarse con ambas manos. Rara vez era vista directamente y casi nunca se acercaba a casas habitadas.

—Mi abuelo decía que no perseguía gente —explicó Crispín—. Más bien la evitaba.

—Entonces ¿por qué le tenían miedo?

—Porque no necesitas que algo quiera lastimarte para que te dé miedo.

Aquella frase se quedó conmigo.

En una de las hojas aparecía una historia ocurrida mucho antes de que yo naciera.

Un arriero desapareció durante una tormenta y, después de tres días de búsqueda, su cuerpo apareció junto a un camino utilizado por mulas, varios kilómetros más abajo del lugar donde lo habían visto por última vez. Junto a él encontraron marcas enormes que nadie pudo identificar.

Otro relato hablaba de una pastora que cayó en una barranca.

La encontraron sin vida cerca de un manantial accesible, aunque quienes participaron en la búsqueda aseguraban haber revisado aquel sitio el día anterior.

—¿Y siempre aparecen muertos? —pregunté.

Crispín negó con la cabeza.

—Eso es lo extraño. Mi abuelo también contaba de gente perdida que apareció dormida cerca de caminos.

Sentí un escalofrío.

—Entonces podría haber ayudado a Emiliano.

—Eso pienso.

Yo quería rechazar la idea porque parecía demasiado extraordinaria, pero cuanto más recordaba aquella madrugada, menos sentido tenía pensar que aquello que dejó las huellas hubiera matado a mi hermano. Si hubiera querido ocultarlo, podía haber dejado su cuerpo en cualquier barranco.

En cambio, lo llevó hasta nuestra casa.

Lo colocó boca arriba.

Puso su mochila junto a él.

Incluso acomodó una bota que probablemente se había soltado.

Y después regresó hacia la montaña.

Comencé a observar las botas con otra idea.

Años después, cuando me mudé temporalmente a una ciudad cercana para trabajar en una tienda de telas, conocí a un zapatero anciano y le describí el nudo sin contarle toda la historia. Le pregunté qué clase de persona podría atar una bota de aquella manera.

Él tomó un cordón y reprodujo algo parecido.

—Alguien que entiende que debe mantenerla cerrada, pero que nunca aprendió a usar este tipo de calzado.

Sentí frío en las manos.

Entonces comprendí una posibilidad.

Tal vez durante el traslado una de las botas se desprendió.

Aquella criatura pudo detenerse, observarla, introducir nuevamente el pie de Emiliano y amarrar los cordones imitando algo que había visto hacer a los humanos.

También empecé a pensar en el tasajo.

Al principio me había parecido un detalle grotesco.

Después pensé que podía significar algo completamente diferente.

Aquello encontró a Emiliano.

Lo cargó durante kilómetros.

Y se llevó comida de la mochila.

No como una amenaza.

Quizá simplemente porque tenía hambre.

Cuando le conté mi teoría a Crispín, el viejo soltó una pequeña risa.

—Si yo cargara a alguien diez kilómetros, también me cobraría con un pedazo de carne.

Fue la primera vez que pude sonreír al hablar de la muerte de mi hermano.

Sin embargo, todavía quedaba algo que me atormentaba.

¿Por qué llevarlo precisamente a nuestra casa?

La criatura no podía conocer nuestra familia.

No podía saber dónde vivía Emiliano.

Entonces recordé que mi hermano había recorrido aquellas montañas desde niño y que muchas veces llevaba comida, herramientas o ropa marcada con pequeños bordados de mi madre. Quizá algo lo había observado durante años.

O quizá simplemente siguió su olor hasta los lugares que él frecuentaba.

Crispín tenía otra explicación.

—Los animales conocen nuestros caminos mejor que nosotros —dijo—. Saben de dónde viene el ganado, dónde dejamos basura, dónde encendemos fogatas y dónde termina un sendero.

No necesitaba conocer a Emiliano.

Solamente necesitaba entender que aquellos caminos conducían hasta personas.

Esa idea me dio una paz extraña.

Mi hermano había muerto solo en la montaña.

Pero quizá no permaneció solo después de morir.

Parte 4: Lo que mi padre vio y nunca quiso contar

Pasaron casi veinte años antes de que mi padre hablara nuevamente de aquella mañana.

Yo ya estaba casada y tenía dos hijos cuando regresé a El Encinal para cuidarlo durante una enfermedad. Una noche, mientras escuchábamos la lluvia golpear las tejas, me preguntó si todavía recordaba las huellas.

—Todos los días —respondí.

Él suspiró.

—Nunca te conté todo.

La mañana en que encontró a Emiliano, antes de correr hacia el cuerpo, mi padre había visto movimiento cerca del borde del potrero.

No una persona.

Una silueta.

Era enorme y estaba inclinada junto a la cerca de piedra.

Mi padre creyó inicialmente que era un burro suelto, pero cuando levantó la lámpara aquella figura se enderezó.

—¿La viste bien? —pregunté.

—No.

—¿Tenía pelo?

—Creo que sí.

—¿Era un oso?

Mi padre permaneció callado.

—Un oso no se levanta y camina veinte pasos como un hombre.

Sentí que volvía a tener diecisiete años.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

—Porque mi hijo estaba muerto.

Su respuesta fue tan sencilla que me dejó sin palabras.

Mi padre explicó que, en ese momento, no le importó perseguir aquello ni intentar entenderlo. Solo corrió hacia Emiliano.

Después tuvo miedo de contar lo que había visto porque sabía cómo podía reaccionar la gente.

—Yo era un campesino diciendo que una cosa enorme había dejado a mi hijo en el potrero —murmuró—. ¿Qué esperaba que hicieran conmigo?

—Crispín también vio las huellas.

—Lo sé.

Entonces me reveló otro detalle.

Cerca de la cerca había encontrado una tira de la camisa de Emiliano enganchada en una piedra.

No parecía arrancada durante una pelea.

Probablemente se había roto mientras alguien o algo lo cargaba.

Mi padre guardó aquel pedazo de tela durante años.

Lo sacó de una caja.

Todavía podía reconocer el cuadro azul de la camisa.

—Siempre pensé que lo mató —dijo.

—¿Y ahora?

Hilario observó la lluvia.

—Ahora creo que encontré al único ser que no dejó a mi hijo abandonado en esa montaña.

Me cubrí la boca para contener el llanto.

Mi padre comenzó a llorar también.

—Yo estaba enojado con Emiliano cuando se fue —dijo—. La última conversación buena que tuvimos había sido semanas antes.

—Él sabía que lo querías.

—Los muertos deberían llevarse palabras mejores.

Me acerqué y tomé su mano.

—Pero pudiste enterrarlo.

Mi padre asintió.

Aquello era lo que realmente había significado su regreso.

Nuestra familia acostumbraba despedir a los muertos acompañándolos durante la noche, llevando comida a quienes velaban y reuniendo a parientes que a veces viajaban durante horas para llegar. Para mi madre, tener el cuerpo de Emiliano significó poder tocar la madera de su ataúd, rezar junto a él y saber dónde llevar flores después.

Sin aquel regreso, habríamos pasado años mirando hacia la sierra.

Esperando.

Imaginando.

Preguntándonos si estaba vivo.

Aquello que lo trajo puso fin a esa espera.

Mi padre murió tres años después de aquella conversación.

Antes de hacerlo me pidió una sola cosa.

—No conviertas a esa criatura en un demonio solo porque no sabes qué es.

Nunca olvidé esas palabras.

Con el paso del tiempo, la carretera mejoró, llegaron más casas al valle y muchos jóvenes abandonaron las parcelas para trabajar lejos. Las historias antiguas comenzaron a desaparecer porque casi nadie llevaba animales a los sitios donde los viejos pastores habían pasado semanas enteras.

Yo también envejecí.

Pero cada noviembre regresaba al potrero.

Dejaba flores cerca de la piedra donde había terminado la fila de huellas.

Nunca encontré marcas nuevas.

Hasta una mañana, treinta y siete años después de la muerte de Emiliano.

Había llovido durante la noche.

Cerca del monte apareció una sola huella.

Grande.

Alargada.

Con cinco dedos.

No había ninguna otra alrededor.

Me quedé mirándola durante varios minutos.

Después dejé junto a la piedra un pequeño paquete de carne seca envuelto en una servilleta.

A la mañana siguiente había desaparecido.

Parte 5: La deuda que nuestra familia nunca intentó cobrar

Nunca supe qué ocurrió con aquel paquete.

Pudo llevárselo un perro, un coyote o cualquier animal nocturno, y durante muchos años preferí pensar que probablemente había sido algo así. Aprendí que vivir con un misterio no significa convertir cada detalle en una prueba.

Pero tampoco significa negar lo que uno vio.

Hoy tengo más de ochenta años.

Mis manos tiemblan cuando escribo y ya no puedo subir a la Mesa del Venado, aunque desde la ventana de mi casa todavía alcanzo a ver las cumbres durante los días despejados. La sierra parece más pequeña ahora que existen caminos mejores, teléfonos y vehículos capaces de acercar a la gente hasta lugares que antes requerían jornadas enteras.

Sin embargo, las montañas siguen guardando rincones donde casi nadie entra.

Durante mi vida escuché muchas explicaciones sobre Emiliano.

Algunos dijeron que un grupo de desconocidos pudo encontrarlo y trasladarlo.

Otros pensaron que los hombres que participaron en la búsqueda estaban confundidos sobre las distancias.

Hubo quien sugirió que las huellas pertenecían a un oso y que nuestra memoria las había exagerado después de tantos años.

Todas son posibilidades.

No puedo demostrar lo contrario.

Lo único que puedo contar es aquello que recuerdo con una claridad que nunca desapareció.

El cuerpo de Emiliano estaba acomodado, no arrojado.

Su mochila estaba junto a él.

Una de sus botas había sido atada de una forma que él jamás usaba.

Faltaba solamente la carne seca que mi madre había preparado.

Y desde el borde del potrero hasta donde estaba mi hermano había huellas enormes de algo que parecía caminar descalzo sobre dos piernas.

Mi padre vio una silueta alejarse.

Crispín vio las marcas.

Los perros se negaron a continuar en la zona donde probablemente había ocurrido la caída.

Nada de eso demuestra qué pasó.

Pero cambió la pregunta que me hice durante décadas.

Cuando era joven preguntaba: “¿Qué se llevó a Emiliano?”

Ahora entiendo que tal vez esa nunca fue la pregunta correcta.

Quizá debía preguntar: “¿Qué lo trajo de vuelta?”

Mi madre vivió hasta los setenta y tantos y jamás supo todo lo que mi padre y yo habíamos visto. Decidimos no contárselo porque ella había encontrado una explicación sencilla que le permitía dormir.

—La montaña me devolvió a mi hijo —decía.

Durante muchos años pensé que hablaba solamente de su fe.

Ahora no estoy tan segura.

Antes de morir me entregó la vieja servilleta donde había estado envuelto el tasajo.

—Guárdala —me pidió.

—¿Por qué?

Mi madre sonrió.

—Porque eso fue lo único que no regresó completo.

Todavía la tengo.

Está desgastada y casi ha perdido el bordado rojo de las orillas.

Cada vez que la veo pienso en aquel ser desconocido atravesando la sierra durante la noche, quizá cargando sobre los brazos a un muchacho que pesaba más de sesenta kilos.

Imagino que tuvo que detenerse.

Imagino la bota cayendo.

Imagino unas manos enormes intentando comprender los cordones y haciendo un nudo torpe.

Imagino que abrió la mochila.

Encontró comida.

Comió una parte.

Después siguió caminando.

No sé si esos pensamientos son verdad.

Pero hay algo profundamente humano en ellos, aunque la criatura no lo fuera.

Hace algunos años llevé a mi nieta mayor hasta el potrero.

Ella conocía solamente una parte de la historia.

Nos sentamos junto a la misma piedra mientras el sol bajaba sobre los pinos.

—Abuela —me preguntó—, si crees que esa cosa existe, ¿por qué no le tienes miedo?

Pensé mucho antes de responder.

—Porque nunca tuve razones para pensar que quisiera hacernos daño.

—Pero era enorme.

—El tamaño no decide si algo es bueno o malo.

—¿Y si fue quien empujó al tío Emiliano?

Negué lentamente.

—El médico dijo que la caída parecía accidental, y todo lo demás apunta a que alguien llegó después.

Mi nieta miró hacia la montaña.

—Entonces lo ayudó.

—Ya estaba muerto.

—Ayudó a ustedes.

Aquellas palabras me hicieron llorar.

Una muchacha nacida décadas después había entendido en segundos aquello que yo tardé media vida en aceptar.

No todo acto de compasión consiste en salvar una vida.

A veces ya no hay una vida que salvar.

A veces lo único que puede hacerse es devolver a una persona con quienes la aman.

Desde entonces, cada aniversario de la muerte de Emiliano dejamos flores en su tumba y después llevamos un pequeño pedazo de carne seca hasta el potrero. Nunca lo dejamos como ofrenda religiosa ni realizamos ceremonia alguna, porque no sabemos qué ocurrió realmente y no queremos convertir el misterio en una superstición.

Simplemente lo dejamos sobre una piedra.

Algunas veces permanece allí hasta que los insectos llegan.

Otras desaparece durante la noche.

No investigamos cuál animal se la lleva.

Nos parece mejor así.

Mi hermano quería marcharse de El Encinal porque decía que necesitaba conocer lo que había después de las montañas.

Nunca pudo hacerlo.

Pero su historia terminó enseñándome algo que él habría disfrutado escuchar.

Después de las montañas siempre hay otra cosa.

Y también hay cosas dentro de ellas que quizá jamás llegaremos a comprender.

Todavía existen personas del pueblo que se ríen cuando los ancianos hablan del Guardián del Barranco Blanco. Yo nunca discuto con ellos porque no necesito convencer a nadie.

Emiliano tiene una tumba.

Mi madre pudo despedirse.

Mi padre murió sabiendo que su hijo no había quedado perdido entre las barrancas.

Y yo pude pasar el resto de mi vida visitando un lugar donde poner flores en lugar de mirar cada sendero preguntándome dónde estaban sus huesos.

Si algo desconocido hizo posible eso, no me interesa llamarlo monstruo.

Quizá jamás sepamos qué caminó aquella madrugada desde la sierra hasta nuestro potrero.

No sé dónde vive.

No sé si todavía existe.

No sé si aquellas historias de los pastores describían una criatura real, varios animales confundidos por generaciones o algo para lo cual todavía no tenemos nombre.

Solo sé lo que había frente a mí cuando tenía diecisiete años.

Un hermano muerto que no podía haber recorrido solo aquel camino.

Una mochila cerrada.

Un nudo hecho por alguien que no sabía usar sus botas.

Una servilleta vacía.

Y dos líneas de enormes huellas atravesando la tierra húmeda, una que venía desde las montañas y otra que regresaba hacia ellas después de dejarlo a unos metros de nuestra casa.

Durante más de cincuenta años pensé que aquella madrugada había sido la más aterradora de mi vida.

Ahora la recuerdo de otra manera.

Porque en medio de toda aquella oscuridad hubo alguien, o algo, que encontró a Emiliano donde nosotros no pudimos encontrarlo, cargó su cuerpo durante kilómetros y lo llevó hasta el único sitio donde sabía que sería recibido.

A casa.

Y después se marchó sin pedir nada.

Excepto, quizá, un pedazo de tasajo para el camino.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

You Might Also Enjoy