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Mi expedición desapareció en una selva mexicana y un año después aparecí sola junto al río; cuando pronuncié el apodo de nuestro captor, todo cambió

Mi expedición desapareció en una selva mexicana y un año después aparecí sola junto al río; cuando pronuncié el apodo de nuestro captor, todo cambió

Parte 1: La mujer que regresó cuando todos habían dejado de buscar

Me encontraron la madrugada del 14 de septiembre de 2018, exactamente trece meses después de que cinco investigadores desapareciéramos en la ficticia Selva de Monte Escondido, en el sureste de México. Estaba sentada sobre el lodo de la ribera del Río del Venado, cerca del pequeño poblado de San Jerónimo del Palmar, usando una camisa masculina que me llegaba hasta las rodillas y mirando fijamente hacia la pared verde de la selva.

El pescador que me vio primero creyó que era alguien enfermo abandonado junto al agua, porque apenas reaccioné cuando acercó su lancha y me preguntó si necesitaba ayuda. Cuando encendió nuevamente el motor para aproximarse, me arrastré hacia atrás con tanta desesperación que terminé cayendo de espaldas entre las raíces.

—No voy a hacerle nada —repitió, levantando las manos.

Yo entendía cada palabra, pero no conseguía responderle.

Tenía treinta y cuatro años, aunque las fotografías tomadas aquella mañana hacían pensar que era mucho mayor, con el cabello cortado irregularmente casi hasta el cuero cabelludo, los labios partidos por la deshidratación y los pies cubiertos con tiras de costal utilizadas como sandalias. Lo más inquietante, según quienes estuvieron allí, era que nunca dejaba de observar la otra orilla como si esperara que alguien saliera de los árboles.

Mi nombre era Mariana Velasco.

Trece meses antes había llegado a Puerto Encino convencida de que estaba comenzando el proyecto científico que definiría mi carrera.

Yo era química especializada en compuestos vegetales, y trabajaba para Nácar Biociencias, una empresa mexicana privada que desarrollaba medicamentos a partir de moléculas encontradas en plantas poco estudiadas. La compañía había financiado una expedición hacia una zona remota del Alto Venado para buscar una especie de arbusto que, según muestras preliminares, producía una sustancia con propiedades antimicrobianas poco comunes.

Éramos cinco.

El doctor Julián Aranda, de cuarenta y seis años, dirigía el proyecto y tenía esa calma irritante de los profesores que podían convertir una emergencia en una explicación de veinte minutos. Tomás Rivas, médico de campo, era el bromista del grupo, mientras Rebeca Solís, nuestra cartógrafa, podía mirar una pendiente durante treinta segundos y describir exactamente cómo llegar al otro lado sin perderse.

Iván Salgado se encargaba de seguridad y logística.

Era un exrescatista robusto, reservado y mucho más atento a los contenedores de equipo que al resto de nosotros.

Durante el primer día en Puerto Encino, me pareció extraño que Nácar hubiera gastado tanto dinero en una misión destinada supuestamente a recolectar hojas, corteza y pequeñas muestras de suelo. Nos habían proporcionado una lancha reforzada, dos sistemas independientes de comunicación satelital, cajas térmicas de grado médico, cámaras aéreas pequeñas y combustible suficiente para permanecer fuera durante semanas.

—Parece que vamos a buscar oro —bromeó Rebeca mientras acomodábamos las cajas.

Iván no se rió.

Partimos del embarcadero de Los Sauces a las siete de la mañana del 14 de agosto de 2017, siguiendo un brazo ancho del Río del Venado entre ceibas, palmas y árboles cubiertos de bromelias. Una cocinera del embarcadero nos despidió entregándonos una bolsa con pan dulce y dijo que nadie debía internarse demasiado después de las lluvias porque el río cambiaba de humor sin avisar.

Tres días después dejamos de responder.

Primero falló el rastreador principal.

Después el dispositivo de respaldo.

La empresa activó una búsqueda enorme, contratando helicópteros, embarcaciones rápidas, pilotos locales, especialistas en selva y equipos capaces de rastrear señales térmicas bajo parte del follaje. Más tarde me contaron que durante las primeras semanas revisaron decenas de comunidades, antiguos campamentos madereros, barrancas, lagunas y kilómetros de riberas.

No encontraron una sola mochila.

No encontraron una prenda.

No encontraron ninguno de nuestros transmisores.

Seis semanas después apareció la lancha.

Estaba escondida a casi treinta y cinco kilómetros de la ruta autorizada, debajo de ramas cortadas colocadas deliberadamente sobre el casco y parcialmente hundida en un remanso cubierto de lirios acuáticos. Le habían retirado el motor, la consola de navegación, las placas identificadoras y hasta varias piezas que no tenían valor comercial evidente.

No parecía una embarcación abandonada después de un accidente.

Parecía algo que alguien había intentado convertir en un objeto sin historia.

Las familias mantuvieron la presión durante meses, pero en enero la búsqueda permanente terminó y el expediente quedó abierto únicamente para nuevas pistas. Nácar pagó compensaciones, organizó una ceremonia privada y colocó fotografías de los cinco en la recepción principal de su sede.

Mientras tanto, yo seguía respirando.

Cuando los médicos de San Jerónimo consiguieron estabilizarme aquel septiembre de 2018, confirmaron mi identidad mediante huellas y registros dentales. También encontraron desnutrición severa, infecciones antiguas, cicatrices en muñecas y tobillos y señales suficientes para concluir que había permanecido retenida durante mucho tiempo.

Durante dieciocho días no dije una sola palabra.

Dormía en periodos de diez o veinte minutos.

Si escuchaba un generador, intentaba esconderme debajo de la cama.

Si alguien cerraba una puerta con fuerza, dejaba de respirar.

Una enfermera llamada Cecilia comenzó a dejarme agua, tortillas suaves y caldo sobre una mesa sin acercarse demasiado. El quinto día se sentó al otro lado de la habitación y comió su propio almuerzo en silencio para que yo pudiera observarla.

Fue la primera persona en la que confié.

Cuando finalmente hablé, no pronuncié mi nombre.

Pronuncié una fecha.

—Dieciséis de agosto.

Los investigadores se inclinaron hacia mí.

Respiré varias veces antes de continuar.

—Encontramos una pista.

No se referían a un sendero.

Era una pista de aterrizaje.

Y junto a ella estaba el lugar donde comenzó todo.

Parte 2: El campamento donde nuestros nombres dejaron de importar

Dos días después de salir de Los Sauces, habíamos abandonado temporalmente la lancha para recolectar muestras cerca de una elevación que aparecía en mapas antiguos como Cerro del Cántaro. La vegetación se volvió tan densa que Iván caminaba delante abriendo paso mientras Rebeca comprobaba continuamente la posición.

Poco antes del mediodía encontramos algo imposible.

El terreno frente a nosotros estaba completamente nivelado.

Grandes redes cubiertas con hojas falsas se extendían entre postes bajos y, debajo de ellas, había una pequeña aeronave sin identificación visible. Varios hombres transportaban cajas rectangulares desde una estructura semienterrada hacia un vehículo todoterreno.

Iván levantó una mano.

Todos nos detuvimos.

—Regresamos —dijo en voz baja.

No tuvimos tiempo.

Tres hombres aparecieron detrás.

Otros surgieron desde la pista.

La confrontación terminó casi antes de comenzar, e Iván quedó gravemente herido mientras trataba de apartarnos de allí. Lo último que recuerdo de él fue su voz ordenándonos que corriéramos, aunque ya no existía ningún lugar hacia donde hacerlo.

Nos cubrieron la cabeza y nos sujetaron las manos.

El viaje posterior duró horas.

Durante mucho tiempo creí que habíamos cruzado el río varias veces porque escuchaba agua bajo las ruedas, pero después entendí que probablemente atravesábamos cauces poco profundos diseñados para borrar huellas.

Cuando nos retiraron las capuchas, estábamos dentro de un complejo oculto entre paredes de piedra, estructuras de concreto y vegetación.

No era un campamento de traficantes improvisado.

Había electricidad.

Refrigeración.

Una enfermería.

Una zona de procesamiento.

Antenas desmontables.

Tuberías de ventilación que desaparecían en túneles abiertos dentro de la roca.

El hombre que mandaba allí apareció aquella misma tarde.

Todos lo llamaban El Boticario.

Tenía aproximadamente cincuenta años, cabello corto con algunas canas y una forma de hablar tan tranquila que resultaba peor que los gritos. Nunca levantaba la voz cuando quería imponer miedo.

Nos observó uno por uno.

Preguntó qué hacíamos.

Julián intentó explicar que éramos científicos y que probablemente nuestra empresa ya nos estaba buscando.

El Boticario sonrió.

—Entonces más les vale resultar útiles.

A David, como él insistía en llamar a Julián a pesar de que Julián lo corregía al principio, lo enviaron junto con Tomás a una instalación donde se clasificaban extractos vegetales y reactivos. A Rebeca la obligaron a copiar mapas, registrar rutas fluviales y marcar sitios donde podrían ocultarse pequeñas pistas de aterrizaje.

A mí me llevaron a un laboratorio.

La primera vez que entré reconocí algunos instrumentos.

No eran nuevos, pero eran demasiado especializados para aquel lugar.

Me ordenaron identificar sustancias presentes en plantas recolectadas en distintas partes de la selva y comprobar la pureza de extractos que llegaban en pequeños recipientes. Nunca me explicaron para qué querían los resultados.

Al principio traté de equivocarme deliberadamente.

El Boticario lo descubrió en menos de una semana.

Después de eso, comprendí que cualquier acto abierto de resistencia podía terminar afectando a los demás.

Nos mantenían separados casi todo el día.

Por la noche, algunas veces podíamos escucharnos a través de las divisiones metálicas.

Tomás silbaba fragmentos de canciones.

Rebeca golpeaba dos veces la pared antes de dormir.

Julián empezó a repetir los nombres de sus hijos en voz baja porque decía que tenía miedo de olvidar cómo sonaban.

Yo contaba.

Contaba pasos.

Respiraciones.

Las veces que los generadores arrancaban.

Los aviones.

Los cambios de guardia.

Cualquier cosa capaz de convertir el caos en un patrón.

Aproximadamente cuatro meses después, llegaron varios contenedores médicos refrigerados.

Tomás los vio.

Durante la noche me llamó desde la celda contigua.

—Mariana.

No respondí hasta estar segura de que no había guardias.

—¿Qué?

—Si mañana me sacan, recuerda una cosa. Esto no es solo tráfico de plantas.

No pude preguntarle más.

Al día siguiente lo llevaron a la enfermería subterránea.

Nunca volvió.

Rebeca desapareció dos semanas después.

Antes de llevársela, consiguió pasar cerca de mi encierro.

No dijo nada.

Solo dejó caer intencionalmente una pequeña cinta roja que utilizaba para sujetarse el cabello.

La escondí durante meses.

Julián aguantó más.

Volvía cada noche más delgado, cubierto de polvo y con las manos irritadas por los productos que lo obligaban a manipular. En primavera intentó aprovechar una falla eléctrica para abrir una puerta lateral.

Lo descubrieron.

Después de eso, dejaron de traerlo.

Me quedé sola.

Un mecánico llamado Mateo comenzó a llevarme agua algunas noches.

Tenía unos treinta años y nunca miraba directamente a los guardias.

Un día me susurró:

—No todos estamos aquí porque queremos.

No respondí.

La confianza era demasiado peligrosa.

Pasaron meses.

Luego llegó agosto.

Una noche, El Boticario apareció frente a mi encierro con una carpeta.

Reconocí el logotipo interno de Nácar Biociencias en la esquina.

Aquello me paralizó más que cualquier otra cosa que hubiera visto.

Abrió la carpeta.

Había una fotografía mía.

Mi puesto.

Mi especialidad.

Detalles de mi experiencia que nunca había contado a nadie en aquel lugar.

Levantó la mirada.

—Mañana empiezas otro trabajo.

No dormí.

Horas después comenzó una tormenta.

La lluvia golpeó los techos de lámina, los generadores fallaron y una corriente de agua entró por uno de los túneles inferiores. Entre la oscuridad, escuché pasos corriendo.

Entonces apareció Mateo.

Abrió mi puerta.

—Ahora.

No me moví.

—Si te quedas, mañana no sales.

Eso bastó.

Corrimos.

Parte 3: La fuga y la palabra que cambió la investigación

Mateo me condujo por un canal de mantenimiento que atravesaba parte de la roca detrás del complejo. Caminamos agachados durante varios minutos mientras el agua nos llegaba a las rodillas y las luces de emergencia parpadeaban detrás.

Al final había una rejilla.

Mateo utilizó una herramienta para abrirla.

Del otro lado estaba la selva.

—Sigue bajando —me dijo—. Siempre hacia donde escuches agua.

—Ven conmigo.

Negó con la cabeza.

—Tengo a alguien adentro.

Nunca supe a quién.

Antes de que pudiera preguntarle, regresó por el túnel.

Yo corrí.

Durante dos días caminé casi sin dirección.

Bebí agua de lluvia acumulada en hojas grandes, dormí debajo de raíces y avancé siguiendo pequeños arroyos hasta que encontré un río más ancho. Una pareja de pescadores me vio desde lejos, pero tuve miedo y me escondí.

La tercera mañana ya no pude continuar.

Me senté en la orilla.

Fue allí donde me encontraron.

Durante mis primeras entrevistas en Lima, los investigadores intentaron ubicar el complejo utilizando mi memoria. No podía dibujar rutas ni calcular distancias porque cualquier intento de reconstruir el trayecto hacía que mi mente se llenara de imágenes desordenadas.

Pero recordaba tres cosas.

Una montaña.

Un sonido.

Y un olor.

La montaña tenía una enorme fractura vertical.

Desde el patio central parecía un molar partido.

Los generadores grandes arrancaban aproximadamente cada setenta y dos horas durante varias horas seguidas, probablemente para alimentar los sistemas de refrigeración.

Y cuando había vuelos, todo el campamento olía a combustible de aviación.

Los analistas buscaron durante días.

Encontraron cuatro formaciones rocosas parecidas.

Descartaron tres por no tener terreno suficiente para una pista cercana.

La cuarta aparecía en imágenes antiguas como Peña del Venado, una formación ubicada a más de cien kilómetros del punto donde habíamos desaparecido.

Las imágenes térmicas revelaron anomalías.

Fuentes de calor bajo la vegetación.

Tuberías.

Una estructura parcialmente subterránea.

Y una franja de terreno demasiado recta para ser natural.

Yo miré la fotografía.

Mi cuerpo empezó a temblar.

—Ahí.

El investigador señaló la roca.

—¿Está segura?

No pude responder.

Pero asentí.

La operación comenzó a organizarse de inmediato.

Entonces revisaron la palabra que yo había repetido desde el hospital.

El Boticario.

Al principio parecía únicamente un apodo.

Pero un investigador llamado Ernesto Castañeda encontró referencias antiguas a un químico conocido en redes clandestinas de contrabando de especies y medicamentos falsificados. Su verdadero nombre era Valentín Barragán.

Había desaparecido siete años antes después del cierre de un laboratorio ilegal.

Su fotografía tenía más edad.

Pero yo lo reconocí.

—Es él.

La investigación cambió.

Ya no estaban buscando únicamente un campamento.

Buscaban a un hombre que llevaba años construyendo redes de laboratorios móviles y utilizando áreas selváticas remotas para ocultarlos.

La noche del 3 de octubre, una imagen satelital mostró movimiento intenso en Peña del Venado.

Había vehículos cerca de la pista.

Una aeronave pequeña estaba siendo abastecida.

Varias cajas habían sido colocadas junto a ella.

Los investigadores creyeron que Barragán había comprendido que alguien estaba observando.

La operación prevista para la semana siguiente tuvo que adelantarse.

Antes del amanecer, equipos terrestres avanzaron desde dos direcciones mientras una unidad aérea vigilaba la pista.

Yo permanecí en una clínica protegida.

No podía estar allí.

Pero me mantuvieron informada.

A las cinco y cuarenta, comenzó la entrada.

Los hombres del campamento intentaron destruir documentos y abandonar varias instalaciones.

La avioneta arrancó.

Pero no consiguió despegar.

Un vehículo colocado en el extremo de la pista bloqueó la salida.

Barragán fue detenido cerca de un hangar camuflado.

Otros hombres escaparon hacia la selva.

Dentro del complejo encontraron jaulas.

Laboratorios.

Equipos médicos.

Archivos.

Mapas.

Y pertenencias de personas desaparecidas durante varios años.

También encontraron a siete cautivos vivos.

Uno de ellos era Julián.

Cuando me dijeron su nombre, dejé caer el vaso que tenía entre las manos.

Había sobrevivido.

No parecía posible.

Lo habían mantenido en una sección subterránea porque conocía procesos químicos que Barragán consideraba útiles. Estaba gravemente debilitado, pero podía hablar.

Su primera pregunta fue por nosotros.

Cuando le dijeron que yo también estaba viva, comenzó a llorar.

Rebeca, Tomás e Iván no regresaron.

Las pruebas encontradas permitieron localizar posteriormente lugares donde habían sido enterrados.

Pero el descubrimiento que convirtió la investigación en algo todavía más perturbador no estaba dentro de las instalaciones.

Estaba en un archivador.

Una carpeta contenía nuestros nombres antes de que llegáramos a la selva.

Profesiones.

Edades.

Fotografías.

Incluso nuestras funciones dentro de la expedición.

Alguien sabía exactamente quiénes éramos antes de que nos capturaran.

Y esa información había salido de Nácar Biociencias.

Parte 4: La traición estaba mucho más cerca de casa

Nácar negó inmediatamente cualquier relación con Barragán.

Sus abogados argumentaron que miles de empleados podían acceder a ciertos archivos de viaje y que el logotipo encontrado en documentos no demostraba participación institucional. Sin embargo, los investigadores no tardaron en localizar registros de comunicaciones entre Barragán y un directivo de logística llamado Octavio Lezama.

Octavio había coordinado nuestra expedición.

También había seleccionado el embarcadero.

Modificado nuestra ruta pocos días antes.

Y aprobado la incorporación de Iván al equipo.

Los pagos encontrados en cuentas intermediarias mostraban transferencias realizadas durante casi cinco años.

La explicación final resultó más cruel de lo que cualquiera había imaginado.

Octavio vendía información sobre expediciones científicas que llegaban a zonas remotas.

Barragán utilizaba esos datos para conocer nuevos sitios con plantas valiosas, rutas poco vigiladas y personas con conocimientos técnicos útiles.

La mayoría de las expediciones nunca eran atacadas.

Eso habría llamado demasiado la atención.

Pero cuando un equipo coincidía accidentalmente con una operación clandestina, Barragán ya sabía quiénes eran antes de decidir qué hacer con ellos.

Nosotros habíamos llegado demasiado cerca.

Iván tampoco estaba allí por casualidad.

Los investigadores descubrieron que había sospechado movimientos irregulares de materiales desde meses antes y había enviado preguntas internas sobre varios contenedores sin documentación completa. Al incluirlo en nuestra expedición, Octavio probablemente esperaba mantenerlo bajo vigilancia.

En cambio, Iván vio la pista.

Todo se desmoronó.

Octavio fue detenido.

La noticia provocó una crisis dentro de Nácar.

Varios directivos renunciaron.

Familias de otros trabajadores exigieron investigaciones sobre viajes anteriores.

Aparecieron nuevos nombres.

Nuevos desaparecidos.

Durante semanas, parecía que cada archivo abierto contenía otra historia.

Julián y yo fuimos interrogados por separado durante meses.

Él recordaba detalles que yo había perdido.

Yo recordaba sonidos que él no había escuchado.

Entre los dos reconstruimos gran parte del funcionamiento de Peña del Venado.

Una tarde nos permitieron vernos.

Julián entró apoyándose en un bastón.

Yo me quedé inmóvil.

Él también.

Durante un año había construido en mi cabeza la idea de que todos estaban muertos.

Ahora uno estaba delante de mí.

—Mariana.

Su voz era mucho más débil de lo que recordaba.

Yo caminé hacia él.

Nos abrazamos.

No dijimos nada durante varios minutos.

Después preguntó:

—¿Mateo?

Negué con la cabeza.

No había aparecido entre los detenidos ni entre los rescatados.

Durante meses creí que probablemente había muerto ayudándome.

Pero otra investigación encontró su nombre entre empleados forzados a trabajar bajo amenazas contra sus familias.

Finalmente apareció viviendo con otra identidad en una comunidad costera.

Declaró voluntariamente.

Confirmó que había abierto mi celda.

También explicó por qué.

Su hermana menor estaba retenida en otra instalación vinculada a Barragán.

Había esperado durante años una oportunidad para conseguir suficiente información y encontrarla.

La investigación terminó localizándola con vida meses después.

Ese fue uno de los pocos finales luminosos dentro de todo aquello.

El juicio comenzó casi dos años después de mi regreso.

Barragán se presentó impecablemente vestido.

Octavio evitaba mirar hacia donde estábamos.

Durante mi declaración, el abogado defensor intentó cuestionar mis recuerdos debido al trauma.

Le permití hablar.

Después miré directamente al juez.

—Hay cosas que no recuerdo —dije—. No recuerdo cuántas veces pensé que iba a morir. No recuerdo todos los rostros. Pero recuerdo perfectamente a las personas que estaban conmigo antes de que alguien decidiera que nuestras vidas podían convertirse en herramientas.

Nombré a Iván.

Tomás.

Rebeca.

Julián.

Luego pronuncié mi propio nombre.

No como víctima.

Como testigo.

Barragán fue condenado por múltiples delitos relacionados con secuestro, asociación criminal, tráfico ilegal y la operación de las instalaciones clandestinas. Octavio recibió una condena igualmente severa por proporcionar información, facilitar rutas y participar conscientemente en la red.

Nácar enfrentó demandas civiles y una investigación interna que terminó con la compañía vendida y reorganizada bajo nuevos propietarios.

Pero para mí, ninguna sentencia terminó realmente aquel año en la selva.

Todavía quedaba regresar a mi propia vida.

Y esa parte resultó más difícil de lo que había imaginado.

Parte 5: La selva dejó de ser el lugar donde terminaba mi historia

Durante casi dos años no pude trabajar en un laboratorio.

El sonido de una centrífuga podía recordarme los generadores.

El olor de ciertos desinfectantes me obligaba a salir de cualquier habitación.

Los aviones pequeños eran imposibles.

También evitaba los ríos.

Incluso mirar fotografías de agua marrón rodeada de árboles me producía una sensación inmediata de encierro.

Volví a vivir con mi madre en Puebla durante algunos meses, aunque a los treinta y tantos años aquello me hacía sentir como si mi vida hubiera retrocedido. Ella nunca intentó obligarme a contar lo sucedido.

Cada mañana preparaba café.

Dejaba pan sobre la mesa.

Abría las ventanas.

Esos pequeños rituales me devolvieron algo que había perdido: la certeza de que el día siguiente podía ser normal.

Julián tardó todavía más en recuperarse.

Sus lesiones le impidieron volver al trabajo de campo, así que comenzó a enseñar y terminó convirtiendo sus clases en una defensa obsesiva de la ética en la investigación científica. Cuando alguien le preguntaba por qué hablaba tanto de protocolos de seguridad, respondía simplemente que ningún descubrimiento valía más que las personas encargadas de encontrarlo.

Nos reuníamos cada aniversario.

No celebrábamos la fecha de la desaparición.

Nos reuníamos el día en que me encontraron.

Al principio éramos solo Julián, mi madre y la familia de Rebeca.

Después se unieron familiares de Tomás e Iván.

Mateo apareció una vez.

Permaneció casi toda la tarde callado.

Antes de irse, me entregó una pequeña piedra gris.

—Del río —dijo.

La sostuve en mi mano.

No tuve miedo.

Cinco años después del rescate, acepté colaborar con una organización dedicada a proteger investigadores que trabajaban en regiones remotas.

No volví a buscar compuestos raros.

Empecé a enseñar seguridad científica, evaluación de riesgos y protocolos de comunicación.

Algunas personas consideraban extraño que alguien que había vivido aquello quisiera volver a hablar de expediciones.

Yo lo veía de otra manera.

La selva no nos había hecho daño.

Personas lo habían hecho.

Durante años había confundido ambas cosas.

Un verano regresé a San Jerónimo del Palmar.

No fui sola.

Me acompañaron mi madre, Julián y Cecilia, la enfermera que había conseguido que bebiera agua cuando todavía desconfiaba de todos.

El pescador que me encontró seguía viviendo allí.

Se llamaba Aurelio.

Cuando me vio caminar hacia el muelle, abrió los brazos.

—Ahora sí habla.

Me reí.

—Demasiado.

Nos sentamos junto al río.

Una lancha arrancó cerca.

Mi cuerpo se tensó automáticamente.

Cecilia me miró.

Yo respiré.

El motor se alejó.

No pasó nada.

Aquella tarde Aurelio nos llevó algunos kilómetros río arriba.

Me senté en la proa.

La selva se extendía a ambos lados, inmensa, verde, indiferente a nuestras historias.

Recordé a Rebeca golpeando dos veces la pared antes de dormir.

A Tomás silbando.

A Iván diciéndonos que regresáramos.

A Mateo abriendo una puerta.

A Julián repitiendo los nombres de sus hijos para no olvidarlos.

Y entendí que durante mucho tiempo había contado nuestra historia comenzando por lo que nos hicieron.

Ahora podía contarla de otra forma.

Éramos cinco científicos que habían salido buscando una planta.

Éramos personas con familias, defectos, bromas y planes.

Alguien intentó convertirnos en herramientas.

Alguien intentó borrar nuestro barco.

Nuestros nombres.

Nuestra ruta.

Nuestra existencia.

No lo consiguió.

Cuando regresamos al muelle, el sol comenzaba a bajar detrás de los árboles.

Mi madre tomó mi mano.

—¿Estás bien?

Miré el agua.

Después miré la selva.

—Sí.

No porque hubiera olvidado.

No porque la justicia hubiera reparado cada daño.

Y tampoco porque todos hubieran regresado.

Estaba bien porque podía permanecer junto a un río sin buscar una figura entre los árboles.

Porque podía escuchar un motor y seguir respirando.

Porque podía decir el apodo de El Boticario sin sentir que aquel hombre todavía tenía poder sobre mi voz.

Durante un año, mi mundo había sido una jaula escondida debajo de hojas y redes.

Durante mucho tiempo después, creí que sobrevivir significaba escapar de ese lugar.

Estaba equivocada.

Escapar había sido solo el principio.

Sobrevivir fue aprender a confiar nuevamente en un vaso de agua.

Abrir una puerta.

Dormir sin escuchar pasos imaginarios.

Recordar a mis compañeros sin convertir su memoria únicamente en dolor.

Y finalmente entender que mi vida no había terminado aquella mañana en que cinco personas entramos en la Selva de Monte Escondido.

La historia continuó.

Con cuatro nombres que nunca permitiría que nadie borrara.

Y con una mujer que, después de haber sido encontrada casi sin voz junto a un río, aprendió lentamente a contar exactamente lo que había ocurrido.

Hasta que el silencio dejó de pertenecerles a ellos.

Y volvió a pertenecerme a mí.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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