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Salió sola a caminar por la sierra, desapareció bajo tierra y sus primeras palabras revelaron que uno de los rescatistas conocía toda la verdad

Salió sola a caminar por la sierra, desapareció bajo tierra y sus primeras palabras revelaron que uno de los rescatistas conocía toda la verdad

Parte 1 — La caminata que debía durar unas horas terminó tragándosela

La mañana en que Daniela Robles desapareció, el cielo sobre el ficticio pueblo de Santa Elena del Encino estaba tan despejado que su hermana todavía recordaría, años después, lo injustamente normal que parecía todo. Nada en aquellas montañas cubiertas de pino, encino y niebla ligera hacía pensar que, antes de que terminara el día, decenas de personas estarían recorriendo barrancas gritando su nombre.

Daniela tenía treinta años, había trabajado durante casi siete años como diseñadora para una agencia en Guadalajara y, seis meses antes, había renunciado después de darse cuenta de que ya no dormía bien, comía frente a una pantalla y vivía esperando el siguiente mensaje urgente. Se mudó a Santa Elena porque una amiga le habló de las rentas baratas, el aire fresco y las rutas donde uno podía caminar horas sin escuchar más que pájaros y ramas.

Su hermana mayor, Teresa, nunca creyó que Daniela estuviera huyendo de algo concreto. Más bien parecía estar intentando recordar cómo se sentía vivir sin tener a alguien pidiéndole resultados cada diez minutos.

Ese sábado, a las seis con dieciocho de la mañana, Daniela le mandó un mensaje a Teresa.

“Voy a subir por la vereda de Los Cedros. Tal vez pierda señal unas horas, pero en la noche te marco.”

Después agregó una frase que Teresa terminaría recordando palabra por palabra.

“Necesito caminar hasta dejar de pensar tanto.”

Daniela no era una excursionista improvisada. Llevaba pantalones resistentes color café claro, una playera verde olivo, chamarra ligera amarrada a la cintura, botas de senderismo, sombrero de tela y una mochila roja con dos botellas de agua, fruta, tortas de frijoles con queso, un pequeño botiquín, lámpara, batería portátil, impermeable y silbato.

También cargaba dos bastones plegables y una cámara pequeña porque últimamente fotografiaba muros de piedra, graneros abandonados y plantas silvestres.

Condujo unos cuarenta minutos por una carretera angosta que atravesaba parcelas de maíz seco, huertos de aguacate, bardas de piedra y casas dispersas. Poco antes de las ocho estacionó su automóvil junto a un claro conocido como El Jacalito, donde comenzaban varias rutas utilizadas por excursionistas, pastores y recolectores de hongos.

Un hombre llamado Don Abel Rentería, de sesenta y ocho años, estaba acomodando herramientas junto a su camioneta. Durante años había ayudado voluntariamente a limpiar senderos.

“¿Va para el mirador?”, le preguntó.

“Si no me arrepiento a media subida.”

Don Abel rio.

“Después del arroyo siga las marcas amarillas.”

Daniela levantó la mano en señal de agradecimiento y comenzó a caminar.

Durante las siguientes dos horas, sus movimientos pudieron reconstruirse con relativa facilidad.

Una pareja la vio fotografiando un puente de madera.

Un joven que recogía leña dijo haberla encontrado comiendo una manzana junto a una roca.

Más adelante, un pastor recordó indicarle dónde se dividía el camino.

La vereda principal continuaba hacia el mirador de Los Cedros.

La segunda, mucho menos transitada, descendía hacia una zona llamada Camino de la Cantera.

Era una ruta vieja.

Décadas atrás, campesinos de la región habían extraído piedra de pequeñas excavaciones artesanales escondidas entre las laderas. Algunas entradas seguían visibles.

Otras habían desaparecido bajo maleza, derrumbes y años de abandono.

Daniela sabía que ese camino existía porque un hombre del pueblo se lo había mencionado semanas antes.

Decían que desde ahí podía verse una cañada casi nunca visitada.

A las diez con treinta y nueve minutos, su teléfono registró por última vez conexión con una antena lejana.

Después no hubo nada.

Teresa no se preocupó inmediatamente cuando llegó la noche y Daniela no llamó. La señal en la sierra era irregular, y no era raro que un mensaje apareciera varias horas después.

A las seis de la mañana siguiente, sin embargo, todos sus mensajes seguían sin entregarse.

Llamó al dueño de la casa que Daniela rentaba.

Él tocó varias veces.

Nadie respondió.

El automóvil fue localizado antes de las nueve en El Jacalito.

Estaba cerrado.

Dentro había un vaso térmico, una sudadera y una bolsa reutilizable del mercado.

No había equipaje.

Nada indicaba que Daniela pensara ausentarse más de un día.

La búsqueda comenzó antes del mediodía.

Policías municipales, voluntarios, rescatistas acostumbrados al terreno y vecinos recorrieron la ruta principal esperando encontrar una explicación común.

Una torcedura.

Una caída.

Deshidratación.

Una mala decisión en una bifurcación.

Dos perros de rastreo tomaron el olor de Daniela desde el automóvil.

Siguieron la vereda sin problemas.

Hasta llegar al Camino de la Cantera.

Allí comenzaron a comportarse de manera extraña.

Uno avanzaba veinte metros y regresaba.

El otro olfateaba la tierra, daba vueltas y terminaba mirando hacia una pendiente cubierta de hojas.

El guía frunció el ceño.

“El rastro no se pierde.”

“¿Entonces qué pasa?”, preguntó uno de los voluntarios.

“Se rompe.”

Media hora después, una mujer gritó desde unos metros fuera del camino.

Había encontrado uno de los bastones de Daniela.

Estaba atrapado entre raíces.

El tubo no estaba doblado.

La correa de la empuñadura sí.

Estaba desgarrada.

Cuando Teresa llegó aquella tarde, el coordinador de la búsqueda, Óscar Medina, le mostró una fotografía.

Teresa tardó varios segundos en hablar.

“Ella siempre se ajustaba esa correa a la muñeca.”

Óscar asintió.

“Pudo engancharse.”

“¿En qué?”

“No lo sabemos.”

No había señales claras de una caída prolongada.

No encontraron la mochila.

No encontraron el segundo bastón.

No encontraron una ruta evidente continuando cuesta abajo.

Pero los perros regresaban siempre al mismo punto.

Al caer la tarde, varias cuadrillas comenzaron a revisar toda la ladera.

Todos miraban hacia adelante.

Barrancas.

Caminos secundarios.

Kilómetros de monte.

Nadie imaginaba que Daniela no estaba lejos.

Estaba debajo de ellos.

Y que desde algún lugar bajo aquella montaña podía escuchar cómo la llamaban sin poder responder.

Parte 2 — Una abertura olvidada cambió la búsqueda por completo

El segundo día, El Jacalito se transformó en un centro improvisado de operaciones.

Había mesas plegables, mapas, termos de café, radios, perros, vehículos y familias que llegaban con agua y comida para los voluntarios. Teresa permanecía junto a Óscar cada vez que alguien regresaba de una cuadrilla.

“¿Hay cuevas por esa zona?”, preguntó.

“Grietas pequeñas.”

“¿Minas?”

“Nada registrado.”

Un anciano que estaba sentado cerca levantó la cabeza.

“Registrado ahora.”

Su nombre era Hilario Cruz.

Había trabajado de joven cargando piedra de las canteras de aquella sierra.

Hilario explicó que décadas antes existían pequeñas excavaciones que no aparecían en ningún mapa moderno. Algunas eran apenas túneles de diez o quince metros.

“Había una cerca del Camino de la Cantera”, dijo. “Por una ladera que no recibe mucho sol. Cerca de tres encinos torcidos.”

Óscar reorganizó inmediatamente varias brigadas.

Durante horas, voluntarios revisaron piedras, raíces y acumulaciones de hojas.

Poco después de las cuatro, un joven llamado Mateo Salinas encontró un pedazo de malla oxidada enterrado bajo tierra.

Tiró de ella.

Debajo aparecieron piedras colocadas de manera demasiado regular.

Óscar llegó minutos después.

Cuando retiraron parte de la vegetación, sintieron una corriente fría salir de una abertura apenas visible.

Nadie entró esa tarde.

Esperaron equipo especializado.

A la mañana siguiente, tres rescatistas descendieron con cascos, lámparas, cuerdas y detectores de gases.

El túnel avanzaba unos veinte metros antes de dividirse.

Había tablas podridas, latas oxidadas y herramientas viejas.

También huellas.

Una parecía corresponder a una bota de senderismo.

Otra era más grande.

Óscar ordenó cerrar el perímetro.

Entonces encontraron la mochila.

La mochila roja de Daniela estaba detrás de una columna de piedra.

Estaba derecha.

No parecía haber rodado ni caído.

Una cobija vieja había sido colocada parcialmente encima.

Dentro seguían la comida, el impermeable y una botella.

Faltaban el teléfono y la lámpara.

Teresa miró la mochila dentro de una bolsa de evidencia.

“Ella nunca se separaría de eso.”

Óscar respondió en voz baja.

“Lo sé.”

Desde ese momento, dejaron de buscar a una mujer perdida.

Empezaron a buscar a alguien que había sido movido.

Dentro del túnel, los rescatistas encontraron una barrera hecha con madera vieja, piedras y un pedazo de lámina.

Uno de ellos levantó la mano.

“Silencio.”

Todos quedaron inmóviles.

Tac.

Tac.

Tac.

Pausa.

Tac.

Tac.

Uno de los hombres gritó.

“¡Rescate! ¿Hay alguien ahí?”

Nada.

Volvió a intentarlo.

Entonces escucharon una voz.

Baja.

Rasposa.

“Sí.”

La transmisión llegó por radio hasta Óscar.

Teresa vio su cara.

“¿Qué pasó?”

Óscar tardó un segundo en responder.

“Creemos que está viva.”

Teresa se dejó caer sobre una silla.

Dentro, los rescatistas tardaron casi una hora en retirar piedras sin provocar un derrumbe.

Daniela estaba detrás.

Sentada contra la pared.

Deshidratada.

Sucísima.

Con raspones en brazos y piernas.

Pero consciente.

Un rescatista llamado Julián Esquivel se acercó despacio.

“Daniela, soy Julián. Vamos a sacarte.”

Ella se arrinconó.

“No.”

Julián pensó que no había escuchado bien.

“Tu hermana está afuera.”

Daniela negó con la cabeza.

“No me saquen todavía.”

“Estás a salvo.”

Ella comenzó a llorar.

Miró hacia el túnel detrás de Julián.

“Si salgo, él va a saber.”

Julián se quedó quieto.

“¿Quién?”

Daniela respiró con dificultad.

“El hombre que está ayudándolos a buscarme.”

Afuera, Teresa lloraba porque su hermana seguía viva.

Adentro, los rescatistas comprendieron que la persona responsable quizá estaba caminando entre ellos.

Parte 3 — El voluntario que conocía el túnel también conocía a Daniela

Sacar a Daniela llevó casi dos horas.

Aceptó únicamente después de que Julián le aseguró que la entrada estaba controlada por policías y que nadie podía acercarse sin ser identificado.

Aun así, preguntaba nombres.

“¿Quién está afuera?”

“Rescatistas, paramédicos, policías.”

“¿Qué voluntarios?”

La insistencia puso en alerta a Óscar.

Cuando Daniela finalmente salió, la luz la obligó a cerrar los ojos.

Teresa dio un paso hacia ella, pero los paramédicos le pidieron espacio.

Entonces Daniela escuchó su voz.

“¡Dani!”

Daniela abrió los ojos.

“¿Tere?”

“Aquí estoy.”

Solo entonces dejó de contenerse.

Lloró mientras los paramédicos la acomodaban en una camilla.

Fue trasladada a una clínica regional en el ficticio municipio de Valle Verde.

Los médicos determinaron que, pese al tiempo bajo tierra, estaba estable.

Había encontrado humedad filtrándose por una pared y todavía conservaba parte de la comida que el responsable le había llevado inicialmente.

Dos días después, Daniela habló con una investigadora llamada Mariana Lugo.

Teresa permaneció a su lado.

Daniela explicó que tomó el Camino de la Cantera voluntariamente.

Después de unos cuarenta minutos, escuchó pasos.

El hombre que apareció no era un desconocido.

Se llamaba Samuel Carranza.

Tenía cuarenta y seis años, trabajaba reparando cercas, tinacos, techos y caminos rurales, y algunas veces acompañaba visitantes por senderos poco transitados.

Daniela había hablado con él varias veces.

Una vez él le explicó cómo llegar a una cascada.

Otra vez le mencionó el Camino de la Cantera.

“Actuó sorprendido de verme”, dijo Daniela.

Samuel le dijo que iba hacia un mirador escondido.

Se ofreció a acompañarla.

Al principio, Daniela aceptó.

Caminaron juntos unos minutos.

Entonces las preguntas comenzaron.

¿Vivía sola?

¿Su familia estaba lejos?

¿Alguien sabía exactamente dónde estaba?

¿Tenía pareja?

¿Alguien la esperaba esa tarde?

Daniela comenzó a sentirse incómoda.

“Le dije que me regresaba.”

Mariana preguntó:

“¿Qué hizo él?”

“Dijo que faltaba poco.”

“¿Y tú?”

“Me di vuelta.”

Samuel tomó uno de sus bastones.

Daniela jaló.

La correa se rompió.

“Ahí entendí que algo estaba mal.”

Teresa cerró los ojos.

Daniela corrió.

Bajó entre árboles.

Perdió el segundo bastón.

Samuel la alcanzó cerca de la entrada de la cantera.

No llevaba un arma visible.

No fue necesario.

La amenazó con empujarla por una barranca si gritaba.

Después la obligó a entrar.

Dentro, Samuel caminaba como alguien que conocía cada piedra.

Le quitó el teléfono.

Movió la mochila.

La encerró detrás de la barrera.

Durante el primer día regresó varias veces.

Llevó agua.

Galletas.

Una cobija.

“Decía que necesitaba pensar.”

Mariana frunció el ceño.

“¿Pensar qué?”

“Nunca me lo dijo.”

Después vino lo peor.

Samuel comenzó a contarle detalles de la búsqueda.

“Me dijo que estaban buscándome.”

La investigadora dejó de escribir.

“¿Cómo lo sabía?”

Daniela miró a Teresa.

“Porque estaba ayudando.”

Teresa tardó en comprender.

“¿Qué?”

“Me dijo que llevaba café a los voluntarios.”

Las listas fueron revisadas.

Samuel Carranza aparecía desde el segundo día.

Había participado en cuatro brigadas.

Había llevado termos.

Había preguntado por los perros.

Había ayudado a revisar vehículos.

Y había sugerido buscar en una cañada situada varios kilómetros en dirección opuesta.

Óscar tuvo que sentarse cuando vio su nombre.

Samuel no había desaparecido después de encerrar a Daniela.

Había regresado para observar.

La policía fue a su casa.

Estaba vacía.

En el patio encontraron botas embarradas cuyo dibujo coincidía de manera general con las huellas cercanas al túnel.

En una bodega había lámparas, rollos de cuerda, herramientas, mapas dibujados a mano y fotografías de antiguos caminos.

Dentro de una caja metálica encontraron el teléfono de Daniela.

Su lámpara estaba al lado.

Cuando Mariana llamó a la clínica, Teresa tomó la mano de su hermana.

“Encontraron tu teléfono.”

Daniela cerró los ojos.

“Entonces ya no puede decir que nunca estuvo conmigo.”

Pero Samuel había escapado.

Y ahora quienes durante días habían buscado a Daniela debían regresar a la misma sierra para encontrar al hombre que conocía todos sus escondites.

Parte 4 — El hombre que fingió ayudar terminó sentado frente a ella

Samuel fue localizado seis días después en una casa abandonada propiedad de un pariente lejano.

No hubo persecución.

Cuando vio llegar las patrullas, salió con las manos levantadas y dijo una frase que indignaría a Teresa cuando la escuchara después.

“Esto se salió de control.”

Su primera versión fue que Daniela había entrado voluntariamente al túnel.

Después dijo que hubo un derrumbe.

Más tarde aseguró que ella se había asustado y se negó a salir.

Ninguna explicación resolvía el teléfono escondido en su propiedad.

Tampoco la mochila movida.

Ni el bastón roto.

Ni la barrera.

Ni su participación en la búsqueda.

La investigación descubrió además que Samuel conocía aquellas excavaciones desde adolescente porque un tío había trabajado extrayendo piedra.

También aparecieron relatos de mujeres que recordaban comportamientos incómodos.

Una dijo que Samuel se aparecía demasiado seguido cuando ella caminaba sola.

Otra recordó que insistió en acompañarla hasta su casa después de que ella ya había rechazado la oferta.

Ninguna había presentado una denuncia.

Hasta entonces, cada situación parecía aislada.

Meses después, Daniela entró al tribunal con un vestido azul oscuro y el cabello recogido.

Samuel estaba al otro lado.

No la miró.

La defensa intentó argumentar que Daniela había aceptado caminar con él y que no existían cámaras ni testigos directos en la montaña.

Daniela respondió sin levantar la voz.

“Sí acepté caminar hacia un mirador.”

Después miró a Samuel.

“No acepté que él decidiera cuándo podía regresar.”

La sala quedó en silencio.

El abogado insistió en que Daniela no recordaba todos los detalles.

Ella lo reconoció.

“No recuerdo cada palabra.”

“Entonces su memoria puede estar incompleta.”

“Sí.”

Daniela respiró hondo.

“Pero recuerdo pedirle que me dejara ir.”

La evidencia hizo el resto.

El teléfono.

La lámpara.

Las huellas.

La mochila separada.

El bastón.

La barrera.

Los mapas.

Y el registro de Samuel como voluntario.

También declararon rescatistas.

Óscar describió cómo Samuel preguntaba constantemente por las rutas revisadas.

Julián contó las primeras palabras de Daniela bajo tierra.

Teresa habló de la llamada que nunca llegó.

Durante el juicio, Samuel cambió de expresión muchas veces.

Primero parecía molesto.

Después nervioso.

Finalmente dejó de mirar hacia Daniela.

Fue declarado culpable de privación ilegal de la libertad, ponerla en grave peligro, ocultamiento de evidencia y otros delitos relacionados.

Recibió una sentencia extensa.

Daniela no asistió a la lectura final.

Teresa le preguntó si estaba segura.

“Sí.”

“Tal vez quieras escucharlo.”

Daniela negó.

“Ya decidió demasiadas veces dónde tenía que estar yo.”

Tomó una taza de café.

“No voy a regalarle otro día.”

Después del juicio, Daniela siguió viviendo temporalmente con Teresa.

Había noches difíciles.

A veces despertaba convencida de escuchar piedras.

No toleraba habitaciones sin ventanas.

Las puertas cerradas podían provocarle ansiedad.

Teresa dejó una lámpara encendida en el pasillo durante meses.

Nunca le dijo que debía superarlo.

Una noche, Daniela confesó algo que todavía no había explicado del todo.

“Cuando escuché a los rescatistas, de verdad pensé que Samuel podía venir con ellos.”

Teresa se volvió hacia ella.

“Por eso no querías salir.”

Daniela asintió.

“Él me había dicho que todos confiaban en él.”

Aquello cambió la manera en que Teresa entendía la historia.

Daniela no se había resistido al rescate porque estuviera confundida.

Se había resistido porque la confianza misma había dejado de significar seguridad.

Parte 5 — Volver a caminar fue una decisión mucho más difícil que sobrevivir

Durante casi un año, Daniela evitó la sierra.

Incluso caminar por un parque con árboles altos podía ponerla nerviosa.

Un estacionamiento subterráneo era peor.

Algunas personas le decían que debía sentirse agradecida porque seguía viva.

Ella sabía que lo decían con buena intención.

Pero sobrevivir no borraba lo ocurrido.

Había días tranquilos.

Otros no.

A veces, simplemente escuchar pasos detrás de ella en un supermercado hacía que su corazón comenzara a golpearle el pecho.

Teresa aprendió a no preguntarle cuándo volvería a ser como antes.

Tal vez no existía un “antes” al cual regresar.

Ocho meses después del juicio, Óscar Medina llegó con una caja de objetos devueltos por la investigación.

Dentro estaba el bastón.

La correa continuaba rota.

Daniela lo sostuvo durante casi un minuto.

Teresa creyó que lo tiraría.

En cambio, lo apoyó contra la pared.

“¿Lo vas a guardar?”

“Sí.”

“¿Por qué?”

Daniela tocó la correa.

“Todos ven dónde él lo agarró.”

Miró a su hermana.

“Yo veo dónde yo seguí jalando.”

Con el tiempo, empezó a asistir a pequeños encuentros de senderismo.

Nunca hablaba como si fuera una experta.

Compartía cosas sencillas.

Avisar rutas.

Llevar batería.

Usar mapas sin conexión.

Confiar en la incomodidad.

Cambiar de camino si algo no se siente bien.

Nunca decía que las mujeres debían dejar de caminar solas.

“No hice nada malo por salir”, explicó una vez. “El error fue de la persona que creyó que conocerme un poco le daba derecho a impedirme regresar.”

Santa Elena del Encino también cambió.

Vecinos y propietarios comenzaron a registrar antiguas excavaciones.

Varias entradas peligrosas fueron selladas.

Hilario ayudó a dibujar rutas que nadie había puesto por escrito.

Don Abel empezó a llevar un registro voluntario de personas que tomaban caminos secundarios.

Dos años después, Daniela decidió volver a Los Cedros.

Teresa fue con ella.

Óscar caminó mucho más atrás, a petición de Daniela.

Cuando llegaron a la bifurcación del Camino de la Cantera, Daniela se detuvo.

La ruta parecía pequeña.

Casi insignificante.

Teresa no dijo nada durante varios segundos.

“Podemos regresar.”

Daniela miró hacia los árboles.

“No.”

Teresa tensó los hombros.

Pero Daniela señaló el camino principal.

“Vamos al mirador.”

No necesitaba regresar al túnel para demostrar nada.

A veces recuperar el control significaba saber que podía elegir otra ruta.

Llegaron al mirador al mediodía.

Las montañas se extendían bajo un cielo claro.

Daniela se sentó sobre una piedra y sacó una torta de su mochila.

Teresa se acomodó a su lado.

“¿Esto era lo que buscabas la primera vez?”

Daniela pensó.

“No.”

“¿Entonces?”

“Silencio.”

Teresa sonrió.

“Te salió carísimo.”

Daniela soltó una carcajada.

Fue la primera vez que ambas lograron bromear sobre aquella caminata sin quedarse inmediatamente serias.

Durante el descenso, Daniela utilizó el viejo bastón.

“Esa correa sigue horrible”, dijo Teresa.

“Ya sé.”

“Puedes cambiarla.”

“No quiero.”

Caminaron varios minutos.

Cerca del estacionamiento, Teresa hizo una pregunta.

“¿Qué fue lo peor?”

Esperaba escuchar hambre.

Oscuridad.

Miedo.

Daniela respondió otra cosa.

“Saber que arriba todos me estaban buscando y que él caminaba entre ellos.”

Teresa guardó silencio.

“Durante meses pensé que confiar en alguien era ser tonta.”

“¿Y ahora?”

Daniela miró hacia atrás.

“Hilario recordó el túnel. Mateo encontró la malla. Julián entró cuando escuchó mis golpes. Óscar siguió buscando. Tú llegaste aunque nadie sabía si estaba viva.”

Samuel había utilizado confianza para hacerle daño.

Pero muchas otras personas habían utilizado esa misma confianza para encontrarla.

Daniela decidió que no iba a regalarle también esa parte de su vida.

Cuando llegaron a El Jacalito, abrió su automóvil.

Teresa subió al asiento del copiloto.

“Márcale a mamá.”

Daniela sonrió.

“Si no, manda a todo el pueblo.”

Llamó.

Su madre respondió inmediatamente.

“¿Ya bajaron?”

Daniela miró una última vez hacia la montaña.

“Sí.”

“¿Están bien?”

Daniela respiró.

“Estamos bien.”

Dos palabras.

Nada extraordinario para cualquiera que las escuchara.

Pero dos años antes, Daniela Robles había permanecido bajo aquella misma montaña, oyendo acercarse a los hombres que querían rescatarla y temiendo que entre ellos viniera también el hombre que la había encerrado.

Sobrevivir había sido una victoria.

Salir había sido otra.

Volver a caminar fue quizá la más lenta de todas.

Porque Samuel había intentado decidir dónde podía ir, cuánto podía resistir y cuándo podía regresar.

Daniela tardó mucho tiempo en entender que él había perdido ese poder desde el momento en que ella siguió golpeando la pared esperando que alguien escuchara.

Encendió el automóvil.

Teresa bajó la ventana.

El aire de la sierra entró frío.

Daniela miró el viejo bastón sobre el asiento trasero.

La correa seguía rota.

Y así permanecería.

No como recuerdo del hombre que intentó detenerla.

Sino de la mujer que siguió jalando.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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