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Mi amiga de la infancia apareció en una fotografía tomada durante un día que oficialmente nunca vivimos juntas. Yo había despertado dos semanas en el pasado después de quedarme dormida en mi estudio fotográfico aquella tarde. Pero cuando aquel mismo día comenzó a repetirse durante años, descubrí que María cambiaba en cada versión. Y hubo un momento en que me miró fijamente y dijo algo que todavía no puedo explicar.

Mi amiga de la infancia apareció sonriendo a mi lado en una fotografía tomada durante un día que oficialmente jamás vivimos juntas, y cuando intenté enfrentarla descubrí que nadie más recordaba nuestra amistad. Después empecé a despertar una y otra vez cinco años en el pasado, mientras María cambiaba de ropa, de recuerdos y hasta de personalidad, hasta que una mañana me miró como si también supiera que algo estaba terriblemente mal.

PARTE 1 — DESPERTÉ DOS SEMANAS ANTES Y MARÍA YA NO ERA LA MISMA

El 12 de julio de 2016 yo tenía treinta y siete años y trabajaba como fotógrafa profesional en un pequeño país nórdico, donde los paisajes podían parecer tranquilos hasta el punto de hacerte creer que nada verdaderamente extraño podía ocurrir. Había heredado de mi padre un estudio fotográfico modesto, pero muy querido, y durante años me había ganado la vida retratando bodas, aniversarios y familias que deseaban conservar un instante antes de que el tiempo se lo llevara.

Aquella mañana llegué alrededor de las siete porque a las ocho recibiría a una pareja muy especial, dos personas que yo misma había fotografiado veinte años atrás el día de su boda y que ahora querían recrear algunas imágenes. Pasamos casi tres horas cambiando luces, fondos y posiciones, mientras ellos se reían de sus antiguas poses y yo pensaba que pocas cosas eran tan hermosas como mirar a dos personas que todavía podían reconocerse después de tantos años.

Se marcharon cerca de las once y yo me quedé sola revisando el material, satisfecha pero mucho más cansada de lo normal, así que me senté en el pequeño sofá del estudio con la cámara entre las manos. Me prometí descansar solamente cinco minutos, cerré los ojos y lo siguiente que recuerdo es haber despertado con el estudio completamente oscuro.

Eran las 9:30 de la noche y mi cuello estaba rígido, pero lo que realmente me alarmó fueron los mensajes de clientes confirmando sesiones que yo recordaba haber realizado días antes. Una familia hablaba de una cita para el 29 de junio y una pareja joven confirmaba su sesión de compromiso para el 30, aunque yo podía recordar perfectamente las fotografías que ya les había entregado.

Miré la fecha del teléfono y sentí que algo me apretaba el estómago, porque la pantalla mostraba 28 de junio de 2016. Revisé la computadora portátil, el calendario del estudio y finalmente llamé a Sofía, mi mejor amiga, pidiéndole únicamente que me dijera qué día era sin hacer preguntas.

—Veintiocho de junio —respondió Sofía, riéndose primero porque creyó que estaba bromeando.

Yo había cerrado los ojos el 12 de julio y despertado exactamente dos semanas antes.

Regresé corriendo a casa y encendí las noticias buscando cualquier explicación racional, pero lo que encontré fue todavía peor porque reconocí acontecimientos que ya recordaba haber visto. Había un accidente ferroviario, una decisión política polémica y el resultado de un partido importante, solo que el accidente había ocurrido en otra ciudad, el margen de votos era distinto y el mismo equipo había ganado con un marcador diferente.

Aquello parecía mi mundo, pero no exactamente mi mundo, como una fotografía tomada desde el mismo sitio después de mover apenas unos centímetros la cámara. No dormí en toda la noche y cuando amaneció el 29 de junio decidí seguir mi agenda normal, convencida de que quizá la rutina haría desaparecer aquella locura.

Iba caminando hacia el estudio cuando vi a María, una amiga de mi infancia a quien no había visto en más de cinco años y que, según mis recuerdos, ya había aparecido en aquella misma calle durante el 29 de junio que yo creía haber vivido. En mi memoria María llevaba un abrigo azul claro, estaba apurada y únicamente habíamos cruzado unas palabras, pero aquella mañana llevaba un abrigo amarillo brillante y se acercó sonriendo.

—Lina, qué casualidad encontrarte, ¿tienes tiempo para un café?

Acepté porque necesitaba comprobar cuánto había cambiado aquel día, y durante toda la conversación observé a María como si estuviera fotografiando cada gesto con los ojos. Su voz, su sonrisa y su rostro eran los mismos, pero hablaba más lentamente, parecía más reflexiva y mencionó un trabajo que yo jamás recordaba que hubiera tenido.

Después fui al estudio y atendí una sesión familiar que ya había realizado en mi memoria, así que fui directamente a las poses que sabía que habían gustado más la primera vez. La madre terminó sorprendida y me dijo que parecía saber exactamente lo que querían antes de que pudieran explicármelo.

Agotada después de tantas horas sin dormir, volví a quedarme dormida en el sofá y desperté sobresaltada a la 1:23 de la madrugada del 12 de julio de 2016. Durante unos minutos lloré de alivio porque pensé que todo había sido un sueño extraño, hasta que revisé la galería de mi teléfono.

Había una fotografía tomada el 29 de junio.

Yo estaba sentada en una cafetería sonriendo junto a María, quien vestía el abrigo amarillo y levantaba una taza hacia la cámara, exactamente como recordaba haber ocurrido en aquella versión del día. Lo que me paralizó fue la expresión de María, porque mientras yo reía despreocupadamente, ella miraba directamente al lente con una seriedad que parecía decir que sabía perfectamente que aquella fotografía no debería existir.

PARTE 2 — EL MISMO DÍA REGRESÓ DECENAS DE VECES, PERO NUNCA ERA IDÉNTICO

El 15 de julio llamé a María y le pregunté si recordaba nuestro café, pero respondió confundida que no nos habíamos visto recientemente y que, hasta donde sabía, nuestro último encuentro había sido en la boda de Carmen unos dos años atrás. Esa noche me acosté temprano intentando ordenar mis pensamientos y, cuando abrí los ojos, el teléfono marcaba las 7:45 de la mañana del 29 de junio de 2016.

Así empezó algo que se prolongó durante cinco años de mi vida, porque no permanecía atrapada continuamente en aquella fecha, sino que podía pasar días o incluso semanas normalmente hasta que una noche me dormía entre 2016 y 2021 y despertaba otra vez exactamente a las 7:45 del 29 de junio de 2016. Siempre había el mismo mensaje de un cliente y el mismo sonido del tráfico afuera, pero jamás conseguí descubrir qué provocaba el regreso.

Lo verdaderamente inquietante era que el día nunca se repetía de manera perfecta, porque en una versión María usaba el abrigo azul y pasaba de largo, mientras que en otra llevaba el amarillo y me invitaba al café. Hubo versiones en las que apareció con un abrigo verde que yo nunca había visto, titulares de noticias que cambiaban en pequeños detalles y conversaciones con clientes que tomaban caminos distintos aunque comenzaran con las mismas palabras.

Empecé a estudiar cada variación como si mi supervivencia dependiera de ello, anotando mentalmente señales que parecían anticipar qué versión estaba viviendo. Si el semáforo de la esquina principal estaba en verde cuando yo pasaba, normalmente María aparecía con el abrigo azul, mientras que si estaba en rojo solía llevar el amarillo.

También descubrí que una lluvia ligera por la mañana casi siempre significaba que el cliente de las dos llegaría tarde, mientras que en las versiones soleadas aparecía exactamente a tiempo. Para 2018 calculaba haber vivido aquel mismo 29 de junio por lo menos cincuenta veces, aunque después dejé de contar porque hacerlo comenzó a parecerme otra forma de tortura.

Intenté dejar notas escondidas en el estudio para mi yo futuro, grabé videos explicando lo ocurrido y cambié deliberadamente decisiones insignificantes para comprobar si alguna consecuencia sobrevivía cuando regresaba a mi tiempo normal. Nada permanecía, porque las notas desaparecían, los videos no existían y los cambios parecían borrarse, salvo por aquella fotografía imposible de María que continuaba conmigo incluso cuando cambiaba de teléfono o computadora.

Entonces llegó una versión del día que destruyó cualquier esperanza de pensar que aquello solo ocurría dentro de mi cabeza.

María estaba frente a mí y durante unos segundos dejó de comportarse como cualquiera de las otras versiones, porque su expresión perdió toda naturalidad y sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que jamás había visto.

—Tú no deberías estar aquí.

Sentí que hasta el ruido de la calle desaparecía mientras le preguntaba qué quería decir, pero María parpadeó y la dureza de su rostro desapareció inmediatamente. Me preguntó por qué estaba tan pálida y juró no saber de dónde había salido aquella frase.

Aquella noche regresé a mi tiempo normal y comencé a investigar a María de una forma que nunca antes se me había ocurrido, revisando registros disponibles, antiguos contactos y recuerdos de nuestra escuela. Lo que encontré me obligó a sentarme frente a mi computadora porque no existía ninguna evidencia clara de que una María que coincidiera con mi amiga hubiera estudiado conmigo.

Fui personalmente a mi antigua escuela y revisé fotografías de años completos, buscando el rostro que yo recordaba desde la infancia. María no aparecía en ninguna.

Sin embargo, yo podía recordar cumpleaños juntas, proyectos escolares, secretos de adolescentes y tardes completas hablando de lo que queríamos hacer cuando fuéramos adultas. Mis recuerdos de ella tenían colores, olores, conversaciones y pequeños detalles absurdos que no parecían recuerdos inventados.

En 2020 mi relación con el 29 de junio cambió de una manera que jamás habría imaginado, porque mientras mi vida cotidiana se volvió más restrictiva, solitaria e incierta, aquellas visitas involuntarias a 2016 comenzaron a sentirse extrañamente libres. En ese día podía caminar por las calles sin la tensión que rodeaba mi presente, sentarme en una cafetería y observar a desconocidos viviendo una normalidad que ya parecía perteneciente a otro mundo.

Una vez le confesé a una amiga que, por primera vez, sentía alivio cuando despertaba en 2016, aunque su reacción fue decirme que después de tantos años necesitaba ayuda profesional. Ya había hablado con personas cercanas y consultado con dos psicólogos, quienes consideraban posible que mi experiencia estuviera relacionada con estrés y recuerdos extremadamente vívidos, pero ninguna explicación conseguía borrar la fotografía.

Después comenzaron a cambiar cosas en mi realidad normal.

Yo recordaba que el perro de mi infancia se llamaba Clico, pero toda mi familia insistía en que siempre se había llamado Moki, y mi propia madre me preguntó de dónde había sacado aquel otro nombre. Un restaurante al que recordaba haber ido muchas veces con mi padre aparentemente nunca había existido y una pequeña cicatriz que tenía en la mano izquierda desde un accidente cocinando en 2014 desapareció por completo.

Eran diferencias diminutas por separado, pero juntas empezaron a convencerme de una posibilidad todavía más inquietante. Tal vez yo no regresaba realmente a la misma realidad después de cada 29 de junio, sino a una versión casi idéntica en la que unas cuantas piezas habían quedado colocadas de manera diferente.

PARTE 3 — MARÍA NO EXISTÍA, PERO SU FOTOGRAFÍA SE NEGABA A DESAPARECER

El 29 de junio de 2021 desperté nuevamente a las 7:45 y supe de inmediato dónde estaba, aunque ya no sentí aquel pánico de los primeros años porque conocía demasiado bien el sonido de aquel día. María apareció con el abrigo azul, no me invitó a tomar café y todo transcurrió de una manera sorprendentemente ordinaria, casi como si el fenómeno hubiera decidido despedirse sin ofrecerme ninguna explicación.

Cuando me quedé dormida aquella noche desperté el 30 de junio de 2021.

Después llegó julio, luego agosto y posteriormente el resto del año sin que yo volviera a abrir los ojos en 2016, pero la ausencia del fenómeno no me produjo la paz que habría esperado. Cada noche revisaba la fecha antes de acostarme y cada mañana buscaba el teléfono apenas abría los ojos, porque una parte de mí esperaba volver a ver aquel 29 de junio.

Pasaron más de dos años y el ciclo no regresó, aunque yo nunca conseguí considerarlo completamente terminado. Continué trabajando como fotógrafa y conservé el teléfono original donde había aparecido la fotografía imposible, tratándolo casi como una pieza de evidencia que no podía permitirme perder.

Mostré la imagen a familiares, amigos y algunas personas con conocimientos técnicos, recibiendo siempre explicaciones distintas. Unos pensaban que podía tratarse de una edición elaborada, otros creían que tal vez había confundido a una desconocida con alguien de mis recuerdos, pero ninguno podía explicar por qué yo recordaba exactamente el momento en que aquella fotografía había sido tomada.

Recuerdo todavía a María haciendo una broma sobre lo fuerte que estaba el café mientras ambas reíamos, y puedo recordar incluso cómo sostuve la taza unos segundos antes de posar. Lo que no consigo recordar de una sola manera es quién tenía la cámara.

Ese detalle fue el que terminé guardando durante años porque parecía demasiado extraño incluso dentro de una historia que ya nadie consideraba normal. En algunas versiones del 29 de junio recuerdo claramente haber colocado mi teléfono para tomar la fotografía, mientras que en otras estoy absolutamente segura de que había alguien frente a nosotras sosteniendo la cámara.

Nunca pude ver bien su rostro.

Era solamente una presencia situada al otro lado de la mesa, alguien que parecía formar parte del momento con tanta naturalidad que yo no pensaba en preguntarle quién era hasta que regresaba a mi tiempo normal. Entonces intentaba reconstruir su cara y descubría que mi memoria se quedaba completamente vacía.

Aquello transformó mi mayor pregunta, porque durante años pensé que el centro del misterio era María, la amiga que yo recordaba pero que los registros parecían negar. Después comprendí que quizá María y yo éramos solamente dos piezas dentro de algo mucho más grande que ninguna de las dos podía entender.

No soy física ni científica y jamás he afirmado poder demostrar que existen líneas temporales paralelas, porque únicamente puedo contar lo que viví y lo que cambió a mi alrededor. Sin embargo, después de cinco años entrando y saliendo de diferentes versiones del mismo día, dejé de pensar en la realidad como algo completamente rígido.

También aprendí a no destruir mi presente intentando demostrarle mi pasado a personas que nunca podrían recordarlo como yo, porque pasé demasiado tiempo tratando de convencer a los demás y demasiado poco preguntándome cómo quería vivir si finalmente había salido. Decidí seguir fotografiando precisamente porque una cámara hace algo que para mí adquirió un significado diferente: conserva durante un instante una versión concreta de la realidad antes de que todo vuelva a cambiar.

Hasta hoy sigo despertando algunas mañanas con el corazón acelerado y buscando inmediatamente la fecha, aunque los años han continuado avanzando normalmente. Ya no intento encontrar a María todos los días ni revisar registros una y otra vez, porque sé que puedo pasar el resto de mi vida persiguiendo pruebas y aun así terminar con las mismas preguntas.

Pero nunca borré la fotografía.

En ella estoy sonriendo junto a una mujer que mi memoria reconoce como una de las personas más importantes de mi infancia, aunque ningún registro que encontré demuestra que haya estado conmigo durante aquellos años. María sostiene su taza, lleva el abrigo amarillo y mira hacia la cámara con una expresión demasiado consciente para parecer casual.

A veces amplío únicamente sus ojos.

Entonces recuerdo aquella única versión en la que me dijo que yo no debería estar allí y me pregunto si María recuperó durante unos segundos recuerdos de otros días, tal como yo conservaba los míos. Quizá ella también despertaba en realidades distintas, o quizá aquella frase significaba algo completamente diferente que jamás llegaré a entender.

Mi miedo más grande ya no es despertar otra vez en el 29 de junio de 2016.

Es pensar que tal vez nunca salí realmente.

Porque si cada regreso me llevaba a una versión ligeramente distinta de mi vida, entonces puede que simplemente haya terminado en una línea temporal donde los ciclos dejaron de ocurrir, mientras en alguna otra versión de la realidad existe una Lina que todavía abre los ojos a las 7:45 de aquella misma mañana.

Y algunas noches, cuando el estudio está vacío y reviso fotografías antiguas después de trabajar, vuelvo a aquella imagen de la cafetería.

Miro a María.

Miro mi propia sonrisa.

Y después observo el ángulo desde el que fue tomada la fotografía, intentando recordar por enésima vez quién estaba sentado frente a nosotras.

Nunca lo consigo.

Pero hay algo todavía peor: cada vez estoy menos segura de que aquella persona haya sido la misma en todas las versiones.

Fin

Aviso legal: Esta historia es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, acontecimientos e incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o fallecidas, o con acontecimientos reales, es pura coincidencia. ¡Gracias! 💓

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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MI HIJASTRA ME HIZO A UN LADO EN SU GRADUACIÓN Y DIJO QUE QUERÍA UNA FOTO CON SU “PAPÁ DE VERDAD”. Yo había pagado tres años de universidad y todavía llevaba el último recibo dentro del saco. No discutí ni levanté la voz. Solo le dije que entonces su padre podía encargarse de lo que faltaba. —Hazte a un lado, Javier. Quiero una foto con mi papá de verdad. Por unos segundos pensé que había escuchado mal. Camila estaba frente a mí con la toga negra, el birrete en una mano y esa sonrisa nerviosa que aparece cuando alguien sabe que acaba de decir algo que no puede recoger. A su lado, Rodrigo se acomodaba el saco con una seguridad que me revolvió el estómago. Parecía el orgulloso padre que había estado presente en cada examen, cada enfermedad y cada madrugada de estudio. Pero durante catorce años, el que estuvo ahí fui yo. Camila tenía ocho años la primera vez que me llamó papá. Su escuela organizó un baile de padres e hijas y Rodrigo prometió llegar, pero nunca apareció. 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